jueves, 10 de noviembre de 2011

EL PASTELERO FIEL (1)









Este relato es totalmente ficticio aunque bien pudo ser real...


África estudió Turismo, a ella le hubiera gustado hacer Arte Dramático, debido a su gran afición de niña al cine, al teatro, al cante y al baile. 
Morena de pelo, muy blanca de piel, de  ojos grandes verdosos y un poco tristones, boca carnosa y dientes muy blancos, piernas muy largas y de talle un  poco desgarbado. 
Reunía todas las condiciones para ser una gran artista pero le fallaba lo más importante su voz, cosa que no llegaría a entender hasta pasada su adolescencia.
Era bastante golosilla y de pequeña decía que se casaría con un pastelero:
Se casó con Cayo gran  maestro pastelero.

Cayo a los doce años se marchó a vivir a Francia.
Cuando acabó el curso escolar, su padre que había emigrado a Francia a trabajar a una fábrica de coches, vino a recoger a toda la familia.
Y entre llantos y abrazos se despidieron de la familia y de todos los vecinos.
La separación que supuso más dolor para Cayo fue la separación de África, era su mejor amiga y sentía adoración por ella y en secreto estaba enamoradillo de ella.
Vivieron en una portería de un gran edificio de los Campos Elíseos donde  su madre ejercía de portera.
Fue a un colegio francés de formación profesional y eligió la rama de restauración y se especializó en pastelería.
A Cayo le supuso un gran dolor tener que separarse de África y eligió esa profesión pensando en que algún día sería su pastelero particular.
Decía, me haré un gran pastelero e iré a buscar a África, me casaré con ella y todos los días le haré un merengue especial para merendar.

En su infancia fueron amigos y a la edad de 8 años todas las tardes, cuando salían del colegio, se iban a la fábrica de harina que había cerca de su casa.
En la fábrica de harina siempre estaba María que era la  encargada de la molienda y cuidadora de una granja de pollos.
Una moza soltera de aspecto desdibujado..., por el polvillo de la harina, la harina le daba a su figura un aspecto desenfocado y borroso.
De avanzada edad, de tez morena, de pelo negro, grandes ojos negros, boca grande, todos sus rasgos eran grandes y grande también era de estatura e inmensa su bondad para con los niños.

María, mientras el molino molía el trigo, el maíz y demás cereales, siempre estaba sentada en una silla de nea empolvada de harina..., igual que su pelo, su cara y sus ropas y sentada en la silla hacía ganchillo sin parar.
En el momento que se llenaba de harina molida el  saco de arpillera, dejaba la labor encima de la silla, cogía un cordel ataba el saco y cargándoselo al hombro lo subía al estrado y lo colocaba a la derecha del escenario donde estaban  los sacos de harina molida.
Por un  gran tubo pegado en el techo iba cayendo el cereal a un enorme cono que hacía de molinillo:
Unas veces maíz, otras trigo y otras centeno.
Del molinillo caía en los sacos, levantando una gran polvareda: harina de maíz de color amarillo cadmio, o  blanco zinc si procedía del trigo, y harina  color siena tostada si procedía del centeno.

Cuando llegaban a la fábrica: África, Margarita, Sole y Cayo; María sin levantar la cabeza de su labor, subía la vista por encima de sus lentes enharinados y con una gran sonrisa los saludaba.
Ellos se acercaban a ella y les daban un beso en su hermosa cara  quedándose impresos los labios en la cara enharinada de María.
 A África le llamaba la atención los pelillos teñidos de harina en los orificios de la  nariz de María  que simulaban a una gran telaraña.

-María venimos a ensayar...
 
-Muy bien, muy bien, ya os estaba esperando..., le contestaba ella.

Se subían a la plataforma donde estaba el molino y en el hueco que quedaba entre los sacos llenos de cereales por un lado y los otros sacos con la harina ya molida, montaban el escenario colocando una tabla de madera.
Detrás de los sacos tenían el camerino. Saltaban a la parte inferior, donde había unas puertas con unas escaleras que bajaban a la maquinaria del molino y, allí,  encima de un banco de madera colocaban toda la ropa que llevaban  y a continuación  se cambiaban.
Sacaban los cancanes, faldas largas y pañuelos de colores, se quitaban el babi y sus faldas plisaditas y se colocaban los grandes cancanes, las faldas largas y los pañuelos.

María, como única espectadora le daba la vuelta a la silla y con una gran sonrisa, en su cara de mujer buena, se disponía a ver la sesión de la tarde.
Primero salía Cayo y ponía en el improvisado escenario un cilindro de madera hecho de un trozo viga de madera vieja y encima ponía una tabla rectangular y subiéndose en ella con un pie en cada extremo hacía equilibrios y anunciaba a la artista que iba a salir.

-Señoras y señores comienza la función tiene el gusto de cantar para ustedes:

 - África y le acompañaran las bailaoras Margarita y Sole.

María soltaba el ganchillo y aplaudía con fuerzas, levantando una gran polvareda con la harina que salía de las mangas de su chaqueta y con el movimiento de sus enormes pechos.
África ataviada con su cancán , falda roja,  pañuelo por los hombros y con sus zapatos marrones desabrochados a los que les había metido unas alzas, que consistía en poner en el interior del zapato unas piedras, para que la hicieran más esbelta, salía al escenario y la acompañaban Sole y Margarita vestidas con indumentarias parecidas.
Cayo se apartaba hacia un lado, cogía su rodillo y su tabla y se sentaba encima de un saco de harina dispuesto a contemplar el ensayo.

A África le gustaba cantar una canción de la Paquera de Jerez, muy concentrada y metida en su papel de artista  se arrancaba África en  su cante, saliéndole algunos gallos y desafinos pero ella continuaba pues no era consciente de  su mal oído y de su desafortunada voz.
A mitad de la canción Margarita y Sole sacudían un "zapateao", armando tal polvareda que África empezó a toser;  desgañitándose de tal manera que  tuvo que parar la función.
Discutieron y medio se pelearon  echándose las culpas unas a otras del incidente.

María las miraba y no paraba de reír y llorar y su cara se llenó de trazos grises y blancos.


continuará...

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