miércoles, 16 de noviembre de 2011

EL PASTELERO FIEL (3)

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Se sentaron los cuatro encima de un saco lleno de trigo y se comieron las tortitas que María les había preparado en un santiamén.
Se rechupeteaban los dedos untados de miel y María los observaba con una mirada llena de ternura y les dijo: el próximo día haréis vosotros las tortitas.
E inmediatamente Cayo dijo: yo, yo..., María por favor las quiero hacer yo.
Con un beso muy gordo se despidieron de María hasta el día siguiente.
África tiró calle abajo, dirigiéndose hacia su casa y les pidió a Margarita y a Sole que la acompañaran hasta su casa, pues ellas dos vivían cerca la una de la otra e iban acompañadas  casi todo el tiempo.
La acompañaron y las otras dos continuaron subiendo hacia  la parte de arriba del pueblo.
Cuando Margarita llegó a la puerta de su casa, Sole le dijo que la acompañara un poco hacia su casa, Margarita acompañó a Sole a su casa, pero entonces Margarita le dijo a Sole que era un poco fresca que ahora ella se tendría que ir sola a su casa, que tenía que acompañarla por lo menos hasta la mitad del camino, así pues..., Sole acompañó a Margarita hasta la mitad del camino y desde allí cada una tiró para un lado.
Cayo se encontró con unos amigos que estaban jugando a pídola y pase, les dijo que si podía jugar con ellos y los chavales le respondieron que se fuera con quien había estado hasta ahora.

La verdad es que cuando salió del colegio pensó en quedarse con los amigos, pero vio a África y ésta le rogó que las acompañara a ensayar a la fábrica de harina y no pudo negarse, prefería pasar la tarde al lado de África, aunque ya sabía lo que le esperaba cuando fuera en busca de los amigos.
Se empezaron a reír y a mofarse de él y a llamarle “mariquita”.
Cayo cogió un puñado de piedras, se las metió en bolsillo del pantalón y comenzó a lanzárselas con mucha rabia y los niños salieron corriendo chillando: mariquita..., mariquita...
Al pasar la esquina de su calle se topó de narices con su madre, Pura se llamaba.

-¿Qué te ocurre?

- ¿De dónde vienes?

- ¿Qué te pasa?

-Nada madre, no me pasa nada.

-Pues venga..., para casa que ya ha oscurecido, te tengo dicho que regreses a casa antes de que se enciendan las luces.

-¿Hemos tenido carta de padre?

-No, hoy no ha pasado por aquí el cartero.

-Vete para casa que yo voy a hacer un recado.

-¿Qué recado?

-Pues un recado..., le dice la madre un poco nerviosa.

-¿A qué hora llegarás madre?

-No sé..., sobre las nueve y media o así...

Cayo dobló la esquina como si se dirigiese a su casa pero no lo hizo, decidió seguir a su madre a escondidas.
Su madre se encaminó calle arriba y, al llegar al cruce del pueblo, se desvió a la izquierda, camino del cementerio.
Caminaba deprisa con la cabeza agachada y se había puesto un pañolón a la cabeza que apenas dejaba ver su cara.
Una vez pasadas las últimas calles del pueblo se acercó a la pared  de una casa medio derruída y de allí salió un hombre que la abrazó y besó de forma violenta.
Cayo escondido detrás de la pared se quedó atónito no daba crédito a lo que veían sus ojos.
No conseguía oír lo que hablaban, sólo oía ruidos, la respiración de su madre y del acompañante  en un tono bastante elevado.
Continúo escondido detrás de la pared. El hombre comenzó a hablar en un tono más fuerte.

-Pura, no voy a consentir que te vayas con tu marido a Francia, debes convencerle de que tu allí no pintas nada.

- No me presiones ya te tengo dicho que esta relación nuestra es circunstancial, y tu sabes hasta donde podemos llegar, yo nunca dejaré a mi marido te lo he dicho y repetido mil veces.

Esto es lo que hay, si lo quieres bien y si no lo dejas...

-¿Pero como puedes hablarme así y quedarte tan tranquila?

-Si te marchas a Francia me iré yo también.

-Eso ni se te ocurra, cuando me vaya quiero una nueva vida junto a mi marido y mi hijo, ya no puedo soportar más esta doble vida.

-Serás capaz de olvidarte de mi, llevamos cinco años viéndonos cada día...


-Sí demasiados años,  yo te quiero  pero ya sabes que yo de quién  realmente estoy enamorada es de mi marido.

-Pero Pura... yo creía que era al revés, que querías a tu marido y que estabas enamorada de mí...

-Tú creías, tú creías..., tenemos lo que tenemos y no hay más que hablar.

-Yo te doy a ti lo que tu quieres..., y tu me das lo que yo necesito...

-Por cierto, podrías darme 1000 pesetas, las necesito para  comprarle a Cayo un abrigo nuevo.

-¿Es que tu marido no te manda  dinero ni para comprarle un abrigo a Cayo?

-Pues no, no me manda. Este mes he tenido lo justo para ir tirando.

-Seguro que tiene una querida...

-Eso no me lo digas ni en broma, cobarde sólo lo haces para herirme.

Cayo salió corriendo hacia su casa y se cruzó con una amiga de su madre que le dijo:

-¿De dónde vienes a estas horas Cayo?

-De..., de..., casa de mi abuela...

De repente el individuo le dio un fortísimo bofetón a Pura,  se montó en la moto y se marchó a toda velocidad,  dejándola  tirada en el suelo; con tan mala suerte que en la caída se fracturó un brazo.
Permaneció tirada en el suelo inconsciente durante unos minutos y cuando despertó, sacudió su vestido, miró hacia un lado y hacia otro, no vio a nadie y envuelta en su pañolón y con el brazo colgando se marchó a casa.

Cayo se había metido en la cama, estaba aturdido con lo que había visto y oído, esa noche no quería dormir con su madre, no soportaba que un hombre que no fuera su padre la abrazara.

-Cayo...,Cayo..., hijo..., levántate, necesito que vayas a casa de tío Juan el curandero.

Cayo se hacía el dormido, pero al oír el llanto de su madre se levantó dando un salto de la cama.

-¿Madre qué te ha pasado?

-Me he caído y creo que me he roto el brazo, ve inmeditamente a casa del curandero para que venga a arreglarmelo, por favor hijo, corre,corre.

-Tío Juan, tío Juan que mi madre le necesita se ha roto un brazo.

-¿Y dónde se ha roto el brazo a estas horas de la noche?

-Se ha caído por las escaleras del sobrao.

El tío Juan cogió un bote de grasa que tenía para curar a los burros y a los mulos, en general a todos los animales y personas que lo necesitasen y se dirigieron a casa de Pura, no había ni un alma por la calle, lloviznaba y había un poco de neblina y  humo de los secaderos de pimientos.

-Pura, Pura...: ¿Qué ha pasado esta vez?

-No puede ser lo que ha dicho el muchacho, que te has caído por las escaleras del sobrao, si te he visto pasar yo hace unos minutos por delante de mi puerta...

-Ya te dije la última vez que te anduvieras con cuidado...

-Tío Juan pasa lo que pasa..., usted ya sabe..., para que le voy a engañar si usted sabe muy bien lo que pasa.

-Pero hija... ¿No está al venir tu marido de Francia...?

- No lo sé tío Juan, lleva meses sin escribir.

Me manda el giro con cuatro perras y no tengo ni para pagar la luz.

-Preparate, respira hondo, el curandero se untó las manos con la grasa del tarro de cristal y cogió el brazo de Pura y en dos movientos colocó el hueso roto, la entablilló y le puso un pañuelo colgado del cuello para que apoyase allí el brazo.

-Pura esta vez has tenido suerte sólo te ha roto un hueso, la próxima vez la cosa puede ser más grave.

Y..., el muchacho sabe algo..., de lo contrario no me habría mentido diciéndome que te has caído de las escaleras del sobrao.

Mientras tanto Cayo permanecía agazapado detrás de la puerta de la cocina sin entender absolutamente nada de la conversación del curandero con su madre.


Continuará...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

estoy intrigadísima, esto es mejor que las novelas de abuela, jaja.

Brigida dijo...

Y esto acaba de comenzar......