lunes, 21 de noviembre de 2011

EL PASTELERO FIEL (5)

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Llegaron las navidades y vino de Francia, Fidel, el padre de Cayo.
Días antes de su regreso Cayo le contó a  África que su padre se había comprado un coche y que vendría a buscarlos para ir  a vivir a Francia con él.

-Eso mismo me dijiste el año pasado y todavía estáis aquí, le contestó África.
Tenía razón, todos los años por Navidad su padre le decía lo mismo y luego no lo cumplía.
Ponía miles de disculpas y pretextos para llevárselos cuando se acercaba la hora de la partida.
Tales, como que: si la casa  donde vivía no reunía las condiciones adecuadas...
Que necesitaba ahorrar más para poder instalarse allí  con toda la familia... etc, etc...
-Excusas, no son más que excusas decía su madre...

 Fidel se fue muy joven a trabajar a Francia, después de cumplir el servicio militar.
Se fue sin la aprobación de su padre que quería que se quedase ayudándole en las tareas del campo.
Y..., dejando atrás a Pura, el amor de su vida y a su hijo chiquinino. No se había separado nunca de ella desde que la conoció a los 18 años de edad. Él era  tres años mayor que ella.
Pura era la chica más guapa del pueblo era morena, delgada y esbelta, y muy lista..., –decían que era la más lista del pueblo-.
Desde muy pequeña  acompañaba a su madre a planchar a  casa de los ricos  y como pasaba mucho tiempo en casas de ricos, mientras su madre planchaba ella ayudaba a limpiar el polvo y entraba en las bibliotecas de las casas ricas y, allí mismo, comenzó a sentir el gustillo por la lectura.
Cogía el libro que más empolvado estaba, lo limpiaba suavemente con la bayeta, acariciaba los lomos de piel y pasaba el dedo índice por las ranuras pintadas de oro.

Al principio sólo veía los santos (ilustraciones), pero poco a poco se fue introduciendo en la lectura. 
Se escondía detrás de la puerta de la biblioteca y leía con gran avidez, si no le daba tiempo a terminarlo, decía:  me lo llevaré a casa y allí lo acabaré, no se darán cuenta de que falta.
Se llevaba libros de Azorín, de Pérez Galdos, Rosalía de Castro, Unamuno, Becquer, Shakespeare, Fernando de Rojas, Lope de Vega, Calderon de la Barca, Santa Teresa, San juan de la Cruz, Emilia Pardo Bazán,Victor  Hugo  etc..
Los sacaba de las casas ricas escondidos en su ropa interior y por las noches a la luz de una vela  los leía y cuando los acababa los volvía a colocar en el mismo sitio. 
A veces se equivocaba y un libro que pertenecía a doña Irene lo colocaba en la biblioteca de Doña Ramona, pero daba igual, ellas..., mientras el hueco estuviese relleno no notarían nada.
De esta forma se fue cultivando en el arte de la lectura y le dio un vocabulario impropio del pueblo donde vivía.
Cosa que despertaba envidias  entre las muchachas del pueblo y la apodaban la “resabia”.
En la escuela le decían a su madre que era una pena que no le dieran estudios pues la muchacha valía para ello.
-Muy resabia para algunas cosas –decía su madre- pero muy cándida y tonta para otras...
A los 17 se quedó preñada de Fidel y tuvo a Cayo de soltera.
Cuando Fidel cumplió la mili se casaron y a los dos meses se marchó a trabajar a Francia, siempre con el firme propósito de llevárselos con él.

Cuando Fidel se fue a Francia por primera vez llevaba como único equipaje una maleta pequeña de madera y en ella metidas dos mudas de ropa interior, dos camisas blancas, unos pantalones de genero, la chaqueta de la boda, un jersey de lana, tres moqueros blancos, celtas cortos sin boquilla, dos chorizos, cuatro morcillas, un queso de cabra curado con pimiento molio y aceite y unas botas de material marrones.
Le acompañaron a la estación del tren su madre, sus hermanos, tíos, primos y por supuesto Pura con Cayo en brazos, todos excepto su padre que seguía enfadado con él porque se iba y lo dejaba solo con todas las tareas del campo.
Cuando se marchó Fidel  aún era un joven guapo a pesar  de su piel envejecida prematuramente y curtida por el sol de tanto trabajar en las ingratas labores del campo.
Al despedirse de toda su familia en el anden de la estación contuvo las lágrimas que le arañaban la garganta y bromeaba hablando mucho y deprisa, diciéndoles: cuando gane mucho dinero volveré al pueblo y montaré una fábrica de coches.
Le dio tiempo en el tren a entablar amistades con otros emigrantes que iban también destinados con un contrato a la misma fábrica que él.
Después de tres días de viaje y de interminables paradas del tren con destino  Madrid- Hendaya- París por fin Fidel  llegó a Francia.
Cuando llegaron a la estación de Montpelier les estaba esperando un español en el anden, fue pasando lista y les dijo que le siguieran. También le siguieron otros españoles que no les había nombrado porque iban sin contrato.
Pero el español no les dijo nada y  montaron todos en una camioneta destartalada de la posguerra y los llevaron a las afueras de París.

Al pasar por la fábrica les dijo el español, señalando con el dedo índice: ahí tenéis que venir a trabajar mañana.
El horario de la jornada laboral comprende desde las cinco de la madrugada a las cinco de la tarde; con una parada de dos horas a las 12 para comer .
 Después dos km. más allá, paró la camioneta y se paró delante de unos barracones y les dijo hemos llegado.
Unos barracones en medio de la nada, ni una tienda, ni una triste taberna para tomarse un chato.
Apenas había pisado Francia y Fidel ya se estaba arrepintiendo de estar allí.
Pero había que aguantar, aunque sólo fuera por el orgullo de no volver al pueblo con las manos vacías.
El despertador sonaba a las cuatro y media de la mañana, un café bebido, un ligero lavado de cara  y  se montaban en la camioneta  con destino a la fábrica a trabajar.
Cuando paraban de trabajar a las cinco de la tarde los volvía a recoger la camioneta y los llevaba a los barracones de nuevo.

Más de una vez, Fidel decía: Me !Cagüen..., la Os...  Pero...¿Dónde me he metido?.
La amistad entre los compañeros sustituía a la familia.
Por la tarde hacían la cena en común, tomaban café de puchero y tocaban la guitarra y cantaban canciones que les recordaba a España.
Pero las tardes y las noches se hacían interminables y para distraerse comenzaron a jugar a las cartas y Fidel se envició de tal manera, que muchos meses cuando cobraba ya tenía el sueldo gastado, en pagar las trampas que debía a compañeros.
La situación se hacía insostenible. El juego le había cambiado el carácter, se había vuelto agresivo y desconfiado.
Algunos compañeros empezaron a separase de él y lo evitaban siempre que podían.
El vicio de las cartas era el causante de que muchos meses Fidel le mandara cuatro perras a Pura y a ; y  mientras los demás compañeros iban a España por lo menos tres veces al año él sólo podía ir  una vez al año por Navidad.
Los fines de semana se sacaba un dinero extra trabajando de camarero en el  café La Rotonde en Montparnasse.
Distrito parisino plagado de pintores cubistas, dadaistas, surrealista y expresionistas.
Fidel llegó a tener buenas relaciones con muchos de ellos,  olvidándose a menudo y a propósito de cobrarles los cafés interminables que se tomaban mientras hacían grandes tertulias. 
Y más de un pintor  esbozó su rostro a carboncillo en un boceto, hecho en un momento en una servilleta de papel y en alguna pequeña acuarela hecha "alla prima".
Fidel era un hombre guapo y atractivo con rasgos muy mediterráneos y solía llamar la atención por su físico.
Un sábado por la tarde, cuando faltaba menos de un mes para que Fidel se marchara a España de vacaciones se le acercó  un pintor que estaba sentado con una mujer rubia platino y le preguntó que si accedía a ser pintado por él, que era un capricho de la americana que le acompañaba y que ella le pagaría bien; ya que el pintor estaba tan a dos velas como él  y Fidel que andaba escaso de dinero le dijo que no tenía ningún inconveniente.
Con el dinero que le dió la americana tuvo Fidel para alquilarse un coche para ir al pueblo.
Lavó el coche, lo enceró y le dio lustre y en dos días se presentó en el pueblo días antes de Navidad.
Todos los vecinos del pueblo y hasta su mujer y su hijo creyeron que el coche era de su propiedad y él no hizo nada para desmentirlo.


Continuará...