viernes, 2 de diciembre de 2011

EL PASTELERO FIEL (8)

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Pura se quedó desconcertada con las palabras de Salvador, nunca antes nadie le había pedido disculpas con tanta vehemencia y arrepentimiento.

-Está disculpado señorito Salvador, espero que no vuelva a ocurrir – le dijo Pura-

-Por favor, llámame sólo Salvador.

Pura seguía desconcertada y no supo que decir, al fin dijo:

-¿Me puedo retirar?

- Sí, sí, puedes retirarte si lo deseas.

-¿ Pero qué prisa tienes...? -Insistió Salvador-

-¿No te apetece coger algún libro de la estantería?

-Ahora no puedo o se me quemará el guiso de cordero.

-Está bien, no te entretengo más tiempo.


Pura preparó una estupenda caldereta de cordero y la llevó al comedor donde esperaban para comer: Salvador, las tías solteras y su madre.

Les sirvió a todos la caldereta y, cuando se iba retirar con el caldero, Salvador le dijo:

- Pura trae otro plato.

-¿Otro plato? Preguntaron todas las comensales al unísono...

-Sí otro plato.

Pura obedeció y se fue a buscar  otro plato.

-Y ¿Para quién ?-Volvieron a preguntar todas al unísono.

-Para Purina.

-¿Te has vuelto loco, hijo?

-No, no me he vuelto loco hay mucho cordero y es mi fiesta y quiero que Pura coma con nosotros.

- Está bien hijo, pero no me parece apropiado.

-  Perdone señorito Salvador yo creo que tiene razón su madre, es una comida familiar y yo no pinto nada aquí...

 Además, yo, ya tengo mi comida preparada  en la cocina.

-  Por favor Pura, siéntate y sírvete caldereta. -Insistió Salvador-

-   Señorito no creo que deba..., dijo Pura mirando a doña Ramona.

-   Sí Pura, ¡ siéntate!, Salvador quiere celebrar su vuelta con todos los miembros de la casa e incluso con el servicio. -Dijo doña Ramona en tono sarcástico y bastante humillante-

Pura obedeció y sentó en el filo  de la silla, se quedó inmóvil mirando el mantel, hasta que Salvador le dijo:

-¡Sírvete Pura!,  no empezaremos hasta que no te sirvas.

Obedeció las ordenes de Salvador y se dispusieron a comer.

Salvador y Pura parecían Hansel y Gretel en la casita de chocolate, invitados a comer una copiosa comida para luego ser devorados por  tres viejas brujas.

No les quitaba ojo Doña Serapia, cuñada de doña Ramona, pero sobretodo miraba a Pura; tenía un ojo puesto en la tajada de cordero que estaba rebañando con los dos únicos dientes que le quedaban y  con el otro ojo medio “guiñao” le dirigía una mirada a Pura como si quisiera fulminarla en esos momentos. Comía con tantas ansias que  por la comisura de los labios le caía la salsilla roja del cordero, como si fuera el nacimiento de un riachuelo de aguas arcillosas, que al llegar a la mitad de la barbilla hacía una curva el riachuelo de salsa roja al encontrarse con una junquera de pelos canosos e hirsutos, para luego bajar precipitadamente hasta el mentón salpicado de verrugas, y a partir de ahí..., la salsa caía en cascada hacia el cuello gordo y fofo, donde ya la salsa se derramaba mansamente formando un delta. Haciendo  de dique la servilleta blanca que tenía puesta en la garganta.

Doña Ramona miraba a su hijo con cara de reprobación, con la cabeza alta y apenas sin probar el cordero.
Sólo le molestaba la actitud de su hijo, no le molestaba que Pura estuviera con ellos en la mesa, le molestaba que Salvador hubiera puesto tanto empeño en ello.
Ella quería mucho a Pura, la había visto crecer en su casa y sabía que era eficiente, muy lista, muy trabajadora, muy limpia y muy guapa, pero lo que le molestaba era  la insistencia  de su hijo para que comiera con ellos cuando la comida era una comida familiar.
Y, por otro lado estaba doña Lorenza hermana de doña Ramona que tenía su capacidad intelectual disminuida, y comiendo a dos carrillos y le dijo a Salvador:
-Purina es la mejor cocinera que hemos tenido, has hecho muy bien en invitarla a comer.
-Mírala que guapa es, además es muy lista y muy trabajadora y tiene un niño precioso que se llama Cayo, pero es muy chico y todavía no come carne. 
Pero Pura tiene muy buena leche y el niño engorda y crece de maravilla.

-¡Calla de una vez torpe¡ -dijo doña Ramona.

Doña Lorenza agachó la cabeza y con el rostro metido en el plato de caldereta comía como un animal.

-Tiene razón tía Lorenza hubiera sido injusto no invitar a comer a la cocinera, te felicito Purina te ha quedado el cordero exquisito -Dijo Salvador-

Pura no dijo nada aunque agradeció las palabras de doña Lorenza, aún a sabiendas que era considerada  por las demás como una bobona que no valía para nada y que siempre hablaba más de la cuenta.

Apenas  la dejaron comer:

-Pura trae agua.

-Pura trae más vino.

-Pura cambia el plato.

-Pura trae más pan.

-Pura colócame el cojín.

-Pura retira el plato.

-Pura trae la ensalada.

-Pura trae el postre.

-Pura retira los platos.

-Pura trae el café.

-Pura trae unas pastas.

-Pura quiero una infusión.

-Pura trae un puro para el señorito.

-Pura conecta la radio.

-Pura retira el mantel.

-Pura trae bicarbonato con un vaso de agua.

-Pura....Pura.....Pura.....

Pura apenas comió, ella hubiera preferido comer tranquila en la cocina su olla de berzas con huesos de espinazo de cerdo adobados de la matanza.

Siempre, claro está,  después de haber solucionado todos los “¡Tráeme!”a los que la someten las señoras a diario durante la comida.

  
Se retiraron todos los comensales a la salita a echar una cabezada y a reposar la copiosa y suculenta comida y Pura se fue a la cocina a fregar todos los platos y a dejar toda la cocina organizada.

Llamaron a la puerta del servicio de la cocina y apareció su madre con Cayo, le tocaba mamar y lloraba como un desesperado.

Pura dejó el estropajo y limpiándose las manos en el mandil se dirigió hacia él con una gran sonrisa y diciéndole:

-Ya está aquí mi niño precioso, ven, ven a mis brazos mi tesorito.

Sus pechos a punto de reventar habían manchado de leche su blusa.

Pura dando un profundo suspiro se sentó  en una silla y sacó una teta y  le metió el pezón en la boca de Cayo, que lo buscaba desesperado y ansioso, pues no acertaba  a encontrarlo por el llanto y el hambre que tenía.

Se abrió la puerta de la cocina y entró Salvador y entonces Pura cogió un moquero blanco y limpio y se lo puso encima del pecho.

Salvador se quedó contemplando  aquella conmovedora y bonita estampa de una madre bella y joven dando de mamar a un precioso y rollizo niño.

No podía creer que Purina, la niña, que aunque era unos años más joven que él, y le había acompañado a cazar pájaros en el jardín, ahora fuera esta hermosa mujer.

-Perdona Pura no sabía que.....-Dijo Salvador-

-No tiene importancia estaba hambriento y mi madre me lo ha traído hace un momento.

Cayo sacó el pezón de la teta de su boca porque ya no sacaba leche y mirando  a su madre le echó una preciosa sonrisa, Pura le besó en su cabecita y le cambió de lado para darle la otra teta.

Cayo mamaba tan deprisa que se le escapaba la leche a borbotones , dibujándole un bigotillo blanquecino que le daba un aspecto  picaruelo.

Salvador seguía allí contemplando la escena y Pura olvidó ponerse en el moquero encima del pecho.

Se había relajado. Ya no veía a Salvador como el hombre acosador que ayer se propasó con ella.

Hoy le veía como el muchacho que ella admiraba cuando era niña y  al que ella seguía como un corderillo en sus juegos.

Había sido muy amable con ella invitándola a comer y no le había importado la opinión de la madre y de las tías.

No intuía  segundas intenciones en su comportamiento, le veía sincero y arrepentido de la bravacunada del día anterior.


Fue pasando el tiempo y Salvador no volvió a acosar a Pura.

Le aumentó el salario y le hacía regalos (libros) a ella y a Cayo de vez en cuando y a escondidas de doña Ramona..., y no le  pedía nada a cambio.


Pura notaba que  cada día la deseaba más y más, no lo podía disimular, lo notaba en sus miradas.

Ella empezó a sentir desasosiego el día que no le veía e incluso retrasaba su vuelta a casa para  leer en los ojos de salvador unas palabras de amor y de ternura de las que ella estaba tan necesitada.

Poco tiempo tuvo Pura de ser querida y admirada por su marido a los dos meses de casados se marchó a Francia.

A menudo, ella le escribía unas cartas de amor preciosas y él sólo le contestaba lamentándose de lo solo que se sentía tan lejos de España.

Fidel era un hombre rudo y parco en palabras aunque la quisiera más que nadie en el mundo... no sabía demostrárselo.

Por esta razón ahora estaba como obnubilada con las atenciones de Salvador y a veces sentía unos deseos irrefrenables de acariciar su pelo y mesar sus barbas doradas, besar su boca y sentirse abrazada por ese hombre corpulento y bien plantado.

Esos pensamientos le producían cierto complejo de culpa, estando casada no debería desear a otro hombre, se consolaba pensando que no debía de ser tan raro este sentimiento ya que en las novelas que ella leía a menudo ocurrían situaciones similares.

Fidel era el amor de su vida, pero era un hombre sieso y más pendiente de él que de los demás, un poco hipocondríaco.

La quería mucho, pero no era detallista, raras veces le hizo algún regalo.... aunque simplemente hubieran sido unas simples margaritas recogidas en el campo..., ella se lo hubiera agradecido como si fuera un precioso ramo de rosas rojas.


Un día, cuando llegó a trabajar a casa de doña Ramona había un gran revuelo, estaban muy alborotadas doña Serapia y sobretodo doña Lorenza.

-Venga ,venga Pura que hoy es un gran día tienes que ir al mercado y preparar una gran comida.

-¿Qué ocurre?-preguntó Pura.

-¿Es que no te has enterado?

-Hoy vienen a comer don Ceferino y doña Cristeta con su hija Dorita- dijo doña Serapia-

-Mi hermana Ramona quiere que Dorita se case con Salvador-Dijo doña Lorenza-

-Calla bocazas que no te tienes nada para callado-Le dijo doña Separapia-.

A Pura le sentó la noticia como un gran mazazo.



Continuará...




2 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Donde se pueden leer el avance del próximo relato?. Enganchaita me tienes!!. Un beso. Nines

Brigida dijo...

Lo dan después del telediario de la 1, ja,ja,ja.
Besitos