viernes, 9 de diciembre de 2011

EL PASTELERO FIEL (9)




Pura sintió una especie de vértigo cuando doña Lorenza le dijo, que Dorita la hija de los boticarios, del pueblo de al lado, era  novia de Salvador.

 Ella que meses atrás  lo había rechazado ahora sentía celos de una mujer que no conocía.
Y, pensándolo bien debería estar agradecida a Dorita que fuera la novia de Salvador, así ella ya estaría fuera de peligro.
Se decía, Pura: lo que estoy empezando a sentir por él es una locura, es lo mejor que puede ocurrir, que se case con ella y se vaya  a vivir fuera de esta casa.

Estaba Pura con estos pensamientos mientras daba los últimos retoques a una sopa de almendras y a una hermosa merluza cocinada en salsa verde y para el postre había hecho una deliciosa leche frita.
Todo estaba listo para ser servido en el momento en que llegaran los invitados.
Le pusieron un uniforme negro con un delantal blanco con tiras bordadas y una cofia blanca almidonada.

Llamaron y abrió la puerta de la calle Salvador, entraron con él hablando, alegremente, Dorita y sus padres.
Todas se pusieron de pie y dijeron al unísono:
- Pura ve a recibir a los señores y recoge los abrigos y los sombreros.
Pura se dirigió hacia los invitados con la cabeza agachada y recogió los abrigos y sombreros, que los invitados le ponían en sus brazos sin mirarla, tapándole la cabeza.
En esos momentos Salvador le retiró el sombrero  que le impedía ver y sin que los demás le vieran le dio un beso en la frente a Pura, que le proporcionó un cosquilleo por todo su cuerpo y le subió una calorina que ruborizó sus mejillas.

Todos comían a dos carrillos y no paraban de hablar; a la que más se le oía era a Dorita era una joven ya madurita cercana a la treintena..., se la veía muy espabilada, muy resuelta y muy segura de si misma.
Al terminar la comida Dorita le pidió a Salvador un cigarrillo, lo encendió, y echando grandes bocanadas de humo, hablaba  sin parar con mucho desparpajo de su viaje a  París, de su visita al Louvre. Hacía comentarios de la belleza renacentista de  un precioso cuadro, la bella jardinera de Rafael  Sanzio y de la mirada enigmática de la Gioconda de Leonardo da Vinchi y de hermosas mujeres pintadas por Renoir.
Doña Ramona, doña Serapia y doña Lorenza la escuchaban con la boca abierta, mientras tanto Salvador no le quitaba ojo a Pura en sus múltiples idas y venidas de la cocina al comedor y de este a la cocina.
Dorita que no tenía ni un pelo de tonta se fijó en el detalle y le dijo a Salvador:
-Tenéis una cocinera muy buena, Salvador, no estaría nada mal que cuando nos casemos... tu madre nos deje que se venga a trabajar con nosotros  a la casa de campo...
Salvador un poco nervioso le contestó:
-!Ah¡ no, no... Pura no puede marcharse tiene un hijo pequeño al que tiene que cuidar.

-¿Pero tan joven y ya tiene un hijo...?

-Sí, sí..., y está casada, por cierto, su marido trabaja en París.

Doña Cristeta, que tampoco tenía un pelo de tonta, dijo:

- Bueno , bueno y entonces, ¿para cuando vuestra boda...?

Dorita dijo:

- Salvador, yo había pensado que sería ideal para la primavera.

-¿Qué te parece?

-Es una buena fecha, ¿Que os parece madre?

-Por mi encantada de la vida, hijo, -Dijo doña Ramona.

-Entonces comenzaré a hacer todos los preparativos -dijo don Ceferino-

-Celebremos el compromiso con una copita de licor - dijo doña Serapia.

-Pura, Pura, trae las copitas y la botella de licor.

Pura con la cabeza bien alta les sirvió las copas y miró a Salvador con una mirada de reproche.
¿Cómo era posible que  con sus miradas le hubiera hecho creer que estaba loco por ella y a la vez estuviera anunciando su compromiso con Dorita?
Soy una tonta y una pobre infeliz..., que ha llegado a pensar que el señorito se había fijado en mí por algo más que por mi físico, yo pensaba que él siempre me había querido desde que éramos niños pero ya veo que lo único que quiere de mí es... aprovecharse...
Estaba Pura en esos pensamientos mientras fregaba la loza cuando entró en la cocina Salvador y cerrando la puerta y empujándola contra la pared comenzó a besarla de forma apasionada y ella se entregó a sus brazos y sintió un ligero vértigo o mareo mientras no paraba de decirle:

-¿Pero tú me quieres?

Y Salvador respondió:

-Más que a nada en este mundo.

Y así comenzó la relación de Salvador con Pura a pesar de que ella estaba casada y tenía un hijo y de que Salvador se casaría en la primavera con Dorita.
Comenzó Salvador yendo todas las noches a casa de Pura, entrando por lo corralones traseros, se subía al sobrao y entraba por la claraboya que estaba rota y se deslizaba por las escaleras de madera hasta llegar al cuarto de Pura.
A veces... llegaba Salvador con alguna copa de más y discutían y la que siempre salía perdiendo era Pura, porque Salvador con una copa de más se transformaba en un ser agresivo y loco que la insultaba e incluso la maltrataba físicamente, para más tarde, al día siguiente, arrepentido pedirle perdón y jurarle y perjurarle que nunca volvería a ocurrir.
Ella le perdonaba, pero en  esos momentos, Pura deseaba no haber comenzado nunca esa relación y deseaba más que nunca marcharse a Francia con Su marido.

Llegó la primavera  y Salvador se casó con Dorita  y se fueron a vivir a la casa de campo de la finca las "Sapindanas".
Este traslado hizo que Pura y Salvador se vieran menos, y por temor a ser descubierto quedaba con Pura en la tapia de una casa derruida cerca del cementerio.
 Llegada la noche, él se acercaba en moto desde la finca hasta allí, diciéndole a Dorita que iba a visitar a su madre, a doña Ramona.
Unos días se amaban y otros discutían porque Salvador  había comenzado a sentir celos de todos los hombres que miraban a Pura, y más de una vez Pura se iba para casa con un ojo morado.
Casi todos los habitantes del pueblo, mayores y niños, estaban al tanto de esta relación, todos menos Fidel y Cayo.
Parecía  que el único que nunca supo de la tormentosa relación fue Fidel, porque Cayo decidió un día contarle a África que su madre se había encontrado con el espíritu de su abuelo en la tapia cercana al cementerio.
Entonces África, en su más pura inocencia, le dijo que ese no era el espíritu de su abuelo sino que era el marido de la boticaria del pueblo de al lado e hijo de doña Ramona.
Cayo sin decir media palabra empezó a hilar cabos sueltos y pensó que África tenía razón, que lo que su madre le había contado era un cuento chino.


Continuará...



1 comentario:

Anónimo dijo...

finca las sapindanas... no suena nada mal algún día la compraremos