miércoles, 11 de enero de 2012

EL PASTELERO FIEL (11)



 El regreso de los emigrantes,  en  fechas navideñas,  ha pintado el pueblo de alegres colores.
Alegres van sus mujeres y  sus hijos, cantando villancicos, bailando y tocando las panderetas por las calles y los bares.

Sus ropas grises y negras se han convertido en alegres jerseys y abrigos de colores chillones que les han traído sus padres y maridos de Francia, de Alemania y de Suiza.
Jerseys de lana, tejidos con grecas de ositos y de estrellas. Abrigos plastificados, brillantes e  inflados de colores rojos, amarillos y violetas.
Ellos, los emigrantes llevan en la cabeza el sombrero tirolés de paño verde adornado con unas plumas de pavos reales.
Y sus mujeres e hijos gorros de lana con grecas de colorines.
Fidel, le ha traído a Pura un anorak lila y otro a Cayo de color rojo y él lleva un jersey  negro que le da cierto aire existencialista.
Parece que parte de los habitantes del pueblo de repente hubieran engordado por lo menos 
20 kilos, decía un paisano envidioso, de los abrigos de colorines de los emigrantes.

Pasan las fiestas navideñas y a  Fidel aún le quedan vacaciones, no se marchará a París hasta febrero.
Aprovechan para hacer la matanza y así poder llevarse embutidos caseros.
Después de mucho trabajo durante la matanza, Fidel, le propone a Pura ir a pasar una semana a Madrid.
Irán a casa de su hermano a pasar unos días, para que Pura y Cayo conozcan Madrid.
Preparan las maletas y por la mañana temprano emprenden el viaje en el coche alquilado de Fidel.
Después de varias paradas, ocasionadas, unas porque Cayo quería mear y otras porque quería vomitar, llegaron a Madrid tras 7 horas de camino.
Su hermano Pedro vivía en Madrid en el barrio de Carabanchel, cuando llegaron no estaba en casa, pero le dejó las llaves a una vecina.
La vecina, una señora mayor, doña Concha, llamó la atención de Cayo, pues tenía un pelucón negro y los labios pintados de carmín de un rojo intenso.
Muy amablemente les dio las llave y les dijo que si necesitaban algo que no dudaran en llamarla.

Cuando entraron en la casa Pura no pudo disimular su cara de espanto al ver tanto desorden y  tantos cacharros sucios en el fregadero.
Pedro estaba soltero, era mayor que Fidel se marchó muy joven a trabajar a Madrid, siempre le gustó aprender, aprender de todo lo relacionado con las matemáticas y la física.
Conocimientos que pudiera aplicar en su profesión, para ello,  cuando salía del trabajo, por las noches, iba a una academia donde estudiaba lengua, matemáticas y física.
Su buena mano para la albañilería se vio favorecida por sus conocimientos adquiridos en la academia y muy pronto fue nombrado encargado de obras en la empresa donde trabajaba.
Su horario de trabajo era bastante largo, salía a las cinco de la mañana y regresaba a las nueve de la noche, a penas paraba en casa, nada más que para cenar y dormir.

Pura se armó de valor y mientras dormía Cayo, que había llegado exhausto del viaje, se dedicó a limpiar y a fregar platos hasta que dejó la casa como una patena.
Mientras tanto Fidel se había ido a dar una vuelta por los  bares del barrio, hasta que llegara su hermano del trabajo, se le pasó rápido el tiempo de espera conversando con los camareros amigablemente de fútbol, sobretodo en la fragua que eran forofos del Atletit y en el bar "los Paxariños" que eran forofos del sporting, hablaban  como si se conociesen de toda la vida.
Este ambiente era el que Fidel echaba de menos en París aunque no dejaba de reconocer que él allí tenía otro tipo de ventajas.
Se encontró con Pedro a la salida del metro, se dieron un fuerte abrazo y llevando agarrado Pedro a Fidel con el brazo  por el hombro,  le propuso  entrar en la pastelería que estaba al lado de la boca del metro; entraron en la pastelería los dos hermanos y compraron bambas de nata y una mandarina con gajos de caramelo azucarados para Cayo.
 Se dirigieron a casa,y cuando llegaron se encontraron con la casa completamente limpia y olía a tortilla de patatas y a costillas de cerdo adobadas.
Pura abrazó a Pedro y éste le dio las gracias por el cambio que le había dado a la casa.

-Mañana, sábado, iremos al Circo Price, le dijo Pedro a Cayo.

-Bien, bien, tío, estoy deseando ir.

Cenaron  todo lo que Pura había cocinado y bebieron tintorro del pueblo y hablaron y rieron hasta altas horas de la madrugada, Cayo se quedó dormido con la cabeza apoyada en sus manos cruzadas encima de la mesa camilla.
Al día siguiente se levantaron y Pedro les tenía preparado un perolo de café de puchero y churros y porras metidas en un junco.
Después de desayunar se marcharon al retiro a ver la "casa de las fieras".
Cayo se quedó  tristemente impresionado con el león flaco y viejo; le dijo a su madre que a él le gustaban más los leones que salían en la película de Tarzán, lo mismo dijo de los elefantes, las hienas y  del triste y desdibujado tigre rayado.
Le decepcionó aquella pandilla de viejas y desdentadas fieras enjauladas, nada tenían que ver con los animales salvajes que el había visto en las películas.
Su tío le compró un cucurucho de cacahuetes para que se los echara a los monos y acercándose a ellos con recelo comenzó a reírse al ver hacer monerías a la monita que él creía que era la mona Chita.
Los monos eran más divertidos, como estaban enjaulados se dedicaban a tirar restos de frutas a los visitantes y eso le causó mucha gracia a Cayo.
A la salida de la casa de las fieras su tío le compró una preciosa manzana roja cubierta de caramelo y cuando se acercaron al puesto de manzanas  el vendedor dijo, este niño no tiene pinta  de ser de  Madrid, sin duda, tiene que ser de pueblo...
Cayo se sintió un poco molesto, creía que le había llamado paleto, pero enseguida aclaró el buen hombre, que lo decía por el buen color de cara que tenía el chaval, ya que los niños madrileños están todos descoloridos y paliduchos.

Más tarde dieron un paseo en barca en el estanque del Retiro, delante Pedro y Cayo y detrás Fidel y Pura agarrados de la mano, como una pareja de recién casados. 

Por la tarde fueron al Circo Price y Cayo que era amante de todo tipo de espectáculos, quedó impresionado de tanta grandeza, armonía, colorido y tanta variedad de  atracciones.
Los malabaristas, los acróbatas, las contorsionistas, los payasos, el domador de leones y de tigres, el domador de elefantes, el hombre cañón.

También llamó su atención el precioso vestuario de todos los artistas, ellos..., con pantalones ajustados blancos y el torso desnudo y ellas..., con bañadores de lentejuelas y grandes pelucas de cabellos rubios rizados, todo era espectacular para él.
En esos instantes se acordó de África y pensó lo mucho que hubiera disfrutado ella, que tenía alma de artista, viendo el gran espectáculo del circo Price.
Estaría muy atento a todo lo que allí ocurría para luego contárselo con pelos y señales, sin olvidar nada.
Lo más parecido a un circo, que hasta ahora había conocido Cayo, era el espectáculo que hacían   los titiriteros ambulantes, que en las noches de verano llegaban al pueblo.
Cuando llegaban los titiriteros él y todos los niños y mayores del pueblo solían ir a la plaza del pueblo cargados con una silla para sentarse y contemplar el simple pero emocionante espectáculo.  Y como único número, el de una bella cíngara con un bañador ráido y descolorido y con unas medias con grandes "tomates".
  Se paseaba por una cuerda atada a dos postes de hierro y de vez en cuando levantaba una pierna, perdiendo el equilibrio, algunas veces, y cayendo al suelo.
En esos momentos el público, salvajamente, silbaba y gritaba y la pobre cíngara sonriendo y medio llorando volvía a subir a la cuerda.
En el descanso, pues había descanso y todo..., vendían boletos para una rifa, solían rifar un cuadro con una lámina de una virgen, paquetes de caramelos y grandes cayadas de pirulí.
 Hasta que no vendían todos los boletos no comenzaba de nuevo el espectáculo.
El presentador..., era un gitano, vestido como  un bandolero de sierra morena  y a grito pelado le decía:

-¡Hale, Mari...! 

-¡Hale, bonita...!  

-¡Salta, Mari...! 

-¡Salta, bonita...!

Al finalizar la Mari pasaba la gorra y todos le echaban una perra gorda o una perra chica.


                   En el descanso del espectáculo en el Price, Fidel, hizo un gesto para que se acercara el chico de los helados que llevaba colgado del cuello una caja de madera e iba gritando:
-Al rico bombón helado... Para el niño y para la niña...
Compró un bombón helado para Pura y otro para Cayo.
Cayo no había comido un bombón helado en su vida y menos en invierno, le quitó el papel del envoltorio plateado, que rezumaba frescura en su superficie y saboreó el bombón helado con gran placer. 
A la salida del circo fueron a pasear por la Gran Vía y Cayo se quedó abobado al ver  los rótulos luminosos que adornaban las fachadas, le impresionó: la  moneda que caía en una hucha enorme, los rótulos de los cines, la iluminación de la calle Preciados y los enormes escaparates iluminados de los grandes almacenes de Galerías Preciados y el Belén gigante que había en la trasera de los grandes almacenes.
Y le encantó el bacalao rebozado que comieron en un bar que estaba en una calleja cerca del belén de Galerías y por supuesto el enorme pastel con una guinda que se tomaron en una pastelería famosa en la Puerta del Sol.
Seguidamente fueron hasta la plaza mayor que continuaba llena de tenderetes con artículos de toda clase.
El tío Pedro que era muy aficionado a jugar en las tómbolas compró varios boletos y se los dio a Cayo para que los abriera.
Fue despegando los boletos con gran atención y cada vez que encontraba un premio daba un grito de júbilo.
Le tocó un reloj de pulsera y ese fue el primer reloj que Cayo tuvo.
También le tocaron dos largas cayadas de caramelo de pirulí.
Cayo no sabía como contener tanta emoción y acabó llorando de alegría abrazándose a Pura.
Pasaron unos días preciosos en Madrid. El domingo por la mañana visitaron el Museo del Prado.
Pura y su hijo nunca habían visitado un museo y todas las salas  llamaban su atención, Goya, Veláquez, El Greco, Rubens, Caravaggio. etc.
Pero el cuadro que más llamó la atención de Cayo fue el Jardín de las delicias del Bosco, estaba fascinado mirando en cada pulgada del lienzo a tantos personajillos desnudos con caras de felicidad eterna, animalillos salvajes y domésticos como humanizados, casitas como de cuentos de hadas, unas con formas de burbujas y otras como palacetes en miniatura, pájarillos, lechuzas, todos conviviendo de manera revuelta en una especie de edén.
Pura conocía obras del Prado pero sólo las había visto en alguna lámina y al ver ahora esos cuadros de grandes dimensiones y tan hermosos como las Hilanderas... y la Fragua de Vulcano..., al contemplar este último cuadro y ver  el cuerpo musculado del Dios Vulcano, esculpido pincelada trás pincelada por Velázquez, como una escultura renacentista, le dio un vuelco el corazón y pasó como un rayo por su mente la figura de Salvador .
Se entristeció  y de sus ojos rodaron  lágrimas de emoción y miedo.

A la salida del museo Fidel le compró a Cayo una cámara fotográfica de juguete que al mirar por el visor y apretando un botón iban apareciendo fotografías de los principales monumentos de Madrid.
Cayo pasó bastante tiempo como atontado pasando una y otra vez las imágenes de la cámara: la Cibeles, Neptuno, El palacio Real, la puerta barroca del Hospicio, la plaza Mayor, la Puerta de Acalá, el Retiro y por supuesto el Museo del Prado.
 También fueron  al rastro el domingo por la mañana y quedaron impresionados de todo lo que se vendía allí.
Cosas que ellos consideraba inútiles y que si se las encontraban  en la calle en su pueblo no las cogerían , aquí, además, las vendían.
Fueron unos días inolvidables para la familia, pero sobretodo para Cayo y para Pura, estaban encantados de su visita a la gran ciudad.
Fidel les dijo que París era aún más grande y tan espectacular o más que Madrid.
Lo primero que hizo Cayo nada más llegar al pueblo  fue ir a buscar a África a la fábrica de harinas y contarle todas sus vivencias en Madrid.



Continuará...

1 comentario:

Anónimo dijo...

ME ENCANTA QUE A ESTA FAMILIA TAMBIÉN LES PASEN COSAS BUENAS. HEMOS EMPEZADO EL AÑO OPTIMISTA.
TE QUIERO MAMI