viernes, 1 de junio de 2012

Relatos de verano:Las vacaciones de Paqui





Se acerca el verano y Paqui anda con la mosca detrás de la oreja, no le dejaron muy buenos recuerdos las vacaciones del año pasado, y teme que este año el chollo sea un engaño peor que el del año pasado.
 Con esto de la crisis... los hoteles playeros anuncian grandes chollos de alojamientos a 100 metros de la playa...
Cien metros que a ella, el año pasado, le parecieron 100 km. Cuando iba cargada con la bolsa de la playa, las toallas, la sombrilla y, todo esto, con un calor aplastante que la dejaba derretida en la arena como un  escupitajo.
Cuando acabaron las vacaciones se prometió a sí misma que para el próximo verano se lo pensaría mucho a la hora de elegir lugar y hotel.

Se lo está pensando... ¡Vaya si se lo está pensando!
Sin decirle nada a su marido, está pensando que este año no quiere  playa.
Una fobia, pre y pots playa..., se está apoderando de ella, aún sabiendo lo bien que le viene el agua del mar para su sinusitis...
Paqui se ha liado la manta a la cabeza y ha decidido viajar, viajar sí,  pero  con los documentales de la dos, sentada  o echada en  su cómodo sofá.
Unas veces visitará  la India, otras  Asia, otras  Sudamérica y la mayoría de las veces lo hará al norte de África, que es su país preferido.
Pero aun no le ha dicho nada a su marido... Él tampoco pregunta, como a él nunca le ha gustado la playa... Él, espera a que ella diga algo...
A Paqui le gusta viajar mucho pero a  su marido no le gusta nada y este año ella siente una pereza tremenda, son ya muchos años preparando sola las vacaciones y no quiere volver a oír: 
 "Ya te lo dije, pero te emperraste".
Está cansada, todos los años el mismo cantar para convencer a su marido para realizar el viaje:
Sólo de una semanita... "porfa" -Le suplicaba.
Ella siempre elegía junio para ir al mar, porque en esas fechas las playas no estaban masificadas...
Por lo que ya no pasa, es, por  ir a una playa donde tenga que estar tumbada al lado de miles de veraneantes.
 A ella lo que más le motivaba era ir a  calitas solitarias y darse unos buenos chapuzones, bucear y mezclarse con los bancos de peces  que nadan junto a las rocas. 

Paqui se lo está pensando..., le da una pereza tremenda el viaje en coche, que empieza con el madrugón que le da su marido el día de la partida. Siempre tiene que salir, por narices, a las  cinco de la madrugada, como si se fuera acabar el día...
También la echa para atrás la compra del bikini y los vestidos playeros, ha engordado unos kilos y le salen moyas por todas partes, y por otro lado la economía no está muy boyante.
Pensaba Paqui en lo fácil que es  llenar la  maleta, siempre a rebosar de ropa, de la cual apenas se pondría tres prendas, pero Paqui siempre llenaba la maleta por si a caso... y eso le llevaba a grandes discusiones con su marido.
Pero también ya está pensando en la vuelta y lo difícil que es vaciar la maleta...  al regresar de las vacaciones, vaciar esa montonera de ropa sucia, toda llena de arena y con ese olor a humedad, tan característico, que la ropa coge en el hotel barato...
A su regreso se pasaba la maleta sin abrir por lo menos dos días en el dormitorio, hasta que al tercero la empujaba con el pie hasta la cocina y la vaciaba en el suelo  e iba seleccionando lavando, tendiendo y planchando...

También le venía a su mente la tediosa y larga autovía; las paradas en las solitarias e impersonales áreas de servicios; sin un árbol como si estuvieran en el lejano Oeste.
Con el mostrador de la cafetería lleno de  bocadillos de jamón reseco y quesos grasientos de pan congelado y las ensaladas tiesas y flatulentas.
 Le molestaba hasta recordar la imagen de los guiris que no miran nunca a los ojos, porque siempre están consultando un mapa y le horrorizaban  sus sandalias y sus calcetines blancos de algodón.
 Ellas flacas, rubias o canosas y ellos coloraos como tomates y con una buena barriguita cervecera.
Tampoco puede... con los servicios, los baños..., que huelen a desagües y  a tuberías viejas que tiran para atrás y están sucios porque ya ha pasado por allí un tropel de personal y han dejado  el suelo repleto de compresas asquerosas, salvaslips, pañales de niños, y los wáteres con restos de mierda..., que a Paqui le dan ganas de vomitar.
Y, recuerda, al salir del restaurante: el calor aplastante del mediodía; la soledad del parking, con algún veraneante, de una categoría social inferior a ella, comiendo unos bocadillos a pleno sol y las moscas y avispas revoloteando a su alrededor, con el suelo lleno de servilletas sucias, papeles de plata engurruñados con restos de comida, latas de cocacola, de cervezas y botellas de plástico.
¡Todo en el suelo alrededor de una papelera rebosante de basura!
También le venía a su memoria: aquel niño que salía del coche, y pálido como un cadáver echaba la pota, y el marido  como un energúmeno salía del coche gritándole a la mujer:
 ¡Te dije que no le dieras de comer! Pero como nunca me haces caso..., pues ahora a ver como limpiamos el coche...
¡Déjame en paz ahora con el coche..., so mendrugo no ves como está el niño...!
Le grita su mujer, que lleva en brazos al niño vomitador y agarrada a su pierna una niña medio dormida y gimoteando...
Y lo que más la hundía era ver a esa parejita de jóvenes tan frescos y lozanos que bajaban del coche sonriendo y abrazados, que le recordaba su juventud perdida.

Y, ya al  llegar a la ciudad playera al mediodía, con toda la calorina y  con las pérdidas en las innumerables rotondas  antes de llegar al hotel, con las consecuentes discusiones con su marido... Si hay que salir por aquí o por allí...
Y cuando  por fin encuentran  el hotel, en tercera línea de playa, un hotelucho perdido en una barriada,  llena de contenedores, con basura a rebosar, con perros y gatos rebuscando en la basura.
Al lado de un supermercado con un montón de flotadores  amarillos, barcas hinchables, bikinis baratos de colorines, pareos horteras, bolsos de rafia, cubos palas, rastrillos y chanclas de todos los colores, colgados de la puerta de la entrada.
El hotel siempre lo cogían  con pensión completa, aunque algún día su marido se estirara y comieran una paella en la playa.
 Pero lo normal era, que hicieran  todas las comidas en el cutre buffet libre; con la misma comida todos los días: lonchas de mortadela, fiambres, paellas llenas de cáscaras de moluscos,
ensaladillas,  pollo y magro de cerdo en salsa...

¡Por dios, se decía la Paqui que necesidad tengo yo de todo esto..., con lo a gustito que estoy yo en mi casa, en mi saloncito, en mi dormitorio, mi baño y en mi cocinita que me hago mis verduritas, mis paellitas,  pescaditos, mi carne, y si quiero mis marisquitos..., como a mi me gustan...
Y, aquí, me tengo que pelear para coger un plato de pasta, que nunca se me hubiera ocurrido hacer en casa, y tengo que soportar a madres que gritan Kevim... coooooomeeeee.
Y,  por las tardes realizando turismo por los alrededores, coche para arriba coche para abajo. Cargada con la cámara, y foto aquí  y foto allí.
 En las que sólo sale su marido. Que cuando las enseña, a su regreso, en la oficina, le dicen los compañeros:
¿Pero estás segura que tú has ido de vacaciones porque no sales en ninguna foto?
Pero lo que más le tira para atrás es: el dormir en hoteles baratos, la dejan  baldada esos colchones y almohadas que son como piedras.
 A las dos noches de dormir fuera de casa ya está echando de menos su confortable cama, su baño y sus objetos cotidianos.

Todo estos recuerdos de veranos anteriores le venían a Paqui a su mente y se dijo: yo este año voy a veranear en mi sofá con los documentales de la dos.
Al fin al cabo lo que recordaba de sus anhelantes visitas a museos y a lugares idílicos quedaban en su mente como diapositivas que iban pasando deprisa como una película no vivida.
Es que una semana no da para más...

Llegaron sus vacaciones y el marido no le dijo nada y ella ese día se levantó tarde, se puso la radio,  radio nacional, le gustaba escuchar a la Pepa y a sus colaboradores y se preparó un buen desayuno con  zumo de naranja auténtico y tostadas con aceite virgen extra y fruta fresca; se lo llevó a la terraza y se lo tomó tranquilamente leyendo el periódico en su ordenador portátil y escuchando la radio.
Para la comida no se complicó la vida. Hizo un gazpacho y un pescado a la plancha.
 A media mañana se marcharon a la piscina del barrio, Paqui se dió un buen baño, a continuación se tomaron unas cervecitas con unos amigos y se fueron a comer a casa.
Por la tarde después de la siesta estuvo pintando un rato; cuando cayó el sol fueron al cine y esta vez no tuvieron que hacer cola porque la ciudad estaba vacía, y a la salida se tomaron unas gambitas a la plancha en una terraza.
Se fueron a casa, se acurrucó en su sofá y después de ver un documental del norte África, recorriendo el zoco con todo su exotismo, fragancias y colorido se marchó a dormir a su camita y al día siguiente se levantó la Paqui como una reina...
Y su marido mirándola le dijo:
 Si... ya te decía yo... que... la arena es bastante molesta...

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