lunes, 17 de diciembre de 2012

El diario de Pura (2)



Cayo se desploma encima de la cama de su madre, y permanece tirado en la cama abrazado al cuaderno de Pura.
 Al rato se incorpora, abre con nerviosismo y con tensión el diario, como aquel día, que siendo, aún un niño, la siguió por el camino del cementerio y la sorprendió abrazada a un hombre.
Por un momento ha dudado: entre coger el cuaderno y quemarlo..., o echarle un vistazo. Por fin  decide leer el diario de Pura García, su madre.

Día 10 de Mayo de 1968

Hoy hemos llegado a París mi hijo Cayo y yo, después de un duro e interminable viaje.
Cayo ha pasado casi todo el viaje dormido, sólo se despertaba cuando yo le zarandeaba y le decía:
¡ Mira , hijo!, ¡Mira qué paisajes tan bonitos...!
 Pero Cayo iba un poco mohíno, estaba apenado por dejar a sus amigos en España y no mostraba demasiada atención a los paisajes.
 El viaje se me ha hecho eterno, yo no podía imaginar que París estuviera tan lejos.
Durante el trayecto han pasado por nuestro compartimento más de cincuenta personas, subían y bajaban todo tipo de personas, unos amables y otros  menos amables, gente aseada y gente desaliñada.
Lo que peor he llevado han sido los olores a humanidad,  cada cual llevaba su olor característico, sin faltar el insoportable olor a sobaquina,  que huele como a cebollina cocida... y el olor a quesos "curaos" de los que se lavan poco los pies. Por esta razón apenas he podido comer bocado durante todo el trayecto.
Cayo tenía su cabeza apoyada en mi regazo y dormía profundamente, y yo apretaba con mi mano una bolsa de tela, que llevaba colgada del cuello con el dinero, que he ahorrado durante toda mi vida, 7.532 pesetas.
Me advitió Fidel que tuviera cuidado con el dinero, que a veces en el tren te roban si te quedas dormida.
A penas he dormido. Durante el trayecto de la noche he ido todo el tiempo apoyada y recostada en cristal de la ventana, siempre de cara a la entrada del compartimento, y Cayo apoyaba su cabeza en mi pecho.
¡Cuanto quiero a mi hijo!, es lo mejor que me ha pasado en mi vida.
Otra razón por la que no he pegado ojo ha sido porque contínuamente alguna persona  apagaba y encendía la luz  para ver si había algún asiento libre... o porque entraba el revisor pidiendo los billetes.

Cuando amaneció, mi hijo tenía necesidad de ir al servicio, le dije a una señora que viajaba a nuestro lado que me cuidase las maletas y le acompañé, pues me había dicho Fidel que no le dejara solo, que a veces, misteriosamente, han desaparecido niños en los viajes.
En este momento  he conocido a un hombre, se llama  Jaime. Le he conocido accidentalmente. Acompañé a Cayo al servicio, y no pudo entrar porque estaba ocupado, esperamos bastante rato, y como, Cayo, no se podía aguantar me pasé a otro vagón.
Pasamos a otro vagón y me quedé sorprendida de lo bonito y diferente  que era y de la gente tan elegante que iba allí. Y sobretodo lo bien que olía ... seguramente todos tienen en sus casas bañeras con agua caliente, sales de baño, perfumes y jabones con fragancias exquisitas, cosas de la que carecen los pasajeros de mi clase, aunque mi madre siempre me decía que el aseo personal no era exclusivo de los pudientes...
Decía: ¡Hay que lavarse aunque sea con agua helada!
  Pude leer en un cartel por encima de la ventanilla:
 "Clase primera". El nuestro era de "clase 3º".
Los asientos eran de cuero y almohadillados, no bancos de madera como los nuestros, y los pasajeros hablaban bajito, o leían y estaban bebiéndo un zumo que una camarera les había servido.
Cuando íbamos por la mitad del vagón me detuvo el revisor.
-¿A dónde va señora? Por aquí no puede pasar...¡Váyase a su compartimento!- me dijo el revisor-
-Mi hijo necesita ir al servicio y está ocupado el de mi vagón.
-Pues que se espere.
-No puede esperar.
-Le repito que abandone este compartimento.
De repente se acercó al revisor, un hombre muy atractivo, y le enseñó una tarjeta y susurrándole al oído, le dijo: ¡Haga el favor de no molestar a la señora!
El revisor se disculpó con nosotros y pasó Cayo al aseo, y cuando salió agarré fuertemente la mano de mi hijo y caminé por el pasillo con la cabeza bien alta, de pronto sentí que todas las miradas estaban clavadas en mí.
De regreso a mi vagón, Jaime se levantó de su asiento y nos abrió la puerta para que pasásemos; los demás pasajeros nos miraron y nos ofrecieron una agradable sonrisa.Yo agradecí a Jaime su ayuda con otra sonrisa.
Al rato he visto a Jaime mirando en el vagón, y cuando nos ha visto ha entrado en el compartimento y se ha sentado allí con nosotros, ha entablado una conversación con nosotros y se ha interesado  por nuestra procedencia. 
Hemos hablado mucho durante el viaje. Yo le he preguntado por su profesión, he visto que ha dudado un poco y me ha dicho que es músico, que toca en una sala de fiesta; toca la trompeta y la armónica.
De repente ha sacado una preciosa armónica de su bolsillo y se ha puesto a tocar la música de una película:
 " La muerte tenía un precio", le he dicho yo, cuando la he reconocido.
Y así hemos pasado un agradable rato, mi hijo y yo, intentando reconocer los títulos de las canciones que él tocaba.

  Se ha ofrecido a enseñarme París, pero yo he rehusado muy amablemente; le he dicho que mi marido lleva viviendo mucho tiempo en Francia y que está deseando enseñarme París.
Me ha pedido la dirección de dónde voy a vivir en París, me ha dicho que le gustaría quedar un día para pasear juntos con Cayo por la orilla del Sena.
He dudado, un poco, pero al final se la he dado, creo que no debería habérsela dado, hay algo en ese hombre que me inquieta, es muy nervioso, muy guapo, es moreno con unos preciosos ojos azules, muy vivarachos y alegres, y no para de fumar, enciende un cigarrillo con otro.
Hablaba en castellano pero con un seductor acento francés.
 Y no ha parado de mirarme durante todo el trayecto. Y he sentido un placer extraño cuando se cruzaban nuestras miradas.
Un placer, que nunca he sentido con Fidel, sólo lo he sentido con Salvador. Esto me atormenta, ya tuve una mala experiencia con Salvador y me doy miedo a mí misma, no quiero meterme en más líos.
¡Hacía tanto tiempo que no tenía esta sensación!, sensación que me hace sentirme viva, pero por otro lado, peligrosa sensación, que espero se quede ahí, solamente, en una sensación.
No quiero  volver a verle y así no tendré problemas de ningún tipo. Ahora que ya estoy con mi marido, no tiene sentido que me sienta atraída por otro hombre, ¡dios mío! Esto no puede ser normal...
Ha debido notarme algo en  la cara, porque me ha preguntado:
-¿Que le pasa, se encuentras mal?
- ¡No!, le he respondido: estoy un poco cansada.
Entonces se ha marchado a su vagón.
Al llegar a la estación me ha ayudado a bajar  las maletas. Su mano ha rozado la mía y he sentido un escalofrío, que me ha recorrido todo el cuerpo; creo que él lo ha notado y me ha sonreído.
Y, yo nerviosa le he tendido la mano para despedirme de él.
Se quedó un instante con mi mano hasta que se acercó Fidel y yo, dando un tirón, solté su mano y me abalancé sobre Fidel.
 Con  una preciosa sonrisa se alejó. Después le he visto que nos seguía a distancia por la estación.
Al llegar a nuestro domicilio, he mirado para atrás para ver si veía a Jaime, pero no he visto a nadie.
Creo que en el fondo me gustaría volver a verle, me ha parecido una persona muy interesante, muy amable y misterioso. Pero por mi bien debo olvidarle.
Hablando de otro tema, de camino a la portería lo poco que he podido ver de París me ha encantado y me ha impresionado la majestuosidad de los edificios.
Al llegar a la portería nos ha recibido Jean Pierre, el mayordomo de monsieur le president.
Jean Pierre, tiene ademanes amanerados, se lo he comentado a Fidel y me ha dicho que son bobadas mías. Creo que vamos a congeniar muy bien o por lo menos eso espero, es encantador y me ha tratado con mucha cortesía y sensibilidad.
Presiento que vamos a ser buenos amigos, se ha ofrecido a enseñarme todo el edificio y a acompañarme mañana al colegio de Cayo.
En mi primera noche en París, tantas emociones y nerviosismo me han desvelado, después de amarnos Fidel y yo, él se ha quedado dormido. Yo he salido al saloncito a tomarme un café y a fumarme un cigarro. Y de pronto he oído una hermosa melodía que venía de la calle y  me he asomado a la ventana y he visto a Jaíme tocando la armónica al otro lado de la avenida, enfrente del edificio.
Serían las 3 de la madrugada, me ha saludado con la mano, yo le he sonreído y he cerrado la ventana.
De pronto se ha levantado Fidel y me ha dicho:
- ¿Qué haces Pura con la ventana abierta?
-Nada, nada... he abierto para que se vaya el humo.
Me he metido en la cama con Fidel y me he abrazado a él con todas mis fuerzas, y he rezado para que no me vuelva a encontrar a Jaime nunca más en mi vida.... y no he dormido en toda la noche.

Cayo, revuelve su cabello canoso e intenta recordar a ese hombre, llamado Jaime, sobre el que escribe su madre y de pronto se oye:
-Cayooo, Cayooo...¿Has cenado hijo?
-¿Tú otra vez madre...?
-Sí... hijo te vas a ver negro para librarte de mí...¿A qué no has cenado?
-No, no... tengo ganas.
-Si no tienes ganas las "crías".
-Come un poco del queso fresco de cabra que te ha traído la Tea la  "albendera" y come unas aceitunas negras con un cacho de pan.
¡Anda que si yo pudiera me comería un puñado de esas aceitunas negras aliñadas!
Aunque no tengo necesidad de comer nada, pero mira, las he visto en la cocina tan redonditas y tan gordas que me daban ganas de coger un "puñao" y comérmelas con sal gorda y con un cacho pan.
Pero luego he pensado y...¿ Por dónde me las como? Si me he quedado como una suave brisa.
-Madre no bromees con estas cosas, que yo lo estoy pasando muy mal...
-Pues deja de pasrlo mal porque yo estoy muy requetebien...
¿Pero qué escondes, hijo?
-Nada, nada...
-A ver...
¿Qué haces, hijo, leyendo mi diario?
-Madreee..., perdona, es que lo encontré, ahí, entre tus cosas y me pudo la curiosidad...
Por cierto ¿Quién era ese Jaime?
-¿Qué Jaime?
-Sobre el que escribes... el que conociste en el tren...
-¡Ah! y yo qué sé...
-¿Es que no te acuerdas de nada?
-No, no tengo recuerdos, a lo mejor es por el golpe que me di en la cabeza...
-¡Qué bobadas dices madre!
-Y tú preguntas demasiado...
-Porque a tí...ya te da igual, madre...
-Hombre, Cayo, estás hurgando en mi intimidad...
-¿A ver... si me vas a decir tú... ,ahora, a mí...que tú... no has hurgando en mi intimidad, y estando yo... vivito y coleando...?
-Si lo hacía era porque quería protegerte, y era la única manera de entrar en esa cabecita modorra y mojigata que cultivaste en tu adolescencia.
-Madre no te pases...
-A ver ... ¿Qué quieres saber?
-¿Quién era ese Jaime?
-Un desgracio... como todos...y yo... una bobona como pocas...
-¿Cómo, qué como todos...?
-Sí como todos, siempre buscando lo "mismo".
-Pues vaya concepto que te has llevado de los hombres...
-Hijo, he conocido a muchos... y todos al final buscaban lo "mismo".
-No me lo puedo creer con lo lista que tu eres y con la formación que tienes... pienses que todos somos iguales... 
-¡Anda duerme! que mañana te espera un duro día de viaje a París.
-¿Y tú, madre, te vienes para allá?.
-Pero mira que estás bobo...¿Cómo quieres que vaya yo para allá...?, yo ya no vuelvo para allá. Yo ya me quedo aquí  en el pueblo tranquilamente.
-Yo, madre, creía que tu podías estar ahora en todas partes...
Perdona que te lo pregunte otra vez:
¿Has visto a padre?
-Noooo, nooo he visto a tu padre, ya te dije que esto es un poco complicado, yo sólo estoy a dos palmos del suelo y de momento me han dicho que me voy a a pasar ahí un buen tiempo...
Y por el tiempo que hace que murió... yo calculo, que él debe de estar a la altura de la torre de la iglesia.
Además tampoco tengo la necesidad de verle...
-No entiendo nada madre...¿Quién te ha dicho que no puedes subir más arriba?
-Ni falta que te hace, hijo, ya te lo explicaré mejor cuando lleve más tiempo, yo también estoy un poco confundida....
-Sí...Sí...¿Quién te lo ha dicho madre?
-No creo que me lo haya dicho nadie, lo que ocurre es que yo he llegado ahí y no tengo necesidad de moverme, además así estoy más cerca de tí.
Yo deduzco que vas subiendo según te vas liberando de las ataduras que tenemos en la tierra.
-¿Pero no dices que te han desaparecido las "necesidades de..."?
- Si me han desaparecido todas las necesidades, pero, Cayo, yo creo que ni la muerte puede separarme de ti.
Pero lo que tengo claro es que yo... ya me quedo por aquí en el pueblo....
-Pues entonces yo tampoco me voy mañana, madre...
-¿Cómo? ¿Cómo que tú no te vas mañana?
-No, no me voy, me quedaré aquí un tiempo...

Continuará...

2 comentarios:

Nines dijo...

Mínimo deberías publicar un capítulo por semana, como las series de la TV.

Besos

Anónimo dijo...

Hola ,
la historia con mucha chispa.Acuérdate que en la primera parte en las fiestas no hubo ningún capítulo .
Mariche.