sábado, 5 de enero de 2013

El diario de Pura (3)



Jean Pierre se ha levantado temprano y después de preparar el desayuno se dispone a llamar a Cayo.
-Pasa, Jean Pierre, le dice Cayo, tengo que decirte que he decidido que no me voy a marchar a París, quiero quedarme aquí una temporada; tengo que resolver unos asuntos pendientes de hace mucho tiempo...Y además debo de hacer alguna reforma en la casa.
 Ya he hablado con África para que se vengan, ella y mis hijas, a pasar aquí la navidad. Va a ser la primera vez que pasamos estas fiestas sin mi madre y quiero pasarla aquí con nuestros recuerdos.
Pero, sólo este año, el próximo año no renunciaré a la oferta que me han hecho para asistir en Japón a unas jornadas gastronómicas.
Voy a cambiar mi vida por completo, voy a empezar a vivir y a conocer mundo.

-Eso está muy bien Cayo, pero ahora no te importaría acompañarme..., he pensado que antes de  irme me gustaría dar un paseo por el pueblo y comprar lotería en algún bar.

Cayo y Jean Pierre dieron un paseo por el pueblo y se dirigieron al bar. Cuando entraron todos los hombres que estaban allí echando la partida levantaron sus cabezas.
Se levantaron de sus sillas y le dijeron:
- ¡Coño, Cayo tómate una copa con nosotros...!
-No...gracias, ya tendré tiempo otro día... voy a quedarme aquí una temporada.
-¿Y la parienta...cómo es que la dejas sola en Francia...?
- Vendrán, más adelante,  en Navidad.
-¡Ah! hijo, bien, bien... a las mujeres no hay que dejarlas solas mucho tiempo...que luego pasa lo que pasa...
-¿Qué pasa ? --dice Jean Pierre, en tono de reproche.
-Siempre se ha dicho el refrán,  que la mujer en casa  y con la pata "quebrá".
-¿En qué siglo viven ustedes? gritó Jean Pierre.

Un chuleta se levantó de la silla y se acercó a Jean Pierre y agarrándole por la solapa le dijo:
Oye tú franchute de merde... sin ofender que te doy una hostia y te parto la cara esa de mariquita que tienes...

-¡Suéltalo, desgraciao, le dijo Cayo.
-¿Y tú eres mi primo, Cayo? Vaya...,vaya... ahora defiende al mariquita.
-Me produces nauseas, "moqueras" ahora no me explico como pude ser amigo tuyo, siempre has sido un chulo de mierda...
-Claro, claro... aún estas resentido porque te pisé a la África..., menuda zorra...si yo hubiera querido...no sería ahora tu mujer. Jaaaa...ja, ja... igual que tu madre...

En ese instante Cayo enfurecido cogió una silla y la iba a estampar en la cabeza de su primo, cuando de repente el "moqueras" comenzó a dar vueltas como una peonza y sus ropas iban desprendiéndose de su cuerpo hasta quedarse en bolas.
Ante la mirada atónita de los allí presente, el "moqueras" se mostraba como su madre le trajo al mundo, mostrando su enorme barriga cervecera, sus carnes flácidas, sus pechos caídos llenos de una pelusa blanca y sus piernas flacas que sostenían un barrigón peludo que cubrían sus partes pudendas, que apenas si se apreciaban.
Entre sorpresa y risas se quedaron todos estupefactos, mientras el moqueras trataba de recoger sus ropas y estas volaban por el bar y no se dejaban atrapar.
Arrancó un mantel de una mesa se lo envolvió en el cuerpo y salió corriendo de allí como alma que ve al diablo. Y dos galgos, famélicos le seguían, ladrando, por la calle desierta.
Ante tal alboroto, los vecinos abrieron sus puertas y se asomaron a sus ventanas, y no daban crédito a lo que veían sus ojos.

-¡Vaya tela!, y ¿Tú te quieres quedar aquí, en este ambiente pueblerino y cerrado, lleno de envidias y rencores...?
¿Tú has visto lo que yo he visto Cayo?
-Estaba borracho...no hay que echarle mucha cuenta...
¿Y...qué?, esta gente no puede ser tan descarada y grosera...
-No le he partido la cara porque te vas a quedar aquí y no quiero que tengas problemas por mi culpa, de lo contrario cojo a ese "merde"....
Pero, Cayo, yo..., a lo que me refiero es..., a como ha ido perdiendo sus ropas, nunca había visto nada igual...
Yo tampoco, contestó Cayo.

- Ya está ahí el taxi, Cayo. ¿Estás seguro que quieres quedarte aquí?.
Sí, Jean Pierre, debo quedarme un tiempo; necesito estar aquí, no te preocupes ya regresaré a París con mi familia.

Jean Pierre se marcha y Cayo le despide con un fuerte abrazo y entra en la casa.
Está muy indignado con el comportamiento de su primo el "moqueras". Cuando se le pase la borrachera hablará con él.
No deja de pensar en el incidente ocurrido en el bar y no le cabe la menor duda que "eso" ha sido cosa de su madre:
-Madre, madre...¿Qué has hecho?, no me gusta nada que sigas metiéndote en mis asuntos, yo sé defenderme solo, soy un adulto, madre.
¿Cuando te enterarás que ya no soy un niño?
-Cayo, hijo, no quería que arruinaras tu vida por un malnacido...(aparece escrito en los cristales empañados)
Vete con Jean Pierre, aún estás a tiempo, aquí no encontrarás más que envidias y miserias.
¿Entonces por qué te quedas tú aquí?
-Cayo, lo mío es diferente, yo ya estoy muerta.
-Pero aquí te han hecho mucho daño....madre.
La vida, aquí, es así..., amor y envidia; ayuda y zancadillas...; adulaciones y críticas, pero me he dado cuenta que la vida es así en todas partes. Sólo debes elegir bien a las personas de las que te rodeas, pero eso es difícil en la vida, no sé por qué razón siempre elegimos lo que menos nos conviene.... 
Ahora tengo que irme, Cayo, no me he despedido de mi buen amigo Jean Pierre, le he visto que se iba muy triste y quiero animarle.

¡Madre, me vas a volver loco...!

Cayo, resignado a no poder librarse de la presencia de su madre..., se dirige al dormitorio y coge el diario de Pura  y se dispone a continuar con su lectura.

Mayo-1968
Por fin he llegado a casa... deseaba ver a mi hijo más que a nada en el mundo, es la primera vez en mi vida que me he separado de él.
En la cárcel me han tratado bien, he conocido a los manifestantes con los que me han encerrado, he escuchado sus reivindicaciones y enseguida he empatizado con ellos;  al principio me ayudó mucho Natalie, pero a ella la sacaron rápidamente y me quedé un poco sola.
Cuando me llevaron a declarar, pasé por un despacho que estaba la puerta abierta y con gran sorpresa pude ver a Jaime... interrogando a un chico con el pelo largo. Pasé y me tapé la cara, no quería que me viera.
Yo no entendía nada, me dijo que era músico..., ¿Qué hacía allí interrogando a un chico?
Unas horas después le he vuelto a ver, yo estaba sentada en un banco con la cara tapada con un pañuelo y él ha pasado dando empujones a una chica. He podido ver de reojo que me miraba las piernas y automáticamente las he recogido, y cruzándolas las he metido debajo del banco de madera.
Ha perdido para mí todo el atractivo que tenía en el tren. No me equivocaba yo al pensar que ocultaba algo..., resulta que es policía..., el muy mamón.
Yo permanecía sentada, con la cabeza agachada, y de repente he visto unos zapatos delante de mí; he levantado la cabeza y me he encontrado con la cara de Jaime junto a la mía, su boca frente a mi boca, he sentido su aliento y su perfume fresco de recién afeitado y he deseado besarle.
Me ha cogido por el brazo y me ha llevado a su despacho; ha cerrado la puerta y allí sin mediar palabra me ha empujado junto a la pared y entre los armarios, con las puertas abiertas y  llenos de expedientes, me ha besado en la boca, y, yo, no he podido negarme, este beso, estaba escrito. 
Jamás hubiese imaginado que me lo encontraría aquí, por un momento pensé que estaba inmersa en una pesadilla, de esas que me atrapan en la noche.
En cambio, lo que me extraña es que él no se haya sorprendido al verme; ¡qué raro me parece todo esto...!
Me eché a llorar, como una niña, y le dije que por qué me había dicho que era músico... y me contestó que, no me había mentido, que era músico los fines de semana y a unas horas determinadas.
Le rogué que me sacara de allí, que me iba volver loca del dolor que me producía el no ver a mi hijo Cayo.
Me dijo que no era fácil pero que lo intentaría, a cambio me pidió que entrara en un servicio, apestoso, que había en el despacho. Le pedí, por favor, que me dejara, y alborotando sus cabellos con sus manos, me soltó, me pidió perdón y me dejó sentada en una silla en el despacho y salió cerrando la puerta.
Al rato vino con un impreso, me dijo que firmara y que me marchara a casa.
Ya nos volveremos a ver, Pura, siento todo lo ocurrido.
-¡Toma! este es mi teléfono llámame si vuelves a tener algún problema.

Yo... ya no sabía por lo que estaba más preocupada, si por todo lo que me había ocurrido, que me detuvieran, y me llevaran a la cárcel en un furgón, o por el inesperado encuentro con Jaime.
Aunque estoy asustada por lo sucedido, debo de reconocer que no me molestó el beso que me dio en la comisaría. Pero tengo miedo... miedo a algo desconocido e inesperado.
Después del grave accidente con Salvador me prometí no volver a estar con ningún hombre que no fuera Fidel. Pero algo extraño me sucede, está visto que me gusta lo oscuro, lo extraño, el misterio y los hombres fogosos y apasionados; todo lo contrario que es Fidel, un hombre honesto, tranquilo, parco en palabras y en arrumacos pero fiel muy fiel.
Yo en cambio soy todo lo contrario, enamoradiza, bueno, enamorada de todo en la vida: del feo, del guapo, del pobre, del rico, del ignorante, del intelectual. Debo de tener una especie de locura, locura que es la que me mantiene viva.
 He nacido para amar, para que me amen y me adoren.
En cierta ocasión cuando era una adolescente , con 15 años, oí, como mi abuelo le decía a mi abuela: esta muchacha me preocupa, es guapa, buena , generosa pero muy cándida, va a sufrir mucho en esta vida.
Y no se equivocó mi abuelo, tengo que controlar mis emociones y deseos, de lo contrario me veré inmersa en nuevos problemas.
Me ha comentado Jean Pierre que hay un instituto para que puedan realizar estudios las personas adultas, creo que me inscribiré y enfocaré toda mi energía en los estudios, que por otra parte siempre me habría gustado estudiar una carrera.
 Me alejaré de todo aquello que tenga que ver con el "amor". No sé por qué me gusta tanto que me quieran..., es posible que sea porque mis padres, cuando yo era pequeña nunca tuvieron tiempo de darme cariño y esté falta de afectos y de caricias.
Pero esto no puede continuar así... me prometí una nueva vida, lejos de Salvador y al lado de Fidel.
¡Cuánto he amado a Salvador! y ¡Cuánto amor y placer me dio  él!
 El maldito vino, lo estropeaba todo, le hacía volverse loco de celos. Todo se estropeaba con los maltratos, aunque luego se arrepintiera y me pidiera perdón.
 No estoy tan mal... como para consentir que me vuelvan a  humillar y me maltraten. La verdad es que Jaime no me ha hecho nada que yo en mi interior no deseara hacer, hasta ahora...
Me revelo a la monotonía...


Continuará...