viernes, 15 de febrero de 2013

Diario de Pura (6)



Caminaron un rato Irene y Cayo hasta que llegaron al caserón, era un caserón muy grande, encalado de blanco y con un gran porche con un tejadillo de viejas vigas de madera y tejas rojas envejecidas.
¡Pasa Cayo!, abrió Irene el portalón, y entraron en un patio llenos de macetas con geránios, cubiertos con plásticos por encima, que Irene iba quitando a su paso y diciendo: les pongo el plástico para que no se me hielen las flores por la noche...
Al fondo había una puerta robusta, pintada de rojo con cristalitos y un cartelito pintado a mano en el que se leía: cocina.
 Y otra puerta pintada de azul sin cristales con otro cartelito donde se leía: cuartos.

Irene se dirigió hacia la puerta acristalada y entraron en una cocina enorme, totalmente decorada en rústico, con las encimeras, de azulejos antiguos de porcelana despostillada, y los bajos tapados con cortinas de cuadritos rojos y blancos.

En las paredes grandes alhacenas colgadas, decoradas con adornos de papeles recortados haciendo filigranas y encima de los papeles tenía la vajilla: platos de cerámica blanca cruda con dibujos de gallos y gallinas coloreados en rojo, naranja y azul, los cuales había decorado Irene.

 En un rincón de la cocina había un horno antiguo y en el centro una enorme mesa cuadrada con un bonito mantel blanco crudo de hilo, bordado con bonitas cerezas rojas.

Irene puso un viejo puchero al fuego con gua para hacer el café y sacó del frigorífico otro puchero con leche de cabra.
Se acercó al horno y sacó una lata con unos exquisitos bollos recién horneados, reventones y con  una capa de azúcar brillante por encima.

Cayo miraba los cuadros colgados en las paredes de la cocina...

-Son acuarelas las hago yo...¿Te gustan?

Sí, sí son muy buenas, no sabía que pintaras tan bien...

Pero cuando...cuando...

-Cuando tú y yo salimos, Cayo, yo... ya pintaba pero creo que nunca llegaste a ver nada...

¡Qué tiempos  aquellos !

¿Y África, no ha venido?

-No..., no ha venido...tiene mucho trabajo.

-¿Te gusta la leche de cabra?

-Creo que sí, era muy fuerte, pero tengo ganas de probarla hace tanto tiempo que no la tomo...

Irene le puso el café con leche de cabra y le cortó un trozo de bollo que ella misma había hecho con harina, con huevos de pava, con nata y leche de cabra.

-Está exquisito este bollo y el café de puchero  me recuerda a mi infancia...

-¿Por qué crees que estoy yo aquí Cayo? Nos marchamos de golpe y porrazo a Madrid, me apartaron  de todos los lugares y cosas de mi infancia...y yo siempre soñaba con esta casa, con los animales, con la dehesa, con el cuco y las esquilas de las cabras.
 Me licencié en biología y encontré enseguida trabajo en unos laboratorios en Madrid y allí conocí a mi exmarido.
Nos casamos, no pudimos tener hijos y parecía que todo iba bien hasta que un día le pillé un día, que me dijo que tenía guardia en el laboratorio, liado con una becaria mejicana 25 años más joven que él.
Nunca se me había pasado por la cabeza la idea de separarme de él , estuve 20 años aguantando su apatía e indiferencia hacía a mí por no romper con la rutina...porque aquello no funcionaba...; y aunque no fue nada grata la separación, esa becaria fue mi liberación.
Él me imploraba que no le dejara, que  aquello no era lo que parecía...ja,ja,ja, pero yo vi el cielo abierto, esa becaria me salvó del sieso y eterno aburrido de mi marido.
 Claro que aburrido sólo debía  de ser conmigo pues cuando les pillé estaba de lo más gracioso llevaba puesta la bata blanca del laboratorio, sin nada debajo y un sombrero mejicano, de esos baratos que venden en los chinos.
Cuando "torteé" en la puerta, dijo:
-¡Pasa Lupita".
Pasé y al verme, casi le da un infarto, no sabía donde meterse, se puso todo nervioso y comenzó a ponerse los pantalones y en esos momentos apareció Lupita, una exuberante joven, con una bandeja de merengues en bragas y sujetador.
Me entró la risa y no paré de reírme en una hora, no eché ni una sola lágrima.
Sólo me salió decirle :
¡Vaya númerito Miguel! Ya hablaremos... y me marché para casa.
Me separé y no quise llevarme nada de esa casa que me recordara a él, sólo me llevé mis cosas personales y mi ropa.
 Dejé el laboratorio del que él era director y con la indemnización me vine aquí y monté esta casa rural.
-Es preciosa Irene, qué valiente fuiste.
 ¿Y tienes clientela?
-Sí, sí.. pasa por aquí, cerca, la calzada romana, y pasan muchos peregrinos.
Además doy cursos de apicultura pues tengo colmenas; cursos de gastronomía; de cardado, teñido y tejido de la lana de las ovejas; curtido de la piel de las cabras y fabricación de bolsos; además recogemos plantas aromáticas y hago fragancias naturales y jabones.
 También hago encuentros de artistas, de ceramistas, escultores y pintores.
Mira a ver... ¿si quieres organizamos un curso de pastelería...?
La verdad es que no me aburro nada en absoluto, si quieres mañana te enseño el taller...

-Me encantará verlo, me tienes alucinado Irene, me parece muy interesante todo lo que haces.
Bueno... Cayo es interesante, sí, pero viene por aquí cada fantasma...Abundan estos artistas egocéntricos que se creen únicos en el planeta...pero bueno, la mayoría es gente maja y enrollada.
 Esta época es quizás la más floja, pero es en la que yo más disfruto de la dehesa.
Hace 15 días hicimos la matanza y ahora están pariendo las ovejas, y las cabras ya lo hicieron en octubre.Aquí no se para nunca, pero yo marco mi ritmo, no es el estres de Madrid...al que me hago escapadas para ir a ver alguna obra de teatro, conciertos o exposiciones de pintura.
¡Me encanta Madrid! y lo echo de menos pero reconozco que esto es calidad de vida.

-¿Vives con alguien?

-Sí aquí al lado viven los pastores, una familia  de peruanos. Ella, Lucrecia, estaba conmigo en Madrid me ayudaba en la casa y cuando le dije que me venía... lloraba como desesperada, porque quería venirse aquí conmigo y no quería quedarse en Madrid trabajando en la casa de mi marido.
Se vino conmigo y la verdad es que fue una gran idea, pues me ayuda muchísimo y cuando el negocio empezó a tirar "palante" se vino su marido de Perú.
Aquí trabajamos todos por igual cada uno tiene asignadas unas tareas.
Lucrecia me ayuda con los animales, la casa y con las comidas cuando hay huéspedes, y da cursos de bordados de su país y tiene mucho éxito y Melquiades hace las labores más duras del campo y además es ceramistas y haces bonitas piezas.
 Es un hombre pequeñito pero muy fuerte y trabajador.
Y lo mejor de todo es que es una pareja muy bien avenida, todo es paz y armonía entre ellos, se quieren muchísimo... siempre están de bromas el uno con el otro y haciéndose arrumacos.
Ya tienen 5 hijos, todos en edad  escolar.
No les puedo pagar mucho pero yo a cambio les doy la casa y les dejo tener sus propios animales para que pasten en la dehesa y comercialicen con ellos.

Pero si te refieres a que si tengo pareja... te diré que no... he quedado muy escarmentada...

Cayo mira la hora y dice:

-Se me va a hacer tarde tengo que dejarte, no quiero que se me haga de noche en el camino.

-No te preocupes hoy hay luna llena y se ve como si fuera de día...

¿Te acuerdas de pequeños que siempre pisábamos en los charcos?, la luna los hacía blanquear y no nos dábamos cuenta que el espacio blanco iluminado era una trampa con agua...

-Cayo tomó, entre sus manos, la mano de Irene, pequeñita y curtida por el trabajo y el frío, y le dijo:
-Si me acuerdo, lo tengo todo grabado y tampoco me he olvidado de nuestra relación...
Siento haberte hecho daño... la inconsciencia de la juventud Irene...

Irene sin retirar la mano le dijo:
-Cayo, no te preocupes debe ser mi sino... que los hombres me dejen por otras.
Yo siempre supe que tú sólo tenías ojos para África pero me engañé a mi misma y por eso no salió bien. No tienes por qué disculparte...
-Las obsesiones no son buenas, te ciegan y no te dejan ver la realidad- dijeron los dos al unísono...
Se rieron y continuaron cogidos de la mano.
-¿Más café Cayo?
-Sí ...y otro trozo de bollo, hacía mucho tiempo que no comía un bollo tan bueno..., hecho en horno con leña de jara.
-¿Te vas a quedar mucho tiempo en el pueblo?
-No lo sé...quería quedarme hasta febrero, pero ahora África  y mis hijas no pueden venir y no sé que haré...
La verdad es que aquí estoy muy bien; quitando que las vecinas no me dejan parar...; bueno hoy no sé si te has enterado pero se ha muerto Juan el "quitapenas" y yo he estado ahí en todo el fregao...
Pero estos instantes son los mejores de toda mi estancia en el pueblo. ¿Sabrás que vine a enterrar a mi madre...?
-Sí, sí.. y tengo que disculparme por no asistir al entierro, pues no me enteré hasta ayer, aquí vives un poco aislada... Lo siento mucho yo adoraba a tu madre, era una mujer que lo tenía todo, belleza, inteligencia y además una buena madre.
-Gracias, Irene, ¿Y tus padres... viven?
No, primero, murió mi padre y me costó mucho tiempo superar su muerte y el año pasado murió mi madre, yo pensaba, que iba a superarla de mejor forma que la muerte de mi padre, pero la echo mucho de menos, es que  una madre es una madre...Cayo.

-Tienes razón, pero aquí vives muy bien, tienes una casa preciosa y el contacto con la naturaleza no tiene precio, no sabes lo que te envidio.
-Anímate y cómprame la mitad de la finca...te la doy barata...
-Pues... no te digo ni que sí ni que no...
-¿De verdad Cayo... estarías interesado?
Es la gran ilusión de mi vida venirme a un sitio como este cuando me jubile...

A ver Irene...,dice Cayo sonriendo: ¿Cuánto pides por la finca?
-Son 4 hectáreas a 5000 euros pues 20000 euros...
-¡Hecho!, cuando quieras firmamos...
-No me lo puedo creer Cayo... ¿Y, África estará de acuerdo?
Ella sabe que yo siempre he tenido interés por comprar una finca aquí y no creo que diga nada...
-¡Quédate a cenar !
-No, no... que se me hace tarde, mañana vuelvo por aquí de paseo y hablamos del negocio...
-Como quieras..., pero ya sabes no pises donde veas una mancha blanca brillante que es la luna reflejada en un charco de agua.¡Qué la luna no te confunda Cayo!.

Se despidieron con un beso en la mejilla y Cayo sintió un fresco aroma a poleo recién cogido del arroyo, que salía del escote de Irene.
No había vuelto a tener esa sensación desde que en su juventud África olía a canela en rama.

Había anochecido y Cayo cogió el camino de regreso al pueblo.La luna iluminaba todo el bosque de encinas, cuyas sombras aparecían reflejadas en la arena blanca del camino como figuras fantasmagóricas.
La noche silenciosa, sólo, se veía alterada por el grito de alguna urraca, el aullido de algún perro y el ronquido de una mochuela.
Cuando ya estaba llegando al pueblo se dió cuenta que se había dejado la mochila con el diario de Pura en casa de Irene.
Sin pensárselo dos veces dió marcha atrás, aligeró el paso, despertando a su paso a pájaros y perros, que ahora ladraban como desesperados.
Cuando llegó a la casa aun estaba la luz encendida, llamó a la puerta y salió Irene.
-¿Qué ocurre Cayo?
-Que me he dejado mi mochila y tengo ahí un libro que... que... quiero terminar esta noche...
-Bueno...Cayo ¿Por un libro has vuelto?
-Sí, no puedo dormir si no leo por lo menos 15 minutos en la cama.
-Ahora si que te tienes que quedar a cenar... y después yo te acerco en el coche, si no quieres quedarte. Tengo  todas las habitaciones libres y no te voy a cobrar nada.
-¿Cómo voy a molestarte si mañana tienes que madrugar mucho?
-Para mí no es ninguna molestia es un placer tenerte aquí.
-Acepto tu invitación me quedaré aquí y por la mañana tempranito me marcho.

Irene preparó unos huevos fritos y unas costillas de cerdo adobadas y Cayo le ayudó a pelar y cortar unas patatas panaderas para freírlas.
Cenaron en la cocina y hablaron muy animadamente de las recetas de pasteles que Cayo hace en París.
Cuando acabaron de cenar pasaron al salón y se sentaron en el sofá, Irene puso música clásica de fondo.
-Qué rara sensación me invade Irene...parece como si hubiese estado aquí más veces..., debe de ser por lo a gusto que estoy aquí.
-Gracias, Cayo yo también disfruto de tu compañía, pero te voy a indicar cual es tu cuarto porque yo mañana madrugo bastante. Vienen a comprarme los corderinos a las 5 de la madrugada...
Cayo siguió a Irene que abrió una puerta grande de doble hoja y se adentró en un pasillo ancho con varias puertas.
Cada puerta tenía un cartel con el nombre del dormitorio:
El nacimiento de Venus, La  Venus del espejo, El estanque, El jardín de las delicias... etc.

-Elige Cayo hoy están todas vacías.

-¿Cuál me recomiendas?

-Mi preferida es El nacimiento de Venus.

-Pues ahí dormiré.

-Buenas noches.

-Buenas noches Irene y una vez más gracias, por todo.

 Cayo se quedó dormido leyendo pero al poco rato se despertó repentinamente: Cayo...Cayo...despierta...
Madre...¿Qué haces aquí?
-Te lo pregunto yo a tí:
 ¿Qué haces en casa de Irene? Sólo te faltaba "esto" para tener un follón con África...
Mañana mismo a primera hora sabrá todo el pueblo que has dormido en casa de Irene...
-¿Y qué pasa, es una casa rural?
-Ya sabes tú de sobra como es la gente aquí...y lo que pasa...
-Madre por favor déjame tranquilo...
-Tienes razón hijo... ya eres mayorcito.
-Mañana hablamos madre...

-¿Qué ocurre Cayo?

Entra Irene en el dormitorio camisón violeta de encajes dejando ver su moldeado y pequeñito cuerpo.

Cayo se quedó embobado viendo a esa bella mujer de ojos vivarachos y chispeantes, sonrisa amplia y cabello color chocolate, suelto y ondulado, cayendo por sus hombros.

-No ocurre nada Irene a veces hablo en sueños...

Irene se acercó a la cama de Cayo, levantó las sábanas blancas bordadas y ante los ojos atónitos de Cayo se introdujo en la cama.
Se abrazó a Cayo y le dijo: Cayo no quiero hacer nada, sólo quiero dormir abrazada a tí, es algo con lo que llevo soñando años y años...
No quiero sexo, sólo quiero caricias, besos y abrazos...

Cayo embriagado por el olor a poleo y a jaras del monte que desprendía Irene se abrazó a ella, la colmó de besos, caricias y acabaron amándose apasionadamente.


Continuará...