lunes, 4 de marzo de 2013

Diario de Pura (7)


Irene y Cayo, hablaron... y hablaron de sus vidas largo y tendido...
Hablaron del duro destino de los habitantes de los países pobres, que tienen que abandonar sus países para buscar empleo.
 Hablaron de como tuvieron que marcharse sus padres en los años 60, fracturando las familias: unos allá y otros acá.
 Hablaron de cuando ellos tuvieron que abandonar el pueblo en los años 70, y de todo el esfuerzo que les supuso cambiar de costumbres, comidas e idiomas.
 Hablaron de los inmigrantes africanos que se juegan la vida por encontrar un mundo mejor y las calamidades que pasan si llegan... en los llamados países "ricos".
 Hablaron de los nuevos emigrantes  españoles, en la actualidad, que por la crisis que ellos no han provocado, son ahora ellos los perjudicados y tienen que emigrar a países de centro y norte de Europa.
Y, que ahora, de golpe y porrazo, se ven obligados a abandonar España, desestructurando familias que a penas acababan de formarse, y en muchos casos con niños pequeños.

-Comenta Cayo a Irene- Aún tengo la imagen del día en que mi madre y yo cogimos el tren en la estación más cercana del pueblo, y después de un montón de transbordos llegamos a París dos días después.
Y, ahora ocurre exactamente lo mismo, ahora con más comodidades, la gente mejor preparada pero al fin y al cabo el trauma de dejar tu país y a tu gente es el mismo...

Sonó el despertador y, cuando quisieron darse cuenta, había amanecido y no habían dormido nada en toda la noche.
Se levantaron los dos, dando un salto de la cama, e hicieron un desayuno copioso, prepararon: el café de puchero, tostaron pan en la lumbre, lo untaron con manteca fresca y le echaron azúcar moreno por encima; frieron, en manteca, huevos y chorizo tierno de la mantaza recién hecha.

Cayo estaba radiante hacía mucho tiempo que no se sentía tan feliz y por primera vez en su vida se olvidó de África.
Había llegado el momento de quitarse el san benito de "pastelero fiel".
Además África no podría reprocharle nada ya que ella le había sido "infiel" en numerosas ocasiones, ella misma se lo había dicho:
Nada de secretos, entre nosotros, somos modernos y no vamos a ser unos mojigatos... en estos tiempos, le decía África a Cayo.
Pero, para él..., aunque respetaba su forma de actuar, no era tan fácil como para ella mantener un flirteo con alguien por quien no sintiera algo especial.

Y..., en estos momentos, por  Irene..., ella era diferente, sentía algo especial , y hubo un tiempo en que él  la adoraba, no podía decir nada malo de ella.
Ella..., Irene, le quiso mucho, le mimaba y le hacía reír mucho; pero la obsesión por África no le dejo ver la gran mujer que era. Irene siempre le amó, era sencilla, dulce, cariñosa, fuerte y decidida.

-¿Qué te pasa Cayo, estas muy pensativo?

-Nada Irene, soy feliz. ¿No se nota?

Irene rodeó a Cayo con sus brazos y le ofreció una tostada de pan con manteca y juntos, frente a frente,  mordiendo la tostada crujiente cada uno por un extremo.
 Y..., masticando y riendo..., cada vez sus caras, encendidas por el calor de la lumbre de la chimenea y por la pasión que les invadía, se aproximaban más.
Para acabar tumbados encima de la mesa de la cocina, con sus cuerpos desnudos embadurnados en manteca y azúcar moreno.

Llamaron a la puerta e  insistieron pero ellos no oyeron nada.

Cuando se dieron cuenta tenían allí delante de ellos a Daniel, alias el moqueras y primo de Cayo,  que, como  en otras ocasiones, había empujado la puerta y la puerta se abrió.

-¡Hola! Daniel, ¿quieres un café?, le dice Irene sonriendo y subiéndose la cremallera de la sudadera, disculpa nos has pillado en plena faena.

-Lo siento pero no sabía que...

-¿Pero qué hace éste aquí?, dice Daniel, alias el moquera, cuando ve a su primo Cayo.

-Ya ves primo tomando un café.

-¿Aquí... un café..., en mitad de la dehesa, un señorito pastelero..., sin el glamour parisino al que tú estás acostumbrado?.

-Estás equivocado, en esta casa todo es glamour. Irene es la más glamurosa...

-¡Vaya!, ¡vaya! debe ser algo genético para que siempre nos fijemos en las mismas mujeres...

-No empieces moqueras.

-¡Ireneeee, vamos a por las borreguinas... que se me hace tarde para llevarlas al mercao! -Grita El moqueras, un tanto cabreado.

-Tranquilo Daniel, te encuentro un poco nervioso, le contesta Irene desde el baño.

-Ve y llama a Melquiades y vais metiendo los corderinos en la camioneta.

-¿Cayo me ayudas?-pregunta El moqueras-

-No se si debo...un señorito pastelero como yo... no está acostumbrado...

-¡Venga tío!, vamos a olvidar las rencillas, por los viejos tiempos.

-Te veo muy moderado primo, lo celebro, pero me tengo que marchar al pueblo.

-Irene me tengo que marchar, ya hablaremos.

-Hasta luego Cayo, le dice Irene sonriendo.

Cayo iba feliz camino a su casa, pensando en la maravillosa noche que había pasado junto a  Irene.
Pensaba en lo fácil que es ser feliz si te dejas llevar por los sentimientos y saborear  las cosas sencillas de la vida.
Pero,  sobretodo, lo que más le liberaba era, la ruptura, en el terreno de los sentimientos, de ese vínculo férreo, el cual él se había empeñado en mantener con África durante casi 35 años.
Últimamente su relación con África era cada vez más distante, sin embargo él la seguía queriendo muchísimo.
 Fue el amor de su vida, desde que de niños jugaban a ser artistas en la fábrica de harina de la  María.
 Pero se estaba perdiendo ese enamoramiento ciego que sentía por ella.
Enamoramiento, que, antes, no le dejaba ver como era realmente África: cabezota, terca, egoista y manipuladora en muchas ocasiones, típico de hija única.
África, con la edad, había perdido toda su frescura y flexibilidad mental. Constantemente estaba cabreada y taciturna y no le podía llevar la contraria porque se ponía como una energúmena.
Todo era un tira y afloja en sus vidas. Sus enfados duraban semanas y hasta meses, pero él permanecía a su lado porque no concebía su vida sin África.

Recorrió el camino silbando, acompañado por el canto de los colorines del encinar; andaba, corría, trotaba y saltaba de júbilo.
Llegó a pensar que, esos momentos, ahora a sus cincuenta años, junto al día en que África le dijo que volvían a salir y el nacimiento de sus hijas, habían sido los momentos más felices de su vida.

Llegó a casa y después de darse una ducha calentita se sentó en la mesa camilla con un  cafetito, encendió un cigarrillo y sentado junto a la ventana de los cristales empañados sacó el diario de Pura y se puso a leer:

Septiembre 1968

Todos o casi todos los días viene Jaime sobre la una de la tarde; hemos concretado vernos a esa hora en la que yo he acabado todas mis tareas en la portería, es la hora de mi almuerzo y además es la hora en  que Jean Pierre suele acompañar a monsieur le president a un café parisino, mientras... él le espera  realizando compras que le ha encargado madame...
Bueno eso es lo que ella piensa, la "infeliz-estirada" de madame, porque es posible, que en contra de lo que ella piensa, estén los dos juntos en el apartamento...
 Mientras ella piensa que su marido está tomando café con importantes empresarios parisinos, él está en su apartamento secreto..., que tiene puesto a nombre de Jean Pierre, teniendo relaciones amorosas con el mayordomo, al que ella trata con tanta indiferencia, quizás porque intuye algo.
Esas cosas se notan y ella no es tonta, pero puede que se lo haga o que tenga un pacto con su marido para mantener una falsa relación de cara a la alta sociedad burguesa..., con la que se codean debido a su importante puesto en la fábrica de coches..

Me dijo Jeam Pierre, que conoció a monsierur le president cuando tenía 17 años. Estaba en un café de camarero que frecuentaba monsieur le president y allí se conocieron, entablaron la relación y más tarde se lo llevó a su casa como mayordomo cuando se casó con madame.
Jean Pierre es bellísimo, su mirada es dulce y penetrante, es delicado y sensible y muy, muy inteligente.
Yo aprovecho las ausencias de Jean Pierre para verme con Jaime, porque Jean Pierre adora a Fidel y como no sé lo que va durar esta relación no quiero involucrarle.

Cada día, Jaime, viene y me cuenta lo mucho que le ha cambiado la vida desde que me conoce. Yo le pregunto que: ¿cómo puede ausentarse tanto de su trabajo?; y me contesta que le tengo absorbido el sexo.
Jaime está casado con una alemana y dice que es fría como un tempano, que está con ella por sus hijos de lo contrario se separaría.

Ayer pasé un mal rato, resulta que Cayo se rompió un brazo jugando a baloncesto y vino a casa antes de lo previsto, llamaron a la puerta y le dije a Jaime que se escondiera debajo de la cama.
Cayo entró en el dormitorio y se sentó encima de mi cama, se quitó las botas de deportes, empujando un pie con el otro y se le escapó una bota con tanta fuerza, que, la bota, le arreó un golpazo en todas las narices de Jaime y tuvo los morros inflamados durante una semana.
Nosotros tuvimos que irnos al hospital y allí se quedó Jaime debajo de la cama sangrando por la nariz.
Cuando me contó lo sucededido, me reí mucho imaginando la situación: un inspector de policía debajo de la cama de su amante y sangrando por la nariz a consecuencia del rebote una bota...

Jaime me dice que está harto de que nos veamos a escondidas en mi casa, quiere que una noche vaya a verle actuar a una sala de fiesta y después pasar la noche en un hotel.
Para mi esto es difícil, lo podría hacer cuando Fidel tenga turno de noche en su trabajo, pero no me gusta dejar solo a Cayo.
Ha insistido tanto que he tenido que mentir a Fidel y a Cayo, y les he dicho que el sábado por la noche me iba a preparar un examen con una amiga, que estaríamos toda la noche estudiando.

Fue una noche perfecta, llegué al café teatro donde me estaba esperando Jaime, me acompañó a una mesa y me dijo que le esperara allí, que se sentaría a mi lado después de la actuación.
Me senté allí, me tomé una copa y encendí un cigarrillo y al momento salió Jaime con el saxo y tocó un blues y me quedé con la boca abierta, si antes sentía admiración por él ahora me tenía hipnotizada.
Cuando acabó se dirigió a mi mesa, se sentó a mi lado, cogió mis manos y me besó en la boca.
Nos fuimos de la sala de fiesta y yo le pregunté, por el camino:
¿Cómo era posible que un policía tocara el saxo en una sala de fiestas?
-Lo hago por hobbi, me contestó, soy un gran amante de blues y del jazz.
Fuimos a la habitación del hotel y pasamos allí la noche. Nos marchamos antes de que dieran las 7 de la mañana , que era la hora a la que solía regresar Fidel.
Mentiría, si dijera que no tenía remordimientos por lo que estaba haciendo, pero Jaime me atraía mucho y mi marido cada vez menos.
El domingo era nuestro día libre en la portería así que me metí en la cama y cuando llegó Fidel se metió en la cama y me abracé a él como una lapa.
No puedo dejar a Fidel le quiero demasiado, hablaré con él y se lo contaré todo, él lo entenderá.

-¡Vaya tela! grita Cayo, queriendo que aparezca su madre para echarle un broncazo...

Se escucha un pequeño ruído que viene del sobrao de la casa, Cayo se estremece, recordando los pasos en las escaleras de madera en las noches de su infancia.

Simultáneamente llaman a la puerta y aparece el médico: Salvador.

-¿Qué quiere usted, ahora...?, le dice Cayo.

-Quiero hablar contigo.

-Pase, pero no tengo mucho tiempo.

-Usted dirá...

-Quiero hablar contigo, tu madre me escribió unos días antes de morir...

-¿Qué mi madre le escribió a usted?

-¡Sí me escribió...!, tu madre y yo nos veíamos cada mes en París.

-Usted está loco...

-¡Escucha, joder!

No..., no, estoy loco, ya me gustaría a mí...

-Tu madre me escribió y en su última carta me decía que tenía mucho miedo, que estaba siendo acosada por un policía con el que había estado liada al principio de llegar a París.

-Usted cómo sabe eso?

-Te lo estoy diciendo...que tu madre y yo nos carteábamos, y yo iba a Paris una vez al mes y pasábamos juntos una semana.

-¡Váyase, váyase de mi casa¡

Cayo enpujó a D. Salvador de las Aldovaras Altas y lo sacó a la calle, ante el estupor de las vecinas que no entendían el alboroto de Cayo.

Continuará...



1 comentario:

Nines dijo...

Cada vez más emocionante!!!