lunes, 27 de mayo de 2013

La Sirenita del Ambroz (1)






 En la casa amarilla, situada a las afueras del pueblo, cercana al río Ambroz, vivía una familia encantadora, formada por:  Perico, Celeste y su hija llamada Lluvia.  
 Habían venido huyendo del bullicio de la gran ciudad y se habían instalado en la casa amarilla. 
Enseguida se integraron en el pueblo, eran muy  queridos y respetados por todos, aunque los habitantes, a veces, no entendieran su moderna forma de comportarse.
Algo raros..., eso sí que son, estos "folasteros", decían los lugareños entre ellos.

Pues, allí, en la casa amarilla, todos sus miembros vivían felices y la más feliz era la niña, ya que se pasaba el día correteando río abajo y río arriba. Por supuesto siempre con la vigilancia, atenta, de su madre Celeste.

Pero mira tú... por donde...un mal día llegó la desgracia a la casa amarilla, cuando en una de estas visitas al río, Lluvia desapareció y por más que la buscaron no la encontraron. Parecía que se la había tragado la tierra.

Todos los vecinos confiaban en la posibilidad de que apareciese ya que la niña aprendió a nadar prácticamente desde que nació.
Su querida mamá la parió en una piscina cuando vivían en la gran ciudad, antes de venir a vivir al pueblo.

Su madre que tenía una relación especial con la naturaleza, cuando se enteró de que podía parir dentro del agua, se prestó voluntaria al proyecto pionero de un equipo de ginecólogos, que querían poner en práctica un método moderno de dar a luz dentro del agua, donde, según ellos, el nacimiento del niño era menos traumático y sufría menos en el momento del parto. Ya que, insistían los ginecólogos, los bebes venían de un medio acuoso dentro del útero de la madre, donde  habían pasado los nueve meses de gestación.


Contaba su madre, que Lluvia nació en una gran piscina al lado del mar, y, allí ..., salió de la tripita de su mamá como un pececillo... escurridizo, como una gotita de lluvia...
 Por esa razón, sus padres,  la llamaron Lluvia.

Su padre Perico, siempre comentaba que lo primero que  les ofreció Lluvia, a todos los presentes en el momento de su nacimiento, cuando asomó su cabecita, fue una bonita sonrisa y después, en un acto reflejo, se puso a nadar, como un perrino, en dirección a la teta de su progenitora y muy abrazaditas y unidas ambas, todavía, por el cordón umbilical, salieron a la superficie.

Así pues, no es de extrañar que a Lluvia le encantara el agua, en cuanto veía un rayo de sol se escapaba al río y se metía en el agua, buceaba y jugaba con los pececillos, las ranas, los renacuajos, los galápagos y, sobretodo, jugaba con las nutrias y con todos los animalillos que vivían en el río.
Ayudaba a las nutrias a preparar las presas con los palos que flotaban en las aguas  y a quitar el barro que taponaba las entradas a sus cuevas.

Las "jaovas"florecidas se agarraban a su cintura y colgaban de su cuerpecito como un  hermoso vestido.

Las culebrillas de agua se enroscaban en sus muñecas como si fueran brazaletes.

 Las libélulas se colocaban alrededor de sus cabellos ondulados de color miel y formaban una preciosa corona en su cabecita, que la hacía parecer una hermosa sirenita:

La Sirenita del Ambroz.

Allí, en las aguas del río, Lluvia, era feliz aunque más, de una vez, una pandilla de niños gamberros llegaban hasta la orilla y se divertían tirándole piedras.
 Excepto el hijo del vaquero, un niño larguirucho y de cuerpo atlético, muy moreno, de grandes ojos negros y huidizos.
Este niño se pasaba el día correteando por el campo en bañador como única prenda de vestir.
 Y permanecía observándola en la lejanía; como una estatua de bronce, clavada en el secarral de los rastrojos de los campos de trigo que estaban cerca del río; en la zona de la barranquilla.
 Permanecía allí, en lo alto de la barranquilla mirando como se divertía Lluvia en el agua; a veces se acercaba y se metía en el río, pero a gran distancia de ella.

Allí, en el río, tanto la niña como el niño resplandecían por igual:
 La niña brillaba por la hermosura frágil y delicada de su piel  nacarada y el niño brillaba por la hermosura de su cuerpo atlético y de color canela.
 Ella se daba cuenta de la presencia del chico, pero como era muy pequeña sólo le sonreía y continuaba nadando, y él, se escondía entre las tamujas, nunca le decía nada, solamente la observaba sin quitarle ojo.

Cuando los niños gamberrillos le tiraban piedras a Lluvia, el niño les respondía, también, tirándoles piedras y se organizaba una batalla campal en el río y todos los pececillos, ranita y galápagos, asustados, se escondían en lo más profundo del río.
Y, Lluvia, un poco acalorada, les gritaba a los chavales: sois una pandilla de atontaooooos..., que no sabéis hacer otra cosa  más que molestar...
Ellos reían y la llamaban cara de rana y continuaban tirando piedras alrededor de la niña, pero ella se zambullía y buceaba a lo más profundo del río y los chicos no conseguían alcanzarla.

Y así, de esa forma inocente y divertida, pasaba Lluvia las tardes metida en en el río. 
Hasta que llegó ese día fatídico primaveral , cuando Lluvia, como siempre, antes del atardecer, se había acercado a zambullirse  en el río.

Su madre, que siempre la vigilaba en la distancia, la dejaba que fuera al río porque al parecer no había problemas, las aguas le llegaban a Lluvia por debajo de la rodilla; y en el remanso donde ella jugaba con los renacuajos, no había ningún peligro.
Pero cuando la perdió de vista fue inmediatamente corriendo hasta el río, la llamó a gritos y la buscó hasta debajo de las piedras pero la niña no acudió.


La buscaron todos los habitantes del pueblo, durante todo el día y toda la noche pero no la encontraron...

Le preguntaron al hijo del vaquero si la había visto...
 Y él les contó una historia poco creíble:
 Que sí..., que..., la había visto, que vio a Lluvia que estaba jugando en un  charco en el río..., jugando con los renacuajos y que de repente los renacuajos se hicieron transparentes y crecieron como gigantes de más de dos metros y cogieron a la sirenita, se sumergieron en el cieno de las aguas y desaparecieron con ella.

Nadie quiso creer al hijo del vaquero, según los vecinos del pueblo, era un poco raro y a partir de aquel día se trastornó un poco más.
 Y se lo llevaron a un sanatorio especial, estuvo allí ingresado un tiempo, hasta que le tuvieron que sacar porque no comía, no bebía y pensaron los médicos que era mejor que estuviera en su casa con el tratamiento médico.
Desde entonces todos los niños del pueblo, que eran un poco crueles, le pusieron el mote de "el Loquillo".


 Nadie, en el pueblo, podía creer que Lluvia se hubiese ahogado... Pero, claro, tampoco se creían la versión del Loquillo y pasaba el tiempo..., y como no aparecía la niña todos los habitantes del pueblo dejaron de buscarla, todos, excepto su madre, que seguía confiando en encontrarla viva algún día.

Cada día su madre se acercaba al río y recorría un tramo  mirando rincón, por rincón, concienzudamente, con la esperanza de encontrarla, pero no había suerte Lluvia no aparecía ni viva ni muerta. 

Su madre, cada día, se iba llorando de pena para casa y al día siguiente volvía a realizar la misma operación unos metros más abajo del río.

La gente del pueblo decía que la madre se había vuelto loca, pues había abandonado todas sus tareas y se había abandonado físicamente. 
Se pasaba el día buscando a su niña, a su sirenita, por las riberas del Ámbroz.

Celeste se compró una tiendecita de campaña y muchas noches dormía a la orilla del río para estar atenta a todo lo que allí sucedía.

Su marido la abandonó, sumándose a las opiniones de los habitantes del pueblo, diciendo que se había vuelto loca.

A Celeste le traían al fresco las opiniones de todos e, incluso, la de su marido, ella lo único que quería era encontrar a su preciosa niña, Lluvia.


Continuará...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola ,
Es lo que tiene estar rodeada de esos parajes de la Zarza te inspiran para contar estas historias tan bonitas.
Besos.
Mariche

Nines dijo...

Ya estoy ansiosa esperando la segunda entrega.

Besos