jueves, 30 de mayo de 2013

La Sirenita del Ambroz (2)







 Habían pasado ya ocho años de la desaparición de Lluvia, y un día de estos en los que Celeste había acampado y dormido a la orilla del río, en una zona del río, llamada el Charco el Arenal; a primera hora del día, cuando el sol apenas había salido, la despertó un gran golpe, provocado por un fuerte chapuzón en el agua y  seguidamente oyó un gran jolgorio de risas cantarinas, croar de ranas y canto de pajarillos.

Celeste abrió con cuidado la cremallera de su tienda; se asomó al río y cual no sería su sorpresa cuando en un recodo del río, al lado de unos grandes canchales donde las aguas corrían y caían cristalinas a una poza muy oscura y profunda, que estaba rodeada por los enormes y fantásmagóricos canchos resbaladizos, vio  a una jovencita con una larga cabellera de color de las "jaovas", verde- brillante, y llena de caracolillos blancos y coronando su cabeza una diadema de hermosas e irisadas libélulas que revoloteaban a su alrededor.

La joven era de una belleza un tanto extraña y enigmática, tenía, los ojos grandes, verdes y saltones, su boca era pequeña y sus labios eran  gruesos y carnosos como la boca de un pez.

Cubría su  estilizado cuerpo un vestido de "jaovas" verdes llenas de florecillas blancas y amarillas.

La sirenita bailaba en medio de las aguas mientras las ranas, los sapos y los pajarillos cantaban alegremente. Los pececillos pequeños, nadaban a su alrededor y limpiaban su piel dándole pequeños mordisquitos.

Celeste no quiso salir de la tienda para no asustarla; temía que al verla se asustara y desapareciera, y, allí, escondida en su tienda, detrás de unos tamujales, contemplaba estupefacta la escena.

Lógicamente, lo primero que pensó es que esa joven bien podría ser su hija Lluvia, pero su gran espera le había hecho ser muy precavida..., y había aprendido a no ser visceral y a no precipitarse en tomar  decisiones.
Celeste, sólo tenía una duda y se planteaba: ¿Cómo era posible que hubiera sobrevivido tantos años en el agua?
Llegó a la conclusión de que eso ahora le daba igual, lo importante es que estaba ahí, y lo único que le preocupa ahora era descubrir si realmente era su hija.

Había una forma de saber si era Lluvia y era ver si tenía una mancha de nacimiento, que era una mancha roja, que parecía un pececillo, en su muslo derecho.
 Pero, claro, no se le veían las piernas porque estaban metidas en esa poza de aguas oscuras.
Paciencia, discreción y guardar el secreto, pensó Celeste, es lo que debo hacer. 
Este sería su gran secreto..., no se lo diría a nadie... Ya había cogido en el pueblo la fama de loca... Y lo único que podía pasar es que alguien la siguiera,  asustara a la joven y desapareciera otra vez.
Después de todo el tiempo que llevaba buscándola no iba a permitir que eso sucediera.

La joven salía del agua dando piruetas en el aire con sus dos piernas juntas, enredadas en "jaovas" verdes y tallos de enredaderas silvestres, simulando a una enorme cola.

 Sus piernas parecían soldadas y se habían convertido en una enorme cola de sirenita.

Esta imagen desilusionó enormemente a Celeste pues con ese follaje, no habría forma de ver si tenía el antojo en la pierna.
Pero..., pensó, paciencia, todo se andará lo importante es que creo..., vamos estoy segura, que he encontrado a mi hija, se volvió a repetir para ella misma dándose ánimos.

La sirenita del Ambroz  continuaba sumergida en el agua. Dejó de bailar y con la cabeza echada hacia atrás esperaba con la boca abierta, mirando al cielo y al instante aparecieron unas preciosas oropéndolas y unos bonitos y coloridos abejarucos que traían comida en el pico: gusanillos, semillitas, trozos de frutas, ciruelas, manzanas, y toda clase de vegetales y con muchísimo cuidado lo depositaban en la boca de la sirenita.

Cuando terminó de comer, dos nutrias le acercaron dos palos largos y con sus atléticos brazos, musculados de tanto nadar, la sirenita se agarró a los dos palos y utilizándolos como muletas se subió a la orilla del río y se echó allí a dormir apoyando su cabeza en un matojo de tomillo florecido.

Y con los primeros rayos de sol de la mañana, su cuerpo se calentaba y brillaba como el cuerpo escamado de un bonito pez, perfectamente camuflado entre los aguaperos florecidos, los juncos y el tomillo perfumado.

Se quedó profundamente dormida y, Celeste, pudo comprobar que roncaba como su niña, cuando en sus primeros años de vida tenía las vegetaciones muy desarrolladas, y roncaba porque no respiraba bien.
En ese instante, pensó Celeste, que podía acercarse a la sirenita para ver si podía encontrar la manchita en la pierna derecha.

Se acercó a ella, acarició, tímidamente,  su carita fría y sus cabellos verdes llenos de  extraños caracolillos blancos, que ella nunca había visto por esa parte del río, ni por ninguna otra parte.

La sirenita dormía profundamente y Celeste con mucho cuidado intentó separar las "jaovas" verdes de la pierna derecha, pero allí había un entramado de tallos y de hojas y era imposible moverlos sin despertar a la sirenita.

De repente entre unos palos, que flotaban en el agua, asomaron sus cabecitas unas preciosas y brillantes nutrias, se acercaron a la sirenita y tirando de la cola la introdujeron en el agua.

Celeste no trató de retenerla, pensó... paciencia, sólo la paciencia me hará recuperar a mi niña.
Se escondió detrás del matorral y pudo ver como se despertaba la sirenita con cara de sorpresa y buceando se metía nadando por un agujero de una gran cancho que había en el Charco el Arenal.

Un golpe seco y fuerte con un palo en un canchal asustó a Celeste; miró hacia atrás y vio al hijo del vaquero, un joven al que apodabn en el pueblo "el Loquillo". Al que se le veía a menudo, subido a pelo, en su caballo negro, recorriendo los campos y galopando sin parar día y noche.

Se acercó a ella y comenzó a gesticular con los brazos y a mover sus labios emitiendo unos sonidos guturales ininteligibles.

-¡Hola, hijo!: sigo aquí buscando por las aguas a mi hija Lluvia. Ya veo, que tú... estas muy bien y sigues recorriendo los campos montado en tu caballo.

El chico no le dijo nada, entre otras cosas porque nunca había conseguido emitir una palabra que se entendiera desde que desapareció Lluvia.

El Loquilo, subido en un enorme cancho, dio dos golpes con su vara larga y se marchó montado en su caballo negro zahíno, a pelo y al galope y desapareció entre las encinas. En esta parte del río, en el Charco del Arenal, el río discurría entre la dehesa de encinares y carrascas.
Celeste escuchó el sonido que habían provocado los golpes de la vara en el canchal y le pareció oír un sonido a hueco, como que retumbaba..., pero no dijo nada.

Cuando se marchó el Loquillo, Celeste, cogió una piedra y dio unos golpecitos en la gran roca y pudo comprobar que, realmente, sonaba a hueco.


Continuará...

1 comentario:

luz rodriguez garmon dijo...

Ay, ay, ay.... que me imagino que Celeste se va a meter por ese hueco.....