lunes, 17 de junio de 2013

La Sirenita del Ambroz (5)






 Celeste no comprendía el comportamiento de su hija y por más que le preguntaba, qué era lo que le pasaba, la sirenita, no lograba articular palabra.

De pronto se oyó una voz fuerte y ronca y, con palabras enredadas, dijo:

-No pensará... que se va a llevar de la cueva a mi sirenita.

-¿Quién eres?-dijo Celeste, sobresaltada-

-Soy yoooo...,¡ Míreme bien!

  ¿Es que no me reconoce...?

-Nooo..., no te reconozco..., con toda la cara embarrada..., me has dado un susto de muerte...

-Yo soy el hijo del vaquero, el Loquillo, como me llaman en el pueblo.

-¿Pero qué haces tú aquí?

¿Es que tú sabías que estaba aquí mi niña?

-Señora llevo cuidando de ella durante ocho largos años y no voy a permitir que se lleve a mi sirenita.

-¿Qué hubiera sido de ella, si yo no me hubiera ocupado de atenderla?

- No entiendo nada... ¡Anda hijo!, déjanos salir..., me ha costado tanto sufrimiento encontrarla...

-No puedo dejar que se marche, ellos, los renacuajos gigantes, si se la lleva se enfadaran mucho...
 Vendrán a por mí y lo pagaran con todo el pueblo si la dejo marchar.

-¿Pero quienes son ellos?

-Ellos, como ya le he dicho son unos renacuajos gigantes..., que vienen al río siempre que cambia la luna.
 Le colocan en la cabeza de la sirenita los caracolillos blancos y a través de ellos le sacan toda su energía.
Es como si la exprimieran..., al  colocarle los extraños caracolillos blancos en su frente y en sus cabellos, ella comienza a palidecer hasta perder el conocimiento.

A continuación ellos arrancan los caracolillos y se los ponen en sus cabezotas y comienzan a hincharse y a estirarse.
 Parece ser que de esa forma ellos absorben la energía que los caracolillos blancos le han chupado a la sirenita.

¿Alguna vez ha visto usted por estas tierras esos caracolillos de ese color, blanco titánio...?

-¿ A qué no?

¿Y..., sabe lo que le ocurre después a la sirenita...?

 Pues..., que cuando se marchan la dejan en la cueva, inconsciete y casi sin aliento.

Entonces yo tomo aire y le hago la respiración artificial y poco a poco va recuperando la energía y el oxigeno que le han robado.

Además le traigo alimentos a menudo, pero ella no me reconoce, los hombres renacuajos la dejan sin memoria.

Ya sé que nadie me cree y que no me creyeron cuando de niña desapareció...

También sé que todos dicen que estoy loco, pero no es cierto yo no estoy loco, yo los he visto y puedo saber cuando van venir. 

Ellos salen del fondo de la poza del río y cuando lo hacen huele toda la zona a un fuerte olor a cieno que es insoportable.

Sus grandes cabezas de renacuajos son transparentes y brillan como una enorme luz blanca cuando empiezan a salir del cieno.

Sus cuerpos gigantes y transparentes dejan ver el interior de sus organos.

-Muy bien, hijo, yo quiero creerte, y aunque me parece todo muy raro, yo voy a creerte...
 Pero ¿por qué no nos marchamos todos ahora que no están ellos?, le dice Celeste al loquillo, intentando  no enfadarle.

De repente el loquillo mira las piernas de la Sirenita y grita:

-¿Qué has hecho con su preciosa cola, me ha costado mucho tejerla para que ahora tu te la hayas cargado?

-No te das cuenta..., que si no hubiera sido por la cola no hubiese sobrevivido en el río.

-Pero ya no va a vivir más en el cueva, ni en el río me la llevo a nuestra casa.

-Todavía no te has enterado que ellos cuando vengan y no la vean la buscaran por todas partes...
Ella es su fuente de oxigenación para poder vivir en las profundidades...

Debo de reconocer que eres una mujer fuerte y valiente..., y sobretodo muy inteligente...
He observado como has conseguido ganarte la confianza de los animales guardianes de la sirenita, cosa que yo no he conseguido en todos estos años, pero a mí no me vas a manipular tan facilmente como a ellos...

-¡Déjanos salir de la cueva por dios! No sabes lo que he deseado que llegara este momento; yo te daré lo que me pidas.

No quiero nada sólo quiero a la sirenita para mi solo, tú..., si quieres puedes marcharte de la cueva a tu casa..., y si quieres que a tu hija no le pase nada procura no decir lo que aquí ocurre.

Celeste, volvió a recurrir a su paciencia y experiencia para no desesperarse. Lo importante era que había encontrado a su hija.
Procuraría no dejarla sola ni un sólo momento. Tenía que encontrar la forma de deshacerse del Loquillo.
Él, y sólo él, la ha tenido secuestrada todos estos años y todo ese invento de los hombres renacuajos es producto de su imaginación y de su locura.

-Puedes venirte a vivir a mi casa y seguir siendo amigo de mi hija- le dijo Celeste.

-Señora, sigue sin entender que la existencia de los hombre renacuajos es una realidad y que bajo ningún concepto podemos sacarla de la cueva...

A Celeste no le quedaba más remedio que ganarse la confianza del "loquillo" y luego estudiar un plan para salir de la cueva con su hija.

El loquillo volvió a atar las piernas de Lluvia con lianas y enredaderas, pero su madre cuando él se marchaba a vagar con el caballo por las praderas, le quitaba las cuerdas y caminaban dentro de la cuevas largo rato para fortalecer las piernas.

Celeste como no tenía la forma de engañar al loquillo, pensó en todos los animales que tanto cariño le tenían a Lluvia.

Pensó en meter a todos los animales en la cueva, para meterlos debería poner grandes montones de comida: pescado, moluscos, crustáceos, frutos secos y baldes de leche por toda la cueva.

Esperó pacientemente, y uno de esos día que el Loquillo salió a recorrer el valle en su caballo, y regresó muy cansado, el joven entró en la cueva deslizándose por el agujero de la encina y se echó a dormir dentro de las valvas gigantes, quedándose profundamente dormido al instante.
 Entonces Celeste fue poniendo montoncitos de moluscos, crustáceos, frutos secos y leche por toda la cueva.
 Donde más concentró la comida fue alrededor de la valva de mejillón donde él dormía.

Cuando se despertó el Loquillo y quiso salir del lecho, no pudo, ya que le rodeaban grandes lagartos, enormes nutrias, topos, ratas de agua y gigantescas serpientes..., y no le dejaban moverse de allí.
 Los animales le veían como un impostor y le plantaban cara pues no reconocían su olor.

Mientras tanto  Celeste y Lluvia ya hacía mucho rato que habían abandonado la cueva.

 Se montaron en el caballo del Loquillo y se dirigieron al pueblo directamente al cuartel de la guardia civil.

Continuará...