martes, 4 de junio de 2013

La Sirenita del Ambroz (3)






Encima de la supuesta cueva, al lado del canchal había una enorme encina con el tronco hueco, Celeste trepó por ella y se asomó por el agujero y pudo ver, con los rayos de sol que entraban por el agujero de la encina, que el suelo estaba lleno de arenas blancas, valvas gigantes de mejillones y caracolillos blancos.

Se bajó de la encina, llena de dudas y de esperanzas y pensó que ya había tenido bastante por hoy..., tenía que tranquilizarse y tomar distancias para no meter la pata.
Se marchó al pueblo cavilando con una idea que le iba rondando por la cabeza.

Cuando llegó al pueblo se fue directa a la tienda de las golosinas y compró lágrimas violetas, que eran las golosinas preferidas de su hija cuando era pequeña.

Y al día siguiente mucho antes de que amaneciera guardó en su mochila las lágrimas violetas y se marchó al charco del arenal con la esperanza de volver a ver la escena del día anterior.

Llegó a la zona, se metió en la tiendecita de campaña, detrás del matorral y en pocos minutos la alertaron los cantos armoniosos de  pajarillos, de las ranas y una fuerte sacudida en las aguas.

Inmediatamente apareció en la superficie de las aguas la sirenita, hizo su ritual de baile en las aguas; los pececines mordisquearon su piel y las oropéndolas y los abejarucos, traían comida en sus picos y la depositaban en su boca abierta.
Los movimientos de su boca simulaban a los movimientos de la boca de los peces que nadaban a su alrededor.

Después de comer y de jugar un rato en el agua, las brillantes nutrias le trajeron los dos palos y ella  los utilizó como pértigas, se subió a la orilla y apoyó su cabellera verde, llena de caracolillos blancos, en una mata florecida de tomillo perfumado.

 Tapó su cara con los pétalos morados y suaves del tomillo y con los rayos de sol calentando, tibiamente, su cuerpo verdoso se quedó profundamente dormida. Quedando su cuerpo perfectamente camuflado entre el matorral.

 Mientras tanto las nutrias hacían guardia detrás de unos troncos que flotaban en el río, justo, al lado del extremo de la cola de la sirenita.

Celeste se acercó con cuidado y volvió a acariciar a la niña,  besó su frente y abrió su manita verdosa y fría y depositó en ella las lágrimas violetas.

No intentó buscar el antojo en su pierna pues una nutria no la perdía de vista.

 Celeste se escondió, y cuando la sirenita despertó miró sus manos y cogió una lagrimita violeta, la miró y la remiró, e instintivamente se la metió en la boca, y chupó con ganas el rico caramelo.

Después, la sirenita, cogió un manojo de tomillo y se lo acercó a su cuello y comenzó a olisquearlo como un animalillo salvaje. Se lo ató al cuello y una bandada de mariposinas blancas se acercaron a su cara y  la "tupieron" a besos.

Se zambullió en el agua y se metió en la cueva después de reír, saltar y brincar con sus amigos los peces, las ranas, las nutrias, las oropéndolas, los abejarucos, los colorines, los pardales y las libélulas.

Celeste se quedó triste cuando desapareció la sirenita, pero enseguida le vino un flash a su mente, al recordar el gesto de la sirenita olisqueando el tomillo,  y recordó..., que la colonia que ella usaba cuando su preciosa niña estaba con ella, era una colonia de esencia de cantueso que compraba en un herbolario.

Pasó allí todo el día pero la sirenita no salió más veces. Decidió, Celeste, marcharse a su casa y buscar la colonia que no había vuelto a ponerse desde que desapareció su hijita.
Buscó la colonia y un pañuelo blanco que a Lluvia le gustaba tener entre las manos mientras dormía. Lo perfumó y lo guardó en su pecho.

Antes de que amaneciera Celeste se marchó con el pañuelo guardado en su pecho y otro puñado de lágrimas violetas, guardadas, en su bolsillo.

Caminaba por la orilla del río, saltando alambradas y abriendo porteras hasta llegar al Charco del Arenal.
 Esa zona del río era totalmente diferente a toda la ribera del río, estaba llena de canchos horadados por el agua, simulando formas y figuras extrañas y oscuras que brillaban con el paso del agua.

Justo en la zona donde se aparecía la sirenita había dos enormes canchos en forma de tronos, eran como dos grandes asientos que el agua había esculpido para ser ocupados por algún personaje importante.

El acceso a esta parte del río era un poco complicado ya que las enormes tamujas con sus pinchos hacían un poco difícil el paso, pero Celeste estaba ya acostumbrada a pasar entre las grandes tamujas pues llevaba mucho tiempo fundiéndose con la naturaleza, intentando encontrar un resquicio que le diera una pista para encontrar a su hija.

Montó su tienda detrás del matorral sin hacer ruido y se escondió con la esperanza de volver a ver aparecer a la sirenita del Ámbroz.

Cuando salieron los primeros rayos de sol, sucedió lo que venía pasando los días anteriores, después de un gran golpe en las aguas, salió la sirenita e hizo el ritual que solía hacer y a continuación se colocó en la orilla del río a dormir calentita con los primeros rayos del sol saliente y, como hacía habitualmente, colocó su cabeza en su almohada de flores moradas del tomillo "florecio".

Celeste esperó a que estuviera profundamente dormida y cuando oyó los ronquidos de la sirenita se acercó a ella e intentó de nuevo buscar el antojo del pececillo rojo en la pierna, pero era imposible, las enredaderas se habían entrecruzado de tal forma que habían tejido una trama tan fuerte que era imposible separar.

Celeste, pensó en cortar la trama con unas tijeras, pero la detuvo el pensamiento de que si al meterse en el agua se le deshacía el entramado la sirenita perdería su cola y podría ahogarse en las aguas.

Con mucho cuidado limpió su cara verdosa con una toallita y vio que se parecía mucho a ella cuando era joven.

Puso las lágrimas en su mano y le colocó en el cuello su pañuelo perfumado con la colonia de esencia de cantueso.

Las nutrias que vieron el treje maneje de Celeste, rápidamente tiraron de la cola de  la sirenita y la introdujeron en el agua.

La sirenita se despertó con el chapuzón, abrió el puño y se metió en la boca una lágrima violeta.
Se tocó en el cuello y encontró el pañuelo y se puso a olisquearlo como un animalillo salvaje, y empezó a dar saltos de alegría sin separar el pañuelo de su nariz.

Unos jilgueros emitieron un canto y la sirenita se zambullió en el agua y se metió en la cueva.

Celeste estaba contentísima, ya casi estaba segura de que esa joven era su hija Lluvia, la reacción que había tenido al oler el pañuelo perfumado le daba a entender que había recordado el perfume de su infancia.

Pero todavía no podía hacer nada, ni precipitarse, debía, de alguna manera, ganarse la confianza de la sirenita; no podía sorprenderla; había que estudiar la forma de conseguir que al acercarse a ella, que no huyera.

Continuará...