lunes, 10 de junio de 2013

La Sirenita del Ambroz (4)





Lo primero que tenía que hacer..., pensó Celeste, era ganarse la confianza de las nutrias guardianas.
No sabía de qué manera..., ella había leído que las nutrias eran unos animalillos muy gregarios y sociables y era posible que hubiesen adoptado a Lluvia cuando, pequeña e indefensa, se perdió en el río .
Así pues, en lugar de enfrentarse a ellas debería ganárselas y tenía que demostrarles que ella les estaba muy agradecida por haber cuidado de su hijita.

 Se le ocurrió ayudarlas a recoger troncos y ramas del río para construir las presas.
Así que..., se metió en el río y, allí, donde las nutrias tenían una represa incipiente empezó a llevar troncos y les hizo una represa en toda regla.

 Las nutrias la miraban con cara de sorpresa escondidas entre la hojarasca flanqueando la entrada de la cueva.

Cuando terminó se quedó allí parada mirando la entrada de la cueva y se le ocurrió la idea de ofrecerles comida.
Salió del agua y cogió pescados, moluscos y crustáceos que había traído de casa y se volvió a meter en el río.
E iba poniendo los alimentos en las hojas que iban flotando en el río y con mucha delicadeza, les acercaba a las nutrias las hojas con los manjares.

Ellas, esquivas, asomaban sus hoziquillos y olisqueaban, pero no se atrevían a salir, hasta que una pequeñita se acercó a Celeste y cogió una pieza, se la comió y los demás se fueron acercando poco a poco y se dieron un buen festín.

Finalmente se acercaron a Celeste y olisqueaban y acariciaban su cuerpo con su cola.

 Comenzaron a llegar al río las libélulas y se posaron en sus cabellos dorados, formando una preciosa diadema.
 Y las mariposinas blancas, como hacían todos los días con la sirenita, la "tupieron" a besos.

Celeste estaba feliz con el espectáculo, eso indicaba que los animales de alguna forma, quizás instintivamente, ya la habían relacionado con la sirenita.

Entonces intentó acercarse a la boca de la cueva para ver si podía entrar, pero... la entrada estaba tapada por una enorme verja, que ella antes no había visto.

 Se acercó un poco más y dió un salto tremendo hacia atrás, cuando comprobó que los barrotes de la verja eran unas enormes culebras de agua.

Salió corriendo del agua y muy asustada se metió en la tienda y se puso a llorar desconsoladamente y una mariposina blanca enjugaba sus lágrimas con sus sedosas alitas.

 Y, como queriéndo decirle algo importante..., la mariposina blanca, entraba y salía por una  rendija de la tienda.

Celeste salió de la tienda y siguió a la mariposina blanca; si ella se paraba la mariposina se detenía; si andaba la mariposina continuaba volando, a ras del suelo, o cerca de sus cabellos, siempre a su lado.

Se detuvo cuando llegó a una pradera donde estaban descansando unas enormes y "parramplonas" vacas lecheras.

La mariposina se posaba en las ubres de la vaca y seguidamente revoloteaba cerca de las manos de Celeste y a continuación, volvía a posarse en las ubres de la vaca.

Celeste, de repente, se dió cuenta de que la mariposina, de nuevo, le estaba mandando un mensaje...
 Y recordó que de pequeña su madre le contaba un cuento... que decía que a las culebras les gustaba mucho, mucho... la leche y que eran muy golosas...

Les llevaría leche a las culebras guardianas de la cueva y se haría amiga de ellas y así la dejarían pasar.
Ordeñó a una vaca y en una cantimplora llevó la leche al río. Se metió en el agua y se acercó a la entrada de la cueva y, allí..., flanqueando la puerta, seguían las estiradas y enormes culebras, como grandes barrotes de hierro, cerrando la entrada y mirándolas con cara de malas pulgas.

Cogió, Celeste, un corcho, en forma de cuenco, que flotaba por el río; lo llenó de leche y se lo ofreció a las culebras, y las culebras que son muy golosas se fueron acercando al cuenco y sorbían la leche con gran avidez.

Celeste se quedó tiesa cuando las culebras comenzaron a acercarse a ella y rozaban su frío cuerpo con el suyo.
Pero entendió que era un gesto o una señal de agradecimiento. 
 Ella que le tenía pánico a las culebras, estaba tensa, no se movió, pero las culebras se relajaron y se alejaron de la entrada de la cueva.

Se sumergió en el agua y buceando encontró la oscura entrada, pasó y a pocos metros,  vió una luz, que entraba desde lo alto, e iluminaba la cueva.
 Sofocada por la gran tensión que había sufrido hizo unas respiraciones profundas y comenzó a caminar  a gatas por una rampa resbaladiza, como un tobogán natural que había en el interior, con el fin de  llegar hasta donde estuviera la sirenita.

Cuando llevaba caminando unos cincuenta metros se encontró de narices con un lago subterráneo precioso con unas aguas cristalinas y arenas blancas.

Y a la orilla del agua del "laguino" había un mejillón gigante en cuyas valvas había arena blanquísima y, allí, dormida, estaba la sirenita del Ambroz.

Celeste no la despertó, sino que se echó en una de las valvas, al lado de la sirenita, y mirándola con amor y agarrándola de la mano se quedó profundamente dormida.

Cuando se despertó tenía encima de ella a la sirenita, olisqueándola y abrazándola, como un animalillo salvaje.
 Celeste se quedó inmóvil e inmediatamente empezó a corresponder con sus caricias.
Risas y lágrimas corrían por sus caras y besos y abrazos envolvían a madre e hija.

Celeste se puso de pie y la sirenita tocaba sus piernas y señalaba con sus dedos su enorme cola tejida con tallos de enredaderas.
Intentaba hablar pero no le salían las palabras y lo único que hacía, con gesto nervioso, era señalar hacia el techo de la cueva.

Celeste sacó un machete que llevaba a la cintura y comenzó a cortar el entramado, la sirenita miraba con paciencia lo que hacía Celeste.
Era una labor inmensa el cortar todos lo tallos y raíces que llevaban allí en sus piernas ocho años.
Comenzó a cortar el entramado por la pierna derecha y apareció una piel verdosa y ensapada que se fue estirando al contacto con el aire.

Celeste limpió con toallitas la piel  y de repente apareció el pececito rojo. Se lo enseñó a la sirenita y, ella, se bajó su pantalón y le enseñó el mismo pececillo rojo que tenía en su pierna derecha.

 La sirenita del Ambroz le sonrió y estiró sus brazos hacia Celeste y se abrazaron.

Por fin había encontrado a su querida hija Lluvia. Estuvo todo el día quitándole la cola y cuando acabó separó sus piernas con mucho cuidado.
Estaban un poco débiles para caminar pero musculadas por el ejercicio que hacía en el agua cuando nadaba.

Pasaron dos días en la cueva, Celeste agarraba a su hija de los brazos y la ayudaba a caminar y poco a poco Lluvia comenzó a caminar sola.
Cada día, cuando salían los primeros rayos de sol salían las dos de la cueva deslizándose por el tobogán y después jugar con las nutrias, ranas, peces, y galápagos y de desayunar con los alimentos que le traían los abejarucos y las oropéndolas, subían a tierra a tomar el sol.
Celeste hablaba a su hija y Lluvia muy atenta repetía todas las palabras.

Llegó el día en que Lluvia ya caminaba sin dificultad y que debían abandonar la cueva y marcharse al pueblo, y cuando iban a despedirse de todos los animalitos, protectores de Lluvia, que vivían en el río, se oyeron tres golpes secos en el techo del canchal.

La sirenita se puso muy nerviosa y se abrazó a su madre.

Continuará...

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