miércoles, 19 de junio de 2013

La Sirenita del Ambroz (6) y último




El loquillo permanecía allí, asustado e inmóvil, en la cueva rodeado de todos los animales amenazantes.

Celeste y lluvia cuando llegaron al pueblo, era la hora de la siesta y no se veía ni un alma por las calles.

 Hacía un calor sofocante, a Lluvia, que estaba acostumbrada a un ambiente húmedo, le costaba respirar y su piel comenzó a tensarse para luego agrietarse.

Cuando llegó Celeste al cuartel de la guardia civil para denunciar al "Loquillo" y contarle toda la historia al sargento Manuel.
 Lluvia sufrió un mareó y el mismo sargento, impresionado por lo que le había contado Celeste, llamó al médico e inmediatamente se personó allí.

La noticia corrió como la pólvora por el pueblo y la gente escuchaba y callaba, con caras de preocupación y miraban a la sirenita con asombro.

Se hizo tarde y Celeste no pudo acompañar a la guardia civil a la cueva para detener al Loquillo, su hija debía descansar y ella no iba a dejarla sola ni un solo instante. 

Les dió indicaciones de dónde estaba la cueva: en la gran poza del Charco el Arenal, justo donde el agua ha esculpidos dos grandes asientos que parecen dos tronos, les dijo.
Pueden acceder al interior por el hueco del tronco de una enorme encina que está al lado de un canchal.

El sargento dijo que sabía donde estaba esa zona que no se preocupara que lo encontraría y detendría al Loquillo.

Celeste se marchó a su casa, metió a su hija en la bañera y Lluvia empezó a recuperarse poco a poco.

Le preparó una exquisita cena y esa noche antes de irse a la cama cerró todas las contraventanas y portones de gran casa amarilla y se fueron a dormir las dos juntas.

Lluvia no dejaba de besuquear a su madre y de sonreír al ir reconociendo todos los juguetes de su infancia.

A la mañana siguiente había una cola de vecinos curiosos a la puerta de la casa amarilla que querían ver a Lluvia.

Celeste salió a la calle con su hija y los vecinos la miraban y cuchicheaban:
Está verdosa como un renacuajoooo...

El alcalde se acercó a Celeste y le dijo: me he acercado al cuartel de la guardia civil y allí no hay nadie, todavía deben de estar rastreando el lugar porque no han venido.

¡A, ver..., hija! - dijo el alcalde-:

¿ Cuéntame a mí lo que ha ocurrido allí?

Celeste entró con el anciano alcalde en su casa y comenzó a contarle la historia que el Loquillo le había relatado de los hombres renacuajos.

El alcalde se quedó pensativo y le dijo a Celeste:

No es la primera vez que oigo hablar de  ese tipo de fenómeno, pero hija no te preocupes..., no son más que cuentos chinos.
Por ejemplo..., hay una leyenda, que se conoce en el pueblo de toda la vida, donde cuentan que  una moza del pueblo que se quedó lavando en el río hasta el anochecer, desapareció misteriosamente cuando unos gigantes translúcidos con cabezas de renacuajos salieron de los lodos del río.

Es posible que el Loquillo haya oído algo de esto y se haya montado su propia película.
Pero son leyendas y no hay que hacer caso de esas bobadas...
Ya sabes que él no anda muy bien de la cabeza y será una alucinación más de las suyas.

Al rato apareció la guardia civil trayendo esposado al loquillo, que rugía y les insultaba como un animal y les amenazaba con quitarse la vida si le encerraban en el calabozo.

Y gritaba: no he sido yooo..., han sido los hombres renacuajos..., yo quiero a mi sirenitaaa..., yo la he cuidado..., por eso ha sobrevivido...

Al Loquillo se lo llevaron del pueblo atado con una camisa de fuerza y lo encerraron en un sanatorio  y en mucho tiempo no volvió al pueblo.

Poco a poco Celeste y Lluvia fueron haciendo vida normal y siempre iban las dos juntas a bañarse al río.

Convinieron los padres, de forma provisional, Celeste y Perico, que Lluvia se fuera a  recibir tratamiento psicológico y a pasar una temporada a la  gran ciudad.

Celeste no le perdonó a su marido que la abandonara cuando más le necesitaba y aunque nunca quiso que su hija rompiera la relación con su padre, ella no quiso volver con él y se quedó en el pueblo viviendo en la casa amarilla y viviendo de la venta de los cultivos ecológicos que ella misma cultivaba,  elaboraba y conservaba para luego venderlos a tiendas especiales.

El tiempo pasaba lentamente y llegó el verano..., y una noche que Celeste no podía dormir por el calor, salió al porche de la casa y se quedó parada detrás de las cortinas cuando oyó voces, y pudo distinguir que eran el alcalde del pueblo, el sargento Manuel y otros vecinos que ella conocía.

Allí, escondida, pudo ver como los vecinos del pueblo se acercaban al río, e iban camino del Charco del Arenal.

A Celeste le pudo la curiosidad, no se explicaba donde podían ir a esas horas. Decidió seguirles.
La noche era muy clara y luminosa, había luna llena.

Les seguía a distancia. Ella conocía muy bien el terreno por sus numerosas visitas hechas a la zona, cuando buscaba a su hija.
Ellos hablaban acaloradamente y se les oía decir:
Nunca debimos hacer un pacto con ellos, esto hay que cortarlo de raíz, hemos sido unos miserables consintiendo lo que hemos consentido...

 Celeste no entedía lo que decían, no sabía a qué se referían...


Cuando llegaron a la zona de la cueva se detuvieron y de repente salieron de las aguas profundas y oscuras unos enormes hombres renacuajos de cabeza gorda y cuerpos transparentes, como le describió a Celeste el joven vaquero.
Así que tenía razón el pobre Loquillo..., se dijo, Celeste, muy asustada.

Uno de ellos sopló con su nariz y de repente se hizo una enorme pompa luminosa y transparente, que cubrió toda la zona dejando dentro de ella al alcalde, al sargento Manuel, a los demás vecinos y a Celeste que estaba escondida entre unas tamujas. 
Y un enorme y atufante olor a cieno inundó el ambiente.

Dos de los hombres renacuajos, los de más altura se sentaron en los tronos que las aguas habían esculpido en el río en dos enormes canchos.
 Impresionaban, allí, sentados majestuosamente..., con sus cuerpos transparentes, dejando ver todos sus órganos internos.

Celeste se dió cuenta que esos dos seres extraños eran diferentes, uno parecía del sexo masculino y el otro del sexo femenino, él de la derecha tenía, dentro de su extraña forma, un aspecto más delicado.

Los demás, los habitantes del pueblo, callados, permanecían inmóviles en la orilla, hasta que el alcalde habló:

No hemos podido evitar que la sirenita del Ambroz haya dejado de ser vuestra fuente de energía...

La paciencia, constancia y el amor de la madre ha sido superior a nuestro celo por ocultar a la niña.

El loquillo lo estropeó todo, pero a la vez al inculparle a él de la desaparición de la sirenita, hemos evitado a que se investigara vuestra presencia, la cual..., el loquillo gritaba a los cuatro vientos.

 No pudimos hacer nada, si hubiésemos insistido en raptar a la niña de nuevo...,  los medios de comunicación hubieran venido al pueblo junto con algún parapsicólogo o investigador y nos hubieran descubierto.

Celeste estaba tan sorprendida y asustada que no sabía que hacer y tenía que hacer un esfuerzo para que sus dientes no castañearan de miedo.

-Hicimos un pacto, se oyó una voz metálica que salia de la enorme boca del hombre renacuajo:
Nosotros os proporcionábamos nuestros minerales y nuestros crudos del interior de los lodos pantanosos y a cambio vosotros nos proporcionabais el poco oxígeno que necesitamos para vivir en los lodos.
Nosotros no os hemos fallado, por tanto ahora os toca a vosotros cumplir con el compromiso.
Ya podéis ver que cada vez somos menos, aquí estamos todos los que hemos conseguido sobrevivir..., y si no nos proporcionáis el oxigeno..., hoy mismo nos extinguiremos y nuestra especie desaparecerá de la tierra y vosotros os quedaréis sin los minerales y crudos que os proporcionamos.

-Nosotros... , dijo el alcalde, ya no podemos seguir proporcionándoos el oxigeno a través de nuestra gente.
Hemos visto como ha sufrido esa madre esos ocho años y no pensamos volver a ser cómplices vuestros.
Fue un error por nuestra parte pagar tan alto precio por conseguir los minerales...
Ya no queremos ni vuestros minerales, ni vuestros crudos. Utilizaremos la energía solar,
que además es menos contaminante...

Tenéis razón..., -continúo el alcalde-, en cuanto al compromiso que adquirimos con vosotros, fruto de nuestra avaricia, de proporcionaros oxigeno durante un periodo de diez años.
 Y por tanto hemos decidido, dijo el alcalde, ofrecernos nosotros voluntarios para que nos saquéis la energía hasta que se agote el plazo del compromiso.

De acuerdo, más vale eso que nada..., dijo el gran hombre renacuajo, con la voz metálica cada vez más débil.

Sus cuerpos erguidos se aflojaron y se iban consumiendo poco a poco...

Se acercaron como pudieron, arrastrándose, los hombres renacuajos y colocaron los caracolillos blancos en el cabello del alcalde, del sargento Manuel y de los hombres que le acompañaban.

Celeste observaba que los hombres renacuajos cada vez estaban más débiles y casi no tenían fuerzas para acercarse a los humanos para coger los caracolillos.
Se iban reduciendo de tamaño y cada vez  el ambiente olía peor.

De pronto Celeste  vio acercarse fuera de la burbuja a siete abejarucos con un centenar de luciérnagas.
Se pusieron al lado de Celeste y picotearon la burbuja y la burbuja se desinfló y en esos momentos los hombres renacuajos se fueron encogiendo y poco a poco se fueron convirtiendo en  cadenas de huevecillos; formando figuras geométricas en la poza del río y se acercaron los coloridos abejarucos y se los comieron todos.

Celeste, aunque estaba confusa con todo lo ocurrido, como vio que el alcalde había tenido un gesto de arrepentimiento por todo lo que habían hecho, se acercó a ellos, les quitó los carocolillos, e hizo lo que el Loquillo hacía a su hija, les insufló oxigeno y poco a poco se fueron recuperando.

Cuando recuperaron el conocimiento, se sorprendieron al verla. Le pidieron disculpas por todo lo ocurrido con su hija.
 Y ella les dijo, que había escuchado toda la conversación, que le parecía muy mal lo que habían hecho.
  Ellos le dijeron que se sentían muy mal... ¿Que qué podían hacer para compensar el mal que le habían hecho.

Ella les contestó, que viendo su arrepentimiento, sólo les pedía dos cosa y era, que se las ingeniaran para sacar al loquillo del sanatorio, y , por otro lado, que mantuvieran bien limpio el río Ambroz para que el río corriese y no se empantanase y se convirtiese en un lugar hermoso y accesible para que todos los vecinos y sobretodo los niños pudieran divertirse en el río en verano.

Con el tiempo Lluvia volvió a vivir en la casa amarilla con su madre y el Loquillo salió del sanatorio.

La Sirenita del Ambroz y el Loquillo se enamoraron, se hicieron novios y siempre se les veía por las fincas cercanas a la casa amarilla, montados a caballos cuidando el ganado vacuno.

O cogidos de la mano recorriendo a pie las riberas del río Ambroz; y saltando los dos juntos, también cogidos de la mano, desde la barranquilla al agua del río...

Y a todos los pajarillos, libélulas, peces, nutrias jugando a su alrededor y hermosas mariposinas blancas "tupiéndoles" a besos a los dos.

Vivieron juntos toda la vida, fueron felices, comieron perdices y a nosotros nos dieron con los huesos para las narices...



Y colorín colorado el cuento de la Sirenita del Ambroz se ha acabado...

Fin.






1 comentario:

Anónimo dijo...

Algún día de estos llegará la Publicación !!!
Bss
Mariche