lunes, 19 de enero de 2015

El Pastelero Fiel (completo) 1ª parte










Este relato es totalmente ficticio aunque bien pudo ser real...
Transcurre en un pueblo, lleno de moscas y vidas humanas, en un ambiente cerrado y abandonado de la mano de dios en la España de finales de los años 50 y principio de los 60. 

África, estudió Turismo, a ella le hubiera gustado hacer Arte Dramático, debido a su gran afición de niña al cine, al teatro, al cante y al baile. 
Morena de pelo, muy blanca de piel, de ojos grandes verdosos y un poco tristones, de boca carnosa y dientes muy blancos, de piernas muy largas y de talle un  poco desgarbado. 
Reunía todas las condiciones para ser una gran artista pero le fallaba lo más importante la voz, cosa que no llegaría a entender hasta pasada su adolescencia.
Era bastante golosilla y de pequeña decía que se casaría con un pastelero:
Se casó con Cayo gran  maestro pastelero.

Cayo a los doce años se marchó a vivir a Francia. Cuando acabó el curso escolar, su padre, que había emigrado a Francia a trabajar en una fábrica de coches, vino a recoger a toda la familia.
Y, entre llantos y abrazos, se despidieron de la familia y de todos los vecinos.
La separación que supuso más dolor para Cayo fue la separación de África, era su mejor amiga y sentía adoración por ella y en secreto estaba muy enamoradillo de ella.
Vivieron en una portería de un gran edificio de los Campos Elíseos donde  su madre ejercía de portera.
Fue a un colegio francés de formación profesional, eligió la rama de restauración y se especializó en pastelería.
A Cayo le supuso un gran dolor tener que separarse de África y eligió esa profesión pensando en que algún día sería su pastelero particular. Decía, me haré un gran pastelero e iré a buscar a África, me casaré con ella y todos los días le haré un merengue especial para merendar.
En su infancia fueron amigos y a la edad de ocho años todas las tardes, cuando salían del colegio, se iban a jugar a la fábrica de harina que había cerca de su casa.
En la fábrica de harina siempre estaba María que era la  encargada de la molienda y cuidadora de una granja de pollos.
María era moza soltera, su físico de aspecto desdibujado..., por el polvillo de la harina. La harina le daba a su figura un aspecto desenfocado y borroso.
De avanzada edad, la tez morena, el pelo negro con una pelusilla de blanca nevada por encima, grandes ojos negros, boca grande, todos sus rasgos eran grandes. Grande también era de estatura e inmensa su bondad para con los niños.

María, mientras el molino molía el trigo, el maíz y demás cereales, siempre estaba sentada en una silla de enea empolvada de harina, igual que su pelo, su cara y sus ropas, y sentada en la silla hacía ganchillo sin parar.
En el momento que se llenaba de harina molida el  saco de arpillera, dejaba la labor encima de la silla, cogía un cordel ataba el saco y cargándoselo al hombro lo subía al estrado y lo colocaba a la derecha del escenario donde estaban  los sacos de harina molida.
Por un  gran tubo pegado en el techo iba cayendo el cereal a un enorme cono que hacía de molinillo:
Unas veces maíz, otras, trigo y otras, centeno.
Del molinillo caía en los sacos, levantando una gran polvareda: harina de maíz de color amarillo cadmio, o  blanco zinc si procedía del trigo, y harina  color siena tostada si procedía del centeno.
 Cuando llegaban a la fábrica: África, Margarita, Sole y Cayo, María, sin levantar la cabeza de su labor, subía la vista por encima de sus lentes enharinados y con una gran sonrisa les daba la bienvenida.
Ellos se acercaban a ella y les daban un beso en su hermosa cara,  quedándose impresos los labios en la cara enharinada de María.
 A Cayo siempre le llamaba la atención los pelillos teñidos de harina en los orificios de la  nariz de María  que simulaban a una gran telaraña.

-María venimos a ensayar...

-Muy bien, muy bien, ya os estaba esperando..., -le contestaba ella-.

Se subían a la plataforma donde estaba el molino y en el hueco que quedaba entre los sacos llenos de cereales sin moler por un lado y los otros sacos con la harina ya molida, montaban el escenario.
Detrás de los sacos tenían el camerino. Saltaban a la parte inferior, donde había unas escaleras que bajaban a la maquinaria del molino, y, allí,  encima de un banco de madera colocaban toda la ropa que llevaban  y a continuación  se cambiaban.
Sacaban los cancanes, faldas largas y pañuelos de colores, se quitaban el babi y sus faldas plisaditas y se colocaban los grandes cancanes, las faldas largas y los pañuelos.
 María, como única espectadora le daba la vuelta a la silla, y con una gran sonrisa, en su cara de mujer buena, se disponía a ver la sesión de la tarde.
Primero salía Cayo y ponía en el improvisado escenario un cilindro de madera, hecho de un trozo viga de madera vieja, y encima ponía una tabla rectangular, y subiéndose a ella, con un pie en cada extremo hacía equilibrios y anunciaba a la artista que iba a salir:

-Señoras y señores comienza la función…, tiene el gusto de cantar para ustedes:

 - África y le acompañaran las bailaoras Margarita y Sole.

María soltaba el ganchillo y aplaudía con fuerzas, levantando una gran polvareda con la harina que salía de las mangas de su chaqueta y del movimiento sincronizado de sus enormes pechos.
África ataviada con su cancán, falda roja,  pañuelo por los hombros y con sus zapatos marrones desabrochados a los que les había metido unas alzas, que consistía en poner en el interior del zapato unas piedras, para que la hicieran más esbelta, salía al escenario dispuesta a cantar, la acompañaban Sole y Margarita vestidas con indumentarias parecidas.
Cayo se apartaba hacia un lado, cogía su rodillo y su tabla y se sentaba encima de un saco de harina dispuesto a contemplar el ensayo.

 África se dispuso a cantar una canción de la Paquera de Jerez, muy concentrada y metida en su papel de artista...,  se arrancaba África en  su cante, saliéndole algunos gallos y desafinos pero ella continuaba pues no era consciente de  su mal oído y de su desafortunada voz.
A mitad de la canción Margarita y Sole sacudían un "zapateao", armando tal polvareda que África empezó a toser, desgañitándose de tal manera que  tuvo que parar la función.
Discutieron y medio se pelearon  echándose las culpas unas a otras del incidente.
 María las miraba y no paraba de reír y llorar y su cara se llenó de trazos grises y blancos.
 Pasada la trifulca, y con la polvareda ya asentada, África quería volver a cantar en el punto que se había quedado, pero Margarita y Sole no se lo permitieron, pues de hacerlo no les quedaría tiempo a ellas para  actuar.
  Desciende Cayo de encima de la montaña de  sacos de harina y se dispone a anunciar a Margarita:
-Señoras y señores cantará para ustedes Margarita y le acompañaran las bailaoras África y Sole.
María se limpia la cara con el trapillo blanco de algodón donde envuelve su labor; respira hondo y sonríe..., acordándose del numerito anterior.
Margarita es la menos agraciada físicamente del grupo, tiene gafas oscuras de culo de vaso y a través de ellas se aprecian unos ojillos mortecinos como dos  pulguillas, tiene el  cabello  ralo de color castaño claro, su boca  es cuadrada de labios finos y el mentón prominente y subido hacia arriba, que le da un aspecto de niña vieja.
 Su  cuerpo es flaco y huesudo pero se mueve con más gracia que ninguna.
 Margarita tenía una voz prodigiosa y  una gracia y un salero que se salía de lo normal. Era la que mejor cantaba y bailaba de las tres. 
Dependiendo de la canción que cantase, unas veces cantaba con una voz limpia y clara y otras  con  un tono ronco y quebrado.
Antes de empezar a cantar, daba unos pasos de baile, se quitaba el clavel de plástico que tenía en el pelo, y con ademán elegante, inclinándose hacia adelante, lo lanzaba al público, en este caso a María, y decía:
Va... por ustedes.
Margarita cantaba muy bien las canciones de doña Concha Piquer, y hoy había decidido cantar ojos verdes.
Metida en trance y cantando como los ángeles hizo llorar a María de emoción y cuando estaban en plena faena llegó una señora un poco bruta dando voces y llamando a María.
-María..., María... ¿Dónde andas? Que quiero  un kilo de maíz para las gallinas…
-Y... ¿Esas bobas que hacen ahí vestidas de espantajos?
-Calla Tea, no ves que está cantando Margarita...
-Paaa… cantes estoy yo..., ¡Anda! dejaos de mandangas y dame el maíz…
-¡Qué bruta eres Tea! 
-¿No puedes esperar a que termine la muchacha?
-Pues no, no puedo esperar, que tengo a mi padre con la pena en la cama, al niño chico en el corcho metido y el puchero puesto a la lumbre.
-Hay que ver con tu padre... - le dice María, en plan guasón-
-Entiende María..., que él crió a “Romerilla” y no se han separado durante veinte años ni un solo día....
-Sí…, pero de ahí a que no se levante de la cama por la “Romerilla...”
-Tú… piensa, que lo primero que hacía nada más levantarse era visitar a “Romerilla”, la cepillaba, le daba la alfalfa,  ramitos de romero y cantueso; sacaba el cuenco, se sentaba en el tajo y cantándole una milonga, cogía las ubres, para ordeñarla, con tanta delicadeza que la leche caía a borbotones.
Allí mismo se tomaba un cuenco de leche espumosa recién ordeñada y seguidamente con “romerilla” y todo el cabrial se marchaba al monte.
Romerilla no se separaba de él jamás. Ya sabes  tú que las cabras son muy golosas y que a la menor abandonan el rebaño para comer lo que se les antoja, pero ella nunca hacía tal cosa.
Él la compensaba cortándole brotes recién nacidos de los arbustos, de romero, de cantueso y margaritas recién nacidas en las praderas del monte.
-Y ahora..., ¿Quién sale con las otras cabras? 
-Mientras se le quita la pena se ha ofrecido su amigo el “cagacalzones”.
-¿Pero aún no la han encontrado ni viva ni muerta?
-No, no la han encontrado.
-Dicen las malas lenguas que  la han visto en la espina de la sierra acompañada de un macho cabrío.
-Eso lo dicen para hacerle daño a mi padre.
-¡Qué bobada Tea!, ni que Romerilla fuese su mujer...
-Su mujer no creo que fuera pero le he visto tratarla con más delicadeza y mimo que a mi madre, que en paz descanse.
-Dame de  una vez el maíz que no sé lo que me voy a encontrar cuando llegue a casa...

Mientras tanto Margarita, África, Sole y Cayo están callados y esperando a ver si Tea se marcha de una vez para continuar con el ensayo.
María coge una lata vacía de sardinas de a kilo, la mete en un saco y saca la lata llena de maíz; la pesa en una báscula romana bastante vieja y oxidada y toda empolvada de harina, que apenas se ven los números del peso.
-Échamelo bien “corrio”, que esa bascula yo creo que pesa de menos María.
-No digas booobaaas, ni tooontaaas, Tea...
-A ver si a mi padre se le pasa la pena, y se pone de nuevo a hacer quesos...
-Apúntamelo, que ya te lo pagaré con un queso fresco.

Por fin se marcha la Tea y Margarita quiere continuar su cante, pero Sole dice que lo siente mucho que ahora le toca a ella.
Una vez más Cayo anuncia:
Señoras y señores tienen delante de ustedes a la gran cantante Soledad y las bailaoras África y Margarita.
Lo primero que hace Sole es ponerse la mano en la boca, juntar las piernas y moverse nervios
a como si estuviese meando.
Por fin Sole decide  cantar: "Ese toro enamoraooo… de la luna..."
No llevaba ni dos minutos cuando  le entró su ya recurrente ataque de risa.
África y Margarita estaban ensimismadas con su zapateao que no se enteraban que Sole no cantaba.
María y Cayo se reían a grandes carcajadas, y Sole salió disparada del escenario como alma que se la lleva el diablo a mear a la calle.
Cuando regresa Sole, les dice que si la dejan intentarlo de nuevo.
 Pero María les dice que ya es un poco tarde, que tiene que ir a recoger los huevos de las gallinas ponedoras.
Van a la parte trasera de la fábrica y allí en grandes jaulas están las gallinas picoteando pienso de maíz.
Van recogiendo los huevos en hueveras de alambre y una vez terminada la tarea María decide hacerles unas tortitas con harina de maíz.
María con mucha  soltura  y desparpajo les iba explicando cómo se hacían las tortitas:
En un cuenco, echaba un puñado de harina, una cucharadita de sal, un vaso de agua y un chorro de aceite de oliva.
Lo amasaba muy bien y encima de una tabla  lo repartía en porciones en forma de bolas.
Las aplastaba bien aplastaditas entre sus grandes manos, untadas de aceite, y las iba poniendo en una plancha de hierro caliente que había puesto encima de un infiernillo.
Las iba sacando y colocando en un pliego de papel de estraza.
A continuación le ponía una buena cucharadita de miel, que María guardaba en un tarro de cristal y una loncha finita de queso de cabra que sacaba de una caja de cartón, envuelto en un trapo de algodón blanquísimo.
Por último enrollaba las tortitas y sentados los cuatro encima de un saco de trigo   alrededor de María se disponían a darse un festín.

                                                                         







                                                              
Se sentaron los cuatro encima de un saco lleno de trigo y se comieron las tortitas que María les había preparado en un santiamén.
Se rechupeteaban los dedos untados de miel y María los observaba con una mirada llena de ternura, les dijo: el próximo día haréis vosotros las tortitas.
E inmediatamente Cayo dijo: yo, yo..., María por favor las quiero hacer yo.
Con un beso muy gordo se despidieron de María hasta el día siguiente.

África tiró calle abajo, dirigiéndose hacia su casa y le pidió a Margarita y a Sole que la acompañaran hasta su casa, pues ellas dos vivían cerca la una de la otra e iban acompañadas  casi todo el tiempo.
La acompañaron y las otras dos continuaron subiendo hacia  la parte de arriba del pueblo.
Cuando Margarita llegó a la puerta de su casa, Sole le dijo que la acompañara un poco hacia su casa, Margarita acompañó a Sole a su casa, pero entonces Margarita le dijo a Sole que era un poco fresca que ahora ella se tendría que ir sola a su casa, que tenía que acompañarla por lo menos hasta la mitad del camino, así pues..., Sole acompañó a Margarita hasta la mitad del camino y desde allí cada una tiró para un lado.

Cayo se encontró con unos amigos que estaban jugando a pídola y pase, les dijo que si podía jugar con ellos y los chavales le respondieron que se fuera con quien había estado hasta ese momento.
 La verdad es que cuando salió del colegio pensó en quedarse con los amigos, pero vio a África y ésta le rogó que la acompañara a ensayar a la fábrica de harina y no pudo negarse; él prefería pasar la tarde al lado de África, aunque ya sabía lo que le esperaba cuando fuera en busca de los amigos.
Comenzaron a reírse, a mofarse de él y a llamarle “mariquita”.
Cayo cogió un puñado de piedras, se las metió en bolsillo del pantalón y comenzó a lanzarlas con mucha rabia y los niños salieron corriendo chillando: mariquita..., mariquita...
Al pasar la esquina de su calle se topó de narices con su madre, Pura, se llamaba.

-¿Qué te ocurre?

- ¿De dónde vienes?

- ¿Qué te pasa?

-Nada madre, no me pasa nada.

-Pues venga..., para casa que ya ha oscurecido, te tengo dicho que regreses a casa antes de que se enciendan las luces del pueblo.

-¿Hemos tenido carta de padre?

-No, hoy no ha pasado por aquí el cartero.

-Vete para casa que yo voy a hacer un recado.

-¿Qué recado?

-Pues un recado..., le dice la madre un poco nerviosa.

-¿A qué hora llegarás madre?

-No sé..., sobre las nueve y media o así...
                                                                      


                                                                                   





Cayo dobló la esquina como si se dirigiese a su casa pero no lo hizo, decidió seguir a su madre a escondidas.
Su madre se encaminó calle arriba y, al llegar al cruce del pueblo, se desvió a la izquierda, camino del cementerio.
Caminaba deprisa con la cabeza agachada, y se había puesto un pañolón a la cabeza que apenas dejaba ver su cara.
Una vez pasadas las últimas calles del pueblo se acercó a la pared  de una casa medio derruida, y, de allí, salió un hombre que la abrazó y besó de forma violenta.
Cayo escondido detrás de la pared se quedó atónito no daba crédito a lo que veían sus ojos.
No conseguía oír lo que hablaban, sólo oía ruidos, la respiración de su madre y del acompañante en un tono bastante elevado.
Continúo escondido detrás de la pared. El hombre comenzó a hablar en un tono más fuerte:

-Pura, no voy a consentir que te vayas con tu marido a Francia, debes convencerlo de que tú allí no pintas nada.

- No me presiones ya te tengo dicho que esta relación nuestra es circunstancial, y tú sabes hasta dónde podemos llegar, yo nunca dejaré a mi marido te lo he dicho y repetido mil veces. Esto es lo que hay, si lo quieres bien y si no lo dejas...

-¿Pero cómo puedes hablarme así y quedarte tan tranquila?

-Si te marchas a Francia me iré yo también.

-Eso ni se te ocurra, cuando me vaya quiero una nueva vida junto a mi marido y mi hijo, ya no puedo soportar más esta doble vida.

-¿Serás capaz de olvidarte de mí, llevamos cinco años viéndonos cada día...?

-Sí demasiados años,  yo te quiero  pero ya sabes que yo de quién  realmente estoy enamorada es de mi marido.

-Pero Pura..., yo creía que era al revés, que querías a tu marido y que estabas enamorada de mí...

-Tú creías, tú creías..., tenemos lo que tenemos y no hay más que hablar…

-Yo te doy a ti lo que tú quieres..., y tú me das lo que yo necesito...

-Por cierto, podrías darme 1000 pesetas, las necesito para  comprarle a Cayo un abrigo nuevo.

-¿Es que tu marido no te manda  dinero ni para comprarle un abrigo a Cayo?

-Pues no…, no me manda. Este mes he tenido lo justo para ir tirando.

-Seguro que tiene una querida...

-Eso no me lo digas ni en broma, cobarde, sólo lo haces para herirme.

Cayo salió corriendo hacia su casa y se cruzó con una amiga de su madre que le dijo:

-¿De dónde vienes a estas horas Cayo?

-De..., de..., casa de mi abuela...

De repente el individuo le dio un fortísimo bofetón a Pura, se montó en la moto y se marchó a toda velocidad, dejándola  tirada en el suelo. Con tan mala suerte que en la caída se fracturó un brazo.
Permaneció tirada en el suelo inconsciente durante unos minutos y cuando despertó, sacudió su vestido, miró hacia un lado y hacia otro. No vio a nadie y envuelta en su pañolón y con el brazo colgando se marchó a casa.
 Cayo se había metido en la cama, estaba aturdido con lo que había visto y oído, esa noche no quería dormir con su madre, no soportaba que un hombre que no fuera su padre la abrazara.

-Cayo..., Cayo..., hijo, levántate, necesito que vayas a casa de tío Juan el curandero.

Cayo se hacía el dormido, pero al oír el llanto de su madre se levantó dando un salto de la cama.

-¿Madre qué te ha pasado?

-Me he caído y creo que me he roto el brazo, ve inmediatamente a casa del curandero para que venga a arreglármelo, por favor hijo, corre, corre.

-Tío Juan, tío Juan, que mi madre le necesita se ha roto un brazo.

-¿Y dónde se ha roto el brazo a estas horas de la noche?

-Se ha caído por las escaleras del sobrao.

El tío Juan cogió un bote de grasa que tenía para curar a los burros y a los mulos, en general a todos los animales y personas que lo necesitaran. Y se dirigieron a casa de Pura, no había ni un alma por la calle. Lloviznaba, había un poco de neblina y humo de los secaderos de pimientos.

-Pura, Pura...: ¿Qué ha pasado esta vez?
 No puede ser lo que ha dicho el muchacho, que te has caído por las escaleras del sobrao, si te he visto pasar yo hace unos minutos por delante de mi puerta...
 Ya te dije la última vez que te anduvieras con cuidado...

-Tío Juan, pasa… lo que pasa, usted ya sabe..., para que le voy a engañar si usted sabe muy bien lo que pasa.

-Pero hija... ¿No está al venir tu marido de Francia...?

- No lo sé tío Juan, lleva meses sin escribir.

Me manda el giro con cuatro perras y no tengo ni para pagar la luz.

-Prepárate, respira hondo. El curandero se untó las manos con la grasa del tarro de cristal, cogió el brazo de Pura y en dos movimientos colocó el hueso roto, la entablilló y le puso un pañuelo colgado del cuello para que apoyase allí el brazo.

-Pura esta vez has tenido suerte sólo te ha roto un hueso, la próxima vez la cosa puede ser más grave.

Y..., el muchacho sabe algo..., de lo contrario no me habría mentido diciéndome que te has caído de las escaleras del sobrao.

Mientras tanto Cayo permanecía agazapado detrás de la puerta de la cocina sin entender absolutamente nada de la conversación del curandero con su madre.









¡Cayo, muchacho!

-¿Dónde andas?

- Ven para acá, tu madre ya se ha quedado dormida.
Por la mañana le dices, que con el desayuno se tome un calmante y si tuviera fiebre que vaya al médico.
Estás temblando, métete en la cama, muchacho, que yo cierro la puerta.
Pura pasó una mala noche y juró y perjuró no volver a ver a ese indeseable nunca más, aunque el poco dinero que le mandaba su marido no le alcanzara ni para comer.
Cayo se quedó dormido toda la noche de un tirón con la cabeza metida bajo las mantas. 
A la mañana siguiente cuando se levantó, se acercó a la cocina y allí encontró a su madre con el brazo en cabestrillo fumándose un cigarrillo y tomándose un café negro.

-Ven hijo, ven dame un abrazo.

Cayo se acercó a su madre, se abrazó a ella y comenzó a llorar desesperadamente.

-¿Por qué lloras, no ves que estoy perfectamente?

-El tío Juan es un buen curandero me ha dejado el brazo como nuevo.

-Pero..., madre tienes el ojo morado y la cara inflamada...

-No te preocupes..., eso..., en dos días ya no queda nada; también me ha dado unas hierbas para que me haga un emplasto y en poco tiempo  me dejará la cara perfectamente curada.
Ahora bien..., yo no podré salir de casa por lo menos en tres días, tú tendrás que ir a los recados y me tendrás que recoger la ropa de la plancha de casa de doña Ramona y de doña Irene.
 Si te preguntan porque no voy yo..., dile que estoy indispuesta, sin darle más explicaciones, hijo.
 Menos mal que me he roto el brazo izquierdo y no ha sido el derecho, de lo contrario no sé cómo me las iba arreglar con la plancha.

-Pero dime hijo, esta mañana temprano ha pasado por aquí mi amiga Ani y me ha dicho que anoche sobre las nueve te vio que ibas corriendo por la calle.

-¿De dónde venías, Cayo?

-Yo te dije que te fueras a casa.

- ¿A dónde fuiste?

-A casa de la abuela.

-No me mientas, dice Ani, que venías corriendo de la calle del cementerio...

-Dime la verdad que no te va a pasar nada, hijo mío.

-Te seguí madre.

-¿Por qué?

-Me daba miedo quedarme solo, temía que al quedarme solo comenzaran a oírse los ruidos de pasos que bajan por las escaleras del sobrao. 

-¿Me seguiste?

- Y, ¿Qué viste Cayo?

-Te vi con un hombre...

-Cayo ese no era un hombre, era el espíritu de tu abuelo...

-Madre si tenía brazos, piernas, cabeza y hablaba...

-A veces los espíritus recuperan su cuerpo de cuando eran jóvenes y se presentan así...
Pero no tengas miedo de los espíritus, suelen ser buenos y sólo se aparecen  para ayudarnos cuando tenemos problemas.
Vino a decirme que tu padre vendría pronto a buscarnos, nos iríamos a Francia y que allí íbamos a ser muy felices los tres.

-Pero madre, si te daba voces...

-Tienes razón hijo, tu abuelo…, bueno el espíritu de tu abuelo me decía que no quería que nos fuésemos a Francia con tu padre, que no soportaría que nos marchásemos tan lejos del pueblo donde yacen sus restos.

-Los espíritus pueden estar en todas partes, madre...

-Ya sabes que a tu abuelo no conseguimos nunca sacarle del pueblo..., él nunca quiso salir de aquí y ahora que está muerto…, pues menos todavía.

-Le dije que no se preocupara, que vendríamos tres veces al año, que dejaríamos la casa al cuidado de la tía Juanita...
También le dije que dejara de rondar la casa que a ti te asustaba mucho y que me diera un último abrazo, que nos dejara descansar y que él descansara en paz.

-¿A qué esta noche no has oído ruidos en la escalera del sobrao?

-No madre, no he oído nada.

-Ves mi niño..., me ha hecho caso; ya nunca más volverás a sentir miedo por esta causa.

Mañana mismo llamaremos al albañil para que arregle la claraboya del tejado para que no entren por ahí gatos y pajarracos.

-Gracias, madre, ahora debo irme al colegio que voy a llegar tarde.

Muy bien cielo mío pero no le cuentes a nadie que anoche estuve hablando con el espíritu del abuelo. Esto son cosas muy íntimas de la  familia..., que nadie debe conocer.
En cuanto se enterasen…, empezarían a decir que estamos locos y ya nadie nos quitaría ese sambenito...



                                                               



Llegaron las navidades y vino de Francia, Fidel, el padre de Cayo.
Días antes de su regreso Cayo le contó a  África que su padre se había comprado un coche y que vendría a buscarlos para irse  a vivir a Francia con él.
-Eso mismo me dijiste el año pasado y todavía estáis aquí, le contestó África.
Tenía razón, todos los años por Navidad su padre le decía lo mismo y luego no lo cumplía.
Ponía miles de disculpas y pretextos para llevárselos cuando se acercaba la hora de la partida.
Tales, como que: si la casa  donde vivía no reunía las condiciones adecuadas...
Que necesitaba ahorrar más para poder instalarse allí  con toda la familia...

-Excusas, no son más que excusas, decía su madre...

 Fidel se fue muy joven a trabajar a Francia, después de cumplir el servicio militar.
Se fue sin la aprobación de su padre que quería que se quedase en el pueblo, ayudándole en las tareas del campo.
Y..., dejando atrás a Pura, el amor de su vida y a su hijo chiquinino. No se había separado nunca de ella desde que la conoció a los dieciocho años de edad. Él era tres años mayor que ella.
Pura era la chica más guapa del pueblo era morena, delgada, esbelta, y muy lista..., –decían que era la más lista del pueblo-.
Desde muy pequeña  acompañaba a su madre a planchar a casa de los ricos y como pasaba mucho tiempo en casas de ricos, mientras su madre planchaba…, ella ayudaba a limpiar el polvo y entraba en las bibliotecas de las casas ricas y, allí mismo, comenzó a sentir el gustillo por la lectura.
Cogía el libro que más empolvado estaba, lo limpiaba suavemente con la bayeta, acariciaba los lomos de piel y pasaba el dedo índice por las ranuras pintadas de oro.
Al principio sólo veía los santos, pero poco a poco se fue introduciendo en la lectura. 
Se escondía detrás de la puerta de la biblioteca y leía con gran avidez, si no le daba tiempo a terminarlo, se lo llevaba a casa.
Se llevaba libros de Azorín, de Pérez Galdós, Rosalía de Castro, Unamuno, Bécquer, Shakespeare, Fernando de Rojas, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Emilia Pardo Bazán, Victor  Hugo…
Los sacaba de las casas ricas escondidos en su ropa interior y por las noches a la luz de una vela los leía, y cuando los acababa los volvía a colocar en el mismo sitio. 
A veces se equivocaba y un libro que pertenecía a doña Irene lo colocaba en la biblioteca de Doña Ramona, pero daba igual, ellas..., mientras el hueco estuviese relleno, ellas, no notarían nada.
De esta forma se fue cultivando en el arte de la lectura que le dio un vocabulario impropio del pueblo donde vivía. Cosa que despertaba envidias  entre las muchachas del pueblo y la apodaban la “resabia”.
En la escuela le decían a su madre que era una pena que no le dieran estudios pues la muchacha valía para ello.
-Muy resabia para algunas cosas –decía su madre- pero muy cándida y tonta para otras...
A los diecisiete años se quedó preñada de Fidel y tuvo a Cayo de soltera.
Cuando Fidel cumplió la mili se casaron y a los dos meses se marchó a trabajar a Francia, siempre con el firme propósito de llevárselos con él.

 Cuando Fidel se fue a Francia por primera vez llevaba como único equipaje una maleta pequeña de madera y en ella metidas dos mudas de ropa interior, dos camisas blancas, unos pantalones de género, la chaqueta de la boda, un jersey de lana, tres moqueros blancos, celtas cortos sin boquilla, dos chorizos, cuatro morcillas, un queso de cabra curado con pimiento “molio” y aceite, y unas botas de material marrones.
Le acompañaron a la estación del tren su madre, sus hermanos, tíos, primos y por supuesto Pura con Cayo en brazos, todos excepto su padre que seguía enfadado con él porque se iba y le dejaba solo con todas las tareas del campo.
Cuando se marchó Fidel  aún era un joven guapo a pesar  de su piel envejecida prematuramente y curtida por el sol de tanto trabajar en las ingratas labores del campo.
Al despedirse de toda su familia en el andén de la estación contuvo las lágrimas que le arañaban la garganta y bromeaba hablando mucho y deprisa, diciéndoles: cuando gane mucho dinero volveré al pueblo y montaré una fábrica de coches.

Le dio tiempo en el tren a entablar amistades con otros emigrantes que iban también destinados con un contrato a la misma fábrica que él.
Después de tres días de viaje y de interminables paradas del tren con destino  Madrid- Hendaya- París, por fin Fidel  llegó a Francia.
Cuando llegaron a la estación de Montpelier les estaba esperando un español en el andén, fue pasando lista y les dijo que le siguieran. También le siguieron otros españoles que no les había nombrado porque iban sin contrato.
Pero el español no les dijo nada, y montaron todos en una camioneta destartalada de la posguerra y los condujo a las afueras de París.
 Al pasar por la fábrica les dijo el español, señalando con el dedo índice: Ahí tenéis que venir a trabajar mañana.
El horario de la jornada laboral comprende desde las cinco de la madrugada a las cinco de la tarde; con una parada de dos horas a las 12 para comer.
 Después, dos km, más allá, paró la camioneta y se paró delante de unos barracones.
Unos barracones en medio de la nada, ni una tienda, ni una triste taberna para tomarse un chato.
Apenas había pisado Francia…, Fidel ya se estaba arrepintiendo de estar allí.
Pero había que aguantar, aunque sólo fuera por el orgullo de no volver al pueblo con las manos vacías.
El despertador sonaba a las cuatro y media de la mañana, un café bebido, un ligero lavado de cara y se montaban en la camioneta con destino a la fábrica a trabajar.
Cuando paraban de trabajar a las cinco de la tarde los volvía a recoger la camioneta y los llevaba a los barracones de nuevo.
 Más de una vez, Fidel decía: ¡Me Cagüen..., la Os...!  Pero...
¿Dónde me he metido?
La amistad entre los compañeros sustituía a la familia. Por la tarde hacían la cena en común, tomaban café de puchero; tocaban la guitarra y cantaban canciones que les recordaba a España.
Pero las tardes y las noches se hacían interminables y para distraerse comenzaron a jugar a las cartas y Fidel se envició de tal manera, que muchos meses cuando cobraba ya tenía el sueldo gastado, en pagar las trampas que debía a compañeros.
La situación se hacía insostenible. El juego le había cambiado el carácter, se había vuelto agresivo y desconfiado.
Algunos compañeros empezaron a separase de él y lo evitaban siempre que podían.
El vicio de las cartas era el causante de que muchos meses Fidel le mandara cuatro perras a Pura.
 Mientras los demás compañeros iban a España por lo menos tres veces al año él sólo podía ir  una vez por Navidad.
Los fines de semana se sacaba un dinero extra trabajando de camarero en el  café: La Rotonde, en Montparnasse.
Distrito parisino plagado de pintores cubistas, dadaistas, surrealista y expresionistas.
Fidel llegó a tener buenas relaciones con muchos de ellos, olvidándose a menudo y a propósito de cobrarles los cafés interminables que se tomaban mientras hacían grandes tertulias. 
Y más de un pintor  esbozó su rostro a carboncillo en una servilleta de papel.
Fidel era un hombre guapo y atractivo con rasgos muy mediterráneos y solía llamar la atención por su físico.
Un sábado por la tarde, cuando faltaba menos de un mes para que Fidel se marchara a España de vacaciones se le acercó  un pintor que estaba sentado con una mujer rubia platino y le preguntó si accedía a ser pintado por él, que era un capricho de la americana que le acompañaba. Y, que ella le pagaría bien; ya que el pintor estaba tan a dos velas como él  y Fidel que andaba escaso de dinero le dijo que no tenía ningún inconveniente.
Con el dinero que le dio la americana pudo Fidel alquilarse un coche para ir al pueblo.
Lavó el coche, lo enceró y le dio lustre y en dos días se presentó en el pueblo, días antes de Navidad.
Todos los vecinos del pueblo, hasta su mujer y su hijo creyeron que el coche era de su propiedad y él no hizo nada para desmentirlo.






                                                            
                                                             




Después de un largo y pesado viaje Fidel llegó al pueblo sobre  las dos de la madrugada.
La puerta estaba cerrada sin llave,  un trapo ajustaba el portalón. Pura no sabía con exactitud a qué hora llegaría su marido y no quiso echar la llave.
Empujó la puerta, quitó el trapo, entró en la casa, echó la llave, dejó la maleta en la entrada y de puntillas se fue directo al dormitorio, y comenzó a llamar a Pura:
 –Pura, Pura…,despierta que ya he llegado.
Pura dio un salto de la cama y se abrazó a Fidel, -estás más flaco-, le dijo.
-Y, tú muy hermosa,  -contestó Fidel-
En ese instante Cayo apareció en la habitación y adormilado comenzó a gritar:
-¡Madre, madre, otra vez el espíritu del abuelo¡
-¿Pero qué dice este niño?
-Nada, nada, se debe de estar soñando -Comentó Pura-
Hijo, hijo despierta...
¿No ves que ha venido tu padre?
Cayo se abrazó a las piernas de su padre como si fuera una lapa.
Se abrazaron los tres, reían, lloraban, se daban besos y se acariciaban sin parar.
Hasta que la voz inocente de Cayo dijo:
¿Padre que me has traído?
Su padre echó una carcajada, ahora hijo, ahora mismo busco tu regalo.
Le dio un beso a Pura en la boca y se dispuso a abrir la maleta, sacando de ella una  cajita envuelta en un papel de regalo rojo.
-¡Dame, dámelo! -dijo Cayo-
Desenvolvió el paquete y los ojos negros de Cayo se abrieron hasta atrás y comenzó a dar gritos de alegría.
-¡Madre!, ¡madre!, es una locomotora y tiene vagones y pasajeros.
-¡Me encanta padre!
- ¿Puedo jugar con ella?
-Sí, puedes jugar con ella, ve a tu cuarto, juega un ratino y después te duermes.
-¿Puedo dormir con la locomotora?
-Sí, puedes dormir con ella, pero métela en la caja para que no se te rompa.

Cayo se fue a su cuarto, jugó un ratino y después se quedó dormido abrazado a su locomotora.
Pura y Fidel pasaron la noche haciendo el amor y acariciándose con tanta pasión y ternura como si se acabaran de descubrir el uno al otro por primera vez.
-Fidel esta vez nos llevarás contigo, ya no aguanto más esta separación. -Dijo Pura-
-Aún no puede ser Pura...
-Pero ¿Por qué? Ya se han marchado todas las mujeres con sus maridos, y ellos se fueron a Francia al mismo tiempo que tú. 
-¿No sé por qué razón no nos podemos ir nosotros?
-Pura las cosas no me han ido muy bien y no quiero llevaros allí para que paséis calamidades, prefiero pasarlas yo solo.
-Ahora bien, te prometo que a partir de ahora todo va  a cambiar y os llevaré conmigo antes del verano...
-¿Y, tú te piensas... que yo me lo voy a creer?
-¿No puedo entender, que las demás familias estén ya reunidas y nosotros sigamos separados?
-Bueno, si lo entiendo..., Fidel, han llegado rumores de que el juego te tiene absorbido el seso y que no eres lo suficientemente  hombre para dejarlo...
Fidel se echó las manos a la cabeza y tapándose la cara comenzó a llorar como un niño, pidió perdón a Pura y le prometió que dejaría el juego para siempre.
Debo dinero..., y juego, en cuanto me sobran unos francos, con la falsa ilusión de ganar para pagar  las deudas y lo único que consigo es aumentarlas.
Pero esto se va a acabar, dice Fidel, llevo tres meses sin jugar a las cartas y trabajo los fines de semana en una cafetería para ir pagando las trampas que tengo y te juro por lo más sagrado, que sois tú y Cayo..., que en cuanto salde las deudas os llevaré conmigo a París.
No pienses que mi vida ha sido un jardín de rosas en París; me gustaría que vieses los barracones donde vivimos, hacinados como bestias...
Y, allí en los barracones, en ese ambiente axfisiante, se inició mi gran problema, lo que empezó como una distracción se convirtió en un vicio que me ha convertido en su esclavo.
Y luego está la convivencia en los barracones, cada uno de su padre y de su madre, hay gente muy buena pero también la hay que vienen de familias con muchos problemas y el trato con ellos es muy difícil.
Y, por supuesto los buenos puestos de trabajo son para los franceses y lo que queda..., es para nosotros los emigrantes...
Con mucha suerte algún español puede  llegar a tener algún puesto de mejor categoría, pero ese puesto se lo dan porque ya él..., en España, ya trabajaba en la ciudad de mecánico o fresador o de  algo similar.
Los puestos buenos son para los especialistas, pero no para mí, que no estoy especializado en trabajos profesionales de fabricación y manufacturas.
¿Qué trabajo piensas tú que me dieron a mí? -Continúa Fidel-
Me dieron el trabajo del último eslabón de la cadena, es decir el más duro y el que más concentración requiere si no quieres perder una mano como le ha pasado a más de uno.
Pura yo amo el campo, la naturaleza y la gente sencilla que dejé aquí...
Amo nuestro ritmo de vida en el pueblo, trabajar duro sí…, en el campo, pero se compensa con unas relaciones humanas que faltan allí.
Yo, acostumbrado a levantarme con el sol y disfrutarlo durante todo el día, trabajando al aire libre; me sentía como una fiera enjaulada los primeros meses de estar allí.
Si el trabajo del campo, aquí, es duro no menos es aquel en la fábrica; aunque sean totalmente distintos y esté mejor pagado.
Pero eso... ¿A cambio de qué?
-Pues a cambio de no ver ningún día de la semana el sol. Cuando entramos a trabajar aún no ha salido y cuando salimos del trabajo ya se ha puesto.
Pura se abrazó a su marido, se lo comía a besos y a caricias, sintiéndose culpable por dos cosas:
Una por desconfiar de él y por no haber pensado que podría estar pasándolo mal lejos de casa.
Y, otra, esta, la que más le roía las entrañas, era la maldita relación que había mantenido con Salvador el hijo de doña Ramona.





                                                             

  


No era el momento adecuado para que Pura se sincerase con Fidel y le contara la turbia relación que había tenido con Salvador el hijo de doña Ramona. De hacerlo acabaría por hundir a Fidel, decir la verdad ahora produciría más dolor que ocultarla.
Cuando Fidel se marchó del pueblo, Pura, heredó el trabajo que su madre realizaba,  planchando y  limpiando en casa de doña Ramona y continúo haciendo sus escapadas a la biblioteca en cuanto tenía un rato libre.
Uno de esos días, cuando estaba limpiando en la biblioteca, Pura cogió un libro de una colección de clásicos y cuál no sería su sorpresa al descubrir que dentro de las pastas de un libro clásico había otro libro.
 Era un libro editado en la República, de una editorial catalana y en ésos momentos prohibido.
Comenzó Pura a descubrir otro tipo de lectura diferente a los clásicos; una narrativa más crítica, que ella no conocía, que hablaba de derechos y no sólo de deberes; donde el matrimonio no era sagrado y existía el divorcio; donde las mujeres reivindicaban el derecho al voto; a tener un trabajo digno; a estar presente en la vida pública y a no depender del marido para hacer cualquier papeleo. 
En esos libros descubrió que en la república la sociedad era más tolerante y flexible y que  la iglesia no tenía el inmenso poder moralizante y axfisiante que tenía ahora. 
 Donde el adulterio cometido por la mujer era considerado delito y por el contrario con el adulterio cometido por el hombre se hacía la vista gorda, e incluso, al hombre que lo cometía, se le consideraba más macho. 
Ella percibía en sus lecturas que las personas  se guiaban por sus sentimientos en las relaciones hombre y mujer; y empezó a comprender que el amor entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio no era un pecado, sino algo muy  hermoso por lo que nadie debería avergonzarse o ser juzgada.
 Pura leyendo estos libros se dio cuenta que  la rigidez de la moral  de la época no era algo inherente al ser humano, que eran los poderes del momento los que dictaban las normas de la moral...,  pero que sin duda existían otras ideologías diferentes y otras formas de pensar y de vivir, más alegre, más humana y más justa.
Estos libros que estaban camuflados en la biblioteca pertenecían a  Don Rogelio, que fue alcalde durante la república en el pueblo y estaba casado con una rica heredera doña Ramona.
Después de la guerra civil, viuda se quedó Doña Ramona de la forma más brutal y caciquesca. Una noche fueron a buscar a su casa a Don  Rogelio un grupo de falangistas y se lo llevaron a darle el paseíllo y acabó muerto en una cuneta de la carretera y enterrado en una fosa común sabe dios donde. Nunca llegó a encontrar  su cuerpo aunque removió Roma con Santiago.
En cuanto a doña Ramona,  y aunque ella en alguna ocasión enarboló la bandera republicana por las calles  del pueblo en fechas de elecciones, no hubo represalias para ella en la posguerra, por ser... que era... hija de un adinerado latifundista.
 Se quedó viuda con un hijo tarambana que estudiaba medicina, pero que nunca paso del primer curso, le gustaba mucho la juerga, las mujeres y la farándula y a los libros le dedicaba poco tiempo. 
Salvador creció entre viudas y tías solteras y hacía con ellas lo que le daba la gana con sus adulaciones y zalamerías las tenía a todas  pendientes de él.
Cuando decidió dejar de estudiar medicina quiso ponerse al frente de las fincas del abuelo, pero duró poco en estos menesteres y decidió marcharse a Buenos Aires a buscar fortuna.
A pesar del gran dolor que provocó en su madre se marchó a Argentina, allí se dedicó a la buena vida viviendo del cuento con el dinero que le mandaba la madre.
Dinero que le pedía a su madre, haciéndole creer que era  para invertir en un negocio de ganado vacuno que a la larga iba a ser muy rentable -Le escribía en sus cartas-
Cuando la madre, cansada de mandarle dinero, le dijo que con mucho dolor de su corazón le cortaba el grifo y que sólo le mandaría dinero para el pasaje del barco por si quería regresar, Salvador decidió volver a España, sin oficio ni beneficio, para hacerse cargo de nuevo de las fincas de la familia.

Pura no se había enterado que había regresado Salvador y una vez acabadas las tareas de limpieza, como sabía que doña Ramona no se levantaba de su sillón ni para ir a mear..., pues cada día estaba más gorda y más torpe e iba de la salita al dormitorio y del dormitorio a la salita y ese era todo el recorrido que hacía a diario.

Pura, como venía haciendo habitualmente, entró en la biblioteca y se sentó en una silla al lado de la ventana, de espaldas a la puerta,  y comenzó a leer un libro.
Estaba tan ensimismada que no se percató que entraba en la estancia Salvador.
Salvador se a cercó por detrás, le tapó los ojos y le dijo:

-¿Purina quién soy?

-Purina no te asustes- le dijo retirándole las manos de los ojos-

-¿No me reconoces?

Pura se encontró de repente en la biblioteca con un guapo y elegante hombre de cabellos rizados un poco más largos de lo normal  y barbas pelirrojas.

-Estás más bella que nunca... -Dijo Salvador-

-Me ha dicho mi madre que has tenido un hijo, la maternidad te ha convertido en una hermosa mujer –Decía Salvador sin quitarle ojo al escote de Pura, donde asomaban unos senos turgentes y repletos de leche porque se acercaba la hora de dar de mamar a Cayo.

-Ella se quedó sin habla y nerviosa le daba vueltas al libro sin parar.

-Tranquila..., ¿Qué Lees?

-Los Miserables, lo descubrí por casualidad limpiando el polvo y como mi marido está en París... 
Leyéndolo me siento más cerca de él.

-¿Pero tu lees estos petardos?

-A mí me parece muy interesante... -Dijo Pura-

-Vaya, vaya... con la Purina, resulta que es toda una intelectual...

-No, yo sólo busco un poco de distracción, la vida aquí en el pueblo es muy aburrida.

-Pues... ¿Sabes que estoy pensando?

-Que yo te voy a distraer, no es bueno que una flor tan hermosa se marchite entre libros. Ven dame un beso.
La agarró y apretándola junto a él le dio un beso en la boca.
Pura se quedó alelada y lo único que supo decir fue:
-Por favor señorito Salvador que estoy casada y tengo un hijo..., sofocada salió corriendo de la biblioteca.
Se despidió de doña Ramona y se fue a casa de su madre a recoger a Cayo.

-¿Qué te pasa muchacha? -Le dijo su madre-

-Nada, que mientras esté en casa de doña Ramona su hijo Salvador no pienso volver allí...

-¿Pero qué dices insensata?

-Lo que oyes, ese malnacido me ha besado en la boca y ya le veo yo venir...

-No puedes permitirte el lujo de dejar el trabajo, necesitas el trabajo para poder criar a tu hijo ya que tu marido no te manda dinero ni para...

-Nosotras no podemos elegir es nuestro sino...

Yo he tenido que tragar muchos sapos y culebras....

-Pero tú tenías a padre para que te defendiera... Mi marido está muy lejos.

-Tu padre... Aún me queda la duda de que tu padre estuviera en la más absoluta ignorancia...

Hay momentos que hay que decidir: o la moral o comer...

Tú verás lo que haces, pero yo ya estoy muy vieja y poco te puedo ayudar.

-¿Pero madre que me está diciendo?

-Te digo y te repito que los pobres tenemos que tragar quina Santa Catalina.

-No me creo que todos los pobres tengan que estar sometidos a los caprichos de algunos ricos..., habrá alguien que les plante cara.
-Muchas tonterías se te están metiendo a ti en la cabeza con tanto libro que lees...
En estos momentos es más razonable tragar y callar, hija.
Pura pasó la noche sin pegar ojo pensando en lo que le había dicho su madre, y sabía que a su madre no le faltaba razón, que en cuanto se enfrentara a Salvador la echarían de la casa y se quedaría sin trabajo y en esos momentos la cosa estaba muy mal. Pero por otro lado no se resignaba a ser el juguete de  ningún hombre que ella no hubiera elegido libremente. Pensaba: con un poco de suerte este incidente no volverá a  ocurrir, me pasaré todo el tiempo al lado de doña Ramona y de esta forma no me tocará ni un pelo. Sólo iré a la biblioteca cuando salga a la calle Salvador.

Al día siguiente con la mente abotargada de no haber dormido se dirigió a casa doña Ramona a trabajar.
Pasó la mañana nerviosa pensando que en cualquier momento aparecería Salvador.
Estaba en la cocina preparando un cordero que le habían traído del campo para celebrar la llegada de Salvador, cuando éste se detuvo en la puerta de la cocina y le dijo:

-Por favor Pura, ¿Puedes venir a la biblioteca?
-Ahora no puedo, se me quemará el cordero.
-Es un momento, ven por favor.
Ella  le siguió con la cabeza alta y limpiándose las manos en el mandil, e iba dispuesta a plantarle cara.
-Pura, -dijo Salvador-, tengo que pedirte disculpas por el incidente de ayer, mi conducta fue intolerable, había bebido unas copas y me propasé contigo y estoy avergonzado de mi conducta. Puedes estar tranquila que esto no volverá a ocurrir.









Pura se quedó desconcertada con las palabras de Salvador, nunca antes nadie le había pedido disculpas con tanta vehemencia y arrepentimiento.

-Está disculpado señorito Salvador, espero que no vuelva a ocurrir – le dijo Pura-

-Por favor, llámame sólo Salvador.

Pura seguía desconcertada y no supo que decir, al fin dijo:

-¿Me puedo retirar?

- Sí, sí, puedes retirarte si lo deseas.

-¿Pero qué prisa tienes...? -Insistió Salvador-

-¿No te apetece coger algún libro de la estantería?

-Ahora no puedo o se me quemará el guiso de cordero.

-Está bien, no te entretengo más tiempo.


Pura preparó una estupenda caldereta de cordero y la llevó al comedor donde esperaban para comer: Salvador, las tías solteras y su madre.

Les sirvió a todos la caldereta y, cuando se iba retirar con el caldero, Salvador le dijo:

- Pura trae otro plato.

-¿Otro plato? Preguntaron todas las comensales al unísono...

-Sí otro plato.

Pura obedeció y se fue a buscar  otro plato.

-Y ¿Para quién?-Volvieron a preguntar todas al unísono.

-Para Purina.

-¿Te has vuelto loco, hijo? 

-No, no me he vuelto loco hay mucho cordero y es mi fiesta y quiero que Pura coma con nosotros. 

- Está bien hijo, pero no me parece apropiado.

-  Perdone señorito Salvador yo creo que tiene razón su madre, es una comida familiar y yo no pinto nada aquí...
Además, yo, ya tengo mi comida preparada  en la cocina.

-  Por favor Pura, siéntate y sírvete caldereta. -Insistió Salvador-

-   Señorito no creo que deba..., dijo Pura mirando a doña Ramona.

-   Sí Pura, ¡Siéntate!, Salvador quiere celebrar su vuelta con todos los miembros de la casa e incluso con el servicio. -Dijo doña Ramona, en tono sarcástico y bastante humillante-

Pura obedeció y sentó en el filo  de la silla, se quedó inmóvil mirando el mantel, hasta que Salvador le dijo:

-¡Sírvete Pura!,  no empezaremos hasta que no te sirvas.

Obedeció la orden de Salvador y se dispusieron a comer.

Salvador y Pura parecían Hansel y Gretel en la casita de chocolate, invitados a comer una copiosa comida para luego ser devorados por  tres viejas brujas.
No les quitaba ojo Doña Serapia, cuñada de doña Ramona, pero sobretodo miraba a Pura; tenía un ojo puesto en la tajada de cordero que estaba rebañando con los dos únicos dientes que le quedaban y  con el otro ojo medio “guiñao” le dirigía una mirada a Pura como si quisiera fulminarla en esos momentos. Comía con tantas ansias que  por la comisura de los labios le caía la salsilla roja del cordero, como si fuera el nacimiento de un riachuelo de aguas arcillosas, que al llegar a la mitad de la barbilla hacía una curva el riachuelo de salsa roja al encontrarse con una junquera de pelos canosos e hirsutos, para luego bajar precipitadamente hasta el mentón salpicado de verrugas, y a partir de ahí..., la salsa caía en cascada hacia el cuello gordo y fofo, donde ya la salsa se derramaba mansamente formando un delta. Haciendo  de dique la servilleta blanca que tenía puesta en la garganta.

Doña Ramona miraba a su hijo con cara de reprobación, con la cabeza alta y apenas sin probar el cordero.
Sólo le molestaba la actitud de su hijo, no le molestaba que Pura estuviera con ellos en la mesa, le molestaba que Salvador hubiera puesto tanto empeño en ello.
Ella quería mucho a Pura, la había visto crecer en su casa y sabía que era eficiente, muy lista, muy trabajadora, muy limpia y muy guapa, pero lo que le molestaba era  la insistencia  de su hijo para que comiera con ellos cuando la comida era una comida familiar.
Y, por otro lado estaba doña Lorenza hermana de doña Ramona que tenía su capacidad intelectual disminuida, y comiendo a dos carrillos y le dijo a Salvador:
-Purina es la mejor cocinera que hemos tenido, has hecho muy bien en invitarla a comer.
-Mírala que guapa es, además es muy lista y muy trabajadora y tiene un niño precioso que se llama Cayo, pero es muy chico y todavía no come carne. 
Pero Pura tiene muy buena leche y el niño engorda y crece de maravilla.

-¡Calla de una vez torpe¡ -dijo doña Ramona.

Doña Lorenza agachó la cabeza y con el rostro metido en el plato de caldereta comía como un animal.

-Tiene razón tía Lorenza hubiera sido injusto no invitar a comer a la cocinera, te felicito Purina te ha quedado el cordero exquisito -Dijo Salvador-

Pura no dijo nada aunque agradeció las palabras de doña Lorenza, aún a sabiendas que era considerada  por las demás como una bobona que no valía para nada y que siempre hablaba más de la cuenta.

Apenas  la dejaron comer:

-Pura trae agua.

-Pura trae más vino.

-Pura cambia el plato.

-Pura trae más pan.

-Pura colócame el cojín.

-Pura retira el plato.

-Pura trae la ensalada.

-Pura trae el postre.

-Pura retira los platos.

-Pura trae el café.

-Pura trae unas pastas.

-Pura quiero una infusión.

-Pura trae un puro para el señorito.

-Pura conecta la radio.

-Pura retira el mantel.

-Pura trae bicarbonato con un vaso de agua.

-Pura..., Pura..., Pura...

Pura apenas comió, ella hubiera preferido comer tranquila en la cocina su olla de berzas con huesos de espinazo adobados del cerdo de la matanza.
Siempre, claro está,  después de haber solucionado todos los “¡Tráeme!” a los que la someten las señoras a diario durante la comida.
 Se retiraron todos los comensales a la salita a echar una cabezada y a reposar la copiosa y suculenta comida y Pura se fue a la cocina a fregar todos los platos y a dejar toda la cocina organizada.
Llamaron a la puerta del servicio de la cocina y apareció su madre con Cayo, le tocaba mamar y lloraba como un desesperado.
Pura dejó el estropajo y limpiándose las manos en el mandil se dirigió hacia él con una gran sonrisa y diciéndole:

-Ya está aquí mi niño precioso, ven, ven a mis brazos mi tesorito.

Sus pechos a punto de reventar habían manchado de leche su blusa.
Pura dando un profundo suspiro se sentó  en una silla y sacó una teta y le metió el pezón en la boca de Cayo, que lo buscaba desesperado y ansioso, pues no acertaba  a encontrarlo por el llanto y el hambre que tenía.
Se abrió la puerta de la cocina y entró Salvador y entonces Pura cogió un moquero blanco y limpio y se lo puso encima del pecho.
Salvador se quedó contemplando  aquella conmovedora y bonita estampa de una madre bella y joven dando de mamar a un precioso y rollizo niño.
No podía creer que Purina, la niña, que aunque era unos años más joven que él, y le había acompañado a cazar pájaros en el jardín, ahora fuera esta hermosa mujer.

-Perdona Pura no sabía que... -Dijo Salvador-

-No tiene importancia estaba hambriento y mi madre me lo ha traído hace un momento.

Cayo sacó el pezón de la teta de su boca porque ya no sacaba leche y mirando  a su madre le echó una preciosa sonrisa, Pura le besó en su cabecita y le cambió de lado para darle la otra teta.
Cayo mamaba tan deprisa que se le escapaba la leche a borbotones, dibujándole un bigotillo blanquecino que le daba un aspecto  picaruelo.
Salvador seguía allí contemplando la escena y Pura olvidó ponerse en el moquero encima del pecho. 
Se había relajado. Ya no veía a Salvador como el hombre acosador que ayer se propasó con ella.
Hoy le veía como el muchacho que ella admiraba cuando era niña y al que ella seguía como un corderillo en sus juegos.
Había sido muy amable con ella invitándola a comer y no le había importado la opinión de la madre y de las tías.
No intuía  segundas intenciones en su comportamiento, le veía sincero y arrepentido de la bravacunada del día anterior.
Fue pasando el tiempo y Salvador no volvió a acosar a Pura.
Le aumentó el salario y le hacía regalos (libros) a ella y a Cayo de vez en cuando y a escondidas de doña Ramona..., y no le  pedía nada a cambio.
Pura notaba que  cada día la deseaba más y más, no lo podía disimular, lo notaba en sus miradas.
Ella empezó a sentir desasosiego el día que no le veía e incluso retrasaba su vuelta a casa para  leer en los ojos de salvador unas palabras de amor y de ternura de las que ella estaba tan necesitada.
Poco tiempo tuvo Pura de ser querida y admirada por su marido a los dos meses de casados se marchó a Francia.
Amenudo, ella le escribía unas cartas de amor preciosas y él sólo le contestaba lamentándose de lo solo que se sentía tan lejos de España.
Fidel era un hombre rudo y parco en palabras aunque la quisiera más que nadie en el mundo..., no sabía demostrárselo.
Por esta razón ahora estaba como obnubilada con las atenciones de Salvador y a veces sentía unos deseos irrefrenables de acariciar su pelo y mesar sus barbas doradas, besar su boca y sentirse abrazada por ese hombre corpulento y bien plantado.
Esos pensamientos le producían cierto complejo de culpa, estando casada no debería desear a otro hombre, se consolaba pensando que no debía de ser tan raro este sentimiento ya que en las novelas que ella leía a menudo ocurrían situaciones similares.
Fidel era el amor de su vida, pero era un hombre sieso y más pendiente de él que de los demás, un poco hipocondríaco.
La quería mucho, pero no era detallista, raras veces le hizo algún regalo...
 Aunque simplemente hubieran sido unas simples margaritas recogidas en el campo..., ella se lo hubiera agradecido como si fuera un precioso ramo de rosas rojas.
Un día, cuando llegó Pura a trabajar a casa de doña Ramona había un gran revuelo, estaban muy alborotadas doña Serapia y sobretodo doña Lorenza.
-Venga, venga Pura que hoy es un gran día tienes que ir al mercado y preparar una gran comida.

-¿Qué ocurre?-preguntó Pura.

-¿Es que no te has enterado?

-Hoy vienen a comer don Ceferino y doña Cristeta con su hija Dorita- dijo doña Serapia-

-Mi hermana Ramona quiere que Dorita se case con Salvador-Dijo doña Lorenza-

-Calla bocazas que no te tienes nada para callado-Le dijo doña Serapia-.

A Pura le sentó la noticia como un gran mazazo.



                                                             


Pura sintió una especie de vértigo cuando doña Lorenza le dijo, que Dorita la hija de los boticarios, del pueblo de al lado, era  novia de Salvador.
 Ella, que meses atrás  le había rechazado, ahora sentía celos de una mujer que no conocía.
Y, pensándolo bien debería estar agradecida a Dorita que fuera la novia de Salvador, así ella ya estaría fuera de peligro.
Se decía, Pura: lo que estoy empezando a sentir por él es una locura, es lo mejor que puede ocurrir, que se case con ella y se vaya  a vivir fuera de esta casa.
 Estaba Pura con estos pensamientos mientras daba los últimos retoques a una sopa de almendras y a una hermosa merluza cocinada en salsa verde y para el postre había hecho una deliciosa leche frita.
Todo estaba listo para ser servido en el momento en que llegaran los invitados.
Le pusieron un uniforme negro con un delantal blanco con tiras bordadas y una cofia blanca almidonada.
Llamaron y abrió la puerta de la calle Salvador, entraron con él hablando, alegremente, Dorita y sus padres.
Todas se pusieron de pie y dijeron al unísono:
- Pura ve a recibir a los señores y recoge los abrigos y los sombreros.
Pura se dirigió hacia los invitados con la cabeza agachada, recogió los abrigos y sombreros, que los invitados le ponían en sus brazos sin mirarla, tapándole la cabeza.
En esos momentos Salvador le retiró el sombrero que le impedía ver y sin que los demás le vieran le dio un beso en la frente a Pura, que le proporcionó un cosquilleo por todo su cuerpo y le subió una calorina que ruborizó sus mejillas.
 Todos comían a dos carrillos y no paraban de hablar; a la que más se le oía era a Dorita era una joven ya madurita cercana a la treintena..., se la veía muy espabilada, muy resuelta y muy segura de sí misma.
Al terminar la comida Dorita le pidió a Salvador un cigarrillo, lo encendió, y echando grandes bocanadas de humo, hablaba  sin parar con mucho desparpajo de su viaje a  París, de su visita al Louvre.
 Hacía comentarios de la belleza renacentista de  un precioso cuadro, la bella jardinera de Rafael  Sanzio; de la mirada enigmática de la Gioconda de Leonardo da Vinchi y de los sombreros de hermosas mujeres pintadas por Renoir.
Doña Ramona, doña Serapia y doña Lorenza la escuchaban con la boca abierta. Mientras tanto Salvador no le quitaba ojo a Pura en sus múltiples idas y venidas de la cocina al comedor y de este a la cocina.
Dorita que no tenía ni un pelo de tonta se fijó en el detalle y le dijo a Salvador:
-Tenéis una cocinera muy dispuesta, Salvador, no estaría nada mal que cuando nos casemos... tu madre nos deje que se venga a trabajar con nosotros  a la casa de campo...
Salvador un poco nervioso le contestó:
-¡Ah! no, no... Pura no puede marcharse, tiene un hijo pequeño al que tiene que cuidar.

-¿Pero tan joven y ya tiene un hijo...?

-Sí, sí..., y está casada, por cierto, su marido trabaja en París.

Doña Cristeta, que tampoco tenía un pelo de tonta, dijo:

- Bueno, bueno y entonces, ¿para cuándo vuestra boda...?

Dorita dijo:

- Salvador, yo había pensado que sería ideal para la primavera.

-¿Qué te parece?

-Es una buena fecha, ¿Que os parece madre?

-Por mi encantada de la vida, hijo, -Dijo doña Ramona.

-Entonces comenzaré a hacer todos los preparativos -dijo don Ceferino-

-Celebremos el compromiso con una copita de licor - dijo doña Serapia.

-Pura, Pura, trae las copitas y la botella de licor.

Pura con la cabeza bien alta les sirvió las copas y miró a Salvador con una mirada de reproche.
¿Cómo era posible que  con sus miradas le hubiera hecho creer que estaba loco por ella y a la vez estuviera anunciando su compromiso con Dorita?
Soy una tonta y una pobre infeliz..., que ha llegado a pensar que el señorito se había fijado en mí por algo más que por mi físico, yo pensaba que él siempre me había querido desde que éramos niños pero ya veo que lo único que quiere de mí es... aprovecharse...
Estaba Pura en esos pensamientos mientras fregaba la loza cuando entró en la cocina Salvador y cerrando la puerta y empujándola contra la pared comenzó a besarla de forma apasionada y ella se entregó a sus brazos y sintió un ligero vértigo o mareo mientras no paraba de decirle:

-¿Pero tú me quieres?

Y Salvador respondió:

-Más que a nada en este mundo.

Y así comenzó la relación de Salvador con Pura a pesar de que ella estaba casada y tenía un hijo y de que Salvador se casaría en la primavera con Dorita.
Comenzó Salvador yendo todas las noches a casa de Pura, entrando por los corralones traseros, se subía al sobrao, entraba por la claraboya que estaba rota y se deslizaba por las escaleras de madera hasta llegar al cuarto de Pura.
A veces... llegaba Salvador con alguna copa de más y discutían y la que siempre salía perdiendo era Pura, porque Salvador con una copa de más se transformaba en un ser agresivo y loco que la insultaba e incluso la maltrataba físicamente, para más tarde, al día siguiente, arrepentido pedirle perdón y jurarle y perjurarle que nunca volvería a ocurrir.
Ella le perdonaba, pero en  esos momentos, Pura deseaba no haber comenzado nunca esa relación y deseaba más que nunca marcharse a Francia con Su marido.

Llegó la primavera  y Salvador se casó con Dorita  y se fueron a vivir a la casa de campo de la finca las "Sapindanas".
Este traslado hizo que Pura y Salvador se vieran menos, y por temor a ser
descubierto quedaba con Pura en la tapia de una casa derruida cerca del cementerio.
 Llegada la noche, él se acercaba en moto desde la finca hasta allí, diciéndole a Dorita que iba a visitar a su madre, a doña Ramona.
Unos días se amaban y otros discutían porque Salvador  había comenzado a sentir celos de todos los hombres que miraban a Pura, y más de una vez Pura se iba para casa con un ojo morado.
Casi todos los habitantes del pueblo, mayores y niños, estaban al tanto de esta relación, todos menos Fidel y Cayo.
Parecía que el único que nunca supo de la tormentosa relación fue Fidel, porque Cayo decidió un día contarle a África que su madre se había encontrado con el espíritu de su abuelo en la tapia cercana al cementerio.
Entonces África, en su más pura inocencia, le dijo que ese no era el espíritu de su abuelo sino que era el marido de la boticaria del pueblo de al lado e hijo de doña Ramona.
Cayo sin decir media palabra empezó a hilar cabos sueltos y pensó que África tenía razón, que lo que su madre le había contado era un cuento chino.



                                                                           







¡Qué feliz está Pura al lado de Fidel!
Se la ve alegre, caminando por la calle,  agarrada del brazo de su marido.
A pesar de tener que soportar las miraditas y risas de algunos vecinos que tienen muy mala leche y no soportan ver a alguien feliz.
Pura que no es tonta, se da cuenta, pero no quiere que nadie le amargue este momento de felicidad y levanta la cabeza y sonríe y tira "palante".
Esta mañana ha mandado a Cayo a casa de doña Ramona para que le dijera, que hoy no iría a trabajar, que había venido su marido y que el primer día no quería dejarlo solo ni un minuto.
Cuando Cayo les dio el recado de su madre a las tres: doña Ramona, doña Serapia y doña Lorenza se echaron a reír con grandes carcajadas y le dijeron que no se preocupara que ya se apañarían ellas.
Afortunadamente a doña Ramona le ha quedado algo del talante de su marido.
Pura le comenta a Fidel: les he dejado preparada comida casi para una semana...
Son tres inútiles, que juntas suman casi doscientos años y que no han dado un palo al agua en su vida, siempre han estado rodeadas de criadas, de niñeras y de cocineras...
-Y, ¿Sabes lo que más rabia me da?
 -Pues que encima las tengo cariño...
 ¡Qué suerte tienen las mujeres de las familias acomodadas! -Continúa Pura-
Mientras las demás mujeres del pueblo van a trabajar al campo y a lavar al río... en el descanso de la comida, se ocupan de la casa  y de cuidar de sus hijos, de sus maridos y de sus padres ancianos...
Ellas..., sestean a todas horas y dan ordenes a todo lo que se mueve a su alrededor, leen, juegan a las cartas, escuchan música, tocan el piano y  toman café con pastas todas las tardes con sus amigas. 
Así... tienen todas el culo de gordo..., más gordo que un pandero.
Salen a pasear y van a la iglesia como grandes señoronas que son y no miran a su alrededor.
Porque yo creo que si miraran a su alrededor les remordería la conciencia.
Pero  rápidamente la silencian dando una pequeña limosna y ya se creen que son mujeres buenísimas y piadosísimas.
Reparten ropa vieja y ajada, la que ellas no quieren y encima hay que estarles agradecidos.
Fidel no me gusta la vida en el pueblo, esta forma de vida que tú añoras no me gusta nada.
Hay un concepto equivocado de la gente de los pueblos, dicen que los de pueblos somos gente sana, sencilla y buena pero se equivocan muchas veces, porque el hambre, la miseria, y el resentimiento nos hace a la gente retorcida, desconfiada, servil y sumisa.
Cuando lo que correspondería sería unirnos todos y negarnos a trabajar sus tierras.
He leído que la unión hace la fuerza, pero la gente tiene miedo, tiene miedo a perder la miseria de sueldo que les dan y sobretodo tienen miedo a los poderes fácticos del pueblo, ya que por menos de nada puedes acabar en el calabozo.
-¿Y sabes dónde radica nuestro problema?
-En nuestra ignorancia, se valen de eso para manipularnos, nos les interesa nada que estemos informados.
Fíjate en los habitantes del pueblo son casi todos analfabetos y los que no lo son, son analfabetos funcionales que saben leer pero no entienden lo que leen.
Y sobre todo  proliferan las mujeres analfabetas, la sección femenina sólo se preocupa de que seamos buenas esposas y madres.
Que recibamos a nuestros maridos con alegría cuando regresan del trabajo y les tengamos preparada una comida, aunque sea humilde, pero  que esté cocinada con el mayor amor posible...
Que recosamos bien nuestras ropas  para que ellos nos vean como  mujeres hacendosas y modositas que nos preocupamos de la economía doméstica y, aunque humildes, siempre limpias, recosidas y recatadas...
Que seamos sumisas y le complazcamos en todas sus demandas, en cualquier momento del día o de la noche, de lo contrario se irá a buscar fuera del hogar...
Me he aprendido de memoria las sandeces que escribe en un libro de cocina una tal Mª Luisa Alonso, dice:
"El hombre necesita un hogar tranquilo, riente, sin preocupaciones caseras, ¡Ah! y sobretodo un menú a su gusto, variado y bien presentado en la coquetona mesa familiar.
Al hombre por el pico..., que dijo alguien que conocía de sus flaquezas.
Y todas sabemos de aquel solterón recalcitrante que al fin cayó con una chica no guapa, pero de reconocida habilidad culinaria. Un rosbíf a punto, una cocada deliciosa, conquistaron su amor.
Si siempre hemos de depender del hombre porque le amamos, ya sea padre, esposo o hijo hagámosle la vida grata." (La riqueza en la mano por Mª luisa Alonso Duro,1960)
 No..., a los poderosos, no les interesa que seamos cultos porque entonces pensaríamos y nos plantearíamos cosas como estas:
 -Que ellos no estarían en esta posición privilegiada si no tuvieran nuestra mano de obra barata y que dependen de nosotros para sacar "palante" sus cosechas.

-Y que ellas para seguir viviendo como señoritas  nos necesitan a nosotras como sus criadas.

-Y... que ellos se unen para dominarnos, doblegarnos y tenernos bien controlados, hacen las leyes y la justicia a su antojo.

-Pero entre nosotros los pobres no hay esa capacidad de unión y de eso se aprovechan ellos.

Todos los privilegios que habíamos adquiridos hombres y sobretodo las mujeres durante la república los hemos perdidos con esta dictadura que tenemos ahora.

-Pura nunca te había oído hablar así..., con este revoltijo de ideas -comentó Fidel.

¿De dónde sacas todas esas teorías?

-Leyendo, Fidel, leyendo en los libros de la biblioteca del marido de doña Ramona.

Fidel se quedó callado y recordó sin decir nada a Pura, lo que era del dominio de todo el pueblo que Pura podía ser  hija bastarda del marido de doña Ramona y debería llevar en la sangre ese espíritu revolucionario de don Rogelio.
Un rumor más de los muchos que corren por el pueblo, que no carecía de fundamento, pero que en este caso no era cierto.
La madre de Pura tuvo relaciones con don Rogelio pero después de haber nacido Pura.

- Continúo Pura- No me imagino a doña Ramona, doña Serapia y a doña Lorenza sembrando pimientos en el campo y recogiéndolos de sol a sol .

-Ja, ja, ja..., con esos culos enormes que tienen nos taparían el sol...

- Fidel si te tuviste que ir a Francia... fue porque no te quedó más remedio, aquí no había futuro y todo porque la riqueza está en mano de tres o cuatro familias y todas las demás estamos para servirles.

-¡Qué injusticia!

-Y... encima se creen superiores a nosotros, te miran por encima del hombro como perdonándote la vida y si quieres sobrevivir tienes que reírle las gracias y apechugar con lo que te echen y soportar su afán paternalista.
¡Atajo de parásitos!
 Digo yo…, que el primero de sus antepasados serían un hombre y una mujer sencillos, y humildes como somos nosotros...
Entonces ¿Por qué tanto orgullo de su abolengo? El primero de los primeros... digo yo..., qué sería como nosotros: "Pobre". Entonces para que tanto empaque...

-Pura el empaque se acaba en el cementerio, la muerte nos iguala a todos.

-Ya, ya..., pero mientras tanto ellos viviendo la vida como marqueses y nosotros viviendo en la miseria.
 No creo que esto sea justo, la tierra no debería ser propiedad de nadie se debería  repartir entre los hombres y mujeres que quisieran trabajarla.
 Fidel no quiero seguir aquí por mucho tiempo, quiero que nuestro hijo reciba una educación como es debido y que tenga la opción de poder elegir su futuro.
 Fidel abrazó a Pura y le dijo que en menos de tres meses estarían juntos en París.
 -Y..., ahora..., anda ligera que nos vamos al baile, que está a punto de empezar...






                           

 El regreso de los emigrantes,  en  fechas navideñas,  ha pintado el pueblo de alegres colores.
Alegres van sus mujeres y  sus hijos, cantando villancicos, bailando y tocando las panderetas por las calles y los bares.
 Sus ropas grises y negras se han convertido en alegres jerséis y abrigos de colores chillones que les han traído sus padres y maridos de Francia, de Alemania y de Suiza.
Jerséis de lana, tejidos con grecas de ositos y de estrellas. Abrigos plastificados, brillantes e  inflados, de colores rojos, amarillos y violetas.
Ellos, los emigrantes llevan en la cabeza el sombrero tirolés de paño verde adornado con unas plumas de pavos reales.
Y sus mujeres e hijos gorros de lana con grecas de colorines.
Fidel, le ha traído a Pura un anorak lila y otro a Cayo de color rojo y él lleva un jersei  negro que le da cierto aire existencialista.
Parece que parte de los habitantes del pueblo de repente hubieran engordado por lo menos veinte kilos, decía un paisano envidioso, de los abrigos de colorines de los emigrantes.
 Pasan las fiestas navideñas y a  Fidel aún le quedan vacaciones, no se marchará a París hasta febrero.
Aprovechan para hacer la matanza y así poder llevarse embutidos caseros.
Después de mucho trabajo durante la matanza, Fidel, le propone a Pura ir a pasar una semana a Madrid.
Irán a casa de su hermano a pasar unos días, para que Pura y Cayo conozcan Madrid.
Preparan las maletas y por la mañana temprano emprenden el viaje en el coche alquilado de Fidel.
Después de varias paradas, ocasionadas, unas porque Cayo quería mear y otras porque quería vomitar, llegaron a Madrid tras siete horas de camino.
Su hermano Pedro vivía en Madrid en el barrio de Carabanchel, cuando llegaron no estaba en casa, pero le dejó las llaves a una vecina.
La vecina, una señora mayor, doña Concha, llamó la atención de Cayo, pues tenía un pelucón negro y los labios pintados de carmín de un rojo intenso.
Muy amablemente les dio las llave y les dijo de forma muy rehablada que si necesitaban algo que no dudaran en llamarla.
 Cuando entraron en la casa Pura no pudo disimular su cara de espanto al ver tanto desorden y tantos cacharros sucios en el fregadero.
Pedro estaba soltero, era mayor que Fidel se marchó muy joven a trabajar a Madrid, siempre le gustó aprender, aprender de todo lo relacionado con las matemáticas y la física.
Conocimientos que pudiera aplicar en su profesión, para ello,  cuando salía del trabajo, por las noches, iba a una academia donde estudiaba lengua, matemáticas y física.
Su buena mano para la albañilería se vio favorecida por sus conocimientos adquiridos en la academia y muy pronto fue nombrado encargado de obras en la empresa donde trabajaba.
Su horario de trabajo era bastante largo, salía a las cinco de la mañana y regresaba a las nueve de la noche, apenas paraba en casa, nada más que para cenar y dormir.
 Pura se armó de valor y mientras dormía Cayo, que había llegado exhausto del viaje, se dedicó a limpiar y a fregar platos hasta que dejó la casa como una patena.
Mientras tanto Fidel se había ido a dar una vuelta por los  bares del barrio, hasta que llegara su hermano del trabajo, se le pasó rápido el tiempo de espera conversando con los camareros, amigablemente, de fútbol, sobretodo en la fragua que eran forofos del Atletit y en el bar "los Paxariños" que eran forofos del Sporting, hablaban  como si se conociesen de toda la vida.
Este ambiente era el que Fidel echaba de menos en París aunque no dejaba de reconocer que él allí tenía otro tipo de ventajas.
Se encontró con Pedro a la salida del metro, se dieron un fuerte abrazo y llevando agarrado Pedro a Fidel con el brazo  por el hombro,  le propuso  entrar en la pastelería que estaba al lado de la boca del metro; entraron en la pastelería los dos hermanos y compraron bambas de nata y una mandarina con gajos de caramelo azucarados para Cayo.
 Se dirigieron a casa, y cuando llegaron se encontraron con la casa completamente limpia y olía a tortilla de patatas y a costillas fritas de cerdo adobadas.
Pura abrazó a Pedro y éste le dio las gracias por el cambio que le había dado a la casa.

-Mañana, sábado, iremos al Circo Price, le dijo Pedro a Cayo.

-Bien, bien, tío, estoy deseando ir.

Cenaron  todo lo que Pura había cocinado y bebieron tintorro del pueblo y hablaron y rieron hasta altas horas de la madrugada, Cayo se quedó dormido con la cabeza apoyada en sus manos cruzadas encima de la mesa camilla.
Al día siguiente se levantaron y Pedro les tenía preparado un perolo de café de puchero y churros y porras metidos en un junco.
Después de desayunar se marcharon al retiro a ver la "casa de las fieras".
Cayo se quedó  tristemente impresionado con el león flaco y viejo; le dijo a su madre que a él le gustaban más los leones que salían en la película de Tarzan, lo mismo, dijo de los elefantes, las hienas y del triste y desdibujado tigre rayado.
Le decepcionó aquella pandilla de viejas y desdentadas fieras enjauladas, nada tenían que ver con los animales salvajes que él había visto en las películas.
Su tío le compró un cucurucho de cacahuetes para que se los echara a los monos y acercándose a ellos con recelo comenzó a reírse al ver hacer monerías a la monita que él creía que era la mona Chita.
Los monos eran más divertidos, como estaban enjaulados se dedicaban a tirar restos de frutas a los visitantes y eso le causó mucha gracia a Cayo.
A la salida de la casa de las fieras su tío le compró una deliciosa manzana roja cubierta de caramelo y cuando se acercaron al puesto de manzanas  el vendedor dijo, este niño no tiene pinta  de ser de  Madrid, sin duda, tiene que ser de pueblo...
Cayo se sintió un poco molesto, creía que le había llamado paleto, pero enseguida aclaró el buen hombre, que lo decía por el buen color de cara que tenía el chaval, ya que los niños madrileños están todos descoloridos y paliduchos.
 Más tarde dieron un paseo en barca en el estanque del Retiro, delante Pedro y Cayo y detrás Fidel y Pura agarrados de la mano, como una pareja de recién casados. 
Por la tarde fueron al Circo Price y Cayo que era amante de todo tipo de espectáculos, quedó impresionado de tanta grandeza, armonía, colorido y tanta variedad de  atracciones.
Los malabaristas, los acróbatas, las contorsionistas, los payasos, el domador de leones y de tigres, el domador de elefantes, el hombre cañón.
 También llamó su atención el precioso vestuario de todos los artistas, ellos..., con pantalones ajustados blancos y el torso desnudo y ellas..., con bañadores de lentejuelas y grandes pelucas de cabellos rubios rizados, todo era espectacular para él.
En esos instantes se acordó de África y pensó lo mucho que hubiera disfrutado ella, que tenía alma de artista, viendo el gran espectáculo del circo Price.
Estaría muy atento a todo lo que allí ocurriera para luego contárselo con pelos y señales, sin olvidar nada.
Lo más parecido a un circo, que hasta ahora había conocido Cayo, era el espectáculo que hacían   los titiriteros ambulantes, que en las noches de verano llegaban al pueblo.
Cuando llegaban los titiriteros él y todos los niños y mayores del pueblo solían ir a la plaza del pueblo cargados con una silla para sentarse y contemplar el simple pero emocionante espectáculo.
  Y como único número, el de una bella cíngara con un bañador raído y descolorido y con unas medias baratas con grandes "tomates".
  Se paseaba por una cuerda atada a dos postes de hierro y de vez en cuando levantaba una pierna, perdiendo el equilibrio, algunas veces, y cayendo al suelo.
En esos momentos el público, salvajemente, silbaba y gritaba, y la pobre cíngara sonriendo y medio llorando volvía a subir a la cuerda.
En el descanso, pues había descanso y todo..., vendían boletos para una rifa, solían rifar un cuadro con una lámina de una virgen, paquetes de caramelos y grandes cayadas de pirulí.
 Hasta que no vendían todos los boletos no comenzaba de nuevo el espectáculo.
El presentador..., era un gitano, vestido como  un bandolero de sierra morena  y a grito pelado le decía:

-¡Hale, Mari...! 

-¡Hale, bonita...!  

-¡Salta, Mari...! 

-¡Salta, bonita...!

Al finalizar la Mari pasaba la gorra y todos le echaban una perra gorda o una perra chica.

En el descanso del espectáculo en el Price, Fidel, hizo un gesto para que se acercara el chico de los helados que llevaba colgado del cuello una caja de madera e iba gritando:
-Al rico bombón helado..., para el niño y para la niña...
Compró un bombón helado para Pura y otro para Cayo.
Cayo no había comido un bombón helado en su vida y menos en invierno, le quitó el papel del envoltorio plateado, que rezumaba frescura en su superficie y saboreó el bombón helado con gran placer al masticar los trocitos de chocolate helados. 

A la salida del circo fueron a pasear por la Gran Vía y Cayo se quedó abobado al ver  los rótulos luminosos que adornaban las fachadas, le impresionó: la  moneda que caía en una hucha enorme, los rótulos de los cines, la iluminación de la calle Preciados y los enormes escaparates iluminados de los grandes almacenes de Galerías Preciados y el Belén gigante que había en la trasera de los grandes almacenes.
Y le encantó el bacalao rebozado que comieron en un bar que estaba en una calleja cerca del belén de Galerías y por supuesto el enorme pastel con una guinda que se tomaron en una pastelería famosa en la Puerta del Sol.
Seguidamente fueron hasta la plaza mayor que continuaba llena de tenderetes con artículos de toda clase.
El tío Pedro que era muy aficionado a jugar en las tómbolas compró varios boletos y se los dio a Cayo para que los abriera.
Fue despegando los boletos con gran atención y cada vez que encontraba un premio daba un grito de júbilo.
Le tocó un reloj de pulsera y ese fue el primer reloj que Cayo tuvo.
También le tocaron dos largas cayadas de caramelo de pirulí.
Cayo no sabía cómo contener tanta emoción y acabó llorando de alegría abrazándose a Pura.

Pasaron unos días preciosos en Madrid. El domingo por la mañana visitaron el Museo del Prado.
Pura y su hijo nunca habían visitado un museo y todas las salas  llamaban su atención, Goya, Velázquez, El Greco, Rubens, Caravaggio. etc.
Pero el cuadro que más llamó la atención de Cayo fue el Jardín de las delicias del Bosco, estaba fascinado mirando en cada pulgada del lienzo a tantos personajillos desnudos con caras de felicidad eterna, animalillos salvajes y domésticos como humanizados, casitas como de cuentos de hadas, unas con formas de burbujas y otras como palacetes en miniatura, pajarillos, lechuzas, todos conviviendo de manera revuelta en una especie de edén.
Pura conocía obras del Prado pero sólo las había visto en alguna lámina y al ver ahora esos cuadros de grandes dimensiones y tan hermosos como las Hilanderas... y la Fragua de Vulcano..., al contemplar este último cuadro y ver  el cuerpo musculado del Dios Vulcano, esculpido pincelada tras pincelada por Velázquez, como una escultura renacentista, le dio un vuelco el corazón y pasó como un rayo por su mente la figura de Salvador. Se entristeció  y de sus ojos rodaron  lágrimas de emoción y miedo.

A la salida del museo Fidel le compró a Cayo una cámara fotográfica de juguete que al mirar por el visor y apretando un botón iban apareciendo fotografías de los principales monumentos de Madrid.
Cayo pasó bastante tiempo como atontado pasando una y otra vez las imágenes de la cámara: la Cibeles, Neptuno, El palacio Real, la Puerta barroca del Hospicio, la plaza Mayor, la Puerta de Acala, el Retiro y por supuesto el Museo del Prado.
 También fueron  al rastro el domingo por la mañana y quedaron impresionados de todo lo que se vendía allí.
Cosas que ellos consideraban inútiles y que si se las encontraban  en la calle, en su pueblo no las cogerían, aquí, además, las vendían.
Fueron unos días inolvidables para la familia, pero sobre todo para Cayo y para Pura, estaban encantados de su visita a la gran ciudad.
Fidel les dijo que París era aún más grande y tan espectacular o más que Madrid.
Lo primero que hizo Cayo nada más llegar al pueblo  fue ir a buscar a África a la fábrica de harinas y contarle todas sus vivencias en Madrid.


                                                                 






Fidel ha llegado a París con el firme propósito de traerse a su familia con él lo más pronto posible.
Ha hablado del tema con su jefe y éste le ha dicho que el director de la empresa está buscando una familia para que se encargue de la portería de un edificio situado en los Campos Elíseos.
Fidel ve el cielo abierto y le dice que está interesado en ese trabajo para su mujer.
-El problema va a ser el idioma le contesta su jefe, pero Fidel le dice, que eso no será problema  que su mujer es muy lista y que a veces hablan en francés  y suele comprender todo lo que le dice cuando mantienen  una conversación.
-Entonces no hay más que hablar se lo comunicaré al director.

Al día siguiente, cuando Fidel llegó a la fábrica, se acercó el jefe y le comunicó que el director quería hablar con él.
-Bonjour Monsieur Fidel.
-Bonjour Monsieur directeur.
El director le hizo la entrevista a Fidel y le dijo, que ante todo quería seriedad para el trabajo que le estaba ofreciendo a Pura de portera.
En el edificio viven personas de un alto nivel y deben de estar a la altura de las circunstancias.
Fidel le dijo que su mujer era una mujer muy educada y respetuosa y no tendría ningún problema en ese aspecto.
-Monsieur Fidel, me consta que es usted un trabajador excelente, por esa razón no dudo de su integridad, mañana mismo se lo presentaré a la comunidad de vecinos del edificio y podrá ver la vivienda donde residirá con su familia.
Nos urge cubrir esta plaza, así pues le pediría que en breve su familia se desplace a París.
Les pagaremos el billete de tren y enviaremos un oficio con todo el papeleo para el reencuentro familiar.
-Merci beaucoup, Monsierur.

Inmediatamente Fidel puso una conferencia telefónica a la centralita del pueblo para que avisaran a Pura.
Después de cinco horas de demora..., pudo ponerse al habla con la telefonista del pueblo, la tía Gregoria.
-Tía Gregoria, soy Fidel, por favor puede ir usted a llamar a Pura.
-Y..., ¿pa qué?
-¿Cómo que pa qué?
- Quiero hablar con ella, s`il vous plâit.
-  Yo no sé silbal, hijo, tendré que mandal al “joio” muchacho, que no sé dónde anda ahora.
- Silbal..., silbal... lo que me faltaba ahora.
- Tía Gregoria que no quiero que silbe..., sólo le he pedido por favor que llame a Pura, y por favor apresúrese que la conferencia es muy cara.
- Requetreque..., ve “ancá” la Pura que la llama el “mario..." y dile que no me ha "queriooo" contal, na..., de na...
-   Se pensará que no me voy a enterar yo...

"Encuanti" venga la Pura me entero, vaya si me entero...
 Debe de ser algo de mucha importancia, si no... de…, qué..., le iba a llamar..., él ahora... 
¡Vamos que poca vergüenza! mira que no "decilme" lo que pasa...
Si yo contara todo lo que se... se iba a enterar este pelagatos, que es y será siempre un pelagatos... que no tenía donde caerse muerto y ahora se cree el marqués de “matacagá”.

       - Fidel, hijo, espera que ya han ido a "buscal" a la Pura...
        -Mercí beaucoup, Gregoria...
      -  Sin "insultal" que yo a ti no te he dicho na... que ya no se sepa...
     -          No me des pie, hijo..., que no quiero "hablal".
     -        ¿Qué… dice tía Gregoria?, no entiendo nada.
     -        Mejor hijo...y ahora que no me oyes..., por ahí vine la “joía” “fandangona” de tu                         mujer.
     -        ¡¡Anda que si yo hablara!!
     -  Rian..., de rian..., Gregoria...
   -  Para risas está la cosa..., Pura aligera el paso... que yo creo que a tu “mario” se le ha "io" la chaveta...
       -Fidel, ¿Qué pasa?
      - Pura que tenéis que veniros para acá dentro de dos semanas.
       -¿Hablan...?
       - Si tía Gregoria, de sobra sabe usted que estamos hablando...
       - ¡Anda hija que... pintarás tú en Francia...!
        - Fidel ¡Qué alegría!
       -Pura tienes que ir preparando las maletas con tus cosas y las de Cayo, os llegaran por                 correo los billetes de tren un día de estos.

   - ¿Hablan...?

      - Mon Dieu..., Mon Dieu..., Pura, parlons nous en français.

       - Pura no te digo yo... que tu “marío” se está volviendo chaveta, no te vayas pa  Francia que          a ti..., allí, no se te ha "perdio" naa… de naaa.
        Bueno..., bueno, luego si te van mal las cosas... no vengas con mandangas, que tú eres mu        lanzaaa… y de ahí vienen todos tus males...

       -Ne  peux pas plus... avec  l´Espagne profondeur..., Pura. 

        -Está bien Fidel, no exageres ya sabes que aquí somos todos como de familia...

     - ¡Te quiero...Fidel!

     -  Te quiero...,  te quiero..., si yo hablara...

     -   Tía Gregoria, le pido por favor que no vuelva a interrumpir la conversación, si quiere       seguir escuchando siga..., pero por favor no nos interrumpa...

     -Oui, Oui, Fidel, je suis três heureux et demain  doit comencer a preparer les sacs.

     -Gui, Gui… como  si fueran marranos... 

    -Ring..., Ring...

    -¿Diga?

    -Tía Gregoria quiero poner una conferencia con mi hermano el de Barcelona...

    -¿Y tú quién eres?

    -Yo soy la Ceferina.

    -¿Qué,  Ceferina, la matapulgas o la "gareta".

    -¡¡Tía gregoria!! la Gareta...

    -Y, ¿Qué quieres ahora, Gareta?,no ves que estoy escuchando a Fidel el franchute que está hablando con la Pura...

   -Cómo lo voy a ver yo tía Gregoria, si estoy en mi casa, me llaman la gareta, pero no soy adivina.

   -Pues ahora te esperas a que acaben la "cunversación" "pos" asina no "mos" enteramos de naaaa...

     -Y..., ¿van a tardar mucho?

    -Y, yo que coños se...,  Gareta, ¡Hay que vel que de too… te quieras enteral!

     -¿Por qué?

     -Es que la conferencia es urgente, tengo que decirle a mi hermano que a su suegra se le ha "metio" un rayo por el "cuelpo".

    -Espera..., espera... ¿Hablan?



    -Bueno... ya como si no hablaran, ya no me entero de na... ya están hablando en franchute.



    -Entonces... ¿Qué le ha pasaoooo... a la Engracia?



    -Ya se enterará usted cuando se lo cuente a mi hermano...

    -No, porque tengo que estar pendiente de lo de la Pura. ¿O es que a ti no te interesa lo de la    Pura?

    -Sí, sí... pero ahora es más importante que usted me ponga la conferencia con mi hermano.

    -Si no me lo cuentas a lo mejor hoy  no puedo darte  línea, porque hoy hay mucha demora...



   "Asinqueee" de "mooo..."y manera... que...: ¡Cuenta Gareta, que ya estas tardando!



    - A ver, tía Gregoria, resulta que la Engracia estaba con las ovejas debajo de un alcornoque y   de repente se "encegacinó" el cielo y empezaron a salir en el cielo relámpagos como culebrinas  de fuego, como "ogaño" el invierno está muy seco, se ha preparao... una tormenta de padre y  señor mío.
 Y, la Engracia que todos sabemos que es una escarampiala se  encaramó a un alcornoque  entonces  ha "caíooo" un rayo y se le ha metiooo...  por la espetera, que usted sabe que de eso  ella está bien servía.
     "Aninantes", se bajó como un rayo del alcornoque y se puso a correr como una loca, como      un escobón encendio  por el monte con todas las ovejas detrás de ella, hasta que la ha pillao el "lucero", este, ha cogiooo...  un palo largo de madera y le ha gritao que se agarrara al palo, se  ha agarrado a él y poco a poco la ha llevado hasta la charca de las gorriateras y cuando se ha  metiooo... en el agua ha empezao a "jumear" y se ha quedao la "probesina" como una  pavesina.



 -¡Dios mio! Te pongo con tu hermano..., Gareta.



 -Pero... y ¿Ahora que va hacer la Justina pa enterrar a su madre? Porque "gastal" una sepultura sólo pa unas pavesinas...



 -Allí  han recogioo... las pavesinas de la Engracia el cura y el enterraor en una calderilla y cada vez quean menos porque este aire "folastero" que hace, las está desparramando por tooo... el pueblo.



 -Pos... lo que ella quería..., que era una alvendera que no paraba quieta en casa...



 -A "vel"  si acaba de una vez la Pura...



 -Pura ve cortando que la Engracia se ha charruscao... y anda como una pavesina volando por tooo... el pueblo.



 -Fidel tengo que cortar, ye t´aime non plús.



 -Pura no te vayas, siéntate ahí, mira lo que le  ha pasao  a la Engracia...



 -Tía Gregoria, no tengo tiempo, me marcho...




 -Gregoria..., Gregoria... ¿No está aquí la Pura...?



 -No doña Ramona...



 -Pues si me han dicho que la han visto entrar aquí, y si ha venido aquí... es que la ha llamado el marido y si la llama el marido es que es para algo urgente.



 -¿No le habrá dicho que se se tiene que ir para Francia?



 -¿Qué voy a hacer yo si nos deja a las tres inútiles solas...?



 -Doña Ramona yo no sé qué es lo que han hablao...

     Como comprenderá yo tengo mucho que hacel para estal pendiente de toas las mandangas que hablan unos y otros.



 -¡Cuánto me extraña Gregoria!  Ahora que..., arrieritos somos...

   - ¡Vaya con dios doña Ramona...!
  Ahora "mesmito" le voy yo a contal lo de la Pura al pestul viejo de doña Ramona...
  Paaa que se entere el Salvador y me la desgracie a la pobre...







                                                                   


Alrededor de la casa de Pura hay un enorme gentío y revuelo.
Hay corrillos alrededor de la puerta, la gente entra y sale.
Hablan bajito, gesticulan y por sus caras da la sensación que están en un duelo o algo parecido. 

-¿Justina qué ha pasaooo...? -pregunta la Milagritos
-La Pura..., que la han encontrao con un  porrazo en la cabeza y está como muerta, ni habla,  ni conoce, ni come, ni na de na...
-¡Por Dios, con lo contenta que estaba porque se iba la próxima semana a Francia!
¡Qué poco dura la alegría en casa de los pobres!
-Y... ¿Qué le ha pasaoooo?
-No está muy claro, pero "paece" sel... que ha sido un accidente, o pol lo menos eso es lo que yo he "intrepetao" por lo lo que iba diciendo el cabo de la guardia civil cuando se dirigían a casa de doña Ramona.
 Por cierto, creo que a doña Ramona le ha dao un "patatún" y se ha quedao privaa... como una parisesma y están la Serapia y la Lorenza con una berraquina que no paran de llorar.
Se ha dejao decil la Urbana la "mojosa",  la mujer del tío Hilario y vecina de doña Ramona, que doña Lorenza, la bobona..., fue a su casa lloriqueando y le contó que:
Al parecer ayer vino el señorito Salvador borracho al pueblo y tenía una cogorza de aquí te espero y entró en casa de su madre dando gritos llamando a la Pura.
Ni siquiera su madre pudo detenerle, iba como una fiera corrupia dando tumbos y golpes a diestro y siniestro, llamando a Pura y gritándole que no iba a permitir que le abandonara.
Pura, que ya sabe cómo se las gasta Salvador cuando tiene una copa de más, salió corriendo hacia los corralones, mientras él la perseguía gritándole que no podía vivir sin ella, que iba a dejar a su mujer la boticaria y que se la iba a llevar  a vivir con él a la Argentina.
Detrás de ellos corrían la madre y las tías "ranquando", de la única manera que ellas podían correr; de tal manera que doña Serapia se pegó un guarrapazo, que cuando se levantó estaba toda rebozada en gallinazas.
Pura salió corriendo  con la cara descompuesta y comenzó a  subir por unas escaleras de palo al palomar y cuando iba por el último peldaño se rompió un paso y cayó contra el duro suelo enrollado.
Se quedó allí tirada como una tortolína asustaa..., sin moverse como si estuviera muerta.
Salvador se puso como loco y corrió hacía ella y, cogiéndola en brazos, y llorando como un niño no dejaba de besarle el rostro y de decirle que no se marchara a Francia, que no le dejara solo con la arpía de su mujer la boticaria.

-Loco, loco, loco de amor..., gritaba doña Ramona, este hijo mío se ha vuelto loco de amor y mi pobre Pura está como muerta.

¡Dios mío! Ha llegado la desgracia a esta casa.

Salvador la metió en casa y la colocó encima de su cama de soltero y cerró la puerta con llave.
Su madre y sus tías aporreaban la puerta  y le gritaban:
¡Hijo no te pierdas, abre la puerta!
Y, como no hacía caso, doña  Ramona decidió  llamar por teléfono a la mujer de Salvador y le contó a esta todo lo sucedido.
La tía Gregoria que estaba a la escucha se enteró de la tragedia pero al terminar la conversación doña Ramona le dijo:
¡Gregoria supongo que no estabas a la escucha!
-Descuide doña Ramona, yo..., lo que se dice escuchal no he escuchaoooo naaa..., de na... - le contestó.

Como a la media hora se presentaron: Dorita y sus padres ancá... doña Ramona.
La mujer de Salvador y sus padres le gritaban para que abriese la puerta, como no lo hacía el boticario rompió el cristal de la ventana y entró dentro del cuarto y se encontró a Salvador de rodillas con la cabeza apoyada en la cama  y asido a las manos  de Pura.
-Mira so cabrón, puedes destrozar tu vida si quieres pero no voy a permitir  que mi hija y tu hijo pasen por la vergüenza de tener a su marido y padre el resto de sus días en la cárcel.
 Antes te mato aquí mismo, y agarrándole por la pechera le levantó del suelo y le sacó de la habitación zarandeándole como un pingajo.
 Su mujer no quiso ni mirarle a la cara y dijo:
-No quiero volver a verte por mi casa. Recoge todas tus cosas y no vuelvas nunca más.
Eres un desgraciado, me has engañado y humillado liándote con una criada...
 Que alguien saque a esta mujer de la casa inmediatamente - gritó Dorita la mujer de Salvador-

-Túuuu, tú… eres la que te tienes que ir inmediatamente de esta casa, tú ya sabías que yo amaba a Pura pero no paraste hasta que  me cazaste, dijo Salvador.
Madre esta arpía sólo quería nuestras fincas y sus padres lo mismo que ella, nunca me ha querido, todo es teatro, puro teatro.
Cuéntale a mi madre lo que haces todos los jueves por la tarde cuando vas a la ciudad, según tú..., a visitar a los pobres del hospicio..., dile que te veías con el director del banco en una habitación de la pensión doña Clotilde.
Dile que ya tenías esta relación antes de embaucarnos a todos...
-Plaf... toma desgraciado, como puedes insultar de esa forma a mi hija, le dio un puñetazo el boticario tirando a Salvador al suelo.
-Dorita ¿Es eso cierto?- Preguntó doña Ramona.
Sin decir ni media palabra Dorita dijo: padre ¡vámonos a casa!
Doña Lorenza lloraba y no paraba de decir: ¡Ay Purina, no te nos mueras!
-Calla torpe y ve a buscar al Hilario y no cuentes nada a nadie.- le dijo doña Serapia-
Llegó el tío Hilario y nada más ver las caras dijo:
-¿Qué tengo que hacer?
-Coge a la Pura y llévala a su casa, la pobre ha sufrido un accidente y se ha caído por las escaleras del palomar.

Pura permaneció como dormida durante todo el  día y cuando despertó tres o cuatro vecinas estaban alrededor de su cama con una carta en la mano, con el matasellos de Francia y  deseando leer el contenido.
-¿Qué me ha pasado?
- Y... ¿Mi hijo Cayo?- dijo Pura al despertar.
-No te ha paso na..., Pura, que te has caiooo... como una tortolina por las escaleras del palomar y has sufrió un "trumatrizmo celebral", dice el médico, pero gracias a Dios no te has roto nada esta vez Pura.
-Mira que tienes mala suerte tú... con las escaleras Purina...
-Mira te han mandaooo... una carta de Francia.
-Tráela para acá..., y por favor dejadme sola y que venga mi  hijo Cayo.

Al rato, entraron en la casa de Pura, doña Ramona, el cabo de la guardia civil, el médico y el cura del pueblo.
-Todas fuera de la casa, les dijo el médico y se dispuso a auscultarla:
A ver..., Pura, incorpórate, ahora siéntate y sigue con la vista la linterna..., izquierda..., derecha, arriba y abajo.
-Bien, bien, ahora te pones de pie, cierra los ojos; ahora camina con los ojos cerrados.
-Bien..., bien, no tienes ninguna lesión importante descansa unos días y volverás a estar como una rosa.
-Pura, - le dice el cabo-, parece claro, según nos ha comentado doña Ramona, que has sufrido un accidente mientras subías por las escaleras del palomal.
¿Estás de acuerdo?
-No, no estoy de acuerdo, sí es cierto que me he caído por las escaleras, pero porque iba corriendo huyendo del señorito Salvador.
-Pura hija, perdónale, estaba borracho como una cuba -dice doña Ramona-
-No puedo perdonarle ya me ha hecho mucho daño y esta vez ya no voy a callarme y quiero poner una denuncia.
-Pura..., todos sabemos que tú  has mantenido una relación con Salvador, por tanto tú le has dado pie a que actué contigo de esa forma.
Si le denuncias..., primero, no te harán caso y segundo serás el "hazmereil" del cuartel - interviene el cabo-
-Ya no me importa que se rían de mí, quiero denunciarle.
El  hecho de que yo haya, o, no haya mantenido una relación con él, primero a ustedes no les importa y segundo eso no le da derecho a él  a maltratarme.
-No te das cuenta..., que el adulterio es un delito en España y que en cuánto intestes denunciar te estarás denunciando a tí misma..., y en cuanto  lo hagas mandarán un informe a tu marido y se enterará de todo...
-Hija, sólo falta una semana para que te marches a Francia.
No compliques las cosas- apuntó el cura-.
-Tengo que pensármelo, ahora mismo lo mataría si pudiera.
-Hija no te preocupes que ya no volverá a hacerte daño, se ha marchado muy lejos, ha regresado a Argentina
Es mi hijo y no le deseo ningún mal pero es un malnacido y me siento responsable de su comportamiento. Siempre ha tenido todo lo que ha querido y eso no puede ser bueno...
Ya me lo decía su padre:
¡Que lo estás malcriando..., Ramona!

Las vecinas estaban con la oreja pegada a la puerta y cuando salieron de la habitación las autoridades y doña Ramona, entraron de nuevo en el cuarto.
-Pura sabemos todo lo que ha pasaooo y como sabemos que la justicia nunca está de parte del pobre y en este caso de la pobre que es peol  "entovía", y que a Salvador no le van a meter en el calabozo, hemos decidido darle un buen escarmiento.
-¿Pero cómo le vais a dar un escarmiento si se ha marchado a la Argentina?
-Eso es lo que nos quieren hacer creer, pero mos hemos enteraoooo que su madre le ha obligao  a encerrarse durante unos días en la bodega del vino, hasta que se calme la cosa y pueda volver con Dorita la boticaria.
-¿Quién os ha dado esa información?-Pregunta Pura.
-Mira yo he pensaooo, presentalme en casa de doña Ramona y ofrecelme pa echarle una mano ahora que tú estás enfelma...
Y..., hemos pensao meterle cada día una jalapa en la comiaaa, para que se vaya por las patas abajo y llenarle la cama de pulgas para que se lo coman a picotazos.
Y... si se pone a pelo..., cortarle los cataplines cuando esté dormiooo...
-Asina...  me gusta, que sonrías, Pura.
-¿Pero Pura  como "podiste"  "lialte" con ese sorongón?
-¡Cuéntanos!
-¿Qué coño viste en él?
-¿Cómo te engatusó?
-Lo que es planta..., hay que reconocel..., que tiene buena planta, pero... corato debe de sel como un cacho de queso tielno de cabra cagao de moscas.
¡Tan blanco y tan pecoso...!
  -¡Cuéntanos Pura! 
-¿Como tú..., tan lista e ilustraaa..., te empicaste con él?
-Mati  -dijo Pura- nadie..., nunca me había regalado flores, ni libros, ni perfumes, nunca nadie me quiso con tanta pasión y nunca nadie se preocupó tanto por el bienestar de  mi hijo.
-Y, nunca nadie te maltrató tanto, Pura.
-Sólo cuando bebía..., el vino le transformaba y hacía  que aparecieran todos sus miedos y todos sus complejos.
-Y..., como un cobarde mamón... lo pagaba con la más débil...
¿Verdad Pura? 
Toooos... los hombres son iguales, son muuu... machos pa llevalte al catre y luego no tienen "alveliaaa" para enfrentarse a sus propios "poblemas".
 Es mejol... pagal... con sus mujeres, que los cuidan, les hacen la comida y les dan lo mejol de la matanza, el jamón y el chorizo..., y el tocino y la morcilla pa "nusotras".
Ellos mandan y nusotras  obedecemos -Dijo Nati-.
-No te equivoques Nati, no todos los hombres son iguales, mi marido es un santo y espero que mi hijo respete a las mujeres como lo hace su padre.
-A vel..., Pura..., si ahora le van a "coronal" y le van a subil a los altares a Fidel, que él  ya te ha preparao  buenas endróminas con el vicio de las cartas...
 Y..., como el pobre..., es un santo, vas tú...y le pones los cuelnos con el ojos tielnos de doña Ramona...
-Nati, ya veo que no has entendido nada, de nada; por favor dejadme que estoy un poco mareada...
-Muchas "penículas" has visto tu..., me paece a mí, Pura...
¡Fantasiosa que eres una fantasiosa! Aunque tú digas lo contrario ellos son tooos iguales...






Besos..., abrazos..., y algunas lagrimillas rodaron por las mejillas de Cayo cuando se despidió de su mejor amiga y primer amor, África.
Atrás dejaban toda una vida llena de alegrías, penas y sobresaltos.
Cuando  por fin llegaron a París les estaba esperando Fidel en la estación del tren, pero había tanto gentío que era imposible verle.
Hasta que se oyó un grito que retumbó en toda la estación:
-¡Cayoooo...! -Allá, al fondo estaba Fidel y corría hacia ellos-.
Cayo se soltó de la mano de su madre y corrió a encontrarse con su padre, mientras Pura sonreía inmóvil, cargada con dos pesadas maletas..., llenas de mucha matanza y de poca ropa.
Era ya de noche cuando salieron  a la calle, pero para ellos parecía que era de día, nunca habían visto una iluminación como aquella y se quedaron sorprendidos con la espectacular iluminación que había en todas las calles.

-Mira Cayo, hijo, que claridad hay, aun siendo de noche..., debe ser por eso que llaman a París la ciudad de la luz. -Dijo Pura a Cayo mirándole emocionada-
Subieron al coche que le había dejado un amigo a Fidel para ir a recogerlos a la estación y se dirigieron al edificio donde les habían dejado una vivienda para residir y donde Pura iba a trabajar como portera.
Al llegar a la portería les estaba esperando el mayordomo del director de la fábrica y se quedó "enchanté" de la belleza y presencia de Pura.
En primer lugar les acompañó a la que sería su vivienda, un pequeño apartamento situado en el semisótano del edificio.
La luz natural apenas le entraba por dos ventanas rectangulares que daban a la calle.
Por donde sólo se veían los zapatos y los bajos de los abrigos de los viandantes.
Esto le produjo a Pura cierto desasosiego y claustrofobia.
¿Cuál es mi habitación le preguntó Cayo a Fidel?
-Tú dormirás en una cama que está aquí escondida..., y de un mueble, tipo boisarie, sacó Fidel la cama de Cayo.
A cayo le encantó pues nunca había  tenido una cama igual...

Una vez instalados, el mayordomo les dijo, que descansaran que al día siguiente les enseñaría todo el edificio y las labores que tenía que hacer Pura en su trabajo de portera.
Deshicieron las maletas y colocaron la ropa en un armario que había en el dormitorio y jugaron a hacerse "cosquilillas" un buen rato encima una bonita cama de matrimonio lacada en blanco con una colcha de florecillas blancas y rojas.
En el dormitorio también había una cómoda, un espejo una mesita camilla y una pequeña mecedora.
En las paredes pequeñas reproducciones  de los girasoles de Van Gogh y de los arlequines de Manet.
En la cocina había una cocinilla eléctrica para cocinar, un armario copero con vajilla de loza  blanca y vasitos con los bordes dorados y cubiertos de acero.
 Una mesa rectangular y cuatro sillas lacadas en blanco con cojines de ganchillo azules y rosas.
 Y, una nevera de hielo de color gris plateado.
En la salita había una mesa redonda  blanca con 4 sillas de rejilla, también repintadas de blanco roto y tapizadas con cretona con florecillas blancas y azules.
Un mueble  también lacado en blanco roto con libros trampas en la estantería, quedándose sorprendida Pura al comprobar que no eran libros sino que eran carcasas de libros, aparentemente muy atractivos y sin nada dentro.
Espero que París no sea una farsa como esta, pensó ella.
En medio del mueble había una puerta con un tirador de donde se extraía la cama de Cayo.
En la pared del fondo una chimenea francesa que el mayordomo había tenido el detalle de encenderla para que se les calentara el apartamento y a cada lado dos sillones orejeros tapizados en azul cielo y en medio una mesita baja redonda .
En la pared, encima de la chimenea, un cuadro grande de una reproducción de  bailarinas de Degás.
Debajo de las escaleras había un baúl grande pintado de color gris clarito con ositos blancos. Cayo se dirigió inmediatamente al baúl, lo abrió y cuál no sería su sorpresa al verlo llenito de juguetes: un tren enorme con la locomotora, los vagones y con sus vías.
Un camión de bomberos y una colección de cuentos de Asterix y Obelix.
Cajas, con cuadros rotos como él decía.
-Son  puzzles, le dijo su padre.
El baúl lo había llenado el mayordomo de juguetes que habían sido desechados por los dueños de las demás viviendas.
Todo diminuto pero muy apañao y alegre,  dijo Pura.
Cayo estaba encantado con la casa, era pequeñita y alegre y no tenía escaleras que dieran a un sobrao, sino que daban a un recibidor precioso muy barroco, con espejos, luces y apliques dorados.
El baño tenía un retrete, un pequeño lavabo, un espejo con un marco dorado y un plato de ducha.
Cayo nunca había tenido un cuarto de baño y estaba deseando probar la ducha.
Se dieron los tres una ducha y jugaron a mojarse con el agua y acabaron abrazados y dando gracias por estar por fin juntos.

Al día siguiente, Fidel se marchó a trabajar antes de que amaneciera y Pura continúo durmiendo un rato más.
 Antes de las 9 de la mañana llamó a la puerta el mayordomo, Pura ya se había levantado y había preparado café portugués que se había traído de España y había hecho unas pringas  para el desayuno.
Al entrar el mayordomo, monsieur Jean Pierre, le dijo que olía muy bien y Pura le invitó a desayunar:
-Monsieur Jean Pierre : ¿Voulez  vous café ou laít ?
-Merci beaoucoup mademoiselle.
Enseguida Pura como buena española le puso un café calentito.
Al terminar el café, M. Jean Pierre le dijo a Pura que lo primero que iban a hacer era llevar a Cayo al colegio.
Pura y Cayo se arreglaron y salieron a la calle y entonces empezaron a contemplar el bello y monumental  París, Les Champs Elysées, la plaza de la Concordia y al fondo...: el Arco de Triunfo...
Cayo iba agarrado de la mano de su madre, apretándola fuertemente, un poco asustado, nunca había visto tantos automóviles juntos, ni tanta gente hablando en un idioma que no era el suyo. Aunque le resultara familiar, pues ya se había preocupado Pura de que Cayo estudiara Francés en los libros de texto que Salvador les había proporcionado, pero no era lo mismo, esta gente hablaba muy deprisa y apenas entendía alguna palabra suelta.
Sin embargo Pura iba andando emocionada mirando todo lo que había a su alrededor, mujeres bellísimas, muy elegantes con joyas, sin joyas, muy modernas, muy clásicas, con el pelo cortado muy corto o media melena,  por debajo de las oreilles  y preciosos sombreros de paño de colores alegres, rojos, azules y amarillos. Pura iba muy elegante, doña Ramona le había comprado un tejido de lana de grandes cuadros blancos y negros y le había pagado una modista para que le hiciera el traje de chaqueta y un abrigo negro.
No desentonaba nada Pura al compararse con las jóvenes parisinas, ella a sus veintiocho años era todavía una joven muy bella, con una belleza natural que no necesitaba maquillajes.
Demasiado alto... el nivel del barrio..., que hacía que se sintiese un poco incomoda ante las miradas de los viandantes, aunque rápidamente se desvaneció su temor al comprobar que paseaban a la par personas de todas las clases sociales y caminaba al lado de Jean Pierre tan desenvuelta como si llevara allí toda la vida.
Miró a Jean Pierre y él la miró, y le devolvió una amplia y acogedora sonrisa, que la hizo sentirse segura de sí misma.
Unas cuántas manzanas más allá de su nueva residencia estaba el colegio.
El colegio era un edificio antiguo con un gran patio delante con unas porterías de fútbol y otras de baloncesto.
Cayo se quedó mirando a los niños y niñas que estaban lanzando balones a las canastas de baloncesto, le sorprendió que estuvieran mezclados los chicos con las chicas; en las escuelas del pueblo, normalmente los chicos tenían aulas diferentes y en los recreos no jugaban nunca juntos.
Vio por primera vez en su vida unas canastas de baloncesto y se soltó de la mano de Pura y corrió hacia ellas y se quedó alelado viendo como jugaban les garcons et les filles.
A la entrada del recinto había una gran escalinata que estaba llena de carteras y abrigos allí tirados.
Pasaron al interior del colegio y se dirigieron a la secretaría, Cayo apretaba más fuerte aún la mano de su madre y su madre mirándole con ternura le revolvió el pelo.
M. Jean Pierre les dijo que esperaran un momento, se puso a parlar con un señor muy delgado, con nariz aguileña pero de rasgos amables y apuntando a Cayo se dirigió hacia él y le dijo:
-Nous allons a Classe, petit garçon.

Cayo no quería soltar la mano de su madre pero ésta le dijo, aquí vas a estar muy bien hijo, no te preocupes de nada, le dio un beso y se alejó por un gran pasillo mirando hacia atrás, para no perder de vista a su madre.
A continuación Pura pasó a un despacho y tuvo que rellenar una ficha con los datos de su marido, los suyos y los de Cayo.
Hasta las cinco de la tarde no volvería a ver a Cayo, pues se quedaba allí a comer.
De camino a casa  Pura no sabía cómo darle las gracias y se limitó a decir con lágrimas en los ojos:
Merçi beaoucoup Monsieur, el mayordomo la miró y sonriendo le dijo:
Juan Pedro, me llamo Juan Pedro y soy de Sevilla mademoiselle Puga, llevo aquí más de veinte años y estoy encantado de poderos ayudar, cuando yo vine aquí..., de España, me hubiera gustado que me hubieran ayudado de la misma forma que yo lo estoy haciendo ahora con vosotros.
-Nunca pensé que fuera español, ¡oh! muchas gracias, Juan Pedro.
-No, no..., Jean Pierre, vous devez parler en français, mademoiselle Puga...
Sonrieron los dos y comenzaron a caminar más deprisa, Jean Pierre le iba indicando con el dedo índice los monumentos que encontraban a su paso.
Pura iba rebosante de alegría.
Al llegar al edificio Jean Pierre comenzó a enseñarle todos los rincones y recovecos del edificio y todas las labores que debía desarrollar.
Le entregó un traje de chaqueta y falda  azul marino con botones dorados y le indicó que cuando acabase de la limpieza debía ponerse el traje para estar en el mostrador.
Pura recorrió planta por planta del edificio, limpiando y colocando y cuando terminó siguiendo las indicaciones de Jean Pierre se colocó el uniforme, se hizo una cola de caballo y esperó en el mostrador.
El primero que llegó fue el cartero y saludándola muy gentilmente le dio todas las cartas, las cuales fue  clasificando, como le había dicho Jean Pierre, y, colocándolas, para subirlas cada una a su apartamento.
Al llegar las cinco de la tarde Cayo esperaba a su madre y esta no llegaba, pasaron las cinco, las seis y las siete y Pura no llegaba y por fin se acercó el director del colegio y le dijo a Cayo que en pocos minutos vendría su padre a buscarle.

Pura había salido de casa a las 16´30 dirigiéndose hacia el colegio para buscar a Cayo, pero no llegó nunca al colegio.
Eran las 20h y el director del colegio pudo ponerse en contacto con Fidel para que fuera a recoger a Cayo.
Fidel sorprendido le dijo al director que su mujer tenía que haberle recogido ya, que no entendía nada.
-Su mujer no ha venido M.Fidel.
-Es imposible, mi mujer salió de casa para buscar a Cayo...
¡Mon dieu!  ¿Pura dónde estás?
Fidel llevó a Cayo a casa y preguntó al mayordomo si  había visto a Pura.
-No, no Monsieur.
-¡Mi mujer ha desaparecido! o ¿Se ha perdido...?
-Llamaremos a la policía monsieur.
-Cayo quédate en casa, no te muevas de ahí, que voy a salir a buscarla.

Cayo, estaba como paralizado, muy serio, ni hablaba, ni lloraba, su madre se había perdido y lo único que deseaba es que apareciera y no quería entorpecer su búsqueda con lloriqueos...


                                                             



Fidel pasó la noche buscando a Pura por todo París, preguntando en cafés, en cines, en  teatros y a los indigentes que había por la calle.
Nadie había visto a Pura...
Cuando llegó a  casa, Cayo estaba dormido sentado en una silla, con la cabeza apoyada en sus brazos cruzados, encima  de la mesa de la cocina.
Se despertó tiritando de frío y le dijo a su padre:
-¿Has encontrado a mi madre?
-No, no, la he encontrado parece que se la ha tragado la tierra.
-Yo quiero que venga mi madre, comenzó a gritar, llorando.
-Cállate, que llorando no vas a solucionar nada, seguiré buscando, pero ahora tengo que irme a trabajar.
Te vendría bien dormir un rato en nuestra cama hasta que sea la hora de ir al colegio.
-Yo no voy al colegio si no me acompaña mi madre...
-Te acompañará..., si viene, si no, tendrás que ir tu solo.
-Yo no sé ir solo, me perderé igual que ella.
-Hablaré con M. Jean Pierre a ver si puede acompañarte.
-Yo no me muevo de aquí hasta que no aparezca mi madre.
-Tú harás lo que yo te diga y vas a ir al colegio como me llamo Fidel...

Fidel llamó a M. Jean Pierre y le pidió por favor si podía acompañar a Cayo al colegio hasta que apareciese Pura.
-No tengo ningún inconveniente, pero la desaparición de Pura es un problema bastante gordo, me ocuparé yo de la portería, como venía haciendo hasta ahora, hasta que aparezca.
-Monsieur Fidel, pienso que tiene que denunciar su desaparición.
-Vamos a esperar, estoy convencido que Pura aparecerá de un momento a otro.
Pura es muy inteligente y si se ha perdido sabrá como volver.
Yo me he pasado toda la noche buscándola y no la he encontrado, ahora tengo que irme a trabajar.
-Monsieur, sigo pensando que es mejor ir a la policía.
Su mujer ayer, al regresar del colegio,  fue caminando delante de mí y no se confundió ni una sola vez, es un poco extraño que se haya perdido, es absurdo, ella me dijo por la tarde que no necesitaba que la acompañara, que sabía ir sola.
-Vamos a esperar hasta que yo regrese  del trabajo, s´il vous plaît.
Cuando se fue Fidel, M. J. Pierre entró en el apartamento de Cayo para comprobar cómo estaba.
Le encontró llorando sentado en la mecedora y mirando por la ventana cada vez que se oía el taconeo de unos zapatos de mujer.
-Mon petit garçon, no llores, encontraremos a tu madre, ya verás... cuando salgas del colegio ya estará ella aquí...
Ahora tienes que darte una ducha, desayunar e inmediatamente y nos iremos al colegio.
Cayo que era un niño muy educado y disciplinado obedeció y se encaminaron al colegio.
Su carita reflejaba una pena tan grande, que M .J. Pierre decidió  comprarle una golosina al pasar por un kiosco.
-Toma, esto, te lo comes en el recreo.
-Merçi beaoucoup, monsieur.


Monsieur J.Pierre se acercó al conserje y estuvieron hablando un rato en un francés tan rápido que Cayo no captó nada de lo que decían.
El conserje le cogió de la mano y le llevó a la clase.
Cayo entró en clase y mademoiselle Maríe se acercó a él y le dijo:
-Bon jour Cayo, asseyez vous s´il vous plaît.
Cayo entró cabizbajo y no contestó, se limitó a sentarse.
Apenas se enteraba de lo que decía la profesora, la dificultad del idioma unido a la pena tan grande que tenía por la desaparición de su madre, era la causa de que no se centrara.
Tenía como compañero a un niño que se llamaba Marcel, también era hijo de emigrantes pero él ya llevaba un año en París y ya dominaba el idioma.
Intencionadamente M.Marie les había sentado juntos para que Marcel  le echara una mano a Cayo.
Cuando salieron al recreo Marcel le invitó a formar parte de su equipo de baloncesto y él accedió aunque le dijo que no había jugado nunca.
-Ya aprenderás en clase de educación física, le dijo Marcel.
Ahora, lo único que tienes que hacer es cumplir unas reglas básicas y procurar coger el balón e intentar meterlo en la canasta.
 Cayo corrió hasta la verja y se quedó allí mirando hacia fuera, hasta que fue a buscarle Marcel para  enseñarle a encestar.
Le explicó como tenía que colocar el balón entre las manos para luego lanzarlo a la canasta.
Al segundo intento Cayo encestó y todos aplaudieron. Por fin esbozó una pequeña sonrisa.
Durante la comida, apenas comió unos bocados de un plato de macarrones con queso, en su vida había comido macarrones, le gustaron y comió algo, pero al rato tuvo que salir corriendo al baño y vomitó lo poco que había comido y la chocolatina que le había regalado Monsieur J.Pierre.
Se  acercó mademoiselle Marie a él y cogiéndole del brazo lo llevó a la enfermería.
Ya no pudo aguantar más, Cayo se derrumbó y lloraba bajito diciendo:
 Mi madre..., quiero que mi madre aparezca..., mi madre se ha perdido..., ayer no vino a recogerme... y esta noche no la ha pasado en casa... mi padre la ha buscado y no la ha encontrado...
-No llores mon petit, ya encontraremos a tu madre, te vamos a ayudar a encontrarla.
Ni el psicólogo, ni la profesora,  ni el director  conseguían callar a Cayo, hasta que agotado se quedó dormido.
Llevaron a Cayo al ala del colegio donde estaban los dormitorios  de los internos y le acostaron en una cama.
Le dejaron dormir toda la tarde hasta que llegó su padre a buscarle.
-Le directeur quiere hablar con usted, acompáñeme, s´il vous plaît...,  dijo el conserje, a Fidel cuando llegó.
-Monsieur debe contarme que ha ocurrido con su esposa, su hijo ha sufrido una crisis nerviosa, dice que su madre ha desaparecido.
-Nunca se ha dado un caso semejante, parece un poco extraña la desaparición de su esposa, ayer estuve hablando con ella y se la veía feliz de estar en París...
-¿Ha ido usted a la Policía?
-Non Monsieur, yo mismo la estuve buscando toda la noche y ahora seguiré buscándola.
-Debe dejarlo en manos de la policía, su hijo lo necesita, no debe dejarle solo.
Recuerde que acaba de llegar de España y está totalmente asustado y perdido sin su madre.
-Ya lleva veinticuatro horas desaparecida es el momento de ir a poner una denuncia, si no lo hace usted lo haremos nosotros, Monsieur.
-Se reirán de mí..., acaba de llegar mi esposa y se me pierde, se reirán de mí...
-Es algo muy serio, monsieur, no creo que a nadie se le ocurra reírse de la desaparición de su esposa.
-Acompañaré a mi hijo a casa y luego iré a denunciar la desaparición de Pura.
-No, no debe dejar solo a su hijo, vaya ahora mientras duerme a denunciar...
-Tiene una comisaría a dos manzanas de aquí, vaya ahora y cuando regrese se llevará a su hijo.

Fidel se marchó a la comisaría y le contó al policía lo ocurrido, el policía le tomo todos los datos de Pura.
Le pidió una fotografía y le dijo que si la encontraban se pondrían en contacto con él inmediatamente.
Regresó al colegio, habló con el director y se llevó a Cayo a casa.
-No puedo explicarme que le  ha podido ocurrir, no puede desaparecer así de la noche a la mañana, esto es muy extraño, hijo.
Pero tú..., tranquilízate que me ha dicho la policía que la van a buscar y la encontrarán enseguida.
-A ver, Cayo casca unos huevos, que hoy vas a hacer tú la cena.
-¿Te atreves?
-Sí, yo ayudaba a mi madre a hacer la comida y ella me dejaba cocinar los platos fáciles de hacer.
Hizo Cayo unas tortillas francesas, cenaron y mirándole de frente Fidel le dijo a Cayo:
-¿Tú sabes algo de tu madre que yo no sepa?
-No sé lo que quieres decir...
-¿Tu sabes si tu madre ha tenido algún problema últimamente?
-Bueno..., ella se cayó por las escaleras en los corrales de doña Ramona y estuvo sin conocimiento un día entero.
-Y... ¿Cómo no me lo habías dicho antes?
-Porque se puso bien y me dijo que no  debíamos preocuparte con problemas que ya se habían resuelto.
Estaban en esta conversación cuando llamaron a la puerta.
-¿Quién es?
-De Police.
 ¡Abra la Puerta! 
-Bon soir monsieur... Puede acompañarnos, sil vous plaît, dice el police.
-Tenemos malas noticias, hemos encontrado el cuerpo sin vida de una mujer que coincide con la descripción que  hizo usted de su esposa..., Tiene  que  acompañarnos a comisaría.
-Mon dieu, mon dieu, no puede ser Pura.
-M.Jean Pierre: ¿Puede quedarse con mi hijo?
-Oui, oui, M.Fidel.
-Padre ¿Qué Pasa?
-Nada, hijo, vuelvo enseguida, no te preocupes.
-Tiene que acompañarnos a la comisaría, debemos hacerle una serie de preguntas.
Se dirigieron a la comisaría, Fidel llevaba  la cara transfigurada por el dolor producido con la noticia recibida.Llegaron a la comisaría y el inspector de la policía comenzó a hacerle una serie de preguntas:
-¿Cuándo vio usted por última vez a su mujer?
-A las cinco de la madrugada, cuando me fui a trabajar.
-No volvió a verla usted más tarde.
-No, estuve en la fábrica hasta que terminó mi jornada laboral.
-¿Qué otras personas conoce su mujer en París?
-No conoce a nadie, la acompañó al colegio por la mañana el mayordomo del edificio. Pero por la tarde fue ella sola a recoger a mi hijo Cayo.
-¿Ha tenido algún problema su mujer con alguien en su país?
-Si.
-¿Con quién?
-Con D. Salvador de las Aldobaras Altas
-¿Qué tipo de relación mantenían?
-Tuvieron un lío.
-Pardón, je ne comprends pas.
-Ills eran amantes...
-¿Se lo contó su mujer a usted?
-No, ella no me lo contó.
-¿Quién se lo contó?
-Cualquier persona, era la comidilla del todo el pueblo.
-¿Y, usted nunca le dijo nada a su mujer?
-No.
-¿Por qué?
-Porque la quiero mucho.
-¿Conocía usted a D. Salvador de las Aldobaras Altas?
-Si.
-¿Ha tenido algún enfrentamiento con él? 
-No, no quería que se enterase mi mujer que yo sabía que eran amantes.
-¿Usted cree que  M.Salvador podría estar implicado en la desaparición de su esposa?
-Es posible pero no creo que se haya atrevido a tanto...
-Díganos el nombre de la población donde reside en España.
-Morillas Negras.
-No le haremos  más preguntas, está bien, ahora vayamos a identificar el cadáver.

Se acercó, Fidel, al cuerpo inmóvil, cubierto por una sábana, y cuando le police levantó la sábana Fidel cayó al suelo mareado.
-Monsieur, monsieur...:
 ¿Es esta mujer, su esposa?
-Fidel totalmente mareado y con ganas de vomitar dijo:
-No, no..., es mi mujer, por un momento pensé que era ella, pero no es Pura gracias a Dios.
-Sentimos haberle hecho pasar este mal momento, pero era necesario, esta mujer la hemos encontrado hoy en el Sena ahogada, sin documentación y como nadie la ha echado en falta pensábamos que podía tratarse de su esposa.
 Puede marcharse a casa monsieur, le tendremos informado en cuanto sepamos algo del paradero de su mujer.

                                                                           







Al llegar a casa Fidel no dijo ni una palabra, hasta que M. J. Pierre le preguntó:
-¿Qué ha ocurrido?
-No era Pura... No era Pura... se parecía tanto a ella, pero no era ella..., no era ella.
-Tengo que encontrarla viva o muerta de lo contrario me volveré loco, esto es una pesadilla.
Dos horas más tarde... Ring, ring, ring...
-¡ Alo, alo... M.Fidel ! Soy Natalie... Llevo toda la tarde tratando de localizarle, Monsieur le pido disculpas pero me ha sido muy difícil encontrar su dirección con los datos tan confusos que me dio su esposa.
Su mujer, un centenar de personas más y yo... hemos pasado la noche en los calabozos de los juzgados.
-¿Cómo?
- Su esposa Puga, me ha pedido que le diga que ayer por la tarde, cuando iba a recoger a su hijo al colegio, al barrio latino, se vio envuelta en una manifestación estudiantil.
-¿Pero qué dice?
-Sí, yo soy una estudiante de los que estaban ayer en la manifestación, íbamos caminando pacíficamente y entonces la police comenzó a cargar contra los manifestantes, de tal forma que se formó una batalla campal.
Llegaron refuerzos de la police con furgones y  nos detuvieron a muchos estudiantes y por error detuvieron a su mujer, que  en esos momentos pasaba por allí.
Ella está bien, tiene usted una mujer encantadora y muy culta nos hemos pasado la noche hablando, pero estaba muy preocupada porque no podía avisarles a ustedes y estaba segura que estarían sufriendo por su ausencia.
A la mayoría de los estudiantes nos han soltado esta tarde pero a ella no la han dejado salir porque estaba indocumentada.
Monsieur Fidel tiene que ir a buscarla, a los inmigrantes que ellos consideran alborotadores los extraditan a su país.
Ella estaba indocumentada y la llevaron a extranjería para ser deportada a su país.
-Ne pas posible... Esto debe de ser una pesadilla, Mademoiselle.
-¿Dónde está mi mujer ahora?
-Debe  apresurarse, es posible que la estén montando en un tren de regreso a España
-Monsieur debe ir inmediatamente al centro penitenciario donde meten a todos los inmigrantes sin papeles y debe llevar toda la documentación de Puga.
-Puede  estar tranquilo ella está bien, pero debe  darse mucha prisa.
-Merçi beaucoup Natalie, nos pondremos en marcha enseguida, ¿Dónde está ese centro penitenciario dónde meten a los sin papeles?
-No lo sé Monsieur vaya primero a la Police y allí le indicarán.
-Merçi.
-M.Jean Pierre acompáñeme a la Police, Pura está detenida y la van a extraditar a España.
-Padre yo también quiero ir... y, yo también iré, dijo M.Jean Pierre.

Llegaron a la comisaría donde estaba detenida Pura y había unas colas enormes formadas por los familiares de los detenidos.
Por fin les llegó su turno, Fidel  habló con el police y le enseñó una fotografía de Pura y toda la documentación en regla para residir en Francia.
-Ui, Uí,  dit- elle que s´apelle Puga, mais no tiene ninguna documentación encima.
-M.Comisario elle es la portera de un  edificio de Les Champs Elysees.
 Este es su marido, y le petit es su hijo Cayo.
-Llegaron ayer de España y ayer por la tarde desapareció.
-Llevan desde ayer por la tarde buscándola.
-Esta tarde han denunciado su desaparición, regardez vous la denuncia.
 -Très bien Monsieur,  su esposa se encuentra perfectamente, si ella hubiera tenido su número de teléphon  nos hubiésemos ahorrado muchos problemas.
-Mi mujer llegó ayer de España y aún no sabe que aquí no se puede salir a la calle indocumentada, como en el pueblo.
-Sólo pudo darnos un teléfono de  L´Espagne de un peoples llamado "Mogillas Neglas"
-El teléfono era el  de la centralita pública de "Mogillas Neglas".
-Cuando llamamos se puso al telephone, mademoiselle Tía Glegolia..., le comunicamos que avisara a la police, pero no fuimos capaces de entendernos.
-Por favor, podría ver a mi madre ya...
-Un moment petit garçon, espero que no se la hayan llevado ya al centro penitenciario de los sin papeles...

Al rato subió Pura acompañada de una mujer policia, Cayo corrió a abrazarse a ella, Fidel los abrazó a los dos y el comisario les dijo que podían marcharse.
De camino a casa Fidel le contó por la pesadilla que habían pasado durante su desaparición.
Pura les dijo que  también lo había pasado muy mal y que se había asustado mucho cuando los detuvieron y los metieron a empujones en el furgón de la policía. Pero que  en su estancia en los calabozos había  conocidos a muchos jóvenes con unas ideas revolucionarias muy interesantes.
Que aunque ella nunca fue a esa manifestación estaba totalmente de acuerdo con lo estaban reivindicando los estudiantes:
Empleo para todos, vivienda digna, mejoras económicas y mejoras sociales y solidaridad con los trabajadores de las industrias y fábricas de coche que también reivindicaban mejoras económicas y  la reducción la jornada laboral.
-¡Calla, por dios Pura! Ya hemos tenido bastante por hoy, pueden deterte si te oyen hablar así.
-Madre, pensábamos que te había pasado algo malo, lo hemos pasado muy mal.
-Y yo también lo he pasado mal, pensando en vosotros, hijo, no volverá a ocurrir.
No ha sido culpa mía, yo solo pasaba por allí y cuando me dí cuenta estaba encerrada en un furgón de la policía.
Afortunadamente he podido conocer a  personas maravillosas, me encantan como hablan y las ideas que tienen.
-Puga yo también estoy de acuerdo con ellos pero por nuestra posición hemos de mantener las apariencias.
Imagínese que M.le president se enterara, tendríamos problemas en nuestros puestos de trabajo.
-Merçi, J.Pierre, está claro que esto no es España pero tiene razón usted, hay que tener cuidado.
-Jean Pierre quédese a cenar con nosotros vamos a celebrar que hemos encontrado a Pura.
-Tenemos embutido del pueblo y panceta adobada, la haremos frita con patatas y huevos fritos.
-Me quedaré hace mucho tiempo que no pruebo comida española.
Cayo le cogió de la mano y se pusieron a hacer un puzzle mientras Fidel y Pura preparaban la cena.
-Pura, Pura..., que día más largo y más horrible he pasado..., ven abrázame fuerte.
-Mañana comenzará un nuevo día para todos y olvidaremos este incidente.




                                                                    







Han pasado dos años desde que Cayo y su madre llegaron a París y Por fin, poco a poco, llega la serenidad a esta familia ubicada en un país que no es el suyo.
Todo ha vuelto a la normalidad;  Fidel continua trabajando en la fábrica, Pura está totalmente adaptada a Francia y a su  trabajo y Cayo está encantado de la vida en su colegio.
Pura se pasa el día subiendo y bajando de planta en planta en este precioso edificio  de estilo neoclásico y de grandes ventanales, conoce ya a todos los vecinos  y todos o casi todos la quieren y la respetan.
En la primera planta vive mademoiselle Julie, es una mujer soltera, de unos cincuenta y tantos años, de cabello moreno y cortado a lo garçon, con la cara muy pintarrujeada y maquillada, con los labios pintados de carmín rojo y los párpado pintados de azul.
M. Julie se pasa el día tirada en un diván, fumando y oyendo música clásica y operetas.
Cuando sube Pura para llevarle el correo, siempre le dice:
- ¡Ay Puga, Puga!
-¿Por qué te viniste de  l´Espagne?
Se levanta del diván coge dos copitas las llena de licor y le ofrece una a Pura.
Saca el disco del picu y pone uno de flamenco y le dice:
- ¡Baila Puga!
- Gracias Mademoiselle, pero ahora no puedo, tengo prisa.
Y con una gran sonrisa se despide ella y la deja allí con el vestido "arremangao" haciéndose un taconeao  con la cara un poco descompuesta.
Es una mujer encantadora que le ha caído muy bien Pura y le ha pasado un montón de trajes que a ella ya no le están bien.
En el segundo piso viven un matrimonio con cuatro hijos. Son los dueños de una cadena de hoteles muy importantes en Francia.
 M.Rene es pequeñito y regordete, su cara parece una manzana rosada, es un poco cascarrabias y nerviosillo.
Mademoiselle Michel es muy alta y rubia parece alemana y tiene cara de buena persona, pero siempre tiene prisas.
Tienen tres hijas y un hijo, Cayo hereda la ropa del hijo, que será de su edad pero es mucho más alto y más gordo que él.
También vive con ellos el servicio, que son dos mujeres, una griega, llamada Olimpia y otra portuguesa llamada Cipriana.
Las niñas cuando se cruzan con Cayo cuchichean y se ríen y Cayo les saca la lengua y ellas se ruborizan.
En el tercer piso vive Monsieur le Directeur y gerente de la fábrica de Fidel con su mujer y su madre ya mayor.
M.directeur y Mademoiselle Margerite no tienen hijos.
M.Directeur es muy alto, moreno y tiene los ojos azules, siempre va vestido con traje y pajarita, parece un galán de cine americano.
Siempre tiene una agradable sonrisa para Pura y para Cayo.
A penas se le ve por el edificio, pasa más tiempo en la fábrica y haciendo viajes de negocios que en casa.
Su mujer mademoiselle Margueritte es alta, delgada, con grandes ojos oscuros y maquillados con sombra negra, piel muy blanca y pelo castaño cortado a la altura de las orejas, siempre está muy seria, y como ida, e ignora a Pura, nunca habla con ella, cuando tiene que decirle algo se lo dice a través de Jeam Pierre.
La madre de M.Directeur,se llama Apoloníe, tiene cara de arpía y es la que manda en la casa, es la que da las ordenes a la criada Sophie y al mayordomo M.Jean Pierre.
Cuando sube Pura, Madame Apolonie se acerca a ella y le coloca el uniforme; y si Pura lleva los labios pintados coge un pañuelo y se los limpia.
La primera vez que le hizo esto se quedó muy sorprendida, se pensó que tenía en la boca restos de huevos fritos y le dijo Pura: Pardon mademoiselle...
-Pardon, pardon... para hacer su trabajo bien no necesita parecer un pendón...
Demasiado fuerte le pareció este gesto a Pura de mademoiselle Apolonie.
Doña Ramona nunca se hubiese atrevido a hacerle eso... -Pensó Pura-
Con una suegra así... a  Pura no le extraña que M.Marguerite esté siempre con cara de amargada.
En el 4º piso vive una joven americana, en el piso heredado de sus abuelos maternos.
A menudo la visitan jóvenes de ambos sexos y hacen fiestas en el piso.
Es una estudiante un poco alocada pero muy cariñosa y atenta con Cayo.
Cuando Cayo está solo por las tardes a veces baja a la portería y Cayo que está en plena adolescencia las pasas canutas cuando aparece con un mini pantalón y le pide que recoja una prenda íntima que se le ha caído por el balcón.
Cayo recoge el sostén  por un extremo y con el pavo subido se lo acerca sin mirarla y ella le da dos besitos y le dice:
-Merçi Cayo- y se va contorneando sus enormes posaderas.
Y, en la buhardilla hay un mini apartamento para el servicio de Monsieur le Directeur, allí viven Jean Pierre y Sophie la criada de M. directeur.
Sophie es una mujer italiana, de avanzada edad cerca de los 60 años es muy alegre y dicharachera a Pura la quiere con pasiones y a menudo le dice, con risas estruendosas, que cualquier día envenena a la madre de Monsieur Directeur.
Jean Pierre quiere mucho a Sophie están juntos desde hace casi 20 años, no hay nada entre ellos que no sea amistad.
Sophie dejó a su marido en un pueblo de la Italia rural del Sur, le manda parte del dinero que gana y le visita en vacaciones.
Podría quedarse con él en Italia pero le dice a Jean Pierre que ya no le aguanta, no soporta el olor a fromage de sus pies ni sus ronquidos.
En realidad sólo utilizan el apartamento para dormir y pasar allí sus días de descanso.
Cayo y sus padres pasan allí buenos momentos en sus ratos libres y sobre todo cuando los señores se marchan sin llevar  tras ellos al servicio.
Para Cayo y Pura el problema con el idioma, prácticamente ha desaparecido, su francés es cada vez es más correcto  y más fluido.
Y gracias a la buena  relación que mantienen con M.J.Pierre hace que su adaptación  haya sido más fácil y llevadera.
Se pasan libros, tanto de español como de  Francés, libros de Camus, de Sartre, Antonio Machado, León Felipe, Alberti...etc.
Han  decidido matricularse los tres en  clases nocturnas de bachillerato en un instituto francés.
Aunque están cansados cuando finaliza su jornada laboral; a las 9 de la noche tres días por semana hacen un  gran esfuerzo para ir a clases nocturnas.
Están contentos porque  disfrutan en las clases y disfrutan de su relación con los profesores y demás alumnos, también adultos como ellos.
Hacen trabajos en grupo, de historia, de literatura, filosofía y a veces comentan los trabajos en un petit café que Jean Pierre suele frecuentar en sus ratos libres.
Fidel es un hombre de ideología de izquierdas, muy flexible, de pocos prejuicios, tremendamente inteligente y nada, nada celoso, esto hace que su relación con Pura sea una relación envidiable e inteligentemente  fluida.
Jean Pierre es un poco mayor que ellos, no mantiene relación con ninguna mujer en la actualidad, es un hombre de una cultura exquisita, al igual que Pura es autodidacta, se ha formado en casas de ricos, aprovechando toda la información que hay a su alrededor.

Cayo empieza a sobresalir en el colegio, es inteligente, disciplinado y muy observador.
Ayuda a los demás compañeros a resolver problemas de matemáticas y de física, a cambio le dan comics de Asterix y Obelix.
Se siente  bastante integrado en clase, excepto el día  que la orientadora del instituto hizo  un desafortunado comentario e hirió su amor propio, pero a la vez le dio más fuerzas para aplicarse más.
Esto ocurrió cuando, ya a punto de finalizar el bachillerato  la orientadora les preguntó a cada alumno que querían ser de mayores y al llegar a Cayo le dijo:
-A ti no hace falta preguntarte:
 ¡Tú no llegarás a ser nada porque eres un inmigrante!
Cayo no supo contestar porque no se esperaba ese comentario malintencionado.
Más tarde, esta profesora se tragaría este gesto de racismo cuando Cayo se graduó con Matrícula de Honor y ella tuvo que entregarle el diploma.
No quedándose contenta le dijo:
- Estoy sorprendida nunca pensé que llegaras hasta aquí.
Le echó un capote Mademoiselle Maríe, profesora de Cayo:
-La inteligencia no conoce fronteras mademoiselle.

A Cayo le apasiona el baloncesto, una vez aprendidas las técnicas, él tiene la ventaja de ser de pueblo, de haber practicado juegos tradicionales de saltar y correr, esto le da una agilidad que hace que en baloncesto sea considerado de los buenos del equipo.
 Se queda a comer en el colegio y hasta que comienzan las clases de la tarde bajan al patio a jugar al baloncesto.
En casa ayuda a sus padres con las cenas, después de realizar sus deberes escolares.
Por las noches cuando sus padres se van al liceo él se mete en la cama y coge papel y pluma y como cada noche le escribe a África.
Todas sus cartas comienzan del mismo modo:
Queridísima África: espero que a la llegada de esta te  encuentres bien, yo bien gracias a Dios.
Hace una semana que no recibo carta tuya lo cual me provoca mucha tristeza, pues pienso que ya me estás olvidando.
Yo en cambio no me olvido de ti ni un solo instante, siempre estás en mis pensamientos y estoy deseando volver a verte.
Este verano si apruebo el bachillerato me han dicho mis padres que me dejaran que pase ahí todo el verano, por tanto voy a hincar los codos para sacar buenas calificaciones y pasar el verano entero a tu lado.
No puedo olvidarme de la última tarde que pasamos juntos en el teleclub del pueblo, cuando bailamos agarrados  Yesterday, aún conservo en mi memoria tu almibarado olor a canela y merengue.
No pienso en otra cosa más que en volver a tenerte entre mis brazos.
Cuéntame cómo están Margarita y Sole y dile a María que la recuerdo sentada en la puerta de la fábrica de harina haciendo ganchillo envuelta en una nube de harina.
¡Cuánto me gustaría teneros aquí a todas!
Aquí no paso tanto tiempo en la calle como ahí, la vida aquí en la gran ciudad es diferente.
Cuando tengo tiempo libre entreno a baloncesto y los domingos jugamos los partidos y casi siempre ganamos.
Yo juego de pivot y me apodan el españolito.
Soy rápido jugando, quitando y pasando balones y veces me aplauden las jugadas.
Les he caído en gracia a los franceses pues no es muy normal aquí que los españoles de a pie caigan bien...
Los domingos por la tarde visito con mis padres y Jean Pierre el barrio de Montparnasse y a veces nos acompaña  una amiga de mi madre que se llama Natalie y muchas veces nos encontramos con escritores, cantautores y pintores españoles.
Querida África espero recibir carta tuya muy  pronto, por favor escribe lo más pronto posible, estoy deseando acariciar  con las yemas de mis dedos tus preciosas letras escritas.
Sin más que decirte te mando un beso muy fuerte de quién te quiere bien:
Cayo.
P/d: Espero soñar contigo.


                                                                     
                                                         





Querido Cayo: espero que a la llegada de esta te encuentres bien, yo bien gracias a Dios.
Me dices que no te escribo lo suficiente y que piensas que te estaré olvidando.
No te he escrito más a menudo porque tengo que estudiar bastante y en cuanto a olvidarte, esto, es imposible, no hay un solo instante que no piense en ti.
Como ya sabes estudio el bachillerato en el instituto público de Belillas y todas las mañanas me levanto a las 6 de la madrugada para coger el autocar que nos lleva allí y regresamos al pueblo a las 7 de la tarde.
Vamos pasando por todos los pueblos que hay en la ruta y vamos recogiendo a todos los alumnos que esperan en la carretera. 
Nos esperan allí muertecitos de frío, castañeando los dientes.
Los que más frío pasan son los de los pueblos de la sierra, tienen todos la nariz como bolas loras con venitas rojas,  las orejas y las manos llenas de sabañones.
Pero allí están ellos sonriéndonos y deseando subir al autocar.
En uno de estos pueblos tengo una amiga es mayor que yo, se llama Teresa es muy alta, debe ser la chica más alta que yo conozco, tiene el pelo rizado, muy moreno , la piel muy blanca , de aspecto un poco enfermizo pero siempre está sonriendo.
Tiene los brazos muy largos, cuando salimos al recreo, me coge cerezas en el jardín.
En el autocar, como tardamos dos horas en llegar al instituto, aprovechamos para estudiar.
 Ya no me pongo en el asiento de adelante, al principio nos sentábamos allí pero uno de los conductores acostumbra a volverse hacia nosotras y nos pone la mano en el muslo, una mano colorada y regordeta con un solitario de oro con una piedra roja y no ve el momento de retirarla, y por eso..., ahora nos sentamos atrás del todo.
Los chicos de cursos superiores nos ayudan con las matemáticas, física y química y un chico mayor que es encantador y se llama Melchor nos hace las traducciones de latín.
En el  autocar pasamos cuatro horas al día  y se ha convertido en nuestra segunda casa. Aquí... hasta se han formado parejas de novios, se sientan juntos y hacen manitas debajo de los abrigos.
Tengo que contarte lo que me ha ocurrido con un chico de Pueblo Viejo de la Verea.
 Este chico  es muy feo, pero que muy feo, es bajito y tiene  la cabeza muy grande, como rectángular, con grandes gafas de pasta negra con cristales de culo de vaso pero es  muy simpático y gracioso y entiende absolutamente de todo.
Cuando habla él todo el autocar le escucha y acabamos todos riéndonos a carcajadas.
Como nosotras, las amigas, somos tres..., cada día a una le toca sentarse sola, y al llegar al pueblo de este chico, cuando sube al autocar siempre mira para atrás y si me ve... que estoy sentada sola se sienta a mi lado.   
Y cada día me viene con una historia nueva, cada vez más graciosa. Además es muy inteligente y saca muy buenas notas.
Después de mucho tiempo, sentándose a mi lado, me dijo una amiga que se había enterado que yo le gustaba mucho y que me iba  pedir salir con él.
Yo me quedé patidifusa, porque creía que éramos amigos, entonces comencé a esquivarle y a sentarme con otros hasta que ayer se sentó a mi lado y no pude rehuirle.
Me dijo que quería salir conmigo y yo le dije que eso era imposible, que yo...  ya tenía novio en Francia...
Se enfadó muchísimo y  señalándose el muslo y dándose golpes allí, me dijo:
 -  ¿Tú... que te has creído...?
-¡Yo tengo chicas como tú a montones...! -dándose palmadas en el muslo.
Estuve a punto de ponerme a llorar pues no entendía porque se había montado esa película conmigo, yo creía que era un amigo, pero al parecer él tenía otras intenciones.
Ya no me habla  y cuando entra en el autocar entra con la cabeza gacha y me mira de reojo, es una pena pues era muy divertido y me parecía un buen amigo.

Cuando llegamos a Belillas, como todavía falta una hora para que empiecen las clases, acompañamos a Serafín y a su hermana Dori a repartir la leche que llevan en un cántaro de lata. En la última casa que está cerca del instituto dejan la cántara vacía  y la recogen al salir.
Cayo hoy he cometido una maldad, cuando íbamos repartiendo la leche hemos visto una preciosa lagartija que iba deslizándose por una pared llena de acederas y yo por hacerme la valiente la he cogido y le he partido el rabo.
 Aún sigo agobiada pensando en el daño que le  he provocado a la pobre lagartija,  que estaba allí tan feliz tomando el sol y he llegado yo y la he  mutilado.
Entramos a clase a las 10 y antes nos obligan a ir a misa en la capilla del instituto.
Después pasamos a las clases, que son un auténtico rollo, cada día me entero menos en matemáticas.
La profesora de lenguaje, es muy estirada y todos los días nos dice que olemos a chotuno, que nos lavemos bien, que de lo contrario un día  va a sacar delante de toda la clase a las que no se lavan. 
Yo me lavo todos los días, pero le tenemos tanto miedo que   un día  he soñado que la loca de lenguaje me decía:
-¡África sal aquí!
-¡Levanta los brazos! y  me olisqueaba los sobacos.
- Y ahora ¡Quítate los zapatos!
Y cogía mis zapatos y me los tiraba por la ventana.

La delegada de clase me ha declarado la guerra, no me puede ver ni en pintura, es una gurrumina empollona y en cuanto me ve mover los labios ya me tiene apuntada en la pizarra.
Esto hace que descienda 10  puestos en los pupitres.....
 ¡Ya que había conseguido estar casi en la mitad de la clase...!
 Porque vamos subiendo puestos cuando respondemos bien a las preguntas que nos hacen los profesores.
Por tanto ya me he quedado en la última fila. Aquí, en la última fila, ya me pierdo del todo, pues aquí están todas las folloneras, pero por otro lado las más divertidas.
En esta fila es imposible enterarse de las explicaciones de los profesores.
Yo..., ya me dejo llevar y como resultado acabamos fuera del aula, en el pasillo...y en el despacho del director.
Me he enterado por una amiga que la delegada, la gurrumina, me odia a muerte porque a ella le gusta un chico que al parecer yo le gusto a él.
¡Pero si yo nunca he hablado con ese chico...!
Yo me he dado cuenta que él me mira mucho... Y... que un día me dijo que le diera un mordisco del membrillo que yo me estaba comiendo, pero no se lo di, sólo le sonreí.
Desde entonces me odia y yo no puedo entender nada de nada...porque a mí no me gusta ese chico, Cayo, yo sólo te quiero a ti.
Querido Cayo, no sé cómo me las ingenio para estar siempre metida en un lío de chicos sin yo enterarme de nada.
Yo soy muy ingenua y no me entero de nada y cuando me entero ya es demasiado tarde.
 Y... no te digo nada cuando los domingos por la tarde vamos al baile; cuando entramos en el salón los chicos están todos arremolinaos en  lo alto de las escalerillas de la puerta principal  oteando el horizonte como si estuvieran de cacería.
Nosotras tenemos la suerte de bailar juntas y así hablamos, nos reímos y nos divertimos, pero ellos están, como ya te digo, en lo alto de la escalerilla, como halcones con las garras preparadas para coger la presa.
Cuando se acerca el guapito de la pandilla para pedirte un baile, si le dices que sí... ya se cree con derecho a pedirte otro y otro..., y si le dices que no…, te llama creída y tonta.
En realidad lo que le pasa es que está herido en su orgullo de machito hispano, porque no puede creerse  que te hayas atrevido a rechazarle; siendo él... el guapito de la pandilla.
Y... por otro lado está el grupo de chicas, a las que les gusta el guapito y que me odian porque él me eligió a mí para bailar.
Cayo eso me pasa con el guapito... Pero si por el contrario bailo con el feíto y además un poco corto de mollera..., y bailo porque me da pena..., porque nadie baila con él, resulta que éste se hace ilusiones de lo que no es..., y... ya  no me lo quito de encima en toda la noche, hasta que al tercer baile voy y le digo que ya no bailo más y se pone colorao y se va con la cabeza gacha.
Pero como ya te digo que es un poco corto, vuelve a intentarlo otra vez... y, yo, ya enfadada le digo que me deje en paz.
 Y... los halcones que están en la escalera se ríen de él.
En fin Cayo algo que podía ser divertido resulta ser una pesadez...
En el fondo pienso que los chicos tampoco deben pasarlo muy bien del todo que digamos, porque:
 Primero tienen que jatearse, arreglarse y lavarse y algunos hasta se ponen la colonia Lucki que huele que apesta, pero ellos no lo saben. 
Después tienen que pasar por la prueba de fuego, que es el momento... de dejar la  posición "oteo" y dirigirse al centro del baile,  van acercándose y mirando para todas partes menos a mí... disimulando... para a continuación   decirte:
- ¿Bailas?
 Y, yo... un poco estúpida, le contesto:
- Ya estoy bailando...
 Y... él con voz bajita te dice:
-¿Qué si bailas conmigo?

Y yo que le he oído perfectamente le digo.

-¿Qué?

Y... vuelve a repetir:

-¿Qué si bailas conmigo?

 Esta vez dando un grito, que le mira todo el baile...

Si consiguen que acepte...  intentará bailar bien apretadito, y aquí pueden ocurrir dos cosas,  que yo termine con agujetas en los brazos o que lo deje plantado y me vaya, unas veces  sin torta y otras veces con torta incluida. 
Si es esto último, les entra como una bochornera enorme, se ponen tan nerviosos y con la cabeza gacha y más coloraos que un tomate se dirigen a la chica que ellos saben que está por él y que la pobre lleva toda la noche sentada en un banco esperando  que la saque a bailar...
Se dirige a ella y sin decirle nada la coge y se amachambra con ella, y ella que ha seguido todo el proceso, contenta pero a la vez cabreada porque ha sido el segundo plato, en esos momentos me mira con rabia, dibujándose en su boca una medio sonrisa asesina.
Por todas estas historias mis amigas y yo hemos descubierto que lo mejor es bailar siempre bailes sueltos y hacer el bobo lo más posible y así no se acerca ninguno que no tenga otras intenciones que divertirse y pasarlo bien.
Porque  muchos de ellos tienen un gran sentido del ridículo y no entienden nada de nada..., hasta el punto que el otro día le oí decir a un chico de la sierra, que había venido a pasar el fin de semana con un amigo nuestro, pues le oí que le decía..., mientras nosotras bailábamos suelto..., pues fíjate lo que le decía:

-¡Estas chicas deben de ser fáciles!

¡Menudo imbécil el forastero!

 Margarita tiene novio se ha hecho novia del “moqueras”a ella no la molestan porque el moqueras es un poco delincuente y con solo una mirada todos los chicos tiemblan.
Bueno Cayo, no te quejarás hoy te he escrito bastante, pero ya tengo que dejarte pues mañana tengo un examen de botánica.
 ¡Cuidado que son complicadas las plantas pa hacel el amol y reploducilse!

Te quiero y siempre te querré:

Tuya, África....



                                                                      







Querida África: espero que a la llegada de esta te encuentres bien,  yo bien gracias a dios.
¡Perdona!, esta vez he sido yo el que me he retrasado  en escribir, pues  a pesar de tener que estudiar mucho he tenido un percance, me he roto el brazo derecho jugando un partido de baloncesto y como verás mi letra garrapateada..., se debe a que te estoy escribiendo con la mano izquierda.
He estado sin ir al instituto más de una semana y me he aburrido soberanamente en casa.
Menos mal  que he ayudado a mi madre con el reparto de correo en el edificio y ha sido la mar de interesante.
El primer día que subí con mi madre al primer piso nos abrió Madame  Julie.
Se alegró mucho cuando me vio, nos obligó a sentarnos y nos sacó una caja de bombones riquísimos.
Me preguntó que quería estudiar yo cuando acabara el instituto y  le contesté que quería ser “pastelero”, ella se echó a reír y me dijo:
-¿Cómo qué pastelero?
-Sí..., quiero ser pastelero -Le contesté-
-Entonces tendrás que ir haciendo una reserva de plaza en el colegio de restauración.
-¿Tú no sabes que París es la cuna de la buena cocina?
-No vas a tener ningún problema  para entrar, yo te recomendaré, conozco al director de la escuela...
Desde ese día cuando subo a su piso a entregarle el correo, me obliga sentarme a su lado un rato, me ofrece bombones.
También  me dijo que le hubiera gustado tener un hijo como yo,  pero que su ajetreada vida, como cantante de opereta, le había impedido formar una familia.
Yo le dije que a mí me gusta mucho la música y que echo de menos nuestras tardes de ensayo en la fábrica de harina...
Cuando le comenté que adoro la música, se marchó del salón y me dijo espera aquí...
Y..., se presentó con una boa de plumas de avestruz alrededor del cuello. 
¡Parecía una gran diva de la ópera!
Yo le dije:
-¡Un momento Madame!
Cogí un tulipán de plástico de un florero y utilizándolo como micrófono comencé a presentar la función:
-Mesdames et monsieurs pour vous...: la plus grande, la mejor, la reina del espectáculo mademoiselle... ¡Julie!
Ella se quedó con la boca abierta, yo aplaudí y madame comenzó a cantar como los ángeles y a mí se me pusieron los pelos  de punta de emoción.
Tenías que haberla oído, África, tiene la voz más bonita que yo haya escuchado en toda mi vida.
Es una suerte para mí conocer a personas tan interesantes como madame... Julie.
Cuando acabó la canción se puso a llorar y encendió un cigarrillo para ella y otro para mí. 
Yo que no estoy acostumbrado a fumar casi me ahogo y ella  comenzó a reír y me dio tres cigarrillos con papel de colorines y con filtro; te envío uno en esta carta para que  te los fumes con Margarita y Sole.
Después subí al piso 2º y me abrió la puerta  Cipriana una empleada de hogar que es portuguesa, se parece un poco a la Tea del  pueblo, lleva aquí poco tiempo y se pasa el día llorando porque ella ha dejado a sus hijos en Portugal con su madre.
Es viuda, tendrá unos 40 años, se vino a París con M.René desde Lisboa.
Su marido era botones de un hotel de M. René y tuvo un accidente, se cayó por el hueco del ascensor y murió en el accidente.
Como la familia se quedaba sin ingresos económicos le propusieron a Cipriana venir a París a trabajar con ellos como empleada de hogar y aquí está desde entonces llorando más que riendo.
Dice que cuando los hijos cumplan los 14 años  se vendrán para acá para trabajar como botones en el hotel de M. René.
Cipriana se empeñó en que me comiera un cuenco de arroz con leche con canela, que por lo visto es típico en su tierra..., la verdad es que estaba buenísimo.

Cuando subí al  piso de Monsieur Directeur, no estaba Jean Pierre, me dijo Sophie, que a menudo a compaña a Monsieur en sus viajes por Europa.
La madre de M. le Directeur me hizo pasar a la cocina, me cogió la cara y apretándome la barbilla me dijo que estaba muy flaco, que tenía que comer más y le dijo a Sophie que me sirviera un plato de espinacas con bechamel, sin tener hambre tuve que comérmelas.
No me atreví a contradecirla  pues mademoiselle Apololonie  tiene muy malas pulgas.
Me quedé un rato con Sophie y me enseñó a hacer pastelitos de carne picada, primero hizo unas cestitas con una masa quebrada y las rellenó con la carne picada guisada con ajo, perejil, huevo y pan rallado. 
Las metimos en el horno en una bandeja y las sacamos cuando estaban doradas y les pusimos pimientos caramelizados por encima.

África espero no aburrirte, con estas historias, pero después del baloncesto la cocina es lo que más me gusta y Sophie es muy buena cocinera y estoy aprendiendo mucho con ella.
Cuando llegue a ser un gran pastelero me casaré contigo y te traeré a París.
Cuento los años, los meses, los días, las horas, los minutos y los segundos que faltan para que esto se haga realidad y cuando llegue este momento no me separaré de ti jamás, vida mía.

Continúo contándote mi reparto de correo...,  subí al piso de la joven americana...
Llamé unas cuantas veces y no me abría, debía de estar dormida pues anoche tuvo fiesta con los amigos.
Creo que ya te he contado que es una estudiante americana y se lo pasa bomba haciendo fiestas continuamente.
Cuando por fin me abrió no vas a creer lo que vi..., había chicos y chicas abrazados y echados en el suelo durmiendo en ropa interior.
He de reconocer que en ese momento pensé que me gustaría estar así..., dormido y abrazado a ti.
Pasa Cayo, me dijo Madame Marilim, en voz bajita, no los despiertes, anoche nos dormimos muy tarde.
Me pasó a la cocina y me dio un zumo de naranja, no pude rechazarlo, se pone muy pesada...
Me bajé rápidamente a la portería a vomitar pues tenía un revoltijo de estómago... con los bombones..., el arroz con leche...,  las espinacas..., el zumo de naranja y, sobretodo, por el susto  que me di cuando bajaba...
Eché las tripas... Deben de verme cara de hambre... o si no..., no me lo explico por qué tienen esa manía de darme comida en todas las casas...
Lo que Cayo no le cuenta a África es que la americana le agarró del cuello y le dio un beso en la boca y que él la rechazó porque olía a tabaco y alcohol que tiraba para atrás, nada que ver con el olor a canela, vainilla y merengue que desprende la boca de África 
Y..., que Madame comenzó a reír y a gritarle: 
¡Petit  garçon tienes que empezar a vivir la vida...!

Querida África lo que te voy a contar todavía no sé si ha ocurrido de verdad o lo he soñado pues me parece  increíble lo que he visto.
Cuando  bajaba por las escaleras oí que se detenía el ascensor en el piso de abajo, me quedé en el rellano escondido pues pensaba que sería la madre de M.Directeur y la temo más que a un nublado.
Eran Jean Pierre y Monsieur Le Directeur, me sorprendió que estaban discutiendo y de repente M. Directeur cogió a Jean Pierre y le dio un beso en la boca.
Se estuvieron allí morreando un buen rato y yo allí escondido, con el estómago encogido, temiendo que me descubrieran.
Por fin, se separaron, cuchichearon algo al oído, se arreglaron el pelo y pusieron cara de palo y salieron del ascensor.
Abrió la puerta Jean Pierre y pasó M. le Directeur, salió su madre y le besó como si fuera un niño.
Jean Pierre volvió la cara y no estoy seguro si me vio, allí, escondido  en el rincón del rellano de la escalera.
Cuando se metió en el piso tuve que salir corriendo escaleras abajo porque no quería echar  allí la pota.
Mi madre me preguntó:
-¿Qué  te pasa Cayo?
Yo salí corriendo al baño y estuve allí encerrado un rato hecho un asco y totalmente confundido por lo que habían visto mis ojos.
Al momento oí a Jean Pierre preguntarle a mi madre si me había visto y ella le contestó que había bajado con la cara descompuesta y que me había encerrado en el servicio.
Salí, sinuosamente, del baño y me quedé escuchando a escondidas y Jean Pierre le decía a mi madre:
-Pura yo creo que tu hijo nos ha descubierto.
-¿Qué ha descubierto?- dijo mi madre-
-Creo que nos ha visto besándonos en el ascensor.
-¿Pero Jean Pierre?
-Sí, Pura, sí...
-Bueno no te preocupes ya hablaré yo con él...
 África estoy un poco descolocado mañana te escribiré de nuevo, recibe un beso muy fuerte de quien te ama sobre todas las cosas:

Cayo.


                                                                            








Querido Cayo: espero que a la llegada de esta te encuentres bien, yo bien,  gracias a dios.
Cayo tu última carta me ha producido más dolor que alegría, primero porque te has roto el brazo y segundo, si te soy sincera, lo que más me ha apenado o mejor dicho lo que más me ha cabreado  es la relación que tienes con todas tus vecinas.
Parece ser que todas te quieren mucho... ¿Verdad?
¡Ten cuidado con la cantante de opereta!  Tengo entendido que esas señoras entraditas en edad, que viven solas, están desesperadas y los chicos jóvenes les atraen mucho.
En cuanto a la joven americana  te diré que a mí me parece... que debe de ser un poco descarada y muy, pero que muy moderna y que me extraña mucho que no haya intentado nada contigo.
Me la imagino revoloteando a tu alrededor y no lo puedo soportar.
Respecto a lo que me cuentas de Jean Pierre y M le Directeur está clarísimo que tienen una relación...
Así pues ten también cuidado con Jean Pierre que seguramente también le gustas... tú.
¡Vaya cuadrilla del renque que tienes ahí!
Las únicas que se salvan son la Cipriana y la Sophie y por lo que me dices deben de ser muy buenas pero más feas que picio.
Tú puedes seguir llevándoles el correo si quieres... y tupirte a bombones y a zumos pero ten cuidado que, como ya sabes por experiencia, luego te provocan  indigestiones...
¿Sabes que pienso?
Que me parece una tontería esa manía tuya en aspirar a ser un gran pastelero.
Ya sé que me has dicho más de una vez que lo haces porque a mi me gustan mucho los pasteles. Pero te diré que esa profesión me parece un poco femenina...
Si sacas tan buenas notas podías hacer otra carrera como médico, abogado o ingeniero de puertos y canales, por ejemplo.
Yo en cambio voy a suspender todas las asignaturas este año, excepto gimnasia y francés.
Ya me ha dicho mi padre que este verano me lo voy a pasar de casa a la academia y de la academia a casa.
No sé si lo voy a soportar, menos mal que sólo me faltan dos años para cumplir los 18 años, en cuanto los cumpla me marcho a Madrid.
Me  estoy ahogando aquí en el pueblo.
He decidido estudiar idiomas y hacer  la carrera de Turismo.
Quiero viajar por todo el mundo, por eso, Cayo hoy presiento que nuestra relación no tiene mucho futuro.
Vamos a pasar nuestra juventud separados, que es cuando más se disfruta de la vida y por otro lado tenemos que  estar guardarnos la ausencia.
 Por mí no hay ningún problema en este aspecto porque yo sólo te quiero a ti.
En cuanto a ti..., creo que en cualquier momento sucumbirás a alguna de las tentaciones que tienes en el EDIFICIO...
Y, yo, eso no lo voy a soportar.
Por tanto desde este mismo momento te digo que lo nuestro se ha terminado.
Ya sabes, te quiero mucho pero no puedo soportar esta separación es mejor que se acabe la relación y tu hagas tu vida y yo la mía.
Seguramente pienses que soy una pueblerina chapada a la antigua y que a lo mejor tengo razón, en lo de cortar lo nuestro.
Pues nada cortamos y se acabó nuestra historia.
Tu madre siempre ha sido muy moderna y yo siempre la he admirado, pero creo que te ha metido en la cabeza muchas ideas que a mí me cuesta entender.
Será mejor que encuentres una chica, así, como la americana, ella sabrá hacerte más feliz que yo, a lo mejor te invita un día a esas orgías que organiza y acabas liándote con ella.
¡Cómo eres tan respetuoso... que no eres capaz de rechazarle ni un zumo...!
Mira a mí no me la das, yo soy muy intuitiva, y creo que te gusta la americana y aunque me digas que me quieres mucho yo sé que en el fondo te atrae la Marilim, que probablemente tiene un buen culo y es una rubia peligrosa de esas que os vuelven locos a los chicos...
Por mi parte ya está todo terminado, Cayo, puedes liarte con la gran diva Julie, con la americana culona y si quieres también con el mariquita de Jean Pierre...
Yo tampoco me quedaré corta, pues te hago saber que le gusto a muchos chicos y siempre les he rechazado porque tenía novio pero a partir de ahora voy a empezar a ser moderna como las parisinas y voy a empezar a usar y a tirar...
Si me llaman facilona... pues que me llamen, me voy a divertir de lo lindo, ya está bien de ser una reprimida.
Ahora voy a ser yo la que se aproveche de ellos...

Cayo tú me has abierto los ojos, tú con tus cartas y tus relaciones con las madames del
EDIFICIO.
Es posible que no haya sucedido nada, pero intuyo que si no ha ocurrido debe de estar a punto de ocurrir algo y no estoy dispuesta a quedarme aquí para vestir santos.
Cayo, siempre te querré pero lo nuestro ha terminado y no intentes convencerme de lo contrario porque lo he visto muy claro.
No soporto la hipocresía. Ya me acostumbraré.....a vivir sin ti.
Si no puedo comer petit choux rellenos con nata recién hechos comeré perrunillas, o pestiños del pueblo...

Por favor no me escribas más, déjame tranquila...


África.

                                                                       







 
Cayo..., hijo, tienes carta  de tu querido Continente, de África...

-¡Trae Madre!
Cayo cogió la carta y muy contento se marchó a la calle, pues tenía  entrenamiento de  baloncesto.
 De camino al polideportivo se dispuso a abrir la carta de África. La tenía en la mano cuando de repente pasó un autobús a gran velocidad y la carta salió volando por los aires.
Era el mes de marzo, hacía una tarde clara pero con gran  ventolera y por el cielo volaban, servilletas de papel, periódicos y hasta un paraguas rojo, iba  revoloteando por los aires. La carta se unió a la tropa  de objetos voladores y comenzó a darse un paseo por las nubes.
A Cayo se le quedó cara de bobo viendo como su carta volaba por el cielo como una cometa, la seguía con la mirada para poder ver donde caía y así poder rescatarla.
La carta cruzó el Sena, junto al paraguas rojo, y él corría sin dejar de mirarla hasta alcanzar el puente y poder cruzar a la otra orilla.
Cruzó a la otra orilla y perdió de vista la carta. El paraguas seguía subiendo, pero la carta ya no le acompañaba.
Se  puso a buscarla desesperadamente por todas partes y no la encontraba, miró en lo alto de los árboles, entre los setos, en los jardines... Y no veía nada de nada.
Cansado se sentó en un banco, ya se le había hecho demasiado tarde para ir al entrenamiento de baloncesto, sus compañeros le echarían la bronca por no llegar a la hora del comienzo del partido. Y, prefirió seguir buscando la carta de África, por nada del mundo quería perderla.
continúo buscando, ya casi no se veía, estaba oscureciendo, pero de repente apareció la carta encaramada  en un rosal de preciosas rosas rojas, prendida en una espina.
Salió corriendo hacia el rosal y cogió la carta, la abrazó, abrió su rebeca y la puso junto a su corazón y la apretó fuertemente con sus manos.
Con cara de felicidad se dio un paseo por el Sena y cuando llegó a un banco iluminado por una farola se dispuso a abrir la carta.
En esos instantes alguien le dio unos golpecitos suavemente en la espalda, se volvió y se encontró de narices con Meme Marilim.
Cayo se quedó inmóvil embriagado por el aroma que  Marilin desprendía por su escote, un olor suave y tibio de pétalos de rosas que acaban de despertar en una fresca mañana de primavera. Nada que ver con el desagradable olor a tabaco y a alcohol que salía su boca  la semana pasada.

-¡Hola Cayo! ¿Qué haces  aquí?
Cayo escondió su carta en el bolsillo del abrigo y le contestó:
-Nada, ya me iba para casa...
-Ven conmigo te invito a un café...
-No puedo tengo que irme a casa para que mi madre pueda irse al liceo.
-Cayo por dios... sólo son unos minutos.
-¿A qué hora se va tu madre?
- A las nueve, se marcha. 
- Entonces tenemos tiempo de tomarnos  un café.

A Cayo  le pareció una ñoñería rechazar la invitación y accedió.
Marilim muy sonriente le agarró de la mano y hablando muy jovialmente le llevó a un petit café precioso decoradas sus paredes con reproducciones de carteles de Toulousse Lautrec.
Había muchos jóvenes de apariencia hippie, ellos con el pelo largo, vestidos con vaqueros y camisetas envejecidas y ellas con el pelo corto, los ojos sombreados  y vestidas con pantalones anchísimos y camisas de flores.
Se dirigieron a una mesa donde estaban sentados un grupo de jóvenes amigos de Marilim.
Su edad a igual que la de ella estaría comprendida entre los 18 y 20 años.
-Ven Cayo te voy a presentar a mis amigos...
Le presentó a sus amigos y le dieron todos  un abrazo muy efusivo, le invitaron a sentarse con ellos.
Estaban en una discusión kafkiana sobre la relación de un hijo varón con su padre.
Él apenas participó pero le parecían muy interesante los temas que tocaban.
Cuando se dio cuenta ya eran más de las ocho, se le había pasado el tiempo sin darse cuenta. No se había vuelto a acordar de la carta de África y ahora veía a Marlim como a una chica encantadora muy inteligente y muy interesante.
También observó que se besaban entre ellos de una forma muy natural y sana y comprendió que Marilim le besaba de esa forma..., sin ninguna intención, y no como él había pensado, viendo fantasmas donde no había.
-¡Vamos Cayo!  ja..., ja... ¿Ya te has olvidado de tu madre?.
-¿Qué hora es ?
-Las ocho y media...
Marilim le tomó de la mano y salieron corriendo y riendo hacia el Edificio.
Cuando se despidieron Marilim le dio un beso en la boca y le dijo: 
-Recuerda que tienes que leer la carta...
Cayo se puso colorado; se agarró el bolsillo y se sintió culpable por haberse olvidado de África.
Pura le estaba esperando y le dijo:
-Hijo tienes que pasar por los pisos a recoger la basura, nosotros ya nos vamos he quedado con tu padre en el liceo.
-A ver si tengo un rato libre que quiero hablar contigo, últimamente veo que te comportas con Jean Pierre de forma descortés y no entiendo por qué lo haces.
Él no te ha dado motivos para ello, que yo sepa...
-Déjame madre....
-¿Qué te ocurre Cayo?
-No seas infantil hijo, creo, que ya tienes edad suficiente para comprender que las cosas no tienen que ser o blancas o negras...
-Madre no sé lo que me quieres decir, no te entiendo.
-No te hagas el bobo Cayo, sabes perfectamente lo que te quiero decir.
Bueno, mira..., ya no aguanto más.
-Tú estás raro con Jean Pierre,  porque has visto algo..., y me parece muy mal que no me hayas comentado nada.
-No me interesa esta conversación, madre, voy a subir a recoger las basuras.
-Tú no te vas a ningún sitio.
- ¡Siéntate ahí...!
Jean Pierre es una persona excelente que nos ha ayudado mucho y sobretodo a ti...
Está lleno de valores, humanos, sociales e intelectuales, y no se merece que le faltes al respeto.
-¡Madre es marica
-Hijo siento vergüenza de oírte hablar así... ¡ Es homosexual 
-No me gusta que utilices ese termino peyorativo
-Hijo, lo importante es que es una buena persona, sus inclinaciones sexuales es algo que pertenece a su intimidad y que hay que respetar. Él puede tener relaciones con quien le apetezca.
-De acuerdo madre, pero no creo que opine lo mismo la mujer de M. Le Directeur...
-Bueno Cayo ya hablaremos...,  me tengo que marchar y recuerda que es muy importante en esta vida comprender, respetar y ser tolerantes con los demás.
-¿Qué sabemos nosotros de M. L Directeur?
-Nada, ¿verdad?, entonces no debemos juzgar a la ligera.
-Pero lo que no voy a tolerar  es que le faltes al respeto a Jean Pierre.

Se marchó Pura y Cayo, taciturno, se dedicó a recoger las basuras por los pisos y cuando acabó después de darse una ducha, se sentó en un sillón muy malhumorado con él mismo por  lo que le había dicho a su madre. Él sabía perfectamente que Jean Pierre era una buena persona y en el fondo le importaba tres pimientos que fuera homosexual. Lo que le turbaba era que estuviese liado con M. Le Directeur...
De repente se acordó de la carta de África y sintió un gran alivio. Cogió la carta, la abrió pausadamente, como temiendo que algo malo iba ocurrir.


                                                                              





Cayo comenzó a leer la carta de África y no daba crédito de lo que estaba leyendo.
No entendía nada de nada..., África quería cortar su relación... El mundo se le venía abajo...
Era su amor de toda la vida y no podía perderla.
Perder a África significaba perder sus orígenes, se quedaría manco, cojo, ciego y a nada tendría sentido para él.
Ya no tendría sentido estudiar para pastelero... Prefería morirse antes de perderla...
Todo le daba vueltas y sintió ganas de vomitar... Pasó unos días muy malos, escribió varias veces a África, aunque le dijera que no le escribiera, pero no hubo respuesta a sus cartas.
Habló con su madre y esta le dijo que no agobiara a su novia, que dejara que las aguas volvieran solas a su cauce.
Pero él no se resignaba y decidió gastar sus ahorros en llamarla por teléfono
Se marchó a un locutorio y puso una conferencia a África:
-Aló..., tía Gregoria...,  puede avisar a África..., soy Cayo, el hijo de Pura...

-¡Ay Cayino! que alegría oírte.

-¿Pos...., y a "onde" estas?

-¿Le ha pasao algo a tu madre?

-¿Y tu padre no estará malo?

-Si ya os decía yo que no os fueséis a los Parises de la Francia que eso nos queaaa..., muuuu... grande pa nusotros los del pueblo...

-No.., no nos pasa nada tia Gregoria estamos bien sólo quiero que avise a mi novia para hablar con ella.

-¿Y tú mocoso ya tienes novia?

-No..., si de raza le viene al galgo.

-Esa tunanta de la África ya no está en el pueblo se ha ido a vivir a Madrid.

-¿Y tú dices que es tu novia  y ni siquiera sabes que se ha ido a vivir a los madriles?

-¿Tía Gregoria no sabrá usted la dirección o algún teléfono de ella en Madrid?

-Olvídate de ella y  estudia que es lo que tienes que hacer ahora.

Esa perillana no te conviene..., hijo..., demasiao modelna pa mi gusto; claro que tú con tu madre ya estás curao de espanto...
Tú lo que necesitas es una chica formal y decente, esta no iba por buen camino.
Siempre rodeaaa... de muchachos.
Por cierto, pregúntale a tu primo el narrias, que ese debe de “conocel-la” bien...

-¿Tía Gregoria me puede pasar con María la de la fábrica?

-¿Con la María de la fábrica?

-¿Y tú qué quieres hablar con ella? Ella está muy ocupaaaaa... para andar con zarandangas de novios.

-Por favor tía Gregoria páseme con la María.

-A vel que se pueeee hacel...

-María que llama el Cayo de la Pura, que quiere, hablal contigo..., yo la he dicho que estás mu ocupaaa...
Quiere sabel de la África...

-Yo  ya le he dicho que se ha ioo... pa los madriles.

-Tú me dirás..., ya sólo con ese nombre....

¡África!  No se podía llamar Marijuana, Petronila, Chana, Ladislá, Eduvige, Fructuosa., Modesta..., nombres corrientes y molientes que tenemos aquí en el pueblo.
Lo que tendremos que vel...
Yo me he enterao que se ha ioo... pa estudial idiomas y viajal por todo el mundo.
Dicen que va a  estudial pa pastora o algo asina. Que lleva al personal agarraos a una soga como si fuera el ganao y los lleva pol los museos esos que están atiborraos de cuadros.
Primero los monta en un autocal, los coloca a toos en el asiento y por un altavoz le va diciendo a cada uno en su lenguaje...
A la derecha:
La estatua de la mujel sentá y empolvá de harina... como tú María..., ja, ja, jaaaaaaa.
No hace falta ir a Madrid pa estudial idiomas yo ya sé mi nombre en  franchute, alemán, suizo y argentino:
 Glegolie..., Grecgoriac..., Gregoyia...

-¿Gregoria, so mala pécora, quieres parar de una vez y pasarme a Cayo?

Hija ni que fueras la Elena Flancis...

-Mira Gregoria como vaya pa allá te doy un rodeón de cara que te dejo tiesa, so alcagüeta...

-No tienes tu alveliaaaa... pa dalme, aunque parezcas una elefanta, yo no te tengo miedo.

-Tía Gregoria páseme de una vez con la María... ¡Por favor!

-¡Tu calla Cayo! Que dice la mu... fanfarrona que viene  pa... aca a darme un rodeón de cara.

En esos instantes Cayo oye un gran estruendo y unos gritos ha llegado la María y ha cogido del pelo a la Gregoria y la está sacando arrastras de la centralita de teléfono a la calle.
Cayo sigue a la espera mientras ellas dos se pelean en la puerta.

-¡Pelea de mujeres, pelea de mujeres!- gritan los niños y acuden al lugar de la pelea.

Allí están las dos mujeres agarradas cada una a los pelos de la contraria, con las frentes pegadas y arreándose patadas a diestro y siniestro.
En esos momentos pasa por allí el cura del pueblo y les dice: ¡Separaos insensatas! ¡Vaya espectáculo que estáis dando!
No solo no se separan sino que la Gregoria se agarra a la sotana del cura y el pobre cura sale danzando por los aires y va caer de bruces  encima de una plasta de vaca.
La tía Gregoria se da cuenta lo que le ha hecho al cura y santiguandose dice:
Alabado sea el santísimo sacramento del altal, ¿Qué hace usted ahí señor cura?
En ese instante la María agarra a la Gregoria por la pechera y le rompe el vestido dejándola  en "senaguas..."
Los niños ríen y aplauden.
A la Gregoria le empieza a salir espumarajo por la boca como si tuviese la rabia y comienza a soltar toda clase de improperios.
El cura se santigua y no hace más que repetir:
¡Separaos insensatas! Mientras se limpia la cagada de vaca.
En esto que la Gregoria da un salto y se sube en las espaldas de la María agarrándola del cuello y la María cada vez se iba poniendo más colorada y ya estaba medio cianótica cuando llegó la guardia civil:
¡Tía Gregoria suele inmediatamente a la María!
Están las dos detenidas por escándalo público.No les da vergüenza a su edad y peleándose.

Mientras tanto Cayo, desesperado grita:

¡¡Alooooooo..., tía Gregoria!!

Pipiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii




                                                                    


Cayo se quedó sin hablar con África y por supuesto con la María. Después de la pelea acabaron las dos en el cuartelillo:

-Se Sienten ahí -les dijo el sargento.
Se cruzaron para sentarse y la bicha de la Glegolia aprovechó para darle un pellizco y la María le arreó un bofetón.
-¡Ay!, ¡ay! Mire usted señor salgento la guantá que me ha pegao... la parramplona esta.
No la hubieras pellizcado Gregoria que te he visto yo. Y ahora se sienten de una vez.
Las dos despelujaaaas... como brujas,  se sentaron.
La Glegolia tenía la frente enharinada, le faltaba una salpargata  y enseñaba  las senaguas, de algodón con puntilla de bolillos, que asomaban por el vestido, que ella  cruzaba con las manos, pues había perdido todos los botones en la pelea.
La María estaba toda entera, pero su cara aparecía toda descompuesta con chorretones de sudor que surcaban su cara enharinada y sofocada.

Comenzó el sargento a interrogarlas:

-A vel ¿ Quién empezó la pelea?

-Ella, ella....

-Primero me contesta una y después la otra.

-A vel María, mira que me cuesta creer que andes en estos menesteres con lo sensata que tu eres...

-¿Dime que ha pasaoooo?

-Empezó ella mi salgento yo estaba tranquilamente en mi centralita cuando llegó y me arrastró de los pelos hasta la calle.

-¡Qué te calles Glegolia! -contesta tu María.

-Pos naaaa..., señol salgento que esta alcagüeta me sacó de mis casillas, resulta que me llamó el Cayo desde Francia. No sé lo que querría el pobre muchacho porque esta desgraciáaaaa no me ha dejao hablal con él.

-Bobaaas...  y tontaaas... eso era lo que quería bobaaaas... y tontaaaaas...

-Glegolia si no te callas te encierro en el calabozo, -continúa María...

-Mire señol salgento esto ya es pa lleval-lo a los tribunales, y, yo ya... le tenía ganas..., me tenía hasta la cotorina la gata gagienta esta, es que no deja títere con cabeza.
Y cuando ya me dijo que yo era la Elena Flancis ya no aguanté más.
Alguien tiene que poner en su sitio a esta elementa..., que escucha y se mete en todas las convelsaciones, sin que nadie le de vela en el entierro...
Bueno... y si sólo escuchara pos... mira que te va... ¿Pero que se meta en las convelsaciones?
Y, no vea usted de que manera... 
Y que la mu  jodía... no te deja ni hablal... mi salgento. Bueno que le voy a contal yo que usted no sepa...
¡Que no ha dejao hablal al pobre muchacho! Con lo cara que le vale la conferencia desde la Francia...

-Bobas y tontaaaas... interrumpe Gregoria.

-Mueldete la lengua Glegolia..., que te he dicho que vas al calabozo...

-A vel Glegolia ahora te toca a ti.

¿Qué tienes que decil... al respecto...?

-Pos mire usted señol salgento... lo que pasa que en este pueblo nadie tiene cultura ni bucación..., ni..., na... de na..., si no fuera pol mi esto sería sadoma y gamorra.
Usted sabe muy bien señol salgento que gracias a mí ustedes han resuelto muchos casos.
O es que ya no se acuelda del día que la tía Petronila robó en el comelcio de ultramarinos pa mandal-le al Indalecio perras pa que se viniera pa acá y usted se enteró gracias a mí...
Lo que pasa es que somos muuuu... olvidadizos.

-Desgraciaaaaa..., fuiste tú... la que denunció a la Petronila... Si ya decía yo...
Esa pobre mujel que anda too el día a jolnales pa podel comel un plato de patatas cocíaaaa... y tiene la marío enfelmo en la Alemania... - interrumpe María-

-¡Calla María!

-Si calla, que si no te denuncio  yo a ti pol sel compinche de la Petronila. -dice Gregoria-

¡Cállense las dos! Que ya estoy empezando a jaltalme.

-Ya puede  usted vel como me ha dejao toa... pelona y mire usted el mi vestioooo... sin botones.

¿Cómo me coja un percujo pol tu culpa te vas a enteral...?

Y, encima he perdio una salpalgata nueva que me había mandao mi sobrina de Madrid...

Que mu caras le han tenio que costal pol los dibujinos que tienen...

Mire, mire usted, que bonitinas son.

¡Ya no aguanto más! -dice el sargento-:
-Tú Glegolia te encargas de barrel todos los cagajones de las calles del pueblo desde el cruce hasta la iglesia y tu María desde el cruce hasta el puente.

Se miran las dos y se dicen a la vez: pol tu culpaaaaaaa, pol la tuyaaaaaaa.

-¡Basta ya!, no os da vergüenza dos mujeres hechas y derechas discutiendo como niñas.

Y que no os vuelva a vel por aquí nunca más... y ahora vais a casa del  señor cura la dos que el os ponga otra penitencia.

Camino a casa del señor cura se le acercó la Gregoria a  la María y le dijo:

-Qué..., estoy pensando yo..., María, que pelillos a la mal..., que lo mejol que podíamos hacel es no ir a casa del señor cura porque a este le temo yo más que a la gualdia civil.

De acuerdo, le dice la María, pero mira lo que tiene ahí, señalandole en el pecho y cuando Gregoria bajó la cabeza la María le propinó un morrazo en la nariz.
Se echaron a reír  las dos y cada una se fue pa su casa.

Cayo además de perder su dinero con la conferencia  no consiguió saber nada de su novia África.
Sintiéndose bastante impotente decidió centrarse en sus estudios y en el baloncesto.
Terminó el curso y aprobó el bachillerato con matrícula de honor.
Le felicitaron todos lo profesores y madame Julie acompañó a Cayo a la escuela de restauración para hacer la prescripción.
Llegó el momento de marcharse de vacaciones al pueblo y dudaba si  realmente le apetecía ir.
Si no iba a poder estar con África no le apetecía mucho marcharse.
Pero su madre casi le obligó a marcharse y el accedió pero no de muy buenas ganas.
Cuando llegó a Madrid su tío le estaba esperando en la estación de Atocha y se marcharon juntos al pueblo.
Dormían en su casa y comían en casa de una tía, la madre de su primo Daniel el “narrias”.
Aprovechó para tantear al “narrias”, aún se acordaba de lo que le dijo la Gregoria..., pero claro no podía dar mucho crédito a las palabras de la Gregoria...

-Oye Daniel esta tarde podíamos ir al río a bañarnos con los amigos... -dijo Cayo-

-Cayo hemos quedado en la charca de “anrooos”, vamos con los amigos y allí nos juntamos con las chicas.

-¿Qué chicas van?

-Creo que la Sole, Margarita, África y una prima que ha traído de Madrid.

Cuando Cayo oyó el nombre de África le dio un vuelco el corazón.
No sabía cómo iba a reaccionar ella cuando le viera, el estaba tan nervioso que no había dormido la noche anterior.
Cogieron un transistor y cintas de casette, las toallas ya un poco percudias... y se las colocaron al hombro; los bañadores meybas  se los pusieron en la cabeza, haciendo las veces de sombrero, pues hacía un calor infernal camino de la charca.
Había que subir una cuesta por un camino terregoso y polvoriento, las moscas y los tábanos daban picotazos sin piedad...
No había ni un solo árbol que les diera sombra, solamente unas chumberas con higos chumbos reventones, al lado de unas paredes de pizarra.
Se toparon con la carretera y caminaron hasta llegar al  puente del arroyo, bajaron y se metieron debajo del puente a mear y a fumarse un cigarro.
Allí se estaba fresquito, todavía había un cacho charco de agua que manaba de las pizarras, con alguna rana y aclara aguas.
El techo del puente estaba  lleno de “arañones” con las patas muy largas. El “Narrias” se entretuvo quemándoles las patas.
Cuando acabaron de fumarse el cigarro, al que iban dándole caladas todos, se quitaron los pantalones y lo calzoncillos, se pusieron los bañadores y guardaron los calzoncillos en el bolsillo del pantalón.
Salieron del puente y después de andar un trozo más de carretera, tomaron un camino estrecho que salía a la izquierda, bordeado por enormes zarzas cargadas de moras llenas del polvo del camino.
Se detuvieron a coger moras y a Cayo le picó una avispa en la mano y se le puso gorda como una cebolla.
Meó en el polvo del camino y cogió un poco de barro y se lo puso en la mano.
Continuaron por el camino andando con la lengua fuera pues el sol los aplastaba como lagartijas contra el suelo e iban arrastrando los pies y dejando a su paso una gran polvareda.
Por fin llegaron a la charca, que se había formado en  una pedrera de pizarras, donde manaba  un agua cristalina y fresquita .
Casi toda la orilla de la charca estaba llena de piedras de pizarra redondeadas y planas muy finitas  y suaves que lanzaban al agua, haciendo concursos de lanzamientos para ver quien llegaba más lejos.También había junqueras donde se posaban bonitas libélulas.
No había ni un solo árbol alrededor de la charca, al fondo se veían los campos dorados de trigo y cebada como en una nebulosa y eso hacía que el calor fuera más insoportable aún.
Sólo había sombras en la parte más alta de la charca, pero allí no había orilla y tenían que sentarse encima de las piedras de pizarra.
Pero las chicas estaban tumbadas en las toallas tomando el sol en el otro extremo de la charca.
Permanecían allí tostándose por el sol, con los cuerpos embadurnados con nívea.
A Cayo cada vez le latía más fuerte el corazón, cuando sólo estaban a 50 metros de ellas, Margarita salió corriendo hacia ellos y abrazó a Cayo y él agradeció este gesto, le dio ánimo para seguir, después se levantó la Sole y también le abrazó.
África esperó a que llegase a su lado, se levantó le dio dos besos en la mejilla sin apenas rozar su cara y enseguida le presentó a su prima Matilde.
Cayo se pasó toda la tarde intentando quedarse a solas con África para poder hablar con ella, pero no lo consiguió.
Su primo, el narrias, revoloteaba alrededor de ella como un moscardón, pero un moscardón que estaba muy bien..., pues le sacaba la cabeza a él,  muy moreno de piel y tenía un pelo rubio trigueño y ondulado, que le caía en cascada sobre su espléndida espalda atlética.
La verdad es que no le hacía justicia el mote.
Además de ser guapo..., era simpático y dicharachero, todas las chicas se quedaban con la boca abierta mirándole cuando exhibía su cuerpo, presumía de ser un buen atleta, dando  volteretas laterales o haciendo el pino en la orilla de la charca.
Si competían para ver quien llegaba antes a la otra orilla de la charca también ganaba él,  y también  era diestro manejando  la bici de África, la hacía caminar solamente con una rueda apoyada en el suelo.
A todas las chicas les gustaba Daniel alias el “narrias” y eso le ponía a Cayo de mala leche, pero lo que no entendía era por qué tonteaba con África si sabía que ellos habían sido novios desde la infancia.
Tampoco entendía porque África le miraba con cara de alelada, esa mirada la quería sólo para él..., y lo que ya no pudo soportar fue cuando Daniel cogió a África de la mano y corrieron juntos hasta zambullirse en el agua.
¡Cómo estaba sufriendo, dios...!
¿Por qué se habría venido de París?.
Si pudiera saldría corriendo inmediatamente para alejarse de tanto sufrimiento.
¿Cómo le podía haber fallado África?.
 Él que sólo pensaba en ella, que dormía cada noche con una foto suya pegada a su corazón... y que la amaba profundamente.
¿A caso era su primo más atractivo que él?
¿O, Es que Daniel era más atrevido y simpático y eso hacía que África se sintiera atraída por él?
¿O, Era posible que fuera por las dos cosas?
Viendo todo este panorama Cayo no se atrevió a decirle nada, estaba tan apenado y herido que no le salían ni las palabras.
Quizás, él, se había hecho demasiadas ilusiones con este noviazgo basado  en miradas y como mucho un beso fugaz y una leve caricia en su mano.
Ilusiones que probablemente a África se le habían desvanecido con la distancia.
Se metió en la charca y se pasó toda la tarde nadando y grandes lagrimones caían por su cara mientras nadaba de espaldas.
Se sentía humillado, traicionado y tremendamente triste.

Cuando por la tarde fueron al baile de verano Daniel y África se pasaron toda la noche bailando agarrados y él se pasó la noche sentado en un rincón escondido en la sombra de una adelfa.
No quería que se dieran cuenta de  su  tremenda tristeza y quería permanecer allí desdibujado entre el resplandor de la bombilla con luz mortecina y las ramas de la adelfa.
Estaba allí como un bobela, al  que le habían quitado la novia... y no hacía nada para recuperarla.
¿Pero qué podía hacer..., si África se había enamorado de su primo?
¡Nada, no haría nada!
Tenía que olvidarla. Se levantó y salió del rincón y se fue a hablar con Margarita, esta le dijo que no entendía nada, que de la noche a la mañana África se había quedado prendada de las tonterías que hacía Daniel y que la tenía como hipnotizada..., que lo sentía mucho pero que le aconsejaba que se fuera olvidando de ella y que procurara divertirse con otras chicas.

Siguieron yendo todas las tardes a la charca a bañarse y Cayo continúo llorando mientras nadaba de espaldas por la pérdida de su gran amor.
Se incorporó a la pandilla Irene una guapa y simpática chica que siempre le había gustado Cayo pero que sabía que no había nada que hacer porque él estaba por los huesos de África.
Irene no era demasiado alta, pero era más guapa de cara que África, tenía las facciones muy dulces y los ojillos negros y brillantes, la piel dorada y el pelo negro y rizado.
Era muy extrovertida de carácter y muy simpática. Los chicos revoloteaban a su alrededor pero a  ella sólo le gustaba Cayo.
Cuando vio vía libre se lanzó en picado a por Cayo y Cayo..., que se sentía muy herido, humillado y decepcionado. Pasó lo que faltaba de verano tonteando con Irene o más bien dejándose llevar,  para darle celos a África.

Por fin llegó septiembre y se marchó a París sin haber podido hablar ni una sola palabra con África la veía tan feliz con su primo que no se atrevió a molestarla.
Cuando llegó a París comenzó las clases en la escuela de restauración.
Las clases eran muy interesantes.Todos los alumnos eran varones excepto  una chica.
Los profesores eran muy exigentes y muy profesionales, si quería continuar allí tenía que estar muy concentrado para no perderse y quedarse en un simple pinche de cocina.
El seguía con su pena  por la pérdida de África, le dejó el alma herida, su corazón se llenó de temor y de desconfianza, nunca más volvió a ser el mismo chico alegre y confiado.
Esta ruptura le marcó para toda su vida. Durante mucho tiempo siguió durmiendo con la foto de África pegada a su corazón.
Las clases de cocina le entusiasmaban y se volcó en los estudios para olvidarla.
No podía dejar de pensar en ella cuando preparaba bonitos merengues con copetes de fresas.

En navidades volvió con sus padres al pueblo y pasó las fiestas con su pandilla de amigos, pero no pudo ver a África, ella se había quedado en Madrid, pues estaba haciendo prácticas en una oficina de turismo, le dijo Margarita.
Pero si vió a Irene que estaba guapísima y aunque él no lo quería reconocer se sentía atraído por ella, empezaron a tontear y pasaron unas  bonitas vacaciones juntos, se dieron las direcciones para escribirse y continuar la relación.
Se pasaron la navidades, regresó a París y comenzó a cartearse con Irene, era muy divertida y muy cariñosa con él. En eso aventajaba a África, que era un poco seca, o a lo mejor, más que seca tímida.
Irene estaba todo el tiempo pendiente de él y él se sentía muy agusto con ella .


                                                                 




 Un día Cayo recibió una carta de África le contaba, que era muy feliz con Daniel y que se había enterado que él salía con Irene y además le contaba lo entusiasmada que estaba con su carrera y lo mucho que le gustaba ser guía turística.
Comenzaron a cartearse, África le escribía casi todos los días y le contaba todos sus problemas como a un gran amigo y Cayo que había conseguido diluir el dolor que le había ocasionado tiempo atrás, comenzó a verla como una gran amiga.
Volvió el verano y Cayo e Irene se hicieron novios formales, pasaron un agradable y divertido verano en la pandilla. Cierto es, que él seguía admirando a África,  pero la veía tan atontada por su primo, que rápidamente se agarraba a Irene e intentaba quitársela de la cabeza.
En el otoño África escribió a Cayo y le contó que había  dejado de salir con Daniel porque este era un picaflor que le gustaban todas las chicas... y le agradecía que fuese su amigo para poder desahogarse con él pues lo estaba pasando muy mal.
Cayo, cuando recibió esta noticia, sintió un gran alivio y la consoló como un  buen amigo.
Y así se pasaba las noches escribiendo unos días a Irene y otros días a África. Comenzó a preocuparse porque las quería a las dos.
 Ya no sabía si quería a África como una amiga o como a una hermana pequeña.
O si realmente seguía enamorado de ella...
Y en cuanto a Irene ya no sabía si la quería como a una novia... o como a una buena amiga...
Con el tiempo cada vez espaciaba más las contestaciones a las cartas  de Irene y sin embargo escribía todos los días a África,  lo cual le producía grandes remordimientos,  pues Irene era un encanto que le había sacado a él del pozo en el que cayó cuando lo dejó África.
La quería mucho, pero en lo más profundo de su corazón la seguía amando.
Tenía muy idealizada a África y  más tarde le pasaría factura esta obsesión por ella.
La última carta que escribió a Irene, sin tener aún nada con África, más que una profunda amistad..., le comunicó Cayo, su ruptura, le dijo que sentía mucho tener que romper la relación.
Que la quería muchísimo pero que no estaba seguro del sentimiento que tenía hacia ella  y que no quería prolongar más la relación porque de hacerlo se harían mucho daño.
Irene le contestó inmediatamente, rogándole que no la dejara, que no podría vivir sin él, no podía asumir la ruptura le quería con toda su alma y su corazón.
Estuvo perdida mucho tiempo hasta que aceptó la ruptura con Cayo.
Por fin aceptó la ruptura pero quería que Cayo le contestara con sinceridad a una pregunta y le escribió:
¿Dime, cuando me besabas eras sincero y no fingías?.
Cayo le contestó que estuviera tranquila que nunca había fingido con ella que la había querido mucho y le gustaba mucho, que era muy bella por dentro y por fuera, pero que se merecía a otro chico que le correspondiera como ella se merecía, que no tendría problemas para encontrarlo ya que era guapa, simpática, alegre y muy buena persona.
Cayo se sentía fatal, pero no podía seguir engañando a Irene y así  mismo, ya que se había dado cuenta en el carteo contínuo que mantenían que seguía loco de amor por África.

No pudo ir en Navidades al pueblo pero cuando llegó el verano, Cayo se fue al pueblo y esta vez con más ilusión que en las ocasiones anteriores.
No vio a Irene, se habían marchado del pueblo, a la capital... con sus padres y no apareció en todo el verano por allí.
Transcurría el verano saliendo con sus amigos y pegado a África, y África pegada a él fingiendo ser grandes amigos, pero en el fondo enamoradísimo de ella...
Una tarde tuvieron una discusión por una bobada y dejaron de hablarse durante unos días, hasta que África se acercó una noche a Cayo y le dijo que se había dado cuenta que además de quererle seguía enamorada de él.
Cayo la abrazó y la besó en la boca con un beso interminable...

Cayo y África pasaron lo poco que quedaba de verano como en una nube, iban juntos a todas partes y en cuanto que podían se amaban con intensidad, escondidos entre los matorrales que había cerca de la charca, no les importaban los pinchazos que le daban los abreojos, ni los picotazos de los tabarros y moscas rabiosas que  querían participar del dulce  que Cayo y África iban elaborando y moldeando con un largo y apasionado beso.
En el cine se sentaban juntos, cogidos de la mano, si a la salia del cine alguien les hubiera preguntado de que iba la película no hubieran podido responder ya que pasaban la mayor parte del tiempo besándose y acariciándose, sobretodo cuando había escenas de noche, que se hacía una total oscuridad en el cine.
En esos momentos  los brutos muchachos del pueblo  se ponían a silbar y a patear en el suelo como desenfrenados, porque sabían que las parejas se estaban amando aprovechando la oscuridad.
Cuando volvía la luz, Cayo y Africa, se atusaban el pelo y se limpiaban sus labios con el dorso de la mano y miraban a un lado y a otro para ver si les habían visto.
Y, como siempre, la tía Vitoriana no pudo reprimir sus instintos puritanos, y dijo en voz alta:
-¡Qué vergüenza!
-¿Pero a dónde vamos a llegal?
-Son como animales, no tienen pudol...
Y, una voz severa de  hombre le responde:
-¡Calla mujer! ahora lo hacen a las claras, será mejor que a escondidas -Le dice tío Leoncio, su marido-
-Sí, sí... ¡ Pero si son ellas...!, que son unas perillanas..., ellos ya se sabe... -rezongaba la mujer-
Y..., de repente se oye una voz de un muchacho que grita:
-¡Ay! "Vitoriana", Vitoriana...:
Toítoooo lo que te toco... es lana...
-Ja, ja, ja... todo el cine se alborota y se rien a grandes carcajadas.
-Sinvergüenzas... -Gritaba la tía Vitoriana-
-¡Cállate, mujel!
-¡Cállate!, ¡Cállate!, más te valía  que  me defendieras..., que no tienes "alveliaaas"paaaa, na... de na...
-Ahora vas a vel..., acomodaooool..., acomodaooool...
¿Es que no va a ponel usted olden...
 ¡Por dios bendito!
Más pateos y más silbidos en la sala y lanzamientos de cascaras de chochos y de cacahuetes, de un extremo del cine a otro. Convirtiendo el cine en una batalla campal.
-La culpa la tiene la Vitoriana, que no se tiene na.. pa... callao - dice la Domi-
-Tu cállate que tienes mucho que callal.....
-Tú Vitoriana no me mandas callal a mí... ni muerta,.
-¿Me oyes?
-Vaya que si te oigo, pero yo a una "perántula " "mántula" como tu...no la escucho.
-"Calla cartucho que no te escucho"-dice la Reme amiga de la Domi.
-¡Vitoriana, Vitoriana todo lo que toco es lanaaaaaaa...! -Volvían a gritar en la sala-

Como se empezaba armar una buena tremolina..., los hombres empezaron a salir de la sala y encendiéndose un cigarro se iban a tomar un chato a la barra del bar.
-¡Vamos Leoncio, a tomarnos un chato, que esto es cosa de mujeres y de muchachos!
-¡Tu te quedas aquí! -le grita la Vitoriana-
-Vitorianaaaaa..., tengamos la fiesta en paz  -le diece el tío Leoncio-
-Vamos a vel..., gritaba el acomodador, como no sus calléis se corta la penícula y sus vais toooos pa vuestra casa.
-La que se va ahorita mesmo pa mi casa soy yo... no quiero estal en este lugal de pelvelsión.
Y..., cogió el pendín y la media manta y la Vitoriana se marchó del cine y todos los allí presentes empezaron a aplaudir.
Al pasar por la barra del bar la Vitoriana dijo:
-Leoncioooo... Esta noche no me busques en casa que me voy a dolmil ancá mi madre.
¡Anda con dios, mujel!


Cayo y África se miraban con una mirada cómplice, sonreían y se apretaban con fuerzas las manos.
Llegó el momento de la partida de Cayo, se abrazaron y lloraron intensamente por su separación.
África le dijo a Cayo que se le iba a hacer eterna su separación hasta las próximas navidades, que deberían escribirse  todos los días y así  se les haría más llevadera la distancia.
También le dijo que procurase no visitar demasiado a la americana del edificio y sobretodo que no asistiera a sus guateques, que ella confiaba en él pero no se fiaba nada de la americana y de sus amigos...
Cayo le prometió que no iría a ninguna fiesta, porque entre otras cosa no le apetecía nada en absoluto, no quería estar con ninguna chica que no fuera ella.

Llegó a París y su vida se redujo: a sus clases de restauración, (cada vez que hacía un precioso choux relleno de nata, caramelo o chocolate, pensaba  en lo feliz que sería si se lo pudiera dar a probar a su novia).
 A asistir a los entrenamientos de baloncesto y a pensar en África, en escribir a África y en imaginar  un futuro siempre unido a ella.
Apenas salía con sus amigos, sólo cuando entrenaba o jugaba algún partido de baloncesto los domingos.

Por su parte África le escribía todos los día largas cartas y como un taladro le iba calando cada día  con frases como estas: que lo echaba mucho de menos... y que no soportaba la idea de que saliera en la pandilla con alguna chica...
Este temor y desconfianza que  le transmitía África fue calando en  Cayo y él que era tremendamente confiado comenzó  a sentir celos también de las posibles compañías masculinas de ella.
Su vida entró en un circulo de amor y desconfianza que sin darse cuenta comenzó a limitar  y condicionar su vida.
Limitó sus  salidas con amigos y dejó de hablar con chicas interesantes que había conocido a través de la americana del edificio.
Pura se dio cuenta de que Cayo estaba obsesionado con África y que estaba malgastando su juventud guardándole la ausencia.
Y, harta de ver que Cayo estaba como un ermitaño, le dijo, un sábado que se quedó en casa:
-¿Cayo, te das cuenta que no estas disfrutando de todo lo que te ofrece París ahora que estas en plena juventud?  
-Eres muy joven para estar a atado a una chica ya para toda tu vida...
-Es posible que sus cartas y tus cartas estén llenas de promesas y de ilusiones, pero una cosa es lo que se escribe y lo que se piensa y otra es luego la realidad del día a día.
A mi me ha sucedido con tu padre, pero tu padre es como tú..., por eso no ha habido problemas en nuestra convivencia.
Pero África no es ni como tu , ni como tu padre...
Ella, te está marcando un modo de vida y te está privando de conocer y relacionarte con gente joven y te estas perdiendo lo mejor de la vida encerrado en tu único continente:
 África.

-Madre, todo eso que tu no entiendes se llama “fidelidad”.
Estas palabras de Cayo fueron un golpe bajo para Pura.
Pero Pura, que le había tocado vivir una época dura y con una mente abierta, no hizo caso a las palabras de Cayo.
-Fidelidad impuesta... -continúa Pura-
-¿O me vas a decir que hoy no te hubiese apetecido ir al  guateque con tus amigos y amigas?
-Pues nooo..., prefiero quedarme en casa, y por favor madre no te metas en mis asunto; no quieras ser mi amiga, tu eres mi madre y, yo... ya elijo a mis amigos...
 -Tu verás hijo, algún día te acordarás de esta conversación y te darás cuenta que yo sólo quiero que seas feliz.
-Vale, madre, si es eso lo que te preocupa..., que sepas que yo soy muy feliz así.
-Sólo te estoy poniendo en guardia, yo también había idealizado a tu padre en la distancia, pero la convivencia es otra cosa.
-Madre no me interesa, no quiero seguir hablando contigo de estos temas.
-Si, hijo, ya te dejo en tu continente, pero hazme un favor no te tomes tan en serio la vida, disfruta de todo lo bueno y malo que te ofrece París y no estés obsesionado con España y tu novia...
 La vida pasa muy rápido.
Cayo se enfadó con su madre porque en el fondo sabía que lo que le estaba diciendo era verdad, pero el amor que sentía por África no le dejaba razonar y se estaba dejando atar de pies y manos por todos los prejuicios y los celos de ella, y se estaba olvidando de vivir y de disfrutar de París.
Vivían de los recuerdos...Y, en los encuentros se amaban intensamente y casi no hablaban.
 Y, en las separaciones hablaban de lo bien que lo habían pasado en los encuentros y de su futura vida juntos para siempre.
Y así  iban desarrollando sus vidas en el recuerdo y en el futuro sin vivir el presente.
Cayo acabó sus estudios de restauración y África sus estudios de turismo.
Los dos comenzaron a trabajar, él como aprendiz de pastelero en una excelente pastelería parisina y poco a poco fue ascendiendo hasta convertirse en encargado de otra pastelería de la misma empresa.
Si le preguntaban cómo era posible un ascenso tan rápido en la profesión él siempre contestaba que sus petits choux estaban hechos con una gran dosis de amor. (se guardaba para él, que siempre hacía sus pastelitos pensando en su amadísima África que era un poco golosilla.)
Cada vez se esmeraba más y más y sus pasteles estaban llenos de sabores, colores y fragancias que le recordaban a África, su continente particular.

El amor que nació en la infancia en aquella fábrica de harina, donde Cayo hacía de presentador en aquel improvisado teatro, ese amor se fue afianzando cada vez más y aunque limitó su vida, él lo eligió y nunca intentó deshacerse de él.

 África se fue a vivir a París y encontró trabajo en una oficina de turismo.
Una vez juntos en París, África cambió totalmente su carácter, estaba tan segura del amor que Cayo sentía por ella que dejó de sentir celos y comenzó a tener una vida propia con nuevos amigos, sin dejar a Cayo por supuesto.
A Cayo esta forma de actuar de África le chocó un poco pues no entendía que por cartas le hubiera casi obligado a restringir sus relaciones con sus amigas y amigos parisinos y ahora ella quedaba con amigos y amigas cuando él no podía salir, ya que él tenía unos horarios un poco diferentes a ella, porque  trabajaba de noche para que en la mañana estuvieran los escaparates de la pastelería rebosante de pastelitos colocados en perfecta armonía en tamaños, colores , fragancias y sabores.
Así pues, a África se la veía feliz y a Cayo un poco tocado  por los celos, causando algunos enfandos y discusiones entre ellos, pero esto no impidió que al siguiente verano Cayo y  África se casaran en el pueblo.


Se casaron un día caluroso de agosto, asistieron a la boda casi todos los habitantes del pueblo.
Pura fue la madrina y el padre de África el padrino.
Como todas las bodas del pueblo los músicos fueron a buscar a Cayo y agarrado de su bella madre y  con toda su familia se dirigieron hacia la casa de África.
Se presentaron delante de la puerta de África y los músicos tocaban una bella melodía y África salía espléndida de la casa agarrada del brazo de su padre.
La novia  con el padrino, delante, le seguían Cayo y Pura, los músicos iban detrás tocando un pasodoble y todo el pueblo detrás de ellos se encaminaban hacia la iglesia.
Acabada la ceremonia, se hizo el convite primero en la casa de la novia y a continuación en la casa del novio.
Pastas, perrunillas, mantecados, chochos, vino  de pitarra y refrescos comieron y bebieron en la casa de la novia.
Y en casa del novio, Cayo había hecho grandes bandejas de pastelitos exquisitos, que los vecinos devoraban sin piedad.
Y no faltó el comentario de una vecina cotilla y envidiosa que dijo: donde haya una perrunilla... que se quiten estas florituras, muuu... bonitinos..., pero estos pasteles son como de aire, te lo metes en la boca y cuando lo quieres masticar ha desaparecio....
Y la María que lo oyó le dijo:
Ten cuidao Glegolia que como hagas muchas rebuginas te vas a ir por las patas abajo..., y como andaban por allí las autoridades..., la Glegolia se limitó a decir:
¡Tú tan guasona… como siempre, María!
En la comida, no faltaron las voces que se besen los novios...., los padres de los novios y los padrinos y como remate final de la comida una impresionante y delicada tarta de  siete pisos elaborada por Cayo .
Y, se terminó la comida, como era habitual en el pueblo, con una batalla campal de coscurros de pan volando por los aires.

Cayo y África se fueron de viaje de novios a Mallorca una semana y después se fueron a vivir a París, tuvieron tres hijas, estas ya se han independizado y  ellos aún siguen viviendo juntos  en Francia y pensando en regresar a España cuando les llegue la jubilación.
Se quieren más que nunca, Ahora Cayo vive feliz porque sus celos han desaparecido, pero África a veces le monta algún numerito producido por  celos infundados.
Se pasan la vida comparando las cosas buenas y malas que tienen en cada uno de los dos países y no saben lo que harán  finalmente.

Pura se ha convertido en una hermosa anciana," exportera" de finca y licenciada en filología francesa.
Pasa largas temporadas en Francia y en España siempre acompañada  de Jean Pierre (cosa que provoca grandes cotilleos en el pueblo, pero que a Pura le importa un comino) y Fidel murió el año pasado después de una larga enfermedad provocada por ictus.
 Minutos   antes de morir se abrazó a Cayo y le dijo al oído:  ¡"Pastelero fiel", siento tener que dejarte! Cuida de tu madre...
Salvador es un anciano que  vive solo en el pueblo y no se le ha conocido ninguna mujer a su lado, desde que le dejó su mujer, sigue, a su manera..., enamorado de Pura.
La María se quedó paralítica y sigue en el pueblo, postrada en una silla de ruedas como consecuencia de haber cargado tanto con grandes sacos de harina en la fábrica y la Glegolia la saca a pasear por las calles del pueblo.
 La Margarita se hizo actriz de teatro y vive en Barcelona y la Sole es enfermera y vive en Sevilla.

Fin.





P/D: 2ª parte: "El Diario de Pura"