domingo, 10 de diciembre de 2017

Los Primos (1)

Brígida Seguín

Los Primos


Para los que me dicen:
Últimamente tienes abandonado el bloger, No dejes nunca de escribir.
Por esta razón voy a ir publicando por capítulos esta novela que llevo tiempo escribiendo.
Y lo voy a hacer así por dos razones: la primera porque así me obligo a escribir y la segunda porque de pequeña y de joven era una fan empedernida de las fotonovelas que en un descuido de mis hermanas mayores me apropiaba de ellas y leía a escondidas.
Espero que os guste hay mucho de realidad pero más de ficción.

I





Cuando murió la prima Inés a los 99 años de edad, casi cincuenta años más tarde que su marido, el primo Sixto, le dejó toda la herencia a un sobrino soltero que vivía con ella.
 Hace pocos meses que el sobrino falleció de un infarto y el piso pasó a manos de los familiares más cercanos.
 Yo no había vuelto a entrar en esa casa desde que fui con mis padres a Madrid, siendo niña, a la edad de siete años, para asistir a la celebración de la misa anual del fallecimiento del primo Sixto.
 Mis padres organizaron un viaje a Madrid para San José, el día 19 de marzo, era el día del padre y festivo en toda España. Mis hermanas mayores se quedarían en el pueblo cuidando del negocio de mi padre y de los hermanos pequeños.
 Mi madre estaba muy delgada pero tenía una barriga prominente, porque esperaba un hijo.
 Los médicos primero le dijeron que era un bulto de grasa, que al parecer le salió después de hacerle un raspado, nunca entendí que podía ser un raspado, raspar algo a una persona…, cómo no fuera la caspa de la cabeza con un peine fino, que era lo que nos pedía mi padre antes de dormir la siesta… No se me ocurría otra cosa en mi corta e inocente edad.
 Se lo oí decir a mi padre en una madrugada: que cuando más tarde le hicieron una radiografía vieron que la bolita de grasa se había convertido en un niño, es decir  que estaba preñada.
Yo estaba impaciente por ver a nuestra vecina cigüeña volando por nuestro pequeño  y luminoso cielo entorno a la ermita del Cristo, portando al hermanito.
 Hasta ahora sólo las había visto llevando en  su largo pico, culebras, sapos y palos, a pesar de la gran cantidad de niños que nacían en el pueblo.
Imaginaba a la cigüeña que dulce y suavemente metía su pico en el ombligo de mi madre y que,  de manera sigilosa y silenciosa extraía al nuevo hermano sin ser vista por nadie. Se lo llevaba a París, no sé a qué si luego tenía que volverlo a traer..., y encaramada en una nube, lo lavaba con el agua limpia y clara procedente de gotas suaves y tibias de lluvia primaveral, y que deshilachaba una nube de algodón y le tricotaba con su largo y ágil pico una toquilla para arrullar al nuevo bebé.
 Y así limpio y calentito, cualquier día de estos, en una madrugada, nos dejaría al bebé en la cuna en la que aún dormíamos mi hermano y yo.
Mi prima me dijo un día, que lo de la cigüeña era un cuento chino, que ella a escondidas vio parir a mi tía de la misma forma que lo hacen las cabras: por la vagina.
 Pero yo ni la dejaba de creer, ni la quería creer… porque entre otras cosas lo más seguro es que fuera pecado andar en esos pensamientos…, ya que casi todo o todo en aquéllos tiempos era pecado…
Sobre todo  tratándose de esas partes bajas del cuerpo, y yo que tenía próxima mi primera comunión no podía permitirme esos devaneos anti cigüeñiles, aunque le viera cierta lógica al atrevimiento de mi prima, de negar que los niños vinieran de París.
¡Vaya galimatías!
 Difícil de entender a esa edad: por un lado el niño, según mi prima, estaba en la tripa y creciendo a marchas forzadas… por el tamaño que iba tomando la bola..., y por otro lado la gran contradicción con la cigüeña que traía a todos los niños nada menos que de París. 
¿Cómo se podía entender eso? ¿Cómo podía estar en París y a la vez en la tripa de mi madre en el pueblo?
Tantas incógnitas sólo podían tener una explicación religiosa: Sería Dogma de Fe como casi todo en los años 60.
 Harto complicado el tema. Por todo este lío de la cigüeña, pensaba yo, no sabían si sería conveniente que mi madre, en su estado, fuera a Madrid.
Llegué a pensar, siempre ha sido un defecto mío pensar demasiado, que seguramente este viaje ocasionaría un grave problema a las cigüeñas de la Ermita del Cristo, pues aquí no tendrían ningún inconveniente ya que conocían muy bien a mi madre, la veían todas las tardes cuando se sentaba con las vecinas a coser calcetines con tomates en la solana. Y nuestra casa estaba muy cerca, no tenía pérdida…, tan sólo tenía que cruzar el regato volando y posarse en la  chimenea que estaba casi paralela a su nido.
Pero a pesar de su cercano parto, entre comillas, y mi enigma con las cigüeñas, ella ha decidido que irá con mi padre a Madrid y también quieren llevarme a mí con ellos como regalo de mi primera comunión que será en Mayo.
El principal motivo de este viaje, como ya he dicho, es asistir a la misa que se va a celebrar por el primer aniversario de la muerte del primo Sixto y para acompañar a la viuda, la prima Inés.
Cuando llegamos a Madrid después de un largo viaje, nos encaminamos al barrio de Carabanchel Alto, allí vivía la prima, la viuda, en un quinto piso sin ascensor.
 Nos recibió la viuda, enlutada y con un largo velo tapando su pelo negro  peinado hacía atrás, recogido en un moño bajo y con un mechón blanco a la altura de la frente, llorando y haciendo espavientos:
 ¡Ay, primos!
¡Ya ha pasado un año…!
¡Cuánto le echo de menos!
 ¡Gracias por venir…!
 La prima Inés había engordado y su hermosa cara resplandecía tersa y lozana. Algunas venas rojas irrigaban su nariz. 
  Le oí decir a mi tío Tente, que le daba mucho al morapio, y que desde que murió el primo a veces bebía más de la cuenta…, por eso a menudo llora a voces y critica al sobrino Manolín que se quedó a vivir con ella.
Pero cuando está sobria es amable, alegre y educada y huele muy bien a un perfume suave de rosas y a polvos de talco.
Entre llantos y suspiros nos fue enseñando todas las estancias del piso, todo ordenado y limpio, y el suelo de damero pulcramente encerado.
En el baño colgaban bonitas toallas con puntillas de ganchillo que ella había tejido y en la repisa por encima del lavabo había varias barras de carmín de diferentes tonos y un perfumador con una pera de goma y largos flecos de seda dorados, un peine de carey y un cepillo de pelo de jabalí.
 Se empeñó en que mis padres durmieran en el dormitorio del matrimonio; ellos no querían…
 Pero ella a voces, porque tenía una voz potente mezcla asturiana y argentina, gritaba:
- No hay más que hablar…, vos dormís aquí…, que a mí ya me sobra media cama…
Lloraba alborozada, y lagrimones redondos y limpios rodaban por el rostro enrojecido, terso y sin muecas.
 A mí me abrieron una cama turca que estaba al lado del balcón. Apenas dormí en toda la noche, no estaba acostumbrada al ruido y a los fogonazos de los coches que transitaban por la calle.
Me llamó la atención la decoración de la casa: los espejos, los cuadros y las fotografías enmarcadas. La cristalería y los objetos de decoración, de los que nosotros carecíamos en nuestra casa del pueblo. En mi casa nunca vi un adorno, todos eran objetos útiles.
 Los muebles sobrios del salón, cuadros pequeñitos colgados de la pared, ceniceros de cristal tallado y un gran sombrero mejicano bordado con hilo de plata.

Han pasado ya 56 años, y acompaño a mi sobrina a recoger algunos enseres de la herencia. Subo las escaleras de paredes desconchadas y suelos sucios. Huele a desahucio, a basura y a abandono… sólo un fuerte olor a especias hace pensar que la vida sigue en este edificio de apariencia abandonado.
 Nada que ver con esa primera vez, que olía a limpio, cera virgen, amoniaco y resplandecían los suelos y los llamadores dorados de las puertas.
Según vamos subiendo, del segundo sale un esbelto y guapo chico negro saltando las escaleras de dos en dos; del tercero, unas jóvenes  chicas chinas nos saludan y sonríen tímidamente.
Todos los pisos los han ido  alquilando o comprando inmigrantes porque los españoles no quieren subir escaleras, comenta mi sobrina.
De hecho los herederos han vendido el piso del primo Sixto y la prima Inés  a unos chinos, y les han dado una semana para que recojan los enseres.
La entrada al piso fue desoladora, lo invadía un cierto olor a rancio, a caspa amarillenta, a ropa sucia y a humedad.
¡Aquella casa que olía siempre a colonia fresca, a lilas y a pétalos de rosas!
El baño desprendía un fuerte olor a cloaca. Toallas sucias con las puntillas desgarradas colgaban de los toalleros
 Los papeles pintados que tan pulcramente había colocado el tío Tente como si fuera un palacete, ahora estaban despegados y caían hasta media pared. Los espejos estaban totalmente opacos por la capa de grasa y suciedad que los cubría, lo mismo les sucedía a cuadros y fotografías; la plata ennegrecida. 
Los tapetitos de ganchillo, a los cuales era muy aficionada , parecían bayetas grises  y el sombrero mejicano bordado con hilos de plata estaba envuelto en una maraña de polución, polvo y telarañas.
 Los suelos de baldosines hidráulicos que en su día brillaban por la cera que les aplicaba con trapos de lana virgen, ahora la capa de cera se había convertido en una pasta pegajosa llena de huellas del pasado y de pisadas recientes. Apenas se distinguía en el damero el blanco del negro.
Entré en el dormitorio, en el que dormí siendo niña…, y los muebles eran los mismos, la cama de matrimonio estaba hecha, pero la bonita colcha blanca de ganchillo se había tornado en gris oscura por la suciedad de la contaminación y los desconchones de yeso que le habían  caído del techo.
Mi sobrina empezó a toser por un ataque de alergia…
 ¡Ay tía! me ahogo aquí…
- Vamos a abrir las ventanas…
- Y coge lo que quieras tía, va a ir todo a la basura…
 - Tan sólo me interesan los cuadros y las fotografías, le dije, tú coge ese aparador, que restaurado te quedará precioso.
Salí de allí cabizbaja y apenada, recordando la primera vez que fui allí…
Recordando a los primos, a mis padres, a Manolín, a tío Tente y a la cigüeña…, todos desaparecidos actualmente. Menos las cigüeñas que ahora están menos atareadas y picotean plácidamente en las praderas de mi pueblo porque ya los niños en mi pueblo no vienen de París.
Tan sólo quedaban las viejas cucarachas que corrían despavoridas por todas las estancias de la casa.
Y, al bajar las escaleras, enseguida pensé lo que sucedería en mi casa cuando yo como la prima Inés me vaya.
Pensé en mis cuadros, en mis carpetas de dibujos, mis escritos y mis fotografías repartidos por toda la casa en un desorden existencial.
Acabaran de la misma forma, hacinados en bolsas del Mercadona, llenos de polvo, y probablemente abandonados al lado de un contenedor.
Sinceramente no me preocupa demasiado, siempre habrá alguien que les guste, da igual que sirvan para decorar  una bonita y acogedora casa o una chabola.
En esta extraña relación que tengo con el arte solo me interesa el momento, en la consecución de mi objetivo, en sacar el alma a un retrato, a un objeto o a un paisaje.
Sólo me preocupa que la persona que desaloje mi casa no sienta lo mismo que estoy yo ahora sintiendo por mi cruel actuación:
 El desahucio  al que ahora mismo estoy sometiendo a esas imágenes del primo Sixto y la prima Inés, desmontando los marcos y sacando las preciosas fotografías de los momentos más importantes de sus vidas.
Me avergüenzo de confesar que dibujos míos están ocupando los marcos dorados de casi 80 o más años albergando sus fotos.
Me siento como una ocupa, lo único bueno de todo esto es que la proximidad de las imágenes fotográficas, el poderlas tocar, ya fuera del marco y del cristal, me hace penetrar más en sus almas para poder entender sus vidas


Tanta decadencia y siniestrabilidad me superaba. Salí con dos bolsas enormes de cuadros con fotografías llenas de vidas huecas y borrosas en el tiempo.
Cuando llegué a mi casa fui limpiando uno a uno los cuadros carcomidos y polvorientos. Quitándole los cartones medio podridos y las puntas oxidadas para sacar las fotografías, que afortunadamente estaban perfectas.
 Me llamó la atención que en la parte trasera de las fotografías tamaño postal ponía en todas una dirección de Buenos Aires.
Fotografías de la boda del primo Sixto y la prima Inés, de la comunión de Inés, de un café con personajes bien vestidos, de un grupo de amigos o familiares con los primos, del primo Sixto vestido de gaucho, con ropas de fiesta subido a un caballo e Inés agarrando las bridas. Todas con el sello de una tienda de fotografías de Buenos Aires.
El primo muy guapo y sonriente he de reconocer que se parecía bastante a mi padre. La prima bellísima, las proporciones en su cara eran perfectas con unos enormes ojos oscuros y almendrados  envueltos en un halo de tristeza y melancolía.
Aquellas fotografías, bellas fotografías en blanco y negro, ya sacadas de la bolsa del mercadona, y en mis manos, iban dando forma y rellenando las vidas que un principio parecían vanas.
Todo esto hizo preguntarme lo poco que sabemos de las personas que pasan por nuestras vidas y me maldije por no haber tenido una conversación con la prima Inés en aquéllas ocasiones cuando subía a verla con mi hermana. Íbamos de tarde en tarde, y siempre se quejaba de que estaba muy sola…
Alargábamos la distancia de las visitas porque la mayoría de las veces estaba ebria y criticaba sin parar al sobrino, a Manolín, que era una muy buena persona. Y ya sabíamos lo que nos iba a decir, siempre repetía lo mismo. Con lo interesante que hubiera sido que nos hubiera contado algo de sus vidas en Argentina.
Y de esta forma comencé a interesarme por la vida de los primos en Argentina.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola
Ya era hora,que escribieses una de tus maravillosas historias
Qué alegría...ya estoy ansiosa de leer l pròximo
Nunca dejes de escribir y pintar
Besossss