jueves, 19 de abril de 2018

Abril, Zarza de Granadilla



Estas fotografías están dedicadas a todos mis amigos que no pueden disfrutar de nuestro maravilloso paisaje.

Abril para vivir...
Abril para cantar...
Abril para soñar...













































jueves, 1 de marzo de 2018

Los Primos (completo)

Brígida Seguín

Los Primos


Dedicada para los que me dicen:
Últimamente tienes abandonado el blog. No dejes nunca de escribir.
Por esta razón voy a ir publicando, por capítulos, esta novela que llevo tiempo escribiendo.
Y lo voy a hacer así por dos razones: la primera porque así me obligo a escribir y la segunda porque de pequeña y de joven era una fan empedernida de las fotonovelas.... Que, en un descuido de mis hermanas mayores, me apropiaba de ellas y leía a escondidas.
Espero que os guste hay mucho de realidad pero mucho más de ficción.

I





Cuando murió la prima Inés a los 99 años de edad, casi cincuenta años más tarde que su marido, el primo Sixto, le dejó toda la herencia a un sobrino soltero que vivía con ella.
 Hace pocos meses que el sobrino falleció de un infarto y el piso pasó a manos de los familiares más cercanos.
 Yo no había vuelto a entrar en esa casa desde que fui con mis padres a Madrid, siendo niña, a la edad de siete años, para asistir a la celebración de la misa anual del fallecimiento del primo Sixto.
 Mis padres organizaron un viaje a Madrid para San José, el día 19 de marzo, era el día del padre y festivo en toda España. Mis hermanas mayores se quedarían en el pueblo cuidando del negocio de mi padre y de los hermanos pequeños.
 Mi madre estaba muy delgada pero tenía una barriga prominente, porque esperaba un hijo.
 Los médicos primero le dijeron que era un bulto de grasa, que al parecer le salió después de hacerle un raspado, nunca entendí que podía ser un raspado, raspar algo a una persona…, cómo no fuera la caspa de la cabeza con un peine fino, que era lo que nos pedía mi padre antes de dormir la siesta… No se me ocurría otra cosa en mi corta e inocente edad.
 Se lo oí decir a mi padre en una madrugada: que cuando más tarde le hicieron una radiografía vieron que la bolita de grasa se había convertido en un niño, es decir  que estaba preñada.
Yo estaba impaciente por ver a nuestra vecina cigüeña volando por nuestro pequeño  y luminoso cielo entorno a la ermita del Cristo, portando al hermanito.
 Hasta ahora sólo las había visto llevando en  su largo pico, culebras, sapos y palos, a pesar de la gran cantidad de niños que nacían en el pueblo.
Imaginaba a la cigüeña que dulce y suavemente metía su pico en el ombligo de mi madre y que,  de manera sigilosa y silenciosa extraía al nuevo hermano sin ser vista por nadie. Se lo llevaba a París, no sé a qué si luego tenía que volverlo a traer..., y encaramada en una nube, lo lavaba con el agua limpia y clara procedente de gotas suaves y tibias de lluvia primaveral, y que deshilachaba una nube de algodón y le tricotaba con su largo y ágil pico una toquilla para arrullar al nuevo bebé.
 Y así limpio y calentito, cualquier día de estos, en una madrugada, nos dejaría al bebé en la cuna en la que aún dormíamos mi hermano y yo.
Mi prima me dijo un día, que lo de la cigüeña era un cuento chino, que ella a escondidas vio parir a mi tía de la misma forma que lo hacen las cabras: por la vagina.
 Pero yo ni la dejaba de creer, ni la quería creer… porque entre otras cosas lo más seguro es que fuera pecado andar en esos pensamientos…, ya que casi todo o todo en aquéllos tiempos era pecado…
Sobre todo  tratándose de esas partes bajas del cuerpo, y yo que tenía próxima mi primera comunión no podía permitirme esos devaneos anti cigüeñiles, aunque le viera cierta lógica al atrevimiento de mi prima, de negar que los niños vinieran de París.
¡Vaya galimatías!
 Difícil de entender a esa edad: por un lado el niño, según mi prima, estaba en la tripa y creciendo a marchas forzadas… por el tamaño que iba tomando la bola..., y por otro lado la gran contradicción con la cigüeña que traía a todos los niños nada menos que de París. 
¿Cómo se podía entender eso? ¿Cómo podía estar en París y a la vez en la tripa de mi madre en el pueblo?
Tantas incógnitas sólo podían tener una explicación religiosa: Sería Dogma de Fe como casi todo en los años 60.
 Harto complicado el tema. Por todo este lío de la cigüeña, pensaba yo, no sabían si sería conveniente que mi madre, en su estado, fuera a Madrid.
Llegué a pensar, siempre ha sido un defecto mío pensar demasiado, que seguramente este viaje ocasionaría un grave problema a las cigüeñas de la Ermita del Cristo, pues aquí no tendrían ningún inconveniente ya que conocían muy bien a mi madre, la veían todas las tardes cuando se sentaba con las vecinas a coser calcetines con tomates en la solana. Y nuestra casa estaba muy cerca, no tenía pérdida…, tan sólo tenía que cruzar el regato volando y posarse en la  chimenea que estaba casi paralela a su nido.
Pero a pesar de su cercano parto, entre comillas, y mi enigma con las cigüeñas, ella ha decidido que irá con mi padre a Madrid y también quieren llevarme a mí con ellos como regalo de mi primera comunión que será en Mayo.
El principal motivo de este viaje, como ya he dicho, es asistir a la misa que se va a celebrar por el primer aniversario de la muerte del primo Sixto y para acompañar a la viuda, la prima Inés.
Cuando llegamos a Madrid después de un largo viaje, nos encaminamos al barrio de Carabanchel Alto, allí vivía la prima, la viuda, en un quinto piso sin ascensor.
 Nos recibió la viuda, enlutada y con un largo velo tapando su pelo negro  peinado hacía atrás, recogido en un moño bajo y con un mechón blanco a la altura de la frente, llorando y haciendo espavientos:
 ¡Ay, primos!
¡Ya ha pasado un año…!
¡Cuánto le echo de menos!
 ¡Gracias por venir…!
 La prima Inés había engordado y su hermosa cara resplandecía tersa y lozana. Algunas venas rojas irrigaban su nariz. 
  Le oí decir a mi tío Tente, que le daba mucho al morapio, y que desde que murió el primo a veces bebía más de la cuenta…, por eso a menudo llora a voces y critica al sobrino Manolín que se quedó a vivir con ella.
Pero cuando está sobria es amable, alegre y educada y huele muy bien a un perfume suave de rosas y a polvos de talco.
Entre llantos y suspiros nos fue enseñando todas las estancias del piso, todo ordenado y limpio, y el suelo de damero pulcramente encerado.
En el baño colgaban bonitas toallas con puntillas de ganchillo que ella había tejido y en la repisa por encima del lavabo había varias barras de carmín de diferentes tonos y un perfumador con una pera de goma y largos flecos de seda dorados, un peine de carey y un cepillo de pelo de jabalí.
 Se empeñó en que mis padres durmieran en el dormitorio del matrimonio; ellos no querían…
 Pero ella a voces, porque tenía una voz potente mezcla asturiana y argentina, gritaba:
- No hay más que hablar…, vos dormís aquí…, que a mí ya me sobra media cama…
Lloraba alborozada, y lagrimones redondos y limpios rodaban por el rostro enrojecido, terso y sin muecas.
 A mí me abrieron una cama turca que estaba al lado del balcón. Apenas dormí en toda la noche, no estaba acostumbrada al ruido y a los fogonazos de los coches que transitaban por la calle.
Me llamó la atención la decoración de la casa: los espejos, los cuadros y las fotografías enmarcadas. La cristalería y los objetos de decoración, de los que nosotros carecíamos en nuestra casa del pueblo. En mi casa nunca vi un adorno, todos eran objetos útiles.
 Los muebles sobrios del salón, cuadros pequeñitos colgados de la pared, ceniceros de cristal tallado y un gran sombrero mejicano bordado con hilo de plata.

Han pasado ya 56 años, y acompaño a mi sobrina a recoger algunos enseres de la herencia. Subo las escaleras de paredes desconchadas y suelos sucios. Huele a desahucio, a basura y a abandono… sólo un fuerte olor a especias hace pensar que la vida sigue en este edificio de apariencia abandonado.
 Nada que ver con esa primera vez, que olía a limpio, cera virgen, amoniaco y resplandecían los suelos y los llamadores dorados de las puertas.
Según vamos subiendo, del segundo sale un esbelto y guapo chico negro saltando las escaleras de dos en dos; del tercero, unas jóvenes  chicas chinas nos saludan y sonríen tímidamente.
Todos los pisos los han ido  alquilando o comprando inmigrantes porque los españoles no quieren subir escaleras, comenta mi sobrina.
De hecho los herederos han vendido el piso del primo Sixto y la prima Inés  a unos chinos, y les han dado una semana para que recojan los enseres.
La entrada al piso fue desoladora, lo invadía un cierto olor a rancio, a caspa amarillenta, a ropa sucia y a humedad.
¡Aquella casa que olía siempre a colonia fresca, a lilas y a pétalos de rosas!
El baño desprendía un fuerte olor a cloaca. Toallas sucias con las puntillas desgarradas colgaban de los toalleros
 Los papeles pintados que tan pulcramente había colocado el tío Tente como si fuera un palacete, ahora estaban despegados y caían hasta media pared. Los espejos estaban totalmente opacos por la capa de grasa y suciedad que los cubría, lo mismo les sucedía a cuadros y fotografías; la plata ennegrecida. 
Los tapetitos de ganchillo, a los cuales era muy aficionada , parecían bayetas grises  y el sombrero mejicano bordado con hilos de plata estaba envuelto en una maraña de polución, polvo y telarañas.
 Los suelos de baldosines hidráulicos que en su día brillaban por la cera que les aplicaba con trapos de lana virgen, ahora la capa de cera se había convertido en una pasta pegajosa llena de huellas del pasado y de pisadas recientes. Apenas se distinguía en el damero el blanco del negro.
Entré en el dormitorio, en el que dormí siendo niña…, y los muebles eran los mismos, la cama de matrimonio estaba hecha, pero la bonita colcha blanca de ganchillo se había tornado en gris oscura por la suciedad de la contaminación y los desconchones de yeso que le habían  caído del techo.
Mi sobrina empezó a toser por un ataque de alergia…
 ¡Ay tía! me ahogo aquí…
- Vamos a abrir las ventanas…
- Y coge lo que quieras tía, va a ir todo a la basura…
 - Tan sólo me interesan los cuadros y las fotografías, le dije, tú coge ese aparador, que restaurado te quedará precioso.
Salí de allí cabizbaja y apenada, recordando la primera vez que fui allí…
Recordando a los primos, a mis padres, a Manolín, a tío Tente y a la cigüeña…, todos desaparecidos actualmente. Menos las cigüeñas que ahora están menos atareadas y picotean plácidamente en las praderas de mi pueblo porque ya los niños en mi pueblo no vienen de París.
Tan sólo quedaban las viejas cucarachas que corrían despavoridas por todas las estancias de la casa.
Y, al bajar las escaleras, enseguida pensé lo que sucedería en mi casa cuando yo como la prima Inés me vaya.
Pensé en mis cuadros, en mis carpetas de dibujos, mis escritos y mis fotografías repartidos por toda la casa en un desorden existencial.
Acabaran de la misma forma, hacinados en bolsas del Mercadona, llenos de polvo, y probablemente abandonados al lado de un contenedor.
Sinceramente no me preocupa demasiado, siempre habrá alguien que les guste, da igual que sirvan para decorar  una bonita y acogedora casa o una chabola.
En esta extraña relación que tengo con el arte solo me interesa el momento, en la consecución de mi objetivo, en sacar el alma a un retrato, a un objeto o a un paisaje.
Sólo me preocupa que la persona que desaloje mi casa no sienta lo mismo que estoy yo ahora sintiendo por mi cruel actuación:
 El desahucio  al que ahora mismo estoy sometiendo a esas imágenes del primo Sixto y la prima Inés, desmontando los marcos y sacando las preciosas fotografías de los momentos más importantes de sus vidas.
Me avergüenzo de confesar que dibujos míos están ocupando los marcos dorados de casi 80 o más años albergando sus fotos.
Me siento como una ocupa, lo único bueno de todo esto es que la proximidad de las imágenes fotográficas, el poderlas tocar, ya fuera del marco y del cristal, me hace penetrar más en sus almas para poder entender sus vidas


Tanta decadencia y siniestrabilidad me superaba. Salí con dos bolsas enormes de cuadros con fotografías llenas de vidas huecas y borrosas en el tiempo.
Cuando llegué a mi casa fui limpiando uno a uno los cuadros carcomidos y polvorientos. Quitándole los cartones medio podridos y las puntas oxidadas para sacar las fotografías, que afortunadamente estaban perfectas.
 Me llamó la atención que en la parte trasera de las fotografías tamaño postal ponía en todas una dirección de Buenos Aires.
Fotografías de la boda del primo Sixto y la prima Inés, de la comunión de Inés, de un café con personajes bien vestidos, de un grupo de amigos o familiares con los primos, del primo Sixto vestido de gaucho, con ropas de fiesta subido a un caballo e Inés agarrando las bridas. Todas con el sello de una tienda de fotografías de Buenos Aires.
El primo muy guapo y sonriente he de reconocer que se parecía bastante a mi padre. La prima bellísima, las proporciones en su cara eran perfectas con unos enormes ojos oscuros y almendrados  envueltos en un halo de tristeza y melancolía.
Aquellas fotografías, bellas fotografías en blanco y negro, ya sacadas de la bolsa del mercadona, y en mis manos, iban dando forma y rellenando las vidas que un principio parecían vanas.
Todo esto hizo preguntarme lo poco que sabemos de las personas que pasan por nuestras vidas y me maldije por no haber tenido una conversación con la prima Inés en aquéllas ocasiones cuando subía a verla con mi hermana. Íbamos de tarde en tarde, y siempre se quejaba de que estaba muy sola…
Alargábamos la distancia de las visitas porque la mayoría de las veces estaba ebria y criticaba sin parar al sobrino, a Manolín, que era una muy buena persona. Y ya sabíamos lo que nos iba a decir, siempre repetía lo mismo. Con lo interesante que hubiera sido que nos hubiera contado algo de sus vidas en Argentina.
Y de esta forma comencé a interesarme por la vida de los primos en Argentina.

                                                                                 
                                                                                  II



Interesada por descubrir la vida de los primos en Argentina y ante la imposibilidad de encontrar algún familiar que pudiera informarme llamé desesperada a mi sobrina Teresa, y le dije que fuera al piso y recogiera todos las carpetas azules y papelorios que habíamos dejado en la cómoda.
 -Necesito información y es el único lugar donde puedo encontrar algo.
-Tía es imposible mi padre ya le ha entregado la llave a los chinos.
- Da igual, le dije, Teresa, ve, llama, y dile que se nos ha olvidado un documento importante.
- Tía no puedo, me da apuros...
- No digas bobadas, sube y si no te contestan abre el pestillo con una horquilla de moño.
-¿Qué me dices?
-Sí lo que oyes.
- Si me encuentran allí los chinos me convierten en rollito de primavera.-
-Tú llama primero y si no te contestan abre, es un minuto lo que vas a tardar.
-No sé tía...
-Bueno que no se diga...
-Vale tía, pero me puedo meter en un lío...
-Espera ,ve primero al bazar, ese que está al lado, fíjate bien, estoy segura que el chino más alto es el que ha comprado el piso.
- Pero tía  yo creo que eran todos más o menos de la misma estatura...
-No, uno era más alto y tenía los ojos más achinados.
-Pero tía si tienen todos más o menos la misma estatura y los ojos los tienen todos achinados.
- Mira, entra en la tienda y disimula como si fueras a comprar algo...
- Sí, ¡bragas!, compra bragas, que si te ve comprando bragas no se te acerca. Dime cómo es el chino, me lo describes, y yo te diré si es el que ha comprado el piso.
-Tía estoy entrando en la tienda y hay dos chinos y una china.
-Vale, vete hacia la caja de cartón donde tienen las bragas y ponte a rebuscar disimulando.
-Ya estoy, el chino de la derecha, es más o menos de estatura mediana y el otro..., ¡igual, tía!
-Pues eso ayuda poco. ¡ El pelo! tenía el pelo muy tieso y peinado hacia atrás, con entradas.
-Tía tienen los dos el mismo peinado y me están mirando raro.
- Le he sonreído y uno de ellos me ha correspondido y si te sirve de algo tiene un diente de oro.
-Ese, ese es el dueño del piso, el que tiene el diente de oro. Ahora me acuerdo, es el colmillo.
-Pues no sé tía.
-Es ese, puedes subir tranquila y abrir con la horquilla la puerta.
- Y digo yo tía..., que por qué no le digo que si puede subir y darme los papeles?
-¡Ah! pues tienes razón, y si no quiere pues ya vemos lo de la horquilla...

No hubo ningún problema el chino muy amable acompañó a mi sobrina al piso y ella  entre estornudos y lagrimeos por el polvo y los ácaros llenó otro bolsón con todos los papeles que por suerte aún no habían ido a parar al contenedor de la basura.
Si se enterara la prima Inés que su casa la han comprado unos chinos le daba un patatús ella que se había vuelto tan racista  en los últimos años de su vida a finales de los 90, y que ponía a parir a los pobres primeros inmigrantes, negros y asiáticos que por necesidad comenzaban a venir en oleadas a España como en su día lo hizo ella a Argentina.
 Es curioso como la mente borra y aplica sin ser consciente probablemente los mismos, tabúes, conceptos y tratos vejatorios a los que en algún momento ella fue sometida, y no existe la empatía necesaria para entender: coño si yo fui una desgraciada como ellos ahora  lo son aquí en mi país.
Algo ocurre en nuestras cabezas que nos deshumaniza que no llego a comprender.

Rebuscando en la gran bolsa de Mercadona y mirando en sobres y papeles he encontrado cartas con matasellos de 1920  hasta 1954 y una especie de diario de Sixto, un cuaderno amarillento y apergaminado, una foto de Sixto y sus padres y un sobre amarillo que contiene tres pasajes de barco, dos de adultos y uno de un menor.
He pasado varias semanas e incluso meses mirando los papelorios con gran detenimiento y he deducido que el  9 de octubre de 1922, Sixto, con tan sólo 7 años, emprende su aventura a Argentina con sus padres: Juan y Adela.
Después de un largo y tortuoso viaje en un coche destartalado desde un pueblo de Extramadura espera junto a sus padres en el puerto de Vigo para subirse al barco que los llevará a Argentina.
Su padre, Juan, aprieta fuertemente en sus manos los pasajes del barco metidos en un sobre  amarillo pajizo.
Toda la familia les ha ayudado para poder emprender este viaje. Atrás dejan una vida llena de privaciones, pobreza y pocas alegrías.
Hacía tiempo que llegaban al pueblo noticias de aguas allá, que allí en Argentina era posible hacer fortuna fácilmente...
Que el gobierno proporcionaba a los inmigrantes parcelas para el cultivo, y de esa forma asentar allí la población que en aquella época era muy escasa en el país. Al parecer existían  grandes extensiones de terreno listas para ser ocupadas por los colonos y para ser cultivadas con pastos y cereales para alimentar a numerosas reses de ganado vacuno y lanar.


Emprendieron su viaje ligeros de equipaje con: las cuatro reglas algunos hombres, no así las mujeres que eran analfabetas la mayoría.
 Arrugas profundas en rostros aún jóvenes e inocentes, miradas tristes y esperanzadoras, y miedo a lo desconocido.
Ataviado, el padre, con el traje que el tío Pompilio le hizo para la boda y ella con la falda de lana que le tejió la abuela con la vieja rueca.
 Los bolsillos vacíos, sólo un puñado de higos pasos que les regaló su tía Melchora, y , en la faldriquera dos mil reales  que toda la familia había reunido.
 Es todo lo que llevan, más la loca ilusión, en su todavía cabeza joven, de verse cabalgando a caballo por las grandes praderas de la Pampa dirigiendo reses de ganado, y en las tardes del domingo bailar un tango en la cantina.
 En un hatillo lleva la madre la abollada merendera de aluminio con la comida: tajadas de tocino, costillas de cerdo adobadas y chorizos fritos metidos en el interior de una gran hogaza de pan. En una cesta de mimbre lleva quesos de cabras conservados en aceite y pimentón, morcillas, chichas secas, tocino salado y perrunillas.
No saben si van a tener suficiente comida para todo el trayecto, deben controlar muy bien las raciones.
¿Por qué se marchan del pueblo?
¿Quién les asegura que en Argentina les espera una vida mejor? Es la duda constante que todos llevan en mente, pero la ilusión por el cambio y las pocas esperanzas de un resurgimiento económico en España hace que sigan para adelante.
Por hambre se marchan, y por desesperación de oír cada noche como suenan las tripas de Sixto.
Intranquilos y expectantes sueñan día y noche en subir a ese barco que les llevará sabe dios dónde.
Les acompaña otra familia el señor Enrique y la señora Susana y su hija Beatriz.
Igual que ellos han gastado todo su dinero en los pasajes. Se van con mucha pena y amargura pero quieren ver si es cierto que en el nuevo mundo encontrarán trabajo y les sacará de la miseria.
Han visto en un recorte de periódico todo manoseado que recorre el baile de tía Lucera a una familia extremeña posando junto a una casita, se ven los niños bien vestidos y sonriendo y no zarrapastrosos y con cara de hambre como están todos en el pueblo.
El señor Enrique porta un maletín de madera con sus preciadas herramientas de su oficio de albañil: la paleta, la llana, el cincel, el nivel, la cinta métrica y la plomada, una libretita y un lápiz gordo de carpintero de color rojo.
Herramientas que guarda perfectamente limpias y pulidas como si se tratara de un maletín de instrumental médico.
En esa maleta va todo su futuro, sueña con construir bonitas casas con porches y jardineras en esas grandes praderas, ya que en su pueblo debido a la miseria y la pobreza de los habitantes, sólo construye paredes de pizarra y barro que separan fincas y huertos.
Su mujer, Susana, es una hermosa señora de 28 años, alta, rubia y de ojos claros, y de gran presencia. Ella tiene ya familiares allí, que emigraron  varios años antes, el tío Pedro y la tía Mariquita.
 A menudo su hija Beatriz se subía en el campo en la cima de las montañas de palos de tabaco y poniendo sus manos en forma de catalejos, voceaba: desde aquí veo a tío Pedro y a la Mariquita con el niño… Pronto esa imagen ficticia se convertirá en realidad.  
Empieza a llover y el viento sacude con fuerza punzantes gotas de agua contra sus rostros curtidos y envejecidos antes de tiempo. Las pesadas telas de sus ropas se empapan de agua,  pesan y huelen a trapos mojados.
Hacinados en el puerto y envueltos en una neblina que les cala hasta los hueso se dan calor unos a otros. Se envuelven en mantas de pastores, tiritan de frío, castañean los dientes de Sixto y de Beatriz, pero ellos no paran de jugar y de correr entre los bultos del pasaje. Juegan con una pelota de badana y ríen y saltan sin importarles el mal tiempo.
Enrique comienza a toser y su mujer le mira temerosa, le asusta que  pueda coger  una pulmonía y no llegue a su destino. Enciende un cigarrillo y escupe a las oscuras aguas saladas las briznas del tabaco.
No hablan, sólo  se miran y, los adultos, aprovechan para llorar ahora que las lágrimas se mezclan con la lluvia y no les delata la tristeza.
Es muy duro tener que abandonar tu país, tu pueblo, tu familia y más duro aún irte así a la aventura sin saber donde irás a parar.
 Han gastado todos sus ahorros en el pasaje, le quedan pocos reales para establecerse allí con dignidad pero si es cierto lo que dicen de hacer las "Américas" pronto el pasar hambre será sólo un mal sueño es el consuelo que les queda.
Son las ocho de la tarde y el barco no zarpará hasta las cinco de la madrugada. El sol se está poniendo en el horizonte entre nubes negras y rojas.
 Parece que amaina, a ver si hay suerte y deja de llover y les deja echar una cabezada en las improvisadas camas con los bultos del equipaje. 
Se callan los niños, dejan de llorar los bebes engachados en las tetas secas de sus jóvenes madres. El mar golpea sus olas contra los diques de contención de manera pausada y candenciosa y se cierran los ojos enrojecidos para caer en un leve sueño. 
Suena la sirena, y de un salto se ponen todos en pie, recogen sus enseres, grandes cajones de madera, hatillos de ropa y apelotonados como si fueran animales van subiendo al barco.
Sixto y sus padres van a un camarote de segunda clase y Beatriz con los suyos  tiene un pasaje de tercera. 
Una vez dentro deciden que subirán al camarote las dos mujeres y la niña, y los hombres y Sixto se quedaran abajo, en la zona próxima a las bodegas.
Vamos, vamos…, son tratados con brusquedad todos los pobres que tienen un pasaje de tercera clase y dirigidos a una zona del barco donde yacen hacinados, los más privilegiados en catres y los demás en el suelo.
Se van acomodando como pueden en el suelo, y no se separan ni un instante.
La travesía es larga y dura, mareos, vomitonas, toses tísicas y carraspeos retumban en las largas  noches.
Durante el día, se suceden de manera habitual, discusiones, peleas, robos, epidemias y hasta muertes repentinas. Esas bodegas son como ollas a presión donde la dignidad humana deja mucho que desear.
Se las ingenian para entrar todos en el camarote cuando no son vistos para darse ánimos los unos a los otros, sobre todo por las noches.
Pero durante el día tienen que bajar para no ser descubiertos.
Casto y Beatriz se escapan a cubierta sin ser vistos por los gendarmes y respiran el aire puro libre de olores fétidos y agrios de los vómitos.
En estas condiciones infrahumanas, y desnutridos, después de cuarenta días de viaje, atracan en el puerto de Buenos Aires.
Apenas pueden caminar, les cuesta arrastrar sus pesados equipajes, están  muy débiles y desmejorados con sus rostros pálidos parecen almas en pena, pero al fin pisan tierra firme y sonríen.
El puerto es enorme y caminan sin rumbo, hasta que ven a un joven con pantalón y camisa negra que porta un enorme cartel que pone: a la Pampa.
Sixto, le dice el padre: ¿ Es eso lo que pone en nuestro papel, La Pampa?
¡Sí padre!
Se acercan al joven porteño, que les dice que les enseñen sus pasajes, buscan en sus bolsillos, se los entregan.
 Sólo una familia es alojada en el hotel, Sixto y sus padres la otra familia es rechazada por no tener billetes segunda.
No se esperaban este contratiempo habían oído que serían acogidos todos en el Gran Hotel del Inmigrante. Pero antes la masiva afluencia de personas de casi todo el mundo sólo eran instalados por cinco días los de segunda clase.
En esos cinco días las mujeres se ocuparan de los niños y lavar las ropas en los lavaderos y los hombres según sus oficios irán a las largas colas de la oficina de colocación para que les asignen un trabajo.
Las dos familias han convenido que en cuanto les asignen un empleo se pondrán en contacto para reunirse de nuevo.
Enrique, Susana y Beatriz se quedan desconsolados  al quedarse solos, cansados y sin apenas dinero y nada que llevarse a la boca.
De pronto aparece un joven con cara de pillo y les dice ustedes vengan conmigo que yo les indico un lugar para cobijarse, por unos pesos…
Aunque desconfían de él no les queda más remedio que seguirle. En algún sitio tendrán que reposar, ya se está haciendo de noche. 
 Mañana será otro día, y regresaran a las inmediaciones del hotel, se juntaran de nuevo con sus paisanos y juntos irán a esa tierra prometida que les va a traer abundancia y felicidad a todos.
 En su pueblo estaban muy mal, una gran crisis económica asolaba Europa después de la primera Guerra Mundial y como consecuencia a España, apenas había trabajo y pan que comer, por tanto por muy mal que les vaya no creen que la cosa pueda ser peor, están muy acostumbrados a las privaciones.
El joven bonaerense les lleva a una pensión de mala muerte, en un barrio marginal por donde deambulan inmigrantes de todas partes del mundo, mal vestidos y con caras de hambre.
 Como dijo el pequeño Sixto cuando atracaron: padre esto parece Babel.
Así parecía, Babel,  hablaban italiano,  francés, inglés, alemán, y hasta chino y eso que habían oído que las autoridades argentinas preferían que los inmigrantes fueran europeos, y preferentemente alemanes, había gente de todas las partes del mundo.
No les convenció la pensión, por el aspecto era posible que se llenaran de piojos y de chinches si se quedaban allí, y además les cobraban caro.
Comenzaron a deambular y cuando cerraron una tienda se acurrucaron en el portal, se taparon con una manta y el señor Enrique descansó su cabeza  encima de la maleta de herramientas, temiendo que se la robaran.


Mañana será otro día, no valen llantos, ni lágrimas…, hay que seguir para adelante como sea… dice Susana.


                                                                                III




Mal empezamos durmiendo en la calle como si fuéramos indigentes, y  menos mal que es verano...-le susurra Enrique a su mujer-
-Imagina que estás durmiendo en la era rodeado de nuestro pequeño cielo estrellado...
 No te preocupes mañana con la luz del día le veremos otra cara al asunto.
Muertos de miedo y de angustia, pero procurando que sus rostros no lo reflejen para no asustar a la niña, se quedan quietos y acurrucados en el portal.
 Las tripas de Beatriz suenan en la silenciosa noche como sonaban en el pueblo, o si cabe aún con más nitidez, y se mezclan con ladridos de perros callejeros.
Agotados por el cansancio se quedan profundamente dormidos bajo la luz de la luna y de la noche estrellada.
Al amanecer les despierta un perro que olisquea la cesta de la comida, donde apenas quedan unos trozos de tocino rancio.
Al rato comienzan a oírse voces de personas, que deambulan de acá para allá y ruidos metálicos de trapas y candados que abren  tiendas, carnicerías y tabernas…
Se atusan los pelos, sacuden las ropas y se dirigen a la taberna. Tímidamente Enrique pregunta lo que les cuesta un café con churros y se piden un tazón grande de café con leche con una ración de churros para los tres.
Les atiende un camarero orondo y con un gran bigote, que parece que les mira con desprecio, o esa es la sensación que tienen ellos.
El señor Enrique muy educadamente le dice que son españoles, que él  es albañil y que busca trabajo. El cantinero le mira por encima del hombro, y le dice que si da una patada salen cincuenta albañiles argentinos, que lo que mejor podían haber hecho era quedarse en España, que a los oriundos  no les gusta nada que vengan a quitarles el trabajo.
-Venimos aquí porque su gobierno ha pedido a Europa mano de obra, al parecer ustedes tienen un país muy grande y muy despoblado- responde Enrique indignado-
Eso era hace unos años ahora nos sobra mano de obra.
-Un familiar nuestro que está, en Córdoba, nos escribió y nos dijo que necesitaban albañiles.
Obtiene una mueca como respuesta.
La señora Susana que ve el percal, saca pecho, se quita el pañuelo de la cabeza, y asoma una hermosa cabellera rubia y ondulada; se coloca la horquilla del moño y se acerca al maleducado cantinero, que ante la gran presencia y belleza se siente  turbado  y  empequeñecido.
- Vamos a ver, le dice, tiene usted un hermoso local pero un poco descuidado, debe de ser que tiene usted mucho trabajo y no tiene tiempo de limpiar…
- ¿No necesitará una mujer que le adecente el local, la cocina y le haga buenos guisos…?
El hombre apabullado por el desparpajo y hermosura de la mujer le dijo, pues sí… pero…
Pero… qué…, mire mis manos callosas de tanto trabajar en mi país. Por un alojamiento y comida para mi familia, le limpio y le cocino a diario para toda su clientela.
El camarero no miró las manos de Susana si no que miró sus hermosos y brumosos ojos azules bañados de rabia y de melancolía.
 -De acuerdo dijo el cantinero, embobado por la belleza de Susana.
-¿Dónde está el cuarto?
-Ahí, en la trasera pueden alojarse.
En un santiamén Susana limpió el cuartucho y colocó su equipaje donde pudo. Su marido sonreía admirando el coraje y la valentía de la gran mujer que tenía.
Susana enseguida se ganó la confianza del cantinero y cada día organizaba ella sola la compra y la comida para los inmigrantes. Cada vez la clientela era más grande gracias a su habilidad y buen trato.
Un día Susana limpiando en el almacén encontró un viejo acordeón, lo limpió con esmero, se sentó en un bulto y se puso a tocar una hermosa melodía, que Enrique acompañó cantando un tango con su melódica y pausada voz.
 Los ojos se les llenaron de lágrimas al recordar las tardes de domingo que actuaban en el baile de su pueblo.
El cantinero que les oyó se quedó asombrado de lo bien que sonaba el viejo acordeón y de la hermosa voz de Enrique, y les propuso que actuaran por las noches los días de fiesta, a cambio les daría unos pesos y les ampliaría un cuarto más en la estancia.
Aceptaron sin remilgos pues la situación en las calles era insostenible, cada vez había más mendigos y el conventillo que era donde ellos podrían vivir era un lugar insalubre lleno de miseria y de enfermedades por el gran hacinamiento de personas que allí vivían
Susana era una mujer de recursos, sabía cocinar, sabía leer y escribir, sabía corte y confección y lo mejor de todo era su vitalidad y esa hermosa sonrisa que siempre iluminaba su preciosa cara.
Después de una jornada dura de cocinar y limpiar por las noches se deshacía el moño y dejaba suelta su hermosa cabellera rubia y sus ondas caían amablemente sobre sus redondeados hombros.  Pellizcaba sus mejillas para que brotaran los rubores y mordisqueaba sus carnosos labios; y vestía una falda negra que ella había modificado al estilo de las vestimentas que llevaban las jóvenes francesas, también inmigrantes como ella, ceñida a la cintura y con caída evasé y una blusa blanca con puntillitas de bolillo que le había hecho su hermana.
Enrique vestía con su pantalón negro, un poco holgado porque estaba muy flaco y un camisa muy blanca con el cuello muy recosido y, en la cabeza, un sombrero claro de lino.
Salían los dos al escenario de la mano y cada noche las ovaciones se multiplicaban porque cada vez actuaban mejor.
 Cada noche antes de acostarse Enrique le quitaba los zapatos a Susana, le quitaba las medias y ponía sus delicados pies encima de sus rodillas y los  masajeaba,  dedo por dedo, con santa delicadeza hasta que ella se quedaba profundamente dormida.
Si la niña, su hija, estaba dormida, Enrique continuaba sus caricias por los nevados muslos de su mujer hasta llegar a la sima del sexo, y muy callados, conteniendo la respiración hacían el amor a luz de la luna llena que entraba por la claraboya ahumada.
 Beatriz comenzó sus clases en un colegio público donde convivían niños de todas las nacionalidades posibles, donde la pluralidad de lenguas iba puliendo la cabecita de Beatriz y cada vez era más lista y espabilada…
Enrique cada mañana acudía a las puertas del gran hotel del inmigrante con la esperanza de encontrar a su primo Antonio, a la mujer y a Sixto, pero no daban señales de vida.
No era posible que sus primos se hubieran ido dejándoles en la estacada, algo tenía que haberles sucedido, le repetía una y mil veces a Susana.
Cada día cogía su maletín de herramientas y se recorría todas las barriadas buscando trabajo, pero las buenas empresas no contrataban a nadie que estuviera sin papeles, por tanto cogía los trabajos que no quería nadie y le pagaban cuatro pesos.
Desanimado y decepcionado por el nuevo mundo en el que tanto empeño e ilusión habían puesto, llegaba cada noche a la taberna y  hablaba largo y tendido con el cantinero, que al final habían congeniado bastante bien.
-Compañero, le decía el cantinero, yo no despotrico de los inmigrantes, ellos no son los culpables de lo que ocurre en este país; me enoja el descontrol y la mala organización del pelotudo de nuestro presidente que está llenando el país de  personas desocupadas que no tienen más remedio que delinquir para subsistir.
-¡Mírate vos!
 ¿Vos hubieseis  venido de España si  vos hubierais sabido lo que os esperaba aquí?
-Pues no, amigo, y en cuanto ahorre para los pasajes y mi mujer tenga al niño, porque Susana estaba preñada, regresamos a España, amigo, y allí tendrá usted su casa, humilde, pero al fin y al cabo una casa. 
-Esto ha resultado ser un engaño, me iba mejor en España haciendo paredes…
-¿Y, esos familiares que tenéis?
-Están en Córdoba.
- ¿Quién va hasta allí y dónde los encuentro?
 -Dicen que hay casi 800 kilómetros desde aquí.
-Nada, nada, yo en cuanto reuna el dinero de los pasajes nos vamos para allá.
Susana tuvo otra niña, Antonia la llamaron y cuando la niña cumplió cuatro años habían ahorrado suficiente dinero para  pagar los pasajes y regresar a España.
Habían recibido noticias de España y les decían que Antonio y la mujer habían fallecido nada más llegar a Argentina en un accidente y que su hijo Sixto no daba señales de vida.
Enrique antes de su regreso a España buscó por todos los rincones a Sixto pero nada supieron de él, parecía que se lo había tragado la tierra.
Enrique, Susana y la niña Antonia tenían ya los pasajes para regresar a España y esperaban con anhelo el momento de estar en su pueblo con su familia.
Enrique no triunfó en Argentina, a su regreso a España en pocos años aumentó la familia, tuvieron tres hijos más.
 La vida le sonrió poco, a pesar de que era un hombre adorable y muy trabajador, a los 42 años murió de una pulmonía dejando a la familia pobre y desolada. 


Salieron adelante como pudieron gracias a los redaños de Susana y a la plata que les mandaba Beatriz, que  había decidido quedarse en Buenos Aires. Era una chica decidida y resolutiva y pensó que en Argentina le esperaba un futuro mejor que en el pueblo.

                                                                                 IV




Beatriz tenía 16 años cuando regresaron sus padres a España, y  gracias a su buen expediente académico, a su facilidad para los idiomas y a un enchufe que le proporcionó el cantinero del bar donde su madre trabajó, comenzó a trabajar en las oficinas de una gran fábrica de pieles. A su corta edad dominaba varios idiomas: francés, alemán, portugués e inglés.
Con el tiempo fue ascendiendo en la empresa y fue nombrada directora de relaciones comerciales, y esto hacía que realizara largos viajes  a ciudades importantes para realizar contactos comerciales con grandes empresas del sector.
En uno de estos viajes aprovechó para localizar a unos familiares que se habían establecido en La Pampa, en Santa Rosa, antes que ellos llegaran a la Argentina.
Estableció una buena relación con esta familia y en cierta ocasión la invitaron a una fiesta en el club de inmigrantes españoles. Y estando allí vio entrar a un joven muy apuesto con una joven muy bella.
Se quedó mirando al joven e inmediatamente le reconoció, a pesar de los años que habían transcurrido, era: su primo Sixto.
Él no la reconoció pues era una niña cuando se separaron y ahora era toda una mujer.
Se acercó a él y le preguntó:
-¿Eres Sixto, verdad?
-Sí,
¿Y, tú quién eres?
-¿No me reconoces?
Soy Beatriz, tu prima.
Sixto abrió los ojos hasta atrás y corrió  a darle un abrazo.
Habían pasado diez años desde que se separaron pero era mucho lo que los unía como para olvidarse el uno del otro.
Sofocado y nervioso por el encuentro Sixto le contó  a Beatriz, muy resumidos, todos los acontecimientos que sucedieron desde el mismo momento que se separaron al llegar a puerto:
Que al día siguiente de su separación emprendieron el viaje hacía la Pampa.
Antes de emprender el viaje su padre les buscó por el puerto pero la búsqueda fue infructuosa. Entregaron todo el dinero que tenían a un personaje que resultó ser un estafador.
Los montaron en una camioneta destartalada como si fueran borregos y antes de llegar a su ficticio destino reventó una rueda y cayeron por un barranco. Murió mucha gente y entre ellos sus padres.
Él cuando se despertó estaba en un hospital, solo y desamparado. Sin consuelo y llorando como lo que era, un niño, preguntaba por sus padres.
 Se le acercaron un médico y una enfermera y le dijeron que sus padres no habían sobrevivido al accidente, que si tenía algún familiar que pudieran hacerse cargo de él.
Como no tenía a nadie cuando me recuperé me internaron en un orfanato. Allí sólo pasé una semana, lo suficiente para que mi vida allí fuese un suplicio por las palizas recibidas por los chicos mayores, me quitaron los zapatos y las pocas pertenencias que tenía, y en un momento de descuido de los monitores me escapé y me escondí en el remolque de un camión que transportaba potas de leche.
Me quedé dormido con el tintineo de las potas y cuando me desperté estaba en un rancho ante la mirada atónita de una hermosa mujer y de un hombre bajito con cara de buena persona.
-¿Quién eres, hijo?-me preguntó la hermosa mujer-
- Sixto, soy español y he perdido a mis padres en un accidente.- les dije muerto de miedo-
-¡Ah! Otra víctima de esos mafiosos desalmados.
- ¿No tienes a nadie?
- No,  perdimos de vista a mis tíos y a mi prima nada más llegar a Buenos Aires.
Yo acompañé a mi padre a la oficina de colocación y cuando estábamos en la larga cola se acercó un hombre muy bien vestido y le dijo a mi padre que si continuaba allí no iba a conseguir trabajo, que era inútil y que perdía el tiempo, que él por 1000 reales lo llevaba a la Pampa y por otros 1000 reales le proporcionaba un ranchito muy lindo.
Mi padre, como otros hombres, cayeron en la trampa, le dieron el dinero cuando de madrugada nos subimos al camión.
Nos llevaron por caminos polvorientos y mi padre enseguida se percató que aquello no era normal pero no nos quedaba otra opción que continuar.
Y al pasar una curva el camión derrapó y nos caímos al barranco, yo no me enteré de nada, perdí el conocimiento y desperté en el hospital.

Cuando les conté mi triste historia la mujer me ayudó a bajar del camión y me hizo entrar el la casa.
La casa era de adobes y estaba muy oscura y fresca.
Me dieron de cenar y me prepararon una cama y me dijeron que por la mañana hablaríamos.
 Al día siguiente me despertó la mujer hermosa y me dijo que se llamaba Victoria, me llevó a la cocina y me puso el desayuno: un enorme tazón de leche fresca y pan con mantequilla.
Llenó un barreño con agua caliente para que me bañara y al terminar me trajo ropa, usada pero nueva.
Al rato llegó el marido, el hombre pequeñito y regordete con una sonrisa en su cara, Miguel, se llama Miguel, mi padrastro.
Me dijo que tenían que llevarme al orfanato, que si yo quería ellos me adoptarían, pero que no querían problemas con la justicia.
Yo me puse a temblar solo de pensar que tenía que volver allí. La mujer me abrazó y me dijo que no temiera, que dirían que éramos parientes y que probablemente en el mismo día me dejarían libre.
No los conocía de nada pero me sentía tan a gusto con ellos que me parecía que estaba soñando a pesar de la gran desgracia por la pérdida de mis padres.
El señor Miguel y la señora Victoria se pusieron sus mejores ropas y me acompañaron al orfanato. Cuando llegué allí ni se habían enterado que me había escapado, ni siquiera me conocían. Aprovechando esta ignorancia el señor Miguel les dijo que era un familiar lejano y que querían hacerse cargo de mi educación, es decir de mi tutela, y si era posible iniciar la adopción.
No hubo ningún problema había tanta saturación de niños huérfanos y abandonados en Argentina, que más que un problema fue un alivio para la institución de orfandad.
No sé cómo lo hicieron, pero vi como salía mi futuro padrastro de una oficina y que salía guardando su cartera en el bolsillo, pero a partir de ahí yo no volví a pasar calamidades en mi vida.
Cada mañana me llevaba Victoria en una carreta a una escuela rural y me iba a recoger al mediodía. Me han tratado con mucho amor y afecto todos estos años y yo he llegado a cogerles tanto afecto y cariño que los considero como mis segundos padres.
Más tarde, con el paso del tiempo me enteré que fueron de los inmigrantes pioneros que vinieron desde Asturias y que vinieron con una pequeña fortuna y por eso pudieron hacerse con un buen rancho.
 Habían perdido a un hijo de mi edad y curiosamente viendo las fotografías éramos muy parecidos y, eso, me dijo Victoria en una ocasión, era lo que les había ablandado el corazón de su marido y el de ella cuando conocieron mi desgracia.
A los doce años me buscaron una escuela de mecánica porque era lo que a mi me apasionaba. Y me saqué el título de mecánico y ahora mismo trabajo en una concesionaria de coches de alta gama de mecánico.

-¿Y, esa chica que te acompaña, quién es? - Pregunta Beatriz-
-Es mi novia, se llama Inés, es asturiana y es sobrina de mis padrastros.
Llamó a Inés y cogiéndole fuertemente la mano, y más fuerte, aún, la mano de Beatriz, se la presentó, le dijo que pensaban casarse en breve y que irían a España de viaje de novios para ver a sus abuelos y a toda la familia, que los echaba mucho de menos y que no había ni una sola noche que no pensara en ellos.

De esta fortuita manera se volvieron a reencontrar Beatriz y Sixto, ya sin sus padres por medio, unos, desgraciadamente fallecidos y los otros de nuevo en España.
Ellos sentían el uno por el otro una atracción especial, ya en su infancia se escondían en los sitios más recónditos para darse un beso fugaz en la boca y cogerse de la mano: debajo de las faldillas de la mesa camilla de la abuela, o en el corral, o cuando se escondían juntos jugando al escondite…, y en la escotilla del barco cogidos de la mano corrían desafiando al viento que les escupía en la cara besos salados.
 Por eso ahora los dos se miran, con Inés por medio, con el corazón encogido por todo lo que han pasado..., y palpitando de deseos que en algún momento poder perderse entre la gente y buscar un rincón escondido para juntar sus manos y darse un beso.
Esta vez no podrá hacerse realidad ese anhelo irrefrenable que los dos sentían cuando estaban juntos, tendrán que conformarse con  besarse  y juntar sus manos con el corazón.
 Beatriz lo tenía claro, ya se acabaron los juegos de niños y le dolía profundamente en  lo más hondo de sus entrañas, le habían robado a su primo del alma.
Por esta razón y por que no quería sufrir no quiso más encuentros con Sixto.
Se enteró al paso de unos años, a través de su amiga,  que se iban a casar. Cuando recibió la invitación dudó en ir a la boda pero al final decidió asistir para no hacerle un feo a su querido primo.
La ceremonia se celebró religiosamente, los novios iban bellísimos, pulcramente vestido:
 Inés,  vestida de  blanco y casquete en la cabeza con velo de tul resaltaba aún más su belleza fría y serena.
Sixto con chaqué, camisa blanca y pajarita, Parecía un actor de Hollywood, guapísimo con un bigotito fino, que se había dejado.
La jornada fue alegre, con grandes viandas regadas con buen vino.
Hubo un momento al final del banquete en el que Sixto miró a Beatriz y haciéndole señas con los ojos le indicó que se dirigiese hacía el jardín. Se retiraron a un lugar apartado de la vista de los comensales, se sentaron en un banco bajo una acacia, se cogieron de la mano y se miraron a los ojos unos segundos en silencio.
Lágrimas como ríos corrieron por sus mejillas.Se abrazaron y se besaron.
Era la despedida, la despedida a un amor temprano y fraternal, a ese amor dulce, incestuoso y bobalicón que sienten los primos en la infancia, adolescencia y prolongado en el tiempo..., porque el amor no tiene edad.
Días antes de que se marcharan a España de viaje de novios Sixto hizo una comida de despedida con la familia y se hicieron una fotografía de recuerdo y en ella aparece muy seria Beatriz. 
Nunca más volverían  a verse en Argentina, los dos sabían que no podían volverse a ver.

Todo esto lo he sabido por una carta que Beatriz escribió a su hermano Tente, mi tío, y que casualmente encontré entre su papeles. Ya  que él vivió con Sixto e Inés muchos años en Madrid.

Y, ahora,vuelvo a las fotografías para intentar encontrar un poco de luz de esa etapa en Argentina.
Estoy estornudando porque he destripado otro portaretrato, es el pago por este sacrilegio, los ácaros argentinos petrificados en el tiempo se están vengando.
Aparecen Sixto e Inés muy jóvenes, debe de ser al principio de su noviazgo, él sonriendo vestido de gaucho con sombrero y montando a caballo, un caballo flaco, e Inés con un vestido tableado y una cinta en la frente, parece una tenista. Como es habitual posa muy seria, ofreciéndole una pipa de mate. Parecen modelos en una estampa de un anuncio de época:
De estas imágenes se deduce que la vida les sonreía, se les ve bien vestidos, limpios y bien alimentados.
Debe de ser primavera o verano por sus indumentarias y porque los árboles tienen todo su follaje y al fondo se ve un campo de maíz.

 Me fijo en  otra  foto y  ella está  más seria aún y sigue bellísima, con sus ojos grandes muy abiertos y labios carnosos. Es como una modelo bella pero que no trasmite nada, ni tristeza ni alegría.
Eso, sí, parece desenfadada y un poco arrogante, no hay rastro de timidez en su rostro, más bien parece desafiante y segura de sí misma.
Ataviada con un abrigo de lana, hasta media pierna, posiblemente de color marrón, ceñido a la cintura y con cuello de piel. Lleva medias de seda y zapatos finos de vestir de color negro, con tacón, y en la mano derecha lleva una cartera, también de piel.
He ampliado la foto con el móvil y observo que en la mano derecha en el dedo anular hay un brillo, lo que me indica que es su alianza de compromiso. La otra mano reposa encima del hombro del primo Sixto
 Él viste traje rayado, probablemente marrón carmelita, ese color que nos traslada a los años veinte, con rayas, la chaqueta cruzada, con un bolsillo en la parte superior derecha donde luce una pluma estilográfica, esto indica que era una persona instruida, cosa no muy normal en aquélla época. Camisa blanca, corbata con listas diagonales y también aprecio un anillo en su dedo anular y un puro entre sus dedos.
Él al contrario que Inés sonríe tímidamente, su cara es afable y hacen una pareja preciosa, deben de estar a punto de casarse.

Sigo revolviendo cartas y fotografías y encuentro otra foto de grupo hay:  siete mujeres, seis varones y tres niños.
 En medio de la foto hay un señor y señora de unos 60 años quiero creer que son los padres adoptivos de Sixto: Victoria y Miguel.
Victoria, la mujer hermosa como la llamaba su hijastro, está sentada con un abrigo negro y cuello de astracán, a pesar de su extrema delgadez sus facciones son hermosas.Tiene cara de buena mujer y sus manos reposan cruzadas encima de su regazo.
Junto a ella está Miguel, el marido, está como encogido y su rostro refleja una gran tristeza. A su lado Sixto con chaqué, camisa blanca y pajarita, con el pelo hacía atrás muy engominado, sonríe con cara triste, a su lado Inés, curiosamente sonríe, vestida con un vestido claro y encima una chaqueta, a su izquierda una joven muy pálida y flaca y a continuación la bella Beatriz muy, muy seria, es la prima de Sixto. Detrás un niño rubio con traje y corbata, le siguen tres varones, uno de ellos en lugar de llevar chaqueta lleva un jersey de lana a cuadros y cuello de pico con pajarita y parece Federico García Lorca. Otra niña como perdida en la foto y con cara de susto, una señora con grandes pechos, un niño vestido de marinero, a su lado un joven muy trajeado y con un clavel en la pechera junto a una chica, que debe ser su novia, vestida de blanco, y delante de ella, posiblemente, la madre del novio, muy bella muy bien vestida y entrada en carnes y sin duda  ya viuda.
Posan junto al  rancho, y debe de ser a finales del otoño porque la higuera no tiene hojas y el suelo está lleno de hojarascas y el perro está en la solana.


Detrás del grupo se respira soledad y no sonríen ninguno para la foto, ni siquiera los niños, es más los niños tienen cara de susto, sólo Sixto esboza una mueca de felicidad pero contenida como temiendo molestar a alguien.
Por las caras y la edad deduzco que esta foto es una foto de despedida, se marchan de viaje de novios a España y la familia está triste por esta partida.
 Por esa razón están todos tan serios, sobre todo los padrastros.


                                                                             V

                       


  Los padrastros de Sixto, como la mayoría de los inmigrantes ya establecidos en Argentina, iban acogiendo y ayudando a familiares y a conocidos, que iban llegando procedentes de España, y que la mayoría  procedían de zonas rurales.
 Así poco a poco se fueron rodeando de familiares a los que ayudaban a encontrar un empleo digno: de camarero, cocinera, sastra, dependiente, etc.
Y poco a poco iban ascendiendo en su escala social y económica. Algunos se atrevían a montar pequeñas tiendas de alimentación, ferreterías, mercerías, etc., que iban expandiéndose por todo el país. 
Les cambiaba la cara y el talante a los pocos meses de su asentamiento, al estar mejor alimentados, con sus ropajes y sus zapatos nuevos, que muchos estrenaban por primera vez en su vida.
Como querían hacer saber a sus familiares y conocidos que la vida les sonreía en el nuevo mundo se retrataban con sus mejores trajes y por correo postal enviaban los retratos a sus seres queridos.
 Y al ver los aldeanos los grandes cambios producidos se animaban a seguir sus pasos.
 La gran mayoría con paciencia y llevando una vida casi monacal encontraban un trabajo, no para hacerse ricos pero les daba para comer, vestir y mandar algo de dinero a su familia, y lo más importante es que podían escolarizar a sus hijos en la escuela pública y gratuita.
En este ambiente Sixto e Inés  consiguieron un estatus social que difícilmente habrían conseguido en España.
Que tuvieran un buen empleo, que les permitiera vivir desahogadamente..., eso no impedía que su mente estuviera continuamente viajando a su su país, por esta razón se mueren de ganas de  visitar España, y ahora es su mejor momento, aprovechando el viaje de novios.
Inés está loca de contenta de poder regresar a Asturias, echa mucho de menos a sus padres y hermanos, y Sixto desea con toda su alma el reencuentro con sus abuelos y familiares de Extremadura.

Después de un largo  y bonito viaje llegaron Sixto e Inés a España en mayo de 1936, y apenas llevaban dos meses estalló la guerra civil,  no pudiendo regresar a Argentina como tenían previsto en octubre de 1936.
Eso es lo que le dice Sixto a sus padrastros: que no pueden regresar por el estallido de la guerra civil.
Es la excusa perfecta, ellos se habían traído todo su dinero y grandes baúles de ropa por si hubiera algún contratiempo.
Y menudo contratiempo..., nada más y menos que toda una guerra, que los que no la hemos vivido no lo podemos entender.
Inés le suplica a su marido que no regresen a Argentina, que no quiere ni pensar si les llegara a  suceder algo a sus padres... y ellos tan lejos.
Sixto adora a sus padrastros pero su país y su familia lo necesitan ahora más que nunca, eso piensa él.
A pesar de este gran inconveniente, si es que se puede llamar así a una fatídica guerra, estaban tan contentos con sus familiares y en su querida tierra que enseguida se han olvidado de todas las ventajas económicas y sociales que tenían allí, sin olvidar que a menudo eran mirados con recelo y tratados con cierto desprecio por ser inmigrantes. Aunque desde el punto de vista social y económico la ley era igual para todos.

Después de pasar  los dos primeros meses en Asturias y en Extremadura se establecieron en Madrid, viviendo al principio de los ahorros que habían traído.
En un Madrid revuelto por la guerra de la que Sixto no tomó parte de forma activa, pero en cuanto entraron los nacionales en la capital, él tomó partido, e Inés también, cosa curiosa, se pusieron del lado del dictador.
Yo cuando descubrí dentro de las viejas carpetas azules y descoloridas sus carnés de falange española me hice de cruces, no cabía en mi mente que una persona que había sufrido tantas calamidades y que procedía de una familia humilde se pusiera del lado de los poderosos, de los fascistas, que decían que no lo eran, y se habían cargado la democracia.
Estaba de moda en Europa el fascismo, los nazis hacían estragos y eran muy temidos por su racismo exacerbado en Alemania y en Italia.
Y sin duda con la gran inmigración italiana a Argentina la ideología fascista también  llegó hasta allí, y es posible que Sixto debió de acudir a alguna reunión de estos grupos. O tenía conocimientos de su ideología.
El hallazgo de los carnés de falange me ha dejado un poco de zozobra e intranquilidad, por lo que representaba en aquellos tiempos estar afiliado a la falange: fascismo, fuerte convicción nacionalistas, racismo y violencia llevada a cabo hasta puntos insospechados.
No tengo datos, no puedo saber si participó en algún caso de violencia, me cuesta creerlo porque cuando yo conocí a Sixto con cinco años era un hombre encantador, pero yo no tenía edad para poder juzgar a nadie, y  para mi todo formaba parte del orden del universo: la cigüeña en la ermita del cristo, Madrid capital de España, los domingos a misa y Franco el jefe de todos los españoles.
Pero la historia ha demostrado que hombres de estas lides  siempre han sido encantadores con la familia.
 Y, acabada la guerra civil, en la posguerra él  nunca  lo ocultó, porque ahora que caigo le recuerdo siempre con pantalón negro, camisa azul y corbata negra que yo creía que era el uniforme de taxista. O quizás sí que era el uniforme de taxista..., y que yo ahora quiero identificar con ese otro funesto uniforme..., no sé, no sé...
Lo que me extraña es que mi padre, Antolín, se llamaba mi padre, su primo, que no comulgaba con esas ideas, como sus hermanas, sobre todo Beatriz, le tuvieran tanto aprecio y respeto.
A lo mejor sólo era un número que compartía el ideario pero que no participó en las fechorías y extorsiones que la historia nos ha contado sobre algunos, o muchos falangistas acabada la guerra civil. Lo que sí es sabido es que gracias a la falange a Sixto le concedieron una licencia de taxi.
Compró un coche y se quedó en Madrid para siempre trabajando de taxista.

Un regusto amargo aparece en mi.¿Hasta dónde puedo llegar...?
Parece muy injusto por mi parte que un hombre que nos trató de manera especial y con mucho cariño, yo ahora, atraviese la delgada línea roja de su vida intima, primero destripaqndo sus preciosos retratos y ahora sus vidas privadas,  después de 60 años.
Como, siempre, me dice mi prima, que es como mi conciencia, no te preocupes es un momento de reconciliación de las dos Españas, y es momento de quitar etiquetas y de perdonar.
Y, continúa mi prima:
-Tú, por ejemplo, en aquéllos años estarías presa. Tú condición sexual era muy perseguida y más en una mujer...
-Bueno, prima, yo y Luisa hemos pasado lo nuestro hasta hace bien poco y en plena democracia.
- Sí, pero te lo digo porque si el primo Sixto cometió algún un error u horror, como tú temes, es el momento de perdonar. No olvidar para que no se repita la historia pero si perdonar.
-Lo que pasa es que tú eres novata en esto de la escritura y te sientes culpable hasta de la ficción que hay en tu novela.
-¿Tú crees, prima, que si Sixto viviera ahora yo me atrevería a contar su vida, real o irreal?
-Probablemente no sería necesario pues la contaría él y si había algo de lo que arrepentirse lo haría sin ningún problema, e incluso aceptaría tú homosexualidad.
-Coño, prima, la has cogido con mi homosexualidad...
-Sí porque es el primer paso: el respeto por el prójimo. Detrás viene todo lo demás...
Y tú sigue escribiendo sin remordimiento de conciencia, y si no no te metas a mechulera...

Respiro un poco, después del discurso de mi prima y del hallazgo fortuito al rebuscar entre los papeles de tío Tente de una carta fechada en mayo de 1946, que Sixto escribe a su prima Beatriz:
 Querida prima: estoy metido en algo turbio, cegado por el patriotismo me he metido en un callejón sin salida, por si fuera poco me han concedido una licencia de taxi gracias a ellos y ya no hay marcha atrás.
No tengo dinero para regresar a Santa Clara y por otro lado Inés no quiere ni hablar del asunto.
Sé que tú nunca aprobarás esto, pero te juro que nunca utilicé la violencia contra nadie, sólo he puesto de vez en cuando mi taxi a sus servicios, viles servicios por cierto, que sin participar directamente, me siento culpable por el servicio que les prestaba, de los cuales estoy horrorizado y arrepentido.
Yo había idealizado el concepto de patria y tomé equivocado sus doctrinas que la ensalzaban hasta los altares. Pero me he dado cuenta que hay que alejarse de todos los salvadores de la patria.
Cuando la cosa se normalice iré apartándome poco a poco de ellos..., ya no comparto su ideario ni sus métodos.
Esta absurda guerra y posguerra entre españoles no tiene que volver a repetirse.
Trás este pasado oscuro, Sixto e Inés no regresaron  nunca jamás a  Argentina, estaba muy agradecido a sus padrastros pero no  quería volver, su pena le impedía regresar: no dejaba de pensar en el viaje que hizo con sus padres y sus posteriores muertes.
 Inés encantada de la vida porque no quería regresar, quería quedarse embarazada y tener sus hijos en España.
Hijos que nunca llegaron, pero ella nunca se quejó de esta falta, y para que no estuviera sola Sixto se ocupó de llenar la casa de familiares de Asturias y de Extremadura.

                                                                   
                                                                              VI



Pasaba el tiempo..., y cada mes, Inés esperaba con más ansiedad quedarse embarazada, deseaba con toda su alma tener un hijo..., y ese hijo que no llegaba iba agriando su carácter.
Como no conseguían tener hijos, Sixto, le propuso a Inés  que no sería mala idea que se viniera a vivir con ellos algún sobrino de Asturias o de Extremadura; además de hacerles un favor les harían compañía.
Estaban  acostumbrados a vivir rodeados de gente en Argentina, y rodearse de la familia haría que Inés se olvidara un poco de su frustrada maternidad.
Se compraron un piso en Carabanchel en una cooperativa de taxistas, un piso hermoso, grande y soleado.
El primer chico que se trajeron fue el hijo de un primo de Inés: Manolín un chico alto, guapo y alegre.
Tendría unos doce años cuando se vino a Madrid, estuvo estudiando hasta los catorce años, y al terminar los estudios obligatorios se salió del colegio y se puso a trabajar de botones en el hotel Palace.
observo en las fotografías  del albúm familiar a Manolín vestido de botones y parece un figurín, con su traje blanco y su gorra de plato. Más que un botones parecía un marinero.
Manolín cada noche hacía reír a su tía Inés contándole sus aventuras en el hotel; era buen chico, jovial y zalamero. Y cada noche le entregaba las propinas recibidas y a final de mes le entregaba la paga. Cuando llegaba el fin de semana le daba un duro para que fuera al cine y se tomara algo.
Ellos los sacaban del pueblo para labrarles un futuro, les daban cobijo y comida, y a cambio los chicos les entregaban su sueldo.
 Algo difícil de entender hoy día..., pero muy habitual en aquélla época...
El primo Sixto le decía:
- Mujer déjale por lo menos las propinas...
-La vida está muy cara y tenemos muchos gastos, le contestaba Inés.
Más tarde se vino Angelín, y le encontraron trabajo en un taller mecánico de aprendiz.
También Angelín entregaba su sueldo integro a final de mes, pero este era más listo y se guardaba las propinas.
Inés le dijo a su marido que necesitaba una chica en casa, y se trajeron de Extremadura a Piedad, la hija de otra prima de Sixto.
Piedad era la cenicienta de la casa se ocupaba de todas las labores del hogar; sin embargo, Carmiña, otra sobrina  que llegó de Asturias, era la sobrina preferida; en lugar de limpiar, estudiaba en un colegio de monjas cultura general, taquigrafía y mecanografía.
Más tarde llegó el tío Tente para pintarles el piso..., y Angel y Manolín tuvieron que dormir juntos y dejarle una cama.
También se quedó a vivir allí; pues su primo Sixto le dijo que le buscaría trabajo  y entró en la plantilla de mantenimiento del  hotel Ritz, nada más y nada menos...
Le contrataron inmediatamente porque era muy fino trabajando e imitaba muy bien los marmolados y la madera.
El tío Tente se ganó enseguida la amistad de Inés, aunque no la tragara mucho...
Todos los sábados le compraba el caso y una revista del corazón y le traía un ramo de margaritas del kiosco de la esquina.
De estar  completamente solos, en un Madrid desolado por la posguerra, en poco tiempo eran siete en casa.
Inés se encargaba de las compras y siempre llevaba con ella a Piedad que se encargaba de cargar con los alimentos.
Cuando llegaba Inés al mercado todos se giraban para mirarla; era  tan hermosa...; siempre tan bien arreglada y bien peinada, y con  ese toque de mujer desenfadada e independiente que le daba el atrevido y llamativo rojo carmín en sus perfilados labios..., que era inevitable no girarse al verla pasar.
Organizaba las comidas, pero las hacía Piedad bajo su supervisión; que casi siempre eran grandes perolos de sopicaldos de verduras y nabos, con muchos huesos y poca carne; y muchas fritangas de casquerías y sardinas y chicharros del norte.
La casa olía  a olla podrida, a higaditos y asaduras con cebollas y a sardinas fritas.
Bueno más que la casa, olía la escalera y la cocina, Inés procuraba tener la puerta de la cocina cerrada para que no se extendieran los olores por el resto de la casa, que olía a cera virgen y a amoniaco.

-Mujer dales de comer algo más sustancioso a los chicos que están en edad de crecer- le decía Sixto-
-Está la vida muy mal, querido.-le contestaba-
 Tenía fama de “jorruña”, y los chicos tenían una gran estatura, estaban flacos y se quejaban de la escasez de comida.
Pero no abandonaran la casa hasta muchos años después, sino es para casarse.
Por un momento puedo imaginarme la casa, primero porque la he visto y, segundo, porque  la situación debía de ser muy parecida a la vida que nos retrataban las películas costumbristas de los años 60 de una familia numerosa:
Uno que entra, otro que sale, familares que llegan del pueblo... cargados de viandas; y la prima Inés guardando las mejores tajadas, chorizos, salchichones y lomos; y la rica mantequilla asturiana, la cecina y el jamón.
Guardándolas con llave para que no se acabasen demasiado pronto, decía ella.
Y, los chicos con su doble llave, que les había proporcionado el primo Sixto, atacando las viandas cuando ella se marchaba a misa los domingos.
 El primo Sixto siempre le decía que había sido él, si ella notaba que mermaban los embutidos.
Carmiña era la más mimada, era la hija de una prima carnal de Inés,  siempre le ponía un buen bocadillo cuando se iba al colegio.Le decía a su marido que era para que las monjas no se pensaran que eran unos muertos de hambre.
Piedad se tenía que conformar con las morcillas  rancias..., a pesar de que sus padres eran los que mejores embutidos les enviaban.
A Carmiña le compraba ropa nueva y le pasaba la vieja a Piedad.
Carmiña se iba los domingos al retiro con los chicos y Piedad tenía que acompañar a Inés a todos los actos religiosos pues era muy católica y apostólica romana.
Y así transcurría la vida en un Madrid tocado por el hambre, los abusos, los actos de misericordia, y la picaresca.
Sixto trabajaba hasta tarde el taxi y sólo veía a Inés en las comidas. Por las noches llegaba entrada la madrugada, cuando todos dormían...; y a menudo se sentaba en la cocina con un café y un cigarrillo y se ponía a escribir a sus padrastros, o eso era lo que le decía a Inés...
Siempre tenía escrito el encabezamiento de la carta: queridos padres..., y debajo tenía otra carta destinada a su prima Beatríz:
Le contaba lo que hacía en Madrid..., y que deseaba con todo su corazón volver a verla.
Si aparecía por la cocina Inés ponía la hoja de sus padrastros encima y hacía como si estuviera escribiendo...
Pero ella cogiéndole  de la mano se lo llevaba al dormitorio; y en el lecho Sixto soñaba  que estaba con Beatríz.
Eso ponía en una carta que Inés le pilló a su marido, le contó un día el tío Tente a Manolín:
Inés estaba como loca, fuera de sí. Me cogió por banda y me dijo que mi hermana era la culpable de que su matrimonio se estuviera yendo a pique. Que hiciera el favor  de decirle que se olvidara de su marido y que no le escribiera más.
Pero Inés no sabía lo peor..., que hacía un mes que Beatriz había venido a España por  un asunto de trabajo y había pasado la noche junto a Sixto en un hotel de Toledo.
Para justificar su ausencia le dijo a su esposa que tenía un viaje muy bueno a Toledo por la noche.
El tío Tente escribió a Beatríz y le dijo que la prima Inés estaba al tanto de su lío con su marido.
En esos momentos Beatriz acababa de enterarse de que estaba embarazada, pero no quiso decirle nada a Sixto para no liarlo más.

 Como me parece que me estoy metiendo en un buen berenjenal..., he quedado para tomar café con mi prima, y cómo sé que se muere de ganas por saber como va la novela..., nada más llegar me ha preguntado:
¿Qué tal va la novela..., prima?
A mi que gusta su opinión, aunque no suelo hacerle mucho caso...
Le he enseñado el último capítulo y me ha mirado casi hasta con desprecio, diría yo...
-¿Pero qué culebrón estás montando...?
-Eso no es real, pobre Sixto, vaya mochuelo que le has colgado...
-Parece un serial de la telebasura...
-No me lo he inventado, lo he leído en una carta de tío Tente
-Eso no es cierto, de lo contrario la abuela Susana, que no se tenía nada para callado me lo hubiera dicho, ya sabes que a mí me lo contaba todo, todito...
-¡Qué dura eres prima! Es cierto lo que he escrito, pero si me lo hubiera inventado no pasaría nada; al fin y al cabo casi todas las novelas tratan de amores, desamores e infidelidades. A no ser que seas una genio como Rosa Mortero.
-Dirás: Rosa Montero.
-Sí, sí, he querido decir Rosa Montero...
¿O quieres que le de un giro policíaco a la novela, imitando a Velázquez Montalbán?
- ¿Velázquez Montalbán?
-Estás buena hoy..., mira que estás espesa, prima.
- Dirás: Vázquez Montalban.
-Bueno que más da Victoria, ves como sabías a quién me refería...
-Tú y tus meteduras de pata, tendré que repasarte la novela para que no metas más la pata.
-Nunca se me olvidará el día que estábamos paseando por el campo y nos encontramos a un señor con una cámara y enseguida fuiste a preguntarle qué hacía, porque la curiosidad te pierde, prima, y te dijo que estaba fotografiando pájaros...
 Y, tú rápida como el rayo, y sin pensártelo dos veces le dijiste:
-¿Es usted Ornitorrinco?
-Te miramos los dos estupefactos, y tú sin inmutarte le dijiste, perdón: Ornitólogo
-Jajaja, sí que me acuerdo, y lo que nos reímos cuando se fue, casi te meas...
-Haz lo que quieras, pero que sepas que si es mentira estarás traicionando al primo.
-No digas tonterías, es una novela no una biografía; además él amaba a Beatríz, no hay nada de malo que tuviera un hijo con ella...
-¡Nunca pararas de soñar..., prima!





                                                                          VII


Beatriz temía ser rechazada en su empresa, en su círculo de amistades y, en general, en el estatus social  que tanto le había costado  alcanzar, si se enterasen de su embarazo, siendo madre soltera.
Después de muchas noches sin dormir, sobre el segundo mes de embarazo, sola, asustada y muerta de miedo, acude a una matronana para que deshaga su embarazo.
Antes de acudir escribe una carta a Sixto por si le pasara algo…
Llega a un barrio de mala muerte, sube las escaleras cochambrosas y llama a una puerta llena de pintarrajos y de mugre.
Abre una señora canosa, entrada en años... La coge de la mano y la invita a pasar.
Beatriz tiembla de miedo. La señora le prepara un brebaje y le dice que se lo tome. La echa en un camastro, le abre las piernas y le introduce unas hierbas en la vagina, que le producen unas contracciones cada vez más fuertes.
 Beatriz grita de dolor, la levanta como a un pingajo y la lleva a un baño inmundo, la obliga a sentarse en un asqueroso retrete y se oye un chapuzón, y la comadrona le dice: ya pasó todo.
Le pone unos paños para retener la hemorragia y le indica que se vaya para su casa y que se acueste con las piernas cruzadas; después de cobrarle una buena cantidad de dinero.
Beatriz, muy mareada, temblando y llorando por la pena de haberse deshecho del hijo de Sixto, llega a duras penas a su casa, se mete en la cama, como le aconsejó la matrona y ya no despertó jamás, se quedó dormida para siempre.
Nadie la echó de menos porque era fin de semana, pero el lunes su jefe buscó a Beatriz por toda la fábrica y nadie supo decirle nada sobre su paradero.
Al día siguiente, más de lo mismo, nadie la había visto. Su jefe que le tenía  gran aprecio se acercó a la casa, aporreó la puerta y no hubo respuesta.
Le preguntó a la portera si la había visto... Y ella le comentó que la vio pasar el sábado por el portal, que le llamó la atención que iba un poco doblada hacía adelante, y que después no la había vuelto a ver.
Ante la insistencia del jefe, subieron al piso, llamaron de nuevo y al no obtener respuesta la portera abrió con su llave maestra.
Los dos se asustaron al ver un reguero de sangre que conducía hacia la habitación. Cuando entraron allí se la encontraron dulcemente dormida, dormida para siempre, en medio de un aparatoso y sobrecogedor charco de sangre.
Su jefe la zarandeo y le gritó, pero desgraciadamente no hubo respuesta, Beatriz estaba muerta.
Estaba tan bella que parecía imposible que aquella moza tan lozana y hermosa estuviera ya fuera de este mundo.
Llamaron a la policía y el médico forense les comunicó que había sufrido un aborto y que su muerte se produjo por una fuerte hemorragia.
Se lo comunicaron a los familiares, y su prima María Eugenia se encargó de arreglarla y de  organizar el funeral.
Avisó, mediante telegrama, a los padres y al  hermano Tente. A los padres les dijo que había sufrido un accidente. A Tente le dijo la verdad.
Susana y Enrique no se lo podían creer, no había palabras para reparar el desconsuelo que sentían al haber perdido a su querida hija.
 Todo el pueblo se acercó al domicilio para expresarles sus condolencias, en medio de mucha turbación, confusión y muchos cuchicheos.
Porque, aunque los padres creyeron que había muerto en accidente, habían llegado rumores de aguas de allá de que la muerte se produjo por un aborto.
Tío Tente, que sabía la verdad buscó a Sixto y lo primero que hizo, sin pensárselo dos veces, fue propinarle un fuerte puñetazo, sin que el otro supiera de dónde venían los tiros.
Después de explicarle la tragedia, se abrazaron y lloraron amargamente. Le contó que Beatriz no quiso decirle que estaba embarazada para no causarle problemas con Inés.
Sixto no podía ni mirar a Inés, y ella, que lo sabía todo porque sus tíos se lo habían contado con pelos y señales, y además estaba segura que ese hijo perdido era de su marido, le dijo a Sixto: esas cosas pasan cuando una es una fulana y tiene hijos fuera del matrimonio, tú prima siempre ha sido una libertina.
-No te consiento que hables de esa forma de mi prima, tú no puedes comprender el dolor tan inmenso que estoy sufriendo.
-Por desgracia si lo entiendo.
 ¿Cómo has podido estar engañándome durante tanto tiempo, Sixto?
-Antes de conocerte ya amaba a Beatriz.
-Y ¿por qué te casaste conmigo?
Sixto no responde.
Inés dio un portazo y dejó a Sixto tumbado en la cama.
A los pocos días le llegó a Sixto la carta de Inés, que la recogió el tío Tente, estaba avisado por María Eugenia, y estuvo al tanto... La recogió de manos del cartero para que no la viera Inés, y se la dio al primo.
La carta decía:
Querido amor, esta carta sólo llegará a tus manos si  ocurriera una desgracia.
He tomado la difícil decisión de abortar, por la situación en la que nos encontramos. Créeme que nada desearía más que tener un hijo tuyo… Si no estuvieras casado y no estuviéramos separados.
Si me ocurriera algo, no te sientas culpable, soy yo la que ha tomado la decisión y espero que todo salga bien.
Te quiero con toda mi alma y siempre te querré.
Siempre tuya:
Beatriz.

Se hizo en el pueblo un funeral sin el cuerpo presente… Al que asistieron Sixto e Inés y por supuesto todos los familiares y todo el pueblo.
 Al verlos aparecer en la iglesia, se rompió el silencio y el recogimiento, y se oyó  un gran murmullo...
Y cuando pasaban por un grupo de mujeres se oyó decir: ésa debe de ser la cornuda… Pues es bien guapa…
Inés se sintió tan humillada que disimuladamente le propinó una fuerte patada a una de las mujeres, y se oyó un grito de dolor, e Inés levantó la cabeza, y caminó a paso firme entre el gentío.

-No me creo nada, prima... toda la vida he oído decir a la abuela Susana que tía Beatriz murió atropellada por un tranvía.
-Puedes creerlo a pies juntillas, estoy documentada... Mira este recorte de periódico, estaba entre los papeles de tío Tente.
- A ver, a ver...
-Mira: Joven española, que responde a las iniciales, B. G. H, ha sido encontrada muerta en su domicilio tras practicarle un aborto clandestino. La causante ha sido detenida.
-¡Dios mío!
- ¿Cómo se te ocurre sacar ahora eso después de casi 80 años?



                                                                        VIII







Pasado el funeral de Beatriz, Sixto, Inés y sus sobrinos regresaron a Madrid como si no hubiese ocurrido nada; por lo menos aparentemente.
Los sobrinos, que se habían enterado del culebrón de los tíos ..., estaban muy pendientes de ellos. Procuraban animarlos contándoles chascarrillos, excepto el tío Tente que le embargaba la tristeza por la pérdida de su hermana mayor y no tenía ganas de bromas.
Inés se reía con los chicos, pero había un rictus en su cara que delataba su malestar.
 Era normal, de repente se enteró que su amado marido había estado liado con la prima y que la había dejado embarazada…
Los padrastros de Sixto y tíos de Inés  escribieron una carta dirigida a ella, le decían que bajo ningún concepto lo abandonara, que ellos sabían que Sixto la amaba, que lo de Beatriz fue un amor de esos que llaman platónicos en las novelas, y que con la desgraciada muerte todo volvería a la normalidad.
Inés que era muy pragmática hizo caso a los tíos e intentaba actuar con él como si no hubiera pasado nada.
 Sabía que si lo abandonaba no podría vivir sin él, prefería vivir con él, disimulando su amargura y su fracaso como esposa y madre.
 Y, su confesor también le recomendó que permaneciera a su lado y se comportara como una esposa modelo:
Hija, los hombres son débiles…, debes perdonar.
Y… ella, que era muy creyente, procuraba hacer caso a las recomendaciones del cura.
Pero su amargura iba por dentro y cada día se le hacía más insoportable su presencia.
Todo lo que antes admiraba de él, ahora le molestaba. 
Casi no hablaba con él, lo justo y necesario, lo esquivaba .Y, en algunos momentos, cuando se lo imaginaba junto a Beatriz lo odiaba con toda su alma. Fue muy fácil pasar del amor al odio en poco tiempo.
Eran dos extraños en la casa, la relación cada vez era más tensa, en los pocos momentos que coincidían a la hora de las comidas.
Hasta que un día Sixto llegó más pronto de lo habitual a casa, y le dijo a Inés que tenían que hablar.
Sixto comenzó diciéndole que esa situación era insostenible, que por supuesto él era el culpable de todo, le pedía perdón, pero que así no podían seguir viviendo, sin hablarse apenas, y durmiendo juntos, cada uno en un extremo de la cama.
Sentía mucho lo ocurrido pero quería que supiera que aquello no fue una aventura, era una atracción irracional que sentían los dos desde niños, que no sabía cómo definirla.
Sé que no debería decirte esto para no herirte más…, pero quiero que sepas que te quiero y siento mucho haberte hecho tanto daño.
Podemos separarnos o intentarlo de nuevo, pero no quiero seguir en esta situación, le dijo.
Ella entró en cólera, le gritó, lloró y hasta le salía espuma por la boca… Pero al final se echó en sus brazos llorando amargamente, y le dijo que lo intentarían de nuevo.
Pero Inés ni pudo perdonar ni olvidar y, poco a poco, se fue introduciendo en la bebida: un chatito por la mañana antes de desayunar para calmarse cuando le atacaba la ansiedad. Otro tentempié a mediodía, antes de que llegaran los chicos… Otro trago a media tarde para coger fuerzas y arrimarse un poco a su marido en la cama y poder olvidar…
Así se creó una dependencia del alcohol, que ella creyó controlar, pero dejó de arreglarse, comenzó a engordar y cada vez salía menos.
Al principio la bebida la calmaba y parecía estar más alegre... Sixto, al principio, era ajeno al problema que tenía su esposa, pero los chicos se dieron cuenta de que cuando llegaban por las tardes se le zarabateaba la voz y pasaba de la risa al llanto en un abrir y cerrar de ojos.
Olía a vino que tumbaba y se lo comentaron al primo Sixto, y él comenzó a vigilarla y a estar más pendiente de ella regresando temprano a casa. Y dar un paseo con ella antes de la cena.
Pero Inés siguió bebiendo a escondidas de todos.


-Prima si eso que tú cuentas es verdad…, vaya tragaderas que tuvo la prima Inés…
Yo le hubiera dejado.
-Date cuenta que eso era en los años cuarenta, entonces nadie se separaba, y más en plena dictadura franquista.
-Me da mucha pena Inés.
- Ahora me explico ese carácter que tenía, siempre tan altiva y prepotente… Era una máscara para esconder toda la amargura que sentía.
Lo que no le perdono es lo mal que trató a la prima Vale. Un día me contó que les hacía comer las lentejas con bichos, que la hacía fregar los suelos y encerar de rodillas,  y que nunca le permitió salir ni un solo domingo para ir al Retiro como a los demás… porque tenía que hacer la comida para todos.
-Toda su ira la pagaba con los sobrinos.
-No sé por qué aguantaron tanto..., porque, ¡cuidado que despotricaba de los pobres chicos...!
 Que lo único que hacían en la casa, era intentar agradar a la hora de las comidas y entregarles el sueldo íntegro a final de mes.
-Aguantaron por el primo Sixto, que siempre les decía que no se lo tuvieran en cuenta, que él era el único responsable de ese mal carácter.
El tiempo y el vino suavizaron las huellas del fantasma de Beatriz , y, a su manera, Sixto e Inés fueron medianamente felices durante unos años.
Antes de que los chicos se casaran y abandonaran el nido, de manera inesperada, Sixto comenzó a sentirse mal, tenía fuertes dolores en el abdomen y en el costado izquierdo.
Después de hacerle las consiguientes pruebas les dieron la mala noticia que tenía un cáncer de páncreas. Que le quedaban, como mucho, dos meses de vida.
Inés se volvió  como loca, y le reprochó que no le perdonaba que ahora que estaban tan tranquilos se fuera a morir...
¡Siempre dándome sorpresas! - le gritó.

-¿Qué le dijo eso?
- Sí el tío Tente lo escuchó. Pero sería un decir… mujer…, presa del dolor...
-Dice el tío Tente que el primo Sixto no estaba preocupado por su inminente muerte, incluso parecía feliz.
-¡Madre mía! No me lo puedo creer.
-Sí créetelo, estaba cansado…, la vida no le había tratado bien:
 La trágica muerte de sus padres nada más llegar a Argentina, la guerra civil en España, su penoso paso por la falange, que como se negó a seguir colaborando con ellos en sus atrocidades..., la tomaron con él, y ,siempre que podían, le hacían la vida imposible…
 Después la dolorosa muerte de su querida prima  Beatriz. Y el castigo de ver ebria a Inés muchas noches, por su culpa.
La vida no se lo puso nada fácil a Sixto; por tanto, es posible que viera en la muerte una liberación:
Si no había nada después de la muerte…, la muerte le serviría de descanso.
Y, si albergaba la esperanza de que sí había algo… mejor aún, la idea de encontrarse de nuevo con sus padres y con Beatriz, hacía que no le preocupara en absoluto.
Lo único que le afligía era no tener tiempo para dejar a Inés en una posición desahogada para que no le faltara de  nada y le pidió a su sobrino Manolín y al tío Tente que nunca la abandonaran, que cuidaran de ella.
Y los dos le hicieron caso nunca la dejaron y cuidaron de ella hasta los 99 años que murió. Casi vivió el doble que su marido.
Sixto murió un 19 de Marzo, el día del padre. Fue como otra broma que le quiso gastar la vida en su último momento.
Inés no se quitó el luto en todo lo que le quedó de vida. Continúo bebiendo, cada vez más, y lloraba y reía a voces, pasaba de la risa al llanto con una facilidad pasmosa.
La convivencia con ella no era fácil, es más, llegó a ser un infierno.
A pesar de su edad, nunca perdió la belleza serena y enigmática como en sus fotos de juventud junto a Sixto.

-¡Hala!
 Y ¿así acabas este culebrón prima?
-Me has dejado hecha unos zorros...
 - ¿Cómo te crees que estoy yo?
-Esto me pasa por curiosear en la vida de los demás. Si yo no hubiera ido a recoger esos cuadros a ese piso... no me hubiera encontrado con esta triste historia.
¿Cómo iba a saber yo que tras esas imágenes tan nítidas se encontraban estas vidas tan veladas por el desamor y las desgracias?
De haberlo sabido no hubiera metido mis narices en ese piso, que en su día visité, siendo niña, y que olía a cera virgen, a jabón de la Toja y a vino tinto en la cocina...
 Mira he vuelto a meter sus fotos en sus respectivos marcos y he sacado mis dibujos...
-Eso me parece una tontería...
¿No te das cuenta que su matrimonio fue un error y su vida un infierno?
A lo mejor si los sacas de ahí los ayudas a liberarse...
-Ya... Pero me da mucha pena, ya veré..., por si acaso.