sábado, 13 de enero de 2018

Los Primos (4)



Beatriz tenía 16 años cuando regresaron sus padres a España, y  gracias a su buen expediente académico, a su facilidad para los idiomas y a un enchufe que le proporcionó el cantinero del bar donde su madre trabajó, comenzó a trabajar en las oficinas de una gran fábrica de pieles. A su corta edad dominaba varios idiomas: francés, alemán, portugués e inglés.
Con el tiempo fue ascendiendo en la empresa y fue nombrada directora de relaciones comerciales, y esto hacía que realizara largos viajes  a ciudades importantes para realizar contactos comerciales con grandes empresas del sector.
En uno de estos viajes aprovechó para localizar a unos familiares que se habían establecido en La Pampa, en Santa Rosa, antes que ellos llegaran a la Argentina.
Estableció una buena relación con esta familia y en cierta ocasión la invitaron a una fiesta en el club de inmigrantes españoles. Y estando allí vio entrar a un joven muy apuesto con una joven muy bella.
Se quedó mirando al joven e inmediatamente le reconoció a pesar de los años que habían pasado, era: su primo Sixto.
Él no la reconoció pues era una niña cuando se separaron y ahora era toda una mujer.
Se acercó a él y le preguntó:
-¿Eres Sixto, verdad?
-Sí,
¿Y, tú quién eres?
-¿No me reconoces?
Soy Beatriz, tu prima.
Sixto abrió los ojos hasta atrás y corrió  a darle un abrazo.
Habían pasado diez años desde que se separaron pero era mucho lo que los unía como para olvidarse el uno del otro.
Sofocado y nervioso por el encuentro Sixto le contó  a Beatriz, muy resumidos, todos los acontecimientos que sucedieron desde el mismo momento que se separaron al llegar a puerto:
Que al día siguiente de su separación emprendieron el viaje hacía la Pampa.
Antes de emprender el viaje su padre les buscó por el puerto pero la búsqueda fue infructuosa. Entregaron todo el dinero que tenían a un personaje que resultó ser un estafador.
Los montaron en una camioneta destartalada como si fueran borregos y antes de llegar a su ficticio destino reventó una rueda y cayeron por un barranco. Murió mucha gente y entre ellos sus padres.
Él cuando se despertó estaba en un hospital, solo y desamparado.Sin consuelo y llorando como lo que era, un niño, preguntaba por sus padres.
 Se le acercaron un médico y una enfermera y le dijeron que sus padres no habían sobrevivido al accidente, que si tenía algún familiar que pudieran hacerse cargo de él.
Como no tenía a nadie cuando me recuperé me internaron en un orfanato. Allí sólo pasé una semana, lo suficiente para que mi vida allí fuese un suplicio por las palizas recibidas por los chicos mayores, me quitaron los zapatos y las pocas pertenencias que tenía, y en un momento de descuido de los monitores me escapé y me escondí en el remolque de un camión que transportaba potas de leche.
Me quedé dormido con el tintineo de las potas y cuando me desperté estaba en un rancho ante la mirada atónita de una hermosa mujer y de un hombre bajito con cara de buena persona.
-¿Quién eres, hijo?-me preguntó la hermosa mujer-
- Sixto, soy español y he perdido a mis padres en un accidente.- les dije muerto de miedo-
-¡Ah! Otra víctima de esos mafiosos desalmados.
- ¿No tienes a nadie?
- No,  perdimos de vista a mis tíos y a mi prima nada más llegar a Buenos Aires.
Yo acompañé a mi padre a la oficina de colocación y cuando estábamos en la larga cola se acercó un hombre muy bien vestido y le dijo a mi padre que si continuaba allí no iba a conseguir trabajo, que era inútil y que perdía el tiempo, que él por 1000 reales lo llevaba a la Pampa y por otros 1000 reales le proporcionaba un ranchito muy lindo.
Mi padre, como otros hombres, cayeron en la trampa, le dieron el dinero cuando de madrugada nos subimos al camión.
Nos llevaron por caminos polvorientos y mi padre enseguida se percató que aquello no era normal pero no nos quedaba otra opción que continuar.
Y al pasar una curva el camión derrapó y nos caímos al barranco, yo no me enteré de nada, perdí el conocimiento y desperté en el hospital.

Cuando les conté mi triste historia la mujer me ayudó a bajar del camión y me hizo entrar el la casa.
La casa era de adobes y estaba muy oscura y fresca.
Me dieron de cenar y me prepararon una cama y me dijeron que por la mañana hablaríamos.
 Al día siguiente me despertó la mujer hermosa y me dijo que se llamaba Victoria, me llevó a la cocina y me puso el desayuno: un enorme tazón de leche fresca y pan con mantequilla.
Llenó un barreño con agua caliente para que me bañara y al terminar me trajo ropa, usada pero nueva.
Al rato llegó el marido, el hombre pequeñito y regordete con una sonrisa en su cara, Miguel, se llama Miguel, mi padrastro.
Me dijo que tenían que llevarme al orfanato, que si yo quería ellos me adoptarían, pero que no querían problemas con la justicia.
Yo me puse a temblar solo de pensar que tenía que volver allí. La mujer me abrazó y me dijo que no temiera, que dirían que éramos parientes y que probablemente en el mismo día me dejarían libre.
No los conocía de nada pero me sentía tan a gusto con ellos que me parecía que estaba soñando a pesar de la gran desgracia por la pérdida de mis padres.
El señor Miguel y la señora Victoria se pusieron sus mejores ropas y me acompañaron al orfanato. Cuando llegué allí ni se habían enterado que me había escapado, ni siquiera me conocían. Aprovechando esta ignorancia el señor Miguel les dijo que era un familiar lejano y que querían hacerse cargo de mi educación, es decir de mi tutela, y si era posible iniciar la adopción.
No hubo ningún problema había tanta saturación de niños huérfanos y abandonados en Argentina, que más que un problema fue un alivio para la institución de orfandad.
No sé cómo lo hicieron, pero vi como salía mi futuro padrastro de una oficina y que salía guardando su cartera en el bolsillo, pero a partir de ahí yo no volví a pasar calamidades en mi vida.
Cada mañana me llevaba Victoria en una carreta a una escuela rural y me iba a recoger al mediodía. Me han tratado con mucho amor y afecto todos estos años y yo he llegado a cogerles tanto afecto y cariño que los considero como mis segundos padres.
Más tarde, con el paso del tiempo me enteré que fueron de los inmigrantes pioneros que vinieron desde Asturias y que vinieron con una pequeña fortuna y por eso pudieron hacerse con un buen rancho.
 Habían perdido a un hijo de mi edad y curiosamente viendo las fotografías éramos muy parecidos y, eso, me dijo Victoria en una ocasión, era lo que les había ablandado el corazón de su marido y el de ella cuando conocieron mi desgracia.
A los doce años me buscaron una escuela de mecánica porque era lo que a mi me apasionaba. Y me saqué el título de mecánico y ahora mismo trabajo en una concesionaria de coches de alta gama de mecánico.

-¿Y, esa chica que te acompaña, quién es? - Pregunta Beatriz-
-Es mi novia, se llama Inés, es asturiana y es sobrina de mis padrastros.
Llamó a Inés y cogiéndole fuertemente la mano, y más fuerte, aún, la mano de Beatriz, se la presentó, le dijo que pensaban casarse en breve y que irían a España de viaje de novios para ver a sus abuelos y a toda la familia, que los echaba mucho de menos que no había ni una sola noche que no pensara en ellos.

De esta fortuita manera se volvieron a reencontrar Beatriz y Sixto, ya sin sus padres por medio, unos, desgraciadamente fallecidos y los otros de nuevo en España.
Ellos sentían el uno por el otro una atracción especial, ya en su infancia se escondían en los sitios más recónditos para darse un beso fugaz en la boca y cogerse de la mano: debajo de las faldillas de la mesa camilla de la abuela, o en el corral, o cuando se escondían juntos jugando al escondite…, y en la escotilla del barco cogidos de la mano corrían desafiando al viento que les escupía en la cara besos salados.
 Por eso ahora los dos se miran, con Inés por medio, con el corazón encogido por todo lo que han pasado..., y palpitando de deseos que en algún momento poder perderse entre la gente y buscar un rincón escondido para juntar sus manos y darse un beso.
Esta vez no podrá hacerse realidad ese anhelo irrefrenable que los dos sentían cuando estaban juntos, tendrán que conformarse con  besarse  y juntar sus manos con el corazón.
 Beatriz lo tenía claro, ya se acabaron los juegos de niños y le dolía profundamente en  lo más hondo de sus entrañas, le habían robado a su primo del alma.
Por esta razón y por que no quería sufrir no quiso más encuentros con Sixto.
Se enteró al paso de unos años, a través de su amiga,  que se iban a casar. Cuando recibió la invitación dudó en ir a la boda pero al final decidió asistir para no hacerle un feo a su querido primo.
La ceremonia se celebró religiosamente, los novios iban bellísimos, pulcramente vestido:
 Inés,  vestida de  blanco y casquete en la cabeza con velo de tul resaltaba aún más su belleza fría y serena.
Sixto con chaqué, camisa blanca y pajarita, Parecía un actor de Hollywood, guapísimo con un bigotito fino que se había dejado.
La jornada fue alegre, con grandes viandas regadas con buen vino.
Hubo un momento al final del banquete en el que Sixto miró a Beatriz y haciéndole señas con los ojos le indicó que se dirigiese hacía el jardín. Se retiraron a un lugar apartado de la vista de los comensales, sentaron en un banco bajo una acacia, se cogieron de la mano y se miraron a los ojos unos segundos en silencio.
Lágrimas como ríos corrieron por sus mejillas.Se abrazaron y se besaron.
Era la despedida, la despedida a un amor temprano y fraternal, a ese amor dulce, incestuoso y bobalicón que sienten los primos en la infancia y adolescencia y prolongado en el tiempo..., porque el amor no tiene edad.
Días antes de que se marcharan a España de viaje de novios Sixto hizo una comida de despedida con la familia y se hicieron una fotografía de recuerdo y en ella aparece muy seria Beatriz. 
Nunca más volverían  a verse en Argentina, los dos sabían que no podían volverse a ver.

Todo esto lo he sabido por una carta que Beatriz escribió a su hermano Tente, mi tío, y que casualmente encontré entre su papeles. Ya  que él vivió con Sixto e Inés muchos años en Madrid.

Y, ahora,vuelvo a las fotografías para intentar encontrar un poco de luz de esa etapa en Argentina.
Estoy estornudando porque he destripado otro portaretrato, es el pago por este sacrilegio, los ácaros argentinos petrificados en el tiempo se están vengando.
Aparecen Sixto e Inés muy jóvenes, debe de ser al principio de su noviazgo, él sonriendo vestido de gaucho con sombrero y montando a caballo, un caballo flaco, e Inés con un vestido tableado y una cinta en la frente, parece una tenista. Como es habitual posa muy seria, ofreciéndole una pipa de mate. Parecen modelos en una estampa de un anuncio de época:
De estas imágenes se deduce que la vida les sonreía, se les ve bien vestidos, limpios y bien alimentados.
Debe de ser primavera o verano por sus indumentarias y porque los árboles tienen todo su follaje y al fondo se ve un campo de maíz.

 Me fijo en  otra  foto y  ella está  más seria aún y sigue bellísima, con sus ojos grandes muy abiertos y labios carnosos. Es como una modelo bella pero que no trasmite nada, ni tristeza ni alegría.
Eso, sí, parece desenfadada y un poco arrogante, no hay rastro de timidez en su rostro, más bien parece desafiante y segura de sí misma.
Ataviada con un abrigo de lana, hasta media pierna, posiblemente de color marrón, ceñido a la cintura y con cuello de piel. Lleva medias de seda y zapatos finos de vestir de color negro, con tacón, y en la mano derecha lleva una cartera, también de piel.
He ampliado la foto con el móvil y observo que en la mano derecha en el dedo anular hay un brillo, lo que me indica que es su alianza de compromiso. La otra mano reposa encima del hombro del primo Sixto
 Él viste traje rayado, probablemente marrón carmelita, ese color que nos traslada a los años veinte, con rayas, la chaqueta cruzada, con un bolsillo en la parte superior derecha donde luce una pluma estilográfica, esto indica que era una persona instruida, cosa no muy normal en aquélla época. Camisa blanca, corbata con listas diagonales y también aprecio un anillo en su dedo anular y un puro entre sus dedos.
Él al contrario que Inés sonríe tímidamente, su cara es afable y hacen una pareja preciosa, deben de estar a punto de casarse.

Sigo revolviendo cartas y fotografías y encuentro otra foto de grupo hay:  siete mujeres, seis varones y tres niños.
 En medio de la foto hay un señor y señora de unos 60 años quiero creer que son los padres adoptivos de Sixto: Victoria y Miguel.
Victoria, la mujer hermosa como la llamaba su hijastro, está sentada con un abrigo negro y cuello de astracán, a pesar de su extrema delgadez sus facciones son hermosas.Tiene cara de buena mujer y sus manos reposan cruzadas encima de su regazo.
Junto a ella está Miguel, el marido, está como encogido y su rostro refleja una gran tristeza. A su lado Sixto con chaqué, camisa blanca y pajarita, con el pelo hacía atrás muy engominado, sonríe con cara triste, a su lado Inés, curiosamente sonríe, vestida con un vestido claro y encima una chaqueta, a su izquierda una joven muy pálida y flaca y a continuación la bella Beatriz muy, muy seria, es la prima de Sixto. Detrás un niño rubio con traje y corbata, le siguen tres varones, uno de ellos en lugar de llevar chaqueta lleva un jersey de lana a cuadros y cuello de pico con pajarita y parece Federico García Lorca. Otra niña como perdida en la foto y con cara de susto, una señora con grandes pechos, un niño vestido de marinero, a su lado un joven muy trajeado y con un clavel en la pechera junto a una chica, que debe ser su novia, vestida de blanco, y delante de ella, posiblemente, la madre del novio, muy bella muy bien vestida y entrada en carnes y sin duda  ya viuda.
Posan junto al  rancho, y debe de ser a finales del otoño porque la higuera no tiene hojas y el suelo está lleno de hojarascas y el perro está en la solana.
Detrás del grupo se respira soledad y no sonríen ninguno para la foto, ni siquiera los niños, es más los niños tienen cara de susto, sólo Sixto esboza una mueca de felicidad pero contenida como temiendo molestar a alguien.
Por las caras y la edad deduzco que esta foto es una foto de despedida, se marchan de viaje de novios a España y la familia está triste por esta partida.
 Por esa razón están todos tan serios, sobre todo los padrastros.
  

lunes, 8 de enero de 2018

Los Primos (3)



Mal empezamos durmiendo en la calle como si fuéramos indigentes, y  menos mal que es verano...-le susurra Enrique a su mujer-
-Imagina que estás durmiendo en la era rodeado de nuestro pequeño cielo estrellado...
 No te preocupes mañana con la luz del día le veremos otra cara al asunto.
Muertos de miedo y de angustia, pero procurando que sus rostros no lo reflejen para no asustar a la niña, se quedan quietos y acurrucados en el portal.
 Las tripas de Beatriz suenan en la silenciosa noche como sonaban en el pueblo, o si cabe aún con más nitidez, y se mezclan con ladridos de perros callejeros.
Agotados por el cansancio se quedan profundamente dormidos bajo la luz de la luna y de la noche estrellada.
Al amanecer les despierta un perro que olisquea la cesta de la comida, donde apenas quedan unos trozos de tocino rancio.
Al rato comienzan a oírse voces de personas que deambulan de acá para allá y ruidos metálicos de trapas y candados que abren  tiendas, carnicerías y tabernas…
Se atusan los pelos, sacuden las ropas y se dirigen a la taberna; tímidamente Enrique pregunta lo que les cuesta un café con churros y se piden un tazón grande de café con leche y una ración de churros para los tres.
Les atiende un camarero orondo y con un gran bigote, que parece que les mira con desprecio, o esa es la sensación que tienen ellos.
El señor Enrique muy educadamente le dice que son españoles, que él  es albañil y que busca trabajo. El cantinero le mira por encima del hombro, y le dice que si da una patada salen cincuenta albañiles argentinos, que lo que mejor podían haber hecho era quedarse en España, que a los oriundos  no les gusta nada que vengan a quitarles el trabajo.
-Venimos aquí porque su gobierno ha pedido a Europa mano de obra, al parecer ustedes tienen un país muy grande y muy despoblado- responde Enrique indignado-
Eso era hace unos años ahora nos sobra mano de obra.
-Un familiar nuestro que está, en Córdoba, nos escribió y nos dijo que necesitaban albañiles.
Obtiene una mueca como respuesta.
La señora Susana que ve el percal, saca pecho, se quita el pañuelo de la cabeza, y asoma una hermosa cabellera rubia y ondulada; se coloca la horquilla del moño y se acerca al maleducado cantinero, que ante la gran presencia y belleza se siente  turbado  y  empequeñecido.
- Vamos a ver, le dice, tiene usted un hermoso local pero un poco descuidado, debe de ser que tiene usted mucho trabajo y no tiene tiempo de limpiar…
- ¿No necesitará una mujer que le adecente el local, la cocina y le haga buenos guisos…?
El hombre apabullado por el desparpajo y hermosura de la mujer le dijo, pues sí… pero…
Pero… qué…, mire mis manos callosas de tanto trabajar en mi país, por un alojamiento y comida para mi familia, le limpio y le cocino a diario para toda su clientela.
El camarero no miró las manos de Susana si no que miró sus hermosos y brumosos ojos azules cargados de rabia y de melancolía.
 -De acuerdo dijo el cantinero, embobado por la belleza de Susana.
-¿Dónde está el cuarto?
-Ahí, en la trasera pueden alojarse.
En un santiamén Susana limpió el cuartucho y colocó su equipaje donde pudo. Su marido sonreía admirando el coraje y la valentía de la gran mujer que tenía.
Susana enseguida se ganó la confianza del cantinero y cada día organizaba ella sola la compra y la comida para los inmigrantes. Cada vez la clientela era más grande gracias a su habilidad y buen trato.
Un día Susana limpiando en el almacén encontró un viejo acordeón, lo limpió con esmero, se sentó en un bulto y se puso a tocar una hermosa melodía, que Enrique acompañó cantando un tango con su melódica y pausada voz.
 Los ojos se les llenaron de lágrimas al recordar las tardes de domingo que actuaban en el baile de su pueblo.
El cantinero que los oyó se quedó asombrado de lo bien que sonaba el viejo acordeón y de la hermosa voz de Enrique y les propuso que actuaran por las noches los días de fiesta, a cambio les daría unos pesos y les ampliaría un cuarto más en la estancia.
Aceptaron sin remilgos pues la situación en las calles era insostenible, cada vez había más mendigos y el conventillo que era donde ellos podrían vivir era un lugar insalubre lleno de miseria y de enfermedades por el gran hacinamiento de personas que allí vivían
Susana era una mujer de recursos, sabía cocinar, sabía leer y escribir, sabía corte y confección y lo mejor de todo era su vitalidad y esa hermosa sonrisa que siempre iluminaba su preciosa cara.
Después de una jornada dura de cocinar y limpiar por las noches se deshacía el moño y dejaba suelta su hermosa cabellera rubia y sus ondas caían amablemente sobre sus redondeados hombros.  Pellizcaba sus mejillas para que brotaran los rubores y mordisqueaba sus carnosos labios; y vestía una falda negra que ella había modificado al estilo de las vestimentas que llevaban las jóvenes francesas, también inmigrantes como ella, ceñida a la cintura y con caída evasé y una blusa blanca con puntillitas de bolillo que le había hecho su hermana.
Enrique vestía con su pantalón negro, un poco holgado porque estaba muy flaco y un camisa muy blanca con el cuello muy recosido y con un sombrero claro de lino.
Salían los dos al escenario de la mano y cada noche las ovaciones se multiplicaban porque cada vez actuaban mejor.
 Cada noche antes de acostarse Enrique le quitaba los zapatos a Susana, le quitaba las medias y ponía sus delicados pies en sus rodillas y  masajeaba  dedo por dedo con santa delicadeza hasta que ella se quedaba profundamente dormida.
Si la niña, su hija, estaba dormida, Enrique continuaba sus caricias por los nevados muslos de su mujer hasta llegar a la sima del sexo, y muy callados, conteniendo la respiración hacían el amor a luz de la luna llena que entraba por la claraboya.
 Beatriz comenzó sus clases en un colegio público donde convivían niños de todas las nacionalidades posibles, donde la pluralidad de lenguas iba puliendo la cabecita de Beatriz y cada vez era más lista y espabilada…
Enrique cada mañana acudía a las puertas del gran hotel del inmigrante con la esperanza de encontrar a su primo Antonio, a la mujer y a Sixto, pero no daban señales de vida.
No era posible que sus primos se hubieran ido dejándoles en la estacada, algo tenía que haberles sucedido, le repetía una y mil veces a Susana.
Cada día cogía su maletín de herramientas y se recorría todas las barriadas buscando trabajo, pero las buenas empresas no contrataban a nadie que estuviera sin papeles, por tanto cogía los trabajos que no quería nadie y le pagaban cuatro pesos.
Desanimado y decepcionado por el nuevo mundo en el que tanto empeño e ilusión habían puesto, llegaba cada noche a la taberna y  hablaba largo y tendido con el cantinero que al final habían congeniado bastante bien.
-Compañero, le decía el cantinero, yo no despotrico de los inmigrantes, ellos no son los culpables de lo que ocurre en este país, me enoja el descontrol y la mala organización del pelotudo de nuestro presidente que está llenando el país de  personas desocupadas que no tienen más remedio que delinquir para subsistir.
-¡Mírate vos!
 ¿Vos hubieseis  venido de España si  vos hubierais sabido lo que os esperaba aquí?
-Pues no, amigo, y en cuanto ahorre para los pasajes y mi mujer tenga al niño, porque Susana estaba preñada, regresamos a España, amigo, y allí tendrá usted su casa, humilde, pero al fin y al cabo una casa. 
-Esto ha resultado ser un engaño, me iba mejor en España haciendo paredes…
-¿Y, esos familiares que tenéis?
-Están en Córdoba ¿Quién va hasta allí y dónde los encuentro?
 -Dicen que hay casi 800 kilómetros desde aquí.
-Nada, nada, yo en cuanto reuna el dinero de los pasajes nos vamos para allá.
Susana tuvo otra niña, Antonia la llamaron y cuando la niña cumplió cuatro años habían ahorrado suficiente dinero para  pagar los pasajes y regresar a España.
Habían recibido noticias de España y les decían que Antonio y la mujer habían fallecido nada más llegar a Argentina en un accidente y que su hijo Sixto no daba señales de vida.
Enrique antes de su regreso a España buscó por todos los rincones a Sixto pero nada supieron de él, parecía que se lo había tragado la tierra.
Enrique, Susana y la niña Antonia tenían ya los pasajes para regresar a España y esperaban con anhelo el momento de estar en su pueblo con su familia.
Enrique no triunfó en Argentina, a su regreso a España en pocos años aumentó la familia, tuvieron tres hijos más.
 La vida le sonrió poco a pesar de que era un hombre adorable y muy trabajador, a los 42 años murió de una pulmonía dejando a la familia pobre y desolada. 
Salieron adelante como pudieron gracias a los redaños de Susana y a la plata que les mandaba Beatriz que  había decidido quedarse en Buenos Aires. Era una chica decidida y resolutiva y pensó que en Argentina le esperaba un futuro mejor que en el pueblo.

sábado, 16 de diciembre de 2017

Los Primos (2)




Interesada por descubrir la vida de los primos en Argentina y ante la imposibilidad de encontrar algún familiar que pudiera informarme llamé desesperada a mi sobrina Teresa, y le dije que fuera al piso y recogiera todos las carpetas azules y papelorios que habíamos dejado en la cómoda.
 -Necesito información y es el único lugar donde puedo encontrar algo.
-Tía es imposible mi padre ya le ha entregado la llave a los chinos.
- Da igual, le dije, Teresa, ve, llama, y dile que se nos ha olvidado un documento importante.
- Tía no puedo, me da apuros...
- No digas bobadas, sube y si no te contestan abre el pestillo con una horquilla de moño.
-¿Qué me dices?
-Sí lo que oyes.
- Si me encuentran allí los chinos me convierten en rollito de primavera.-
-Tú llama primero y si no te contestan abre, es un minuto lo que vas a tardar.
-No sé tía...
-Bueno que no se diga...
-Vale tía, pero me puedo meter en un lío...
-Espera ,ve primero al bazar, ese que está al lado, fíjate bien, estoy segura que el chino más alto es el que ha comprado el piso.
- Pero tía  yo creo que eran todos más o menos de la misma estatura...
-No, uno era más alto y tenía los ojos más achinados.
-Pero tía si tienen todos más o menos la misma estatura y los ojos los tienen todos achinados.
- Mira, entra en la tienda y disimula como si fueras a comprar algo...
- Sí, ¡bragas!, compra bragas, que si te ve comprando bragas no se te acerca. Dime cómo es el chino, me lo describes, y yo te diré si es el que ha comprado el piso.
-Tía estoy entrando en la tienda y hay dos chinos y una china.
-Vale, vete hacia la caja de cartón donde tienen las bragas y ponte a rebuscar disimulando.
-Ya estoy, el chino de la derecha, es más o menos de estatura mediana y el otro..., ¡igual, tía!
-Pues eso ayuda poco. ¡ El pelo! tenía el pelo muy tieso y peinado hacia atrás, con entradas.
-Tía tienen los dos el mismo peinado y me están mirando raro.
- Le he sonreído y uno de ellos me ha correspondido y si te sirve de algo tiene un diente de oro.
-Ese, ese es el dueño del piso, el que tiene el diente de oro. Ahora me acuerdo, es el colmillo.
-Pues no sé tía.
-Es ese, puedes subir tranquila y abrir con la horquilla la puerta.
- Y digo yo tía..., que por qué no le digo que si puede subir y darme los papeles?
-¡Ah! pues tienes razón, y si no quiere pues ya vemos lo de la horquilla...

No hubo ningún problema el chino muy amable acompañó a mi sobrina al piso y ella  entre estornudos y lagrimeos por el polvo y los ácaros llenó otro bolsón con todos los papeles que por suerte aún no habían ido a parar al contenedor de la basura.
Si se enterara la prima Inés que su casa la han comprado unos chinos le daba un patatús ella que se había vuelto tan racista  en los últimos años de su vida a finales de los 90, y que ponía a parir a los pobres primeros inmigrantes, negros y asiáticos que por necesidad comenzaban a venir en oleadas a España como en su día lo hizo ella a Argentina.
 Es curioso como la mente borra y aplica sin ser consciente probablemente los mismos, tabúes, conceptos y tratos vejatorios a los que en algún momento ella fue sometida, y no existe la empatía necesaria para entender: coño si yo fui una desgraciada como ellos ahora  lo son aquí en mi país.
Algo ocurre en nuestras cabezas que nos deshumaniza que no llego a comprender.

Rebuscando en la gran bolsa de Mercadona y mirando en sobres y papeles he encontrado cartas con matasellos de 1920  hasta 1954 y una especie de diario de Sixto, un cuaderno amarillento y apergaminado, una foto de Sixto y sus padres y un sobre amarillo que contiene tres pasajes de barco, dos de adultos y uno de un menor.
He pasado varias semanas e incluso meses mirando los papelorios con gran detenimiento y he deducido que el  9 de octubre de 1922, Sixto, con tan sólo 7 años, emprende su aventura a Argentina con sus padres: Juan y Adela.
Después de un largo y tortuoso viaje en un coche destartalado desde un pueblo de Extramadura espera junto a sus padres en el puerto de Vigo para subirse al barco que los llevará a Argentina.
Su padre, Juan, aprieta fuertemente en sus manos los pasajes del barco metidos en un sobre  amarillo pajizo.
Toda la familia les ha ayudado para poder emprender este viaje. Atrás dejan una vida llena de privaciones, pobreza y pocas alegrías.
Hacía tiempo que llegaban al pueblo noticias de aguas allá, que allí en Argentina era posible hacer fortuna fácilmente...
Que el gobierno proporcionaba a los inmigrantes parcelas para el cultivo, y de esa forma asentar allí la población que en aquella época era muy escasa en el país. Al parecer existían  grandes extensiones de terreno listas para ser ocupadas por los colonos y para ser cultivadas con pastos y cereales para alimentar a numerosas reses de ganado vacuno y lanar.


Emprendieron su viaje ligeros de equipaje con: las cuatro reglas algunos hombres, no así las mujeres que eran analfabetas la mayoría.
 Arrugas profundas en rostros aún jóvenes e inocentes, miradas tristes y esperanzadoras, y miedo a lo desconocido.
Ataviado, el padre, con el traje que el tío Pompilio le hizo para la boda y ella con la falda de lana que le tejió la abuela con la vieja rueca.
 Los bolsillos vacíos, sólo un puñado de higos pasos que les regaló su tía Melchora, y , en la faldriquera dos mil reales  que toda la familia había reunido.
 Es todo lo que llevan, más la loca ilusión, en su todavía cabeza joven, de verse cabalgando a caballo por las grandes praderas de la Pampa dirigiendo reses de ganado, y en las tardes del domingo bailar un tango en la cantina.
 En un hatillo lleva la madre la abollada merendera de aluminio con la comida: tajadas de tocino, costillas de cerdo adobadas y chorizos fritos metidos en el interior de una gran hogaza de pan. En una cesta de mimbre lleva quesos de cabras conservados en aceite y pimentón, morcillas, chichas secas, tocino salado y perrunillas.
No saben si van a tener suficiente comida para todo el trayecto, deben controlar muy bien las raciones.
¿Por qué se marchan del pueblo?
¿Quién les asegura que en Argentina les espera una vida mejor? Es la duda constante que todos llevan en mente, pero la ilusión por el cambio y las pocas esperanzas de un resurgimiento económico en España hace que sigan para adelante.
Por hambre se marchan, y por desesperación de oír cada noche como suenan las tripas de Sixto.
Intranquilos y expectantes sueñan día y noche en subir a ese barco que les llevará sabe dios dónde.
Les acompaña otra familia el señor Enrique y la señora Susana y su hija Beatriz.
Igual que ellos han gastado todo su dinero en los pasajes. Se van con mucha pena y amargura pero quieren ver si es cierto que en el nuevo mundo encontrarán trabajo y les sacará de la miseria.
Han visto en un recorte de periódico todo manoseado que recorre el baile de tía Lucera a una familia extremeña posando junto a una casita, se ven los niños bien vestidos y sonriendo y no zarrapastrosos y con cara de hambre como están todos en el pueblo.
El señor Enrique porta un maletín de madera con sus preciadas herramientas de su oficio de albañil: la paleta, la llana, el cincel, el nivel, la cinta métrica y la plomada, una libretita y un lápiz gordo de carpintero de color rojo.
Herramientas que guarda perfectamente limpias y pulidas como si se tratara de un maletín de instrumental médico.
En esa maleta va todo su futuro, sueña con construir bonitas casas con porches y jardineras en esas grandes praderas, ya que en su pueblo debido a la miseria y la pobreza de los habitantes, sólo construye paredes de pizarra y barro que separan fincas y huertos.
Su mujer, Susana, es una hermosa señora de 28 años, alta, rubia y de ojos claros, y de gran presencia. Ella tiene ya familiares allí, que emigraron  varios años antes, el tío Pedro y la tía Mariquita.
 A menudo su hija Beatriz se subía en el campo en la cima de las montañas de palos de tabaco y poniendo sus manos en forma de catalejos, voceaba: desde aquí veo a tío Pedro y a la Mariquita con el niño… Pronto esa imagen ficticia se convertirá en realidad.  
Empieza a llover y el viento sacude con fuerza punzantes gotas de agua contra sus rostros curtidos y envejecidos antes de tiempo. Las pesadas telas de sus ropas se empapan de agua,  pesan y huelen a trapos mojados.
Hacinados en el puerto y envueltos en una neblina que les cala hasta los hueso se dan calor unos a otros. Se envuelven en mantas de pastores, tiritan de frío, castañean los dientes de Sixto y de Beatriz, pero ellos no paran de jugar y de correr entre los bultos del pasaje. Juegan con una pelota de badana y ríen y saltan sin importarles el mal tiempo.
Enrique comienza a toser y su mujer le mira temerosa, le asusta que  pueda coger  una pulmonía y no llegue a su destino. Enciende un cigarrillo y escupe a las oscuras aguas saladas las briznas del tabaco.
No hablan, sólo  se miran y, los adultos, aprovechan para llorar ahora que las lágrimas se mezclan con la lluvia y no les delata la tristeza.
Es muy duro tener que abandonar tu país, tu pueblo, tu familia y más duro aún irte así a la aventura sin saber donde irás a parar.
 Han gastado todos sus ahorros en el pasaje, le quedan pocos reales para establecerse allí con dignidad pero si es cierto lo que dicen de hacer las "Américas" pronto el pasar hambre será sólo un mal sueño es el consuelo que les queda.
Son las ocho de la tarde y el barco no zarpará hasta las cinco de la madrugada. El sol se está poniendo en el horizonte entre nubes negras y rojas.
 Parece que amaina, a ver si hay suerte y deja de llover y les deja echar una cabezada en las improvisadas camas con los bultos del equipaje. 
Se callan los niños, dejan de llorar los bebes engachados en las tetas secas de sus jóvenes madres. El mar golpea sus olas contra los diques de contención de manera pausada y candenciosa y se cierran los ojos enrojecidos para caer en un leve sueño. 
Suena la sirena, y de un salto se ponen todos en pie, recogen sus enseres, grandes cajones de madera, hatillos de ropa y apelotonados como si fueran animales van subiendo al barco.
Sixto y sus padres van a un camarote de segunda clase y Beatriz con los suyos  tiene un pasaje de tercera. 
Una vez dentro deciden que subirán al camarote las dos mujeres y la niña, y los hombres y Sixto se quedaran abajo, en la zona próxima a las bodegas.
Vamos, vamos…, son tratados con brusquedad todos los pobres que tienen un pasaje de tercera clase y dirigidos a una zona del barco donde yacen hacinados, los más privilegiados en catres y los demás en el suelo.
Se van acomodando como pueden en el suelo, y no se separan ni un instante.
La travesía es larga y dura, mareos, vomitonas, toses tísicas y carraspeos retumban en las largas  noches.
Durante el día, se suceden de manera habitual, discusiones, peleas, robos, epidemias y hasta muertes repentinas. Esas bodegas son como ollas a presión donde la dignidad humana deja mucho que desear.
Se las ingenian para entrar todos en el camarote cuando no son vistos para darse ánimos los unos a los otros, sobre todo por las noches.
Pero durante el día tienen que bajar para no ser descubiertos.
Casto y Beatriz se escapan a cubierta sin ser vistos por los gendarmes y respiran el aire puro libre de olores fétidos y agrios de los vómitos.
En estas condiciones infrahumanas, y desnutridos, después de cuarenta días de viaje, atracan en el puerto de Buenos Aires.
Apenas pueden caminar, les cuesta arrastrar sus pesados equipajes, están  muy débiles y desmejorados con sus rostros pálidos parecen almas en pena, pero al fin pisan tierra firme y sonríen.
El puerto es enorme y caminan sin rumbo, hasta que ven a un joven con pantalón y camisa negra que porta un enorme cartel que pone: a la Pampa.
Sixto, le dice el padre: ¿ Es eso lo que pone en nuestro papel, La Pampa?
¡Sí padre!
Se acercan al joven porteño, que les dice que les enseñen sus pasajes, buscan en sus bolsillos, se los entregan.
 Sólo una familia es alojada en el hotel, Sixto y sus padres la otra familia es rechazada por no tener billetes segunda.
No se esperaban este contratiempo habían oído que serían acogidos todos en el Gran Hotel del Inmigrante. Pero antes la masiva afluencia de personas de casi todo el mundo sólo eran instalados por cinco días los de segunda clase.
En esos cinco días las mujeres se ocuparan de los niños y lavar las ropas en los lavaderos y los hombres según sus oficios irán a las largas colas de la oficina de colocación para que les asignen un trabajo.
Las dos familias han convenido que en cuanto les asignen un empleo se pondrán en contacto para reunirse de nuevo.
Enrique, Susana y Beatriz se quedan desconsolados  al quedarse solos, cansados y sin apenas dinero y nada que llevarse a la boca.
De pronto aparece un joven con cara de pillo y les dice ustedes vengan conmigo que yo les indico un lugar para cobijarse, por unos pesos…
Aunque desconfían de él no les queda más remedio que seguirle. En algún sitio tendrán que reposar, ya se está haciendo de noche. 
 Mañana será otro día, y regresaran a las inmediaciones del hotel, se juntaran de nuevo con sus paisanos y juntos irán a esa tierra prometida que les va a traer abundancia y felicidad a todos.
 En su pueblo estaban muy mal, una gran crisis económica asolaba Europa después de la primera Guerra Mundial y como consecuencia a España, apenas había trabajo y pan que comer, por tanto por muy mal que les vaya no creen que la cosa pueda ser peor, están muy acostumbrados a las privaciones.
El joven bonaerense les lleva a una pensión de mala muerte, en un barrio marginal por donde deambulan inmigrantes de todas partes del mundo, mal vestidos y con caras de hambre.
 Como dijo el pequeño Sixto cuando atracaron: padre esto parece Babel.
Así parecía, Babel,  hablaban italiano,  francés, inglés, alemán, y hasta chino y eso que habían oído que las autoridades argentinas preferían que los inmigrantes fueran europeos, y preferentemente alemanes, había gente de todas las partes del mundo.
No les convenció la pensión, por el aspecto era posible que se llenaran de piojos y de chinches si se quedaban allí, y además les cobraban caro.
Comenzaron a deambular y cuando cerraron una tienda se acurrucaron en el portal, se taparon con una manta y el señor Enrique descansó su cabeza  encima de la maleta de herramientas, temiendo que se la robaran.
Mañana será otro día, no valen llantos, ni lágrimas…, hay que seguir para adelante como sea… dice Susana.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Los Primos

Brígida Seguín

Los Primos


Para los que me dicen:
Últimamente tienes abandonado el bloger, No dejes nunca de escribir.
Por esta razón voy a ir publicando por capítulos esta novela que llevo tiempo escribiendo.
Y lo voy a hacer así por dos razones: la primera porque así me obligo a escribir y la segunda porque de pequeña y de joven era una fan empedernida de las fotonovelas que en un descuido de mis hermanas mayores me apropiaba de ellas y leía a escondidas.
Espero que os guste hay mucho de realidad pero más de ficción.

I





Cuando murió la prima Inés a los 99 años de edad, casi cincuenta años más tarde que su marido, el primo Sixto, le dejó toda la herencia a un sobrino soltero que vivía con ella.
 Hace pocos meses que el sobrino falleció de un infarto y el piso pasó a manos de los familiares más cercanos.
 Yo no había vuelto a entrar en esa casa desde que fui con mis padres a Madrid, siendo niña, a la edad de siete años, para asistir a la celebración de la misa anual del fallecimiento del primo Sixto.
 Mis padres organizaron un viaje a Madrid para San José, el día 19 de marzo, era el día del padre y festivo en toda España. Mis hermanas mayores se quedarían en el pueblo cuidando del negocio de mi padre y de los hermanos pequeños.
 Mi madre estaba muy delgada pero tenía una barriga prominente, porque esperaba un hijo.
 Los médicos primero le dijeron que era un bulto de grasa, que al parecer le salió después de hacerle un raspado, nunca entendí que podía ser un raspado, raspar algo a una persona…, cómo no fuera la caspa de la cabeza con un peine fino, que era lo que nos pedía mi padre antes de dormir la siesta… No se me ocurría otra cosa en mi corta e inocente edad.
 Se lo oí decir a mi padre en una madrugada: que cuando más tarde le hicieron una radiografía vieron que la bolita de grasa se había convertido en un niño, es decir  que estaba preñada.
Yo estaba impaciente por ver a nuestra vecina cigüeña volando por nuestro pequeño  y luminoso cielo entorno a la ermita del Cristo, portando al hermanito.
 Hasta ahora sólo las había visto llevando en  su largo pico, culebras, sapos y palos, a pesar de la gran cantidad de niños que nacían en el pueblo.
Imaginaba a la cigüeña que dulce y suavemente metía su pico en el ombligo de mi madre y que,  de manera sigilosa y silenciosa extraía al nuevo hermano sin ser vista por nadie. Se lo llevaba a París, no sé a qué si luego tenía que volverlo a traer..., y encaramada en una nube, lo lavaba con el agua limpia y clara procedente de gotas suaves y tibias de lluvia primaveral, y que deshilachaba una nube de algodón y le tricotaba con su largo y ágil pico una toquilla para arrullar al nuevo bebé.
 Y así limpio y calentito, cualquier día de estos, en una madrugada, nos dejaría al bebé en la cuna en la que aún dormíamos mi hermano y yo.
Mi prima me dijo un día, que lo de la cigüeña era un cuento chino, que ella a escondidas vio parir a mi tía de la misma forma que lo hacen las cabras: por la vagina.
 Pero yo ni la dejaba de creer, ni la quería creer… porque entre otras cosas lo más seguro es que fuera pecado andar en esos pensamientos…, ya que casi todo o todo en aquéllos tiempos era pecado…
Sobre todo  tratándose de esas partes bajas del cuerpo, y yo que tenía próxima mi primera comunión no podía permitirme esos devaneos anti cigüeñiles, aunque le viera cierta lógica al atrevimiento de mi prima, de negar que los niños vinieran de París.
¡Vaya galimatías!
 Difícil de entender a esa edad: por un lado el niño, según mi prima, estaba en la tripa y creciendo a marchas forzadas… por el tamaño que iba tomando la bola..., y por otro lado la gran contradicción con la cigüeña que traía a todos los niños nada menos que de París. 
¿Cómo se podía entender eso? ¿Cómo podía estar en París y a la vez en la tripa de mi madre en el pueblo?
Tantas incógnitas sólo podían tener una explicación religiosa: Sería Dogma de Fe como casi todo en los años 60.
 Harto complicado el tema. Por todo este lío de la cigüeña, pensaba yo, no sabían si sería conveniente que mi madre, en su estado, fuera a Madrid.
Llegué a pensar, siempre ha sido un defecto mío pensar demasiado, que seguramente este viaje ocasionaría un grave problema a las cigüeñas de la Ermita del Cristo, pues aquí no tendrían ningún inconveniente ya que conocían muy bien a mi madre, la veían todas las tardes cuando se sentaba con las vecinas a coser calcetines con tomates en la solana. Y nuestra casa estaba muy cerca, no tenía pérdida…, tan sólo tenía que cruzar el regato volando y posarse en la  chimenea que estaba casi paralela a su nido.
Pero a pesar de su cercano parto, entre comillas, y mi enigma con las cigüeñas, ella ha decidido que irá con mi padre a Madrid y también quieren llevarme a mí con ellos como regalo de mi primera comunión que será en Mayo.
El principal motivo de este viaje, como ya he dicho, es asistir a la misa que se va a celebrar por el primer aniversario de la muerte del primo Sixto y para acompañar a la viuda, la prima Inés.
Cuando llegamos a Madrid después de un largo viaje, nos encaminamos al barrio de Carabanchel Alto, allí vivía la prima, la viuda, en un quinto piso sin ascensor.
 Nos recibió la viuda, enlutada y con un largo velo tapando su pelo negro  peinado hacía atrás, recogido en un moño bajo y con un mechón blanco a la altura de la frente, llorando y haciendo espavientos:
 ¡Ay, primos!
¡Ya ha pasado un año…!
¡Cuánto le echo de menos!
 ¡Gracias por venir…!
 La prima Inés había engordado y su hermosa cara resplandecía tersa y lozana. Algunas venas rojas irrigaban su nariz. 
  Le oí decir a mi tío Tente, que le daba mucho al morapio, y que desde que murió el primo a veces bebía más de la cuenta…, por eso a menudo llora a voces y critica al sobrino Manolín que se quedó a vivir con ella.
Pero cuando está sobria es amable, alegre y educada y huele muy bien a un perfume suave de rosas y a polvos de talco.
Entre llantos y suspiros nos fue enseñando todas las estancias del piso, todo ordenado y limpio, y el suelo de damero pulcramente encerado.
En el baño colgaban bonitas toallas con puntillas de ganchillo que ella había tejido y en la repisa por encima del lavabo había varias barras de carmín de diferentes tonos y un perfumador con una pera de goma y largos flecos de seda dorados, un peine de carey y un cepillo de pelo de jabalí.
 Se empeñó en que mis padres durmieran en el dormitorio del matrimonio; ellos no querían…
 Pero ella a voces, porque tenía una voz potente mezcla asturiana y argentina, gritaba:
- No hay más que hablar…, vos dormís aquí…, que a mí ya me sobra media cama…
Lloraba alborozada, y lagrimones redondos y limpios rodaban por el rostro enrojecido, terso y sin muecas.
 A mí me abrieron una cama turca que estaba al lado del balcón. Apenas dormí en toda la noche, no estaba acostumbrada al ruido y a los fogonazos de los coches que transitaban por la calle.
Me llamó la atención la decoración de la casa: los espejos, los cuadros y las fotografías enmarcadas. La cristalería y los objetos de decoración, de los que nosotros carecíamos en nuestra casa del pueblo. En mi casa nunca vi un adorno, todos eran objetos útiles.
 Los muebles sobrios del salón, cuadros pequeñitos colgados de la pared, ceniceros de cristal tallado y un gran sombrero mejicano bordado con hilo de plata.

Han pasado ya 56 años, y acompaño a mi sobrina a recoger algunos enseres de la herencia. Subo las escaleras de paredes desconchadas y suelos sucios. Huele a desahucio, a basura y a abandono… sólo un fuerte olor a especias hace pensar que la vida sigue en este edificio de apariencia abandonado.
 Nada que ver con esa primera vez, que olía a limpio, cera virgen, amoniaco y resplandecían los suelos y los llamadores dorados de las puertas.
Según vamos subiendo, del segundo sale un esbelto y guapo chico negro saltando las escaleras de dos en dos; del tercero, unas jóvenes  chicas chinas nos saludan y sonríen tímidamente.
Todos los pisos los han ido  alquilando o comprando inmigrantes porque los españoles no quieren subir escaleras, comenta mi sobrina.
De hecho los herederos han vendido el piso del primo Sixto y la prima Inés  a unos chinos, y les han dado una semana para que recojan los enseres.
La entrada al piso fue desoladora, lo invadía un cierto olor a rancio, a caspa amarillenta, a ropa sucia y a humedad.
¡Aquella casa que olía siempre a colonia fresca, a lilas y a pétalos de rosas!
El baño desprendía un fuerte olor a cloaca. Toallas sucias con las puntillas desgarradas colgaban de los toalleros
 Los papeles pintados que tan pulcramente había colocado el tío Tente como si fuera un palacete, ahora estaban despegados y caían hasta media pared. Los espejos estaban totalmente opacos por la capa de grasa y suciedad que los cubría, lo mismo les sucedía a cuadros y fotografías; la plata ennegrecida. 
Los tapetitos de ganchillo, a los cuales era muy aficionada , parecían bayetas grises  y el sombrero mejicano bordado con hilos de plata estaba envuelto en una maraña de polución, polvo y telarañas.
 Los suelos de baldosines hidráulicos que en su día brillaban por la cera que les aplicaba con trapos de lana virgen, ahora la capa de cera se había convertido en una pasta pegajosa llena de huellas del pasado y de pisadas recientes. Apenas se distinguía en el damero el blanco del negro.
Entré en el dormitorio, en el que dormí siendo niña…, y los muebles eran los mismos, la cama de matrimonio estaba hecha, pero la bonita colcha blanca de ganchillo se había tornado en gris oscura por la suciedad de la contaminación y los desconchones de yeso que le habían  caído del techo.
Mi sobrina empezó a toser por un ataque de alergia…
 ¡Ay tía! me ahogo aquí…
- Vamos a abrir las ventanas…
- Y coge lo que quieras tía, va a ir todo a la basura…
 - Tan sólo me interesan los cuadros y las fotografías, le dije, tú coge ese aparador, que restaurado te quedará precioso.
Salí de allí cabizbaja y apenada, recordando la primera vez que fui allí…
Recordando a los primos, a mis padres, a Manolín, a tío Tente y a la cigüeña…, todos desaparecidos actualmente. Menos las cigüeñas que ahora están menos atareadas y picotean plácidamente en las praderas de mi pueblo porque ya los niños en mi pueblo no vienen de París.
Tan sólo quedaban las viejas cucarachas que corrían despavoridas por todas las estancias de la casa.
Y, al bajar las escaleras, enseguida pensé lo que sucedería en mi casa cuando yo como la prima Inés me vaya.
Pensé en mis cuadros, en mis carpetas de dibujos, mis escritos y mis fotografías repartidos por toda la casa en un desorden existencial.
Acabaran de la misma forma, hacinados en bolsas del Mercadona, llenos de polvo, y probablemente abandonados al lado de un contenedor.
Sinceramente no me preocupa demasiado, siempre habrá alguien que les guste, da igual que sirvan para decorar  una bonita y acogedora casa o una chabola.
En esta extraña relación que tengo con el arte solo me interesa el momento, en la consecución de mi objetivo, en sacar el alma a un retrato, a un objeto o a un paisaje.
Sólo me preocupa que la persona que desaloje mi casa no sienta lo mismo que estoy yo ahora sintiendo por mi cruel actuación:
 El desahucio  al que ahora mismo estoy sometiendo a esas imágenes del primo Sixto y la prima Inés, desmontando los marcos y sacando las preciosas fotografías de los momentos más importantes de sus vidas.
Me avergüenzo de confesar que dibujos míos están ocupando los marcos dorados de casi 80 o más años albergando sus fotos.
Me siento como una ocupa, lo único bueno de todo esto es que la proximidad de las imágenes fotográficas, el poderlas tocar, ya fuera del marco y del cristal, me hace penetrar más en sus almas para poder entender sus vidas


Tanta decadencia y siniestrabilidad me superaba. Salí con dos bolsas enormes de cuadros con fotografías llenas de vidas huecas y borrosas en el tiempo.
Cuando llegué a mi casa fui limpiando uno a uno los cuadros carcomidos y polvorientos. Quitándole los cartones medio podridos y las puntas oxidadas para sacar las fotografías, que afortunadamente estaban perfectas.
 Me llamó la atención que en la parte trasera de las fotografías tamaño postal ponía en todas una dirección de Buenos Aires.
Fotografías de la boda del primo Sixto y la prima Inés, de la comunión de Inés, de un café con personajes bien vestidos, de un grupo de amigos o familiares con los primos, del primo Sixto vestido de gaucho, con ropas de fiesta subido a un caballo e Inés agarrando las bridas. Todas con el sello de una tienda de fotografías de Buenos Aires.
El primo muy guapo y sonriente he de reconocer que se parecía bastante a mi padre. La prima bellísima, las proporciones en su cara eran perfectas con unos enormes ojos oscuros y almendrados  envueltos en un halo de tristeza y melancolía.
Aquellas fotografías, bellas fotografías en blanco y negro, ya sacadas de la bolsa del mercadona, y en mis manos, iban dando forma y rellenando las vidas que un principio parecían vanas.
Todo esto hizo preguntarme lo poco que sabemos de las personas que pasan por nuestras vidas y me maldije por no haber tenido una conversación con la prima Inés en aquéllas ocasiones cuando subía a verla con mi hermana. Íbamos de tarde en tarde, y siempre se quejaba de que estaba muy sola…
Alargábamos la distancia de las visitas porque la mayoría de las veces estaba ebria y criticaba sin parar al sobrino, a Manolín, que era una muy buena persona. Y ya sabíamos lo que nos iba a decir, siempre repetía lo mismo. Con lo interesante que hubiera sido que nos hubiera contado algo de sus vidas en Argentina.
Y de esta forma comencé a interesarme por la vida de los primos en Argentina.


martes, 5 de septiembre de 2017

ENCINaRTE





El Arte con mayúsculas ha explosionado en el Encinar, gracias a la iniciativa de un vecino, Manuel Pérez, escultor y amante del arte, que ha reunido con gran acierto y éxito a pintores y escultores de la zona.
Coincidiendo con la festividad de la virgen de la Encina, se ha celebrado con gran expectación y acogida una exposición masiva y multidisciplinar en la urbanización del Encinar y los Cisnes.
Y sorprende ver la cantidad de personas que dedica su tiempo libre al Arte que de no ser por estos actos no conoceríamos sus obras.
 Y emociona ver las pinturas de niños y de personas que por algún problema de salud, de alguna manera tiene que esforzarse más que los demás para pintar.
Y también es muy satisfactorio ver las caras de mis queridas compañeras de la asociación: Arte y Literatura del taller  de pintura, al ver sus cuadros colgados ante la mirada del publico y ver las buenas pinturas que a base de un gran esfuerzo han conseguido realizar.
Mi gallina ha venido volando de la sala de exposiciones de Zarza de Granadilla, junto con el mastín de los Arenales, al que yo he puesto de nombre Coronel en memoria de un perro muy querido en mi infancia. 
Además hemos gozado de la puesta en escena de las poesías de Gabriel y Galán  bajo el título: Entre dos tierras de la mano de dos reconocidos y premiados actores de teatro: 
Jesús Galán y Pablo Málaga.
Esperamos que el próximo año continúe.
Gracias a: Agustín, Jose, Miguel, Alberto y Etelvino que han sido de una gran ayuda para el montaje de la exposición y por supuesto al Ayuntamiento de Terradillos.