domingo, 1 de marzo de 2015

Potaje con gambón










Esta variedad del potaje con bacalao la he hecho hoy porque me apetecía comer potaje y se me había olvidado poner a desalar el bacalao.
Está bastante bueno y los gambones son más baratos que el bacalao...


Ingredientes:

-garbanzos
-espinacas
-arroz
-gambón
-cebolla
-un diente de ajo
-una cucharada de harina.
-una cucharadita de pimentón.
-caldo de pescado.



Elaboración:

En una cazuela pon aceite a calentar y realiza un sofrito con la cebolla y el ajo picadito,
A continuación yo le he añadido una cabeza de merluza y su espina que tenía congelada y unos cuantos gambones.
Seguidamente le he añadido la harina y el pimentón, el agua, los garbanzos y las espinacas, y ha cocido el potaje en la olla una media hora.( En este instante he sacado la espina y la cabeza de la merluza)
Cuando los garbanzos se hayan cocido le añades un puñado de arroz, azafrán o colorante y un huevo cocido picadito.

¡Salud!

jueves, 12 de febrero de 2015

La Sirenita del Ambroz (completo)







 A las afueras del pueblo en la casa amarilla, cercana al río Ambroz, vivía una familia encantadora, formada por:  Perico, Celeste y su hija, llamada, Lluvia.  
 Habían venido huyendo del bullicio, estrés y contaminación de la gran ciudad y se habían instalado en la  gran casa amarilla. 
Enseguida se integraron en el pueblo, eran muy  queridos y respetados por todos, aunque los habitantes, a veces, no entendieran su moderna forma de comportarse.
Algo raros..., eso sí que son, estos forasteros, decían los lugareños entre ellos.

 Allí, en la casa amarilla, todos sus miembros vivían felices y la más feliz de todos era la niña, ya que se pasaba el día correteando río abajo y río arriba. Por supuesto siempre con la vigilancia, atenta, de su madre Celeste.
Pero mira tú... por donde... un mal día llegó la desgracia a la casa amarilla, cuando en una de estas visitas al río, Lluvia desapareció y por más que la buscaron no la encontraron.
 Parecía que se la había tragado la tierra.
Todos los vecinos confiaban en la posibilidad que apareciese, confiaban que no se hubiese ahogado ya que la niña aprendió a nadar prácticamente desde que nació.
Su querida mamá la parió en una piscina cuando vivían en la gran ciudad, antes de venir a vivir al pueblo. 
Su madre que tenía una relación especial con la naturaleza, cuando se enteró de que podía parir dentro del agua, se prestó voluntaria al proyecto pionero de un equipo de ginecólogos, que querían poner en práctica un método moderno de dar a luz dentro del agua, donde, según ellos, el nacimiento del niño era menos traumático y sufría menos en el momento del parto. Ya que, insistían los ginecólogos, los bebes venían de un medio acuoso dentro del útero de la madre, donde  habían pasado los nueve meses de gestación.
Contaba su madre, que Lluvia nació en una gran piscina al lado del mar y, allí ..., salió de la tripita de su mamá como un pececillo... escurridizo, como una gotita de lluvia...
Por esa razón, sus padres,  la llamaron Lluvia.
Su padre, Perico, siempre comentaba que lo primero que  les ofreció Lluvia, a todos los presentes en el momento de su nacimiento, cuando asomó su cabecita, fue una bonita sonrisa y después, en un acto reflejo, se puso a nadar, como un perrino, en dirección a la teta de su progenitora y muy abrazaditas y unidas ambas, todavía, por el cordón umbilical, salieron a la superficie.
Así pues, no es de extrañar que a Lluvia le encantara el agua, en cuanto veía un rayo de sol se escapaba al río y se metía en el agua, buceaba y jugaba con los pececillos, las ranas, los renacuajos, los galápagos y, sobretodo, jugaba con las nutrias y con todos los animalillos que vivían en el río.
Ayudaba a las nutrias a preparar las presas con los palos que flotaban en las aguas  y a quitar el barro que taponaba las entradas a sus cuevas.
Las "jaovas"florecidas se agarraban a su cintura y colgaban de su gracil cuerpecito como un  hermoso vestido.
Las culebrillas de agua se enroscaban en sus muñecas como si fueran brazaletes. Las libélulas se colocaban alrededor de sus cabellos ondulados de color miel y formaban una preciosa corona en su cabecita, que la hacía parecer una hermosa sirenita:
La Sirenita del Ambroz, la llamaban en el pueblo.
Allí, en las aguas del río, Lluvia era feliz aunque en más, de una ocasión una pandilla de niños gamberros llegaban hasta la orilla y se divertían tirándole piedras.
Excepto el hijo del vaquero, un niño larguirucho y de cuerpo atlético, muy moreno, de grandes ojos negros y huidizos.
Este niño se pasaba el día correteando por el campo en bañador como única prenda de vestir.
Y permanecía, observándola, en la lejanía, como una estatua de bronce, clavada en el secarral de los rastrojos de los campos de trigo que estaban cerca del río detrás de las frescas choperas en la zona de la barranquilla.
Permanecía allí, en lo alto de la barranquilla, mirando como se divertía Lluvia en el agua; a veces se acercaba y se metía en el río, pero a gran distancia de ella.
Allí, en el río, tanto la niña como el niño resplandecían por igual:
La niña brillaba por la hermosura frágil y delicada de su piel  nacarada y el niño brillaba por la hermosura de su cuerpo atlético y de color canela.
 Ella se daba cuenta de la presencia del muchacho, pero como era muy pequeña sólo le sonreía y continuaba nadando, y él, se escondía entre las tamujas y espadañas, nunca le decía nada, solamente la observaba sin quitarle ojo.
Cuando los niños del pueblo se divertían tirándole piedras a Lluvia, el muchacho se ponía en guardia y les respondía de la misma manera y se organizaba una gran batalla campal en el río y todos los pececillos, ranita y galápagos, asustados, se escondían en lo más profundo del río.
Y, Lluvia, un poco acalorada, les gritaba: sois una pandilla de atontaooooos..., que no sabéis hacer otra cosa  más que molestar...
Ellos reían y la llamaban cara de rana y continuaban tirando piedras alrededor de la niña, pero ella se zambullía y buceaba a lo más profundo del río y los chicos no conseguían alcanzarla.
Y así, de esa forma inocente y divertida, pasaba Lluvia la mayoría de las tardes metida en el río. 
Hasta que llegó ese día fatídico primaveral, cuando Lluvia, como siempre antes del atardecer, se había acercado a zambullirse  en el río y desapareció sin dejar rastro.
Su madre, que siempre la vigilaba en la distancia, la dejaba que fuera al río porque al parecer no había problemas, las aguas le llegaban a Lluvia por debajo de la rodilla; y en el remanso donde ella jugaba con los renacuajos, no había ningún peligro.
 Cuando la perdió de vista fue inmediatamente corriendo hacia el río, la llamó a gritos y la buscó hasta debajo de las piedras pero la niña no acudió.
La buscaron todos los habitantes del pueblo, durante todo el día y toda la noche pero no la encontraron...
Le preguntaron al hijo del vaquero si la había visto...Y él les contó una historia poco creíble:
Que sí..., que..., la había visto, que vio a Lluvia que estaba jugando en un  charco en el río..., jugando con los renacuajos y que de repente los renacuajos se hicieron transparentes y crecieron como gigantes de más de dos metros y cogieron a la sirenita, se sumergieron en el cieno de las aguas y desaparecieron con ella.
Nadie quiso creer al hijo del vaquero, según los vecinos del pueblo, era un poco raro y a partir de aquel día se trastornó un poco más.
Y se lo llevaron a un sanatorio especial, estuvo allí ingresado un tiempo, hasta que le tuvieron que sacar porque no comía, no bebía y pensaron los médicos que era mejor que estuviera en su casa con un tratamiento médico.
Desde entonces todos los niños del pueblo, que eran un poco crueles, le pusieron el mote de "el Loquillo".
 Nadie, en el pueblo, podía creer que Lluvia se hubiese ahogado... Pero, claro, tampoco se creían la versión del Loquillo y pasaba el tiempo..., y como no aparecía la niña todos los habitantes del pueblo dejaron de buscarla, todos, excepto su madre que seguía confiando en encontrarla viva algún día.
Cada día su madre se acercaba al río y lo recorría tramo a tramo  mirando rincón por
rincón, concienzudamente con la esperanza de encontrarla, pero no había suerte Lluvia no aparecía ni viva ni muerta. 
Su madre, cada día, se iba llorando de pena para casa pero al día siguiente volvía a realizar la misma operación unos metros más abajo del río y así poco a poco iba peinando toda la orilla  siempre con la esperanza de encontrarla.
La gente del pueblo decía que Celeste se había vuelto loca pues había abandonado todas sus tareas y se había abandonado físicamente. 
Se pasaba el día buscando a su niña, a su sirenita, por las riberas del Ambroz.
Celeste se compró una tienda de campaña y muchas noches dormía a la orilla del río para estar atenta a todo lo que allí sucedía.
Su marido la abandonó marchándose a vivir a Madrid y sumándose a las opiniones de los habitantes del pueblo, que se había vuelto loca.
A Celeste le traían al fresco las opiniones de todos e, incluso, la de su marido, ella lo único que quería era encontrar a su preciosa niña, Lluvia.









 Habían pasado ya ocho años de la desaparición de Lluvia, y un día de estos en los que Celeste había acampado y dormido a la orilla del río, en una zona del río, llamada el Charco el Arenal, a primeras horas del día, cuando el sol apenas había salido, la despertó un gran golpe, provocado por un fuerte chapuzón en el agua y  seguidamente oyó un gran jolgorio de risas cantarinas, croar de ranas y trinos de pájarillos.
Celeste abrió con cuidado la cremallera de su tienda; se asomó al río y cual no sería su sorpresa cuando en un recodo del río, al lado de unos grandes canchales donde las aguas corrían y caían cristalinas a una poza muy oscura y profunda, rodeada por los enormes y fantasmagóricos canchos resbaladizos, vio a una jovencita con una larga cabellera de color de las "jaovas", verde- brillante, adornada con caracolillos blancos y coronando su cabeza una diadema de hermosas e irisadas libélulas que revoloteaban a su alrededor.
La joven era de una belleza un tanto extraña y enigmática, tenía, los ojos grandes, verdes y saltones, su boca era pequeña y sus labios eran  gruesos y carnosos como la boca de un pez.
Cubría su  estilizado cuerpo un vestido de "jaovas" verdes llenas de florecillas blancas y amarillas.
La sirenita bailaba en medio de las aguas mientras las ranas, los sapos y los pajarillos cantaban alegremente.
 Los pececillos pequeños, nadaban a su alrededor y limpiaban su piel dándole pequeños mordisquitos.
Celeste no quiso salir de la tienda para no asustarla; temía que al verla se asustara y desapareciera, y, allí, escondida en su tienda, detrás de unos tamujales, contemplaba estupefacta la escena.
Lógicamente, lo primero que pensó es que esa joven bien podría ser su hija Lluvia, pero su gran espera le había hecho ser muy precavida..., y había aprendido a no ser visceral y a no precipitarse en tomar  decisiones.
Celeste, sólo tenía una duda y se planteaba: ¿Cómo era posible que hubiera sobrevivido tantos años en el agua?
Llegó a la conclusión de que eso ahora le daba igual, lo importante es que estaba ahí, y lo único que le preocupa ahora era descubrir si realmente era su hija.
Había una forma de saber si era Lluvia y era ver si tenía una mancha de nacimiento, una mancha roja, que parecía un pececillo, en su muslo derecho.
Pero, claro, no se le veían las piernas porque estaba metidas en esa poza de aguas profundas y oscuras.
Paciencia, discreción y guardar el secreto, pensó Celeste, es lo que debo hacer. 
Este sería su gran secreto..., no se lo diría a nadie... 
Ya había cogido en el pueblo fama de loca..., y lo único que podía pasar es que alguien la siguiera,  asustara a la joven y desapareciera otra vez.
Después de todo el tiempo que llevaba buscándola no iba a permitir que eso sucediera.
La joven salía del agua dando piruetas en el aire con sus dos piernas juntas, enredadas en "jaovas" verdes y tallos de enredaderas silvestres, simulando a una enorme cola. 
 Sus piernas parecían soldadas y se habían convertido en una enorme cola de sirenita.
Esta imagen desilusionó enormemente a Celeste pues con ese follaje, no habría forma de ver si tenía el antojo en la pierna.
Pero..., pensó, paciencia, todo se andará lo importante, creo..., vamos estoy segura, que he encontrado a mi hija, se volvió a repetir para ella misma dándose ánimos.

La sirenita del Ambroz  continuaba sumergida en el agua. Dejó de bailar y con la cabeza echada hacia atrás esperaba con la boca abierta, mirando al cielo y al instante aparecieron unas preciosas oropéndolas y unos bonitos y coloridos abejarucos que traían comida en el pico: gusanillos, semillitas, trozos de frutas, ciruelas, manzanas, y toda clase de vegetales y con muchísimo cuidado lo depositaban en la boca de la sirenita.
Cuando terminó de comer, dos nutrias le acercaron dos palos largos y con sus atléticos brazos, musculados de tanto nadar, la sirenita se agarró a los dos palos y utilizándolos como muletas se subió a la orilla del río y se echó allí a dormir apoyando su cabeza en un matojo de tomillo florecido.
Y con los primeros rayos de sol de la mañana, su cuerpo se calentaba y brillaba como el cuerpo escamado de un bonito pez, perfectamente camuflada entre los aguaperos florecidos, los juncos y el tomillo perfumado.
Se quedó profundamente dormida y Celeste pudo comprobar que roncaba como su niña, cuando en sus primeros años de vida tenía las vegetaciones muy desarrolladas, roncaba porque no respiraba bien.
En ese instante, pensó Celeste, que podía acercarse a la sirenita para ver si podía encontrar la manchita en la pierna derecha.
Se acercó a ella, acarició, tímidamente, su carita fría y sus cabellos verdes llenos de  extraños caracolillos blancos, que ella nunca había visto por esa parte del río, ni por ninguna otra parte.
La sirenita dormía profundamente y Celeste con mucho cuidado intentó separar las "jaovas" verdes de la pierna derecha, pero allí había un entramado de tallos y de hojas y era imposible moverlos sin despertar a la sirenita.
De repente entre unos palos, que flotaban en el agua, asomaron sus cabecitas unas preciosas y brillantes nutrias, se acercaron a la sirenita y tirando de la cola la introdujeron en el agua.
Celeste no trató de retenerla, pensó..., paciencia, sólo la paciencia me hará recuperar a mi niña.
Se escondió detrás del matorral y pudo ver como se despertaba la sirenita con cara de sorpresa y buceando se metía nadando por un agujero de una gran cancho que había en el Charco el Arenal.
Un golpe seco y fuerte con un palo en un canchal asustó a Celeste; miró hacia atrás y vio al hijo del vaquero, un joven al que apodaban en el pueblo "El Loquillo".
 Al que se le veía a menudo, subido a pelo, en su caballo negro, recorriendo los campos y galopando sin parar día y noche.
Se acercó a ella y comenzó a gesticular con los brazos y a mover sus labios emitiendo unos sonidos guturales ininteligibles.
-¡Hola, hijo!: sigo aquí buscando por las aguas a mi hija Lluvia. Ya veo, que tú... estas muy bien y sigues recorriendo los campos montado en tu caballo.
El chico no le dijo nada, entre otras cosas porque nunca había conseguido emitir una palabra que se entendiera desde que desapareció Lluvia.
El Loquillo, subido en un enorme cancho, dio dos golpes con su vara larga y se marchó montado en su caballo negro zahíno, a pelo, y al galope desapareció entre las encinas.
 En esta parte del río, en el Charco del Arenal, el río discurre entre la dehesa de encinares, carrascas y grandes canchales de granito.
Celeste escuchó el sonido que habían provocado los golpes de la vara en el canchal y le pareció oír un sonido hueco, como que retumbaba..., pero no dijo nada.
Cuando se marchó el Loquillo, Celeste, cogió una piedra y dio unos golpecitos en la gran roca y pudo comprobar que, realmente, sonaba a hueco.





Encima de la supuesta cueva, al lado del canchal había una enorme encina con el tronco hueco, Celeste trepó por ella y se asomó por el agujero y pudo ver, con los rayos de sol que entraban por el agujero de la encina, que el suelo estaba lleno de arenas blancas, valvas gigantes de mejillones y caracolillos blancos.
Se bajó de la encina, llena de dudas y de esperanzas y pensó que ya había tenido bastante por ese día..., tenía que tranquilizarse y tomar distancias para no meter la pata.
Se marchó al pueblo cavilando con una idea que le iba rondando por la cabeza.
Cuando llegó al pueblo se fue directa a la tienda de las golosinas y compró lágrimas violetas, que eran las golosinas preferidas de su hija cuando era pequeña.
Al día siguiente mucho antes de que amaneciera guardó en su mochila las lágrimas violetas y se marchó al charco del arenal con la esperanza de volver a ver la escena del día anterior.
Llegó a la zona, se metió en la tienda de campaña, detrás del matorral y en pocos minutos la alertaron los cantos armoniosos de pájarillos, ranas, y una fuerte sacudida en las aguas.
Inmediatamente apareció en la superficie de las aguas la sirenita, hizo su ritual baile en las aguas; los pececines mordisquearon su piel y las oropéndolas y los abejarucos, traían comida en sus picos y la depositaban en su boca abierta.
Los movimientos de su boca simulaban a los movimientos de la boca de los peces que nadaban a su alrededor.
Después de comer y de jugar un rato en el agua, las brillantes nutrias le trajeron los dos palos y ella  los utilizó como pértigas, se subió a la orilla y apoyó su cabellera verde, llena de caracolillos blancos, en una mata florecida de tomillo perfumado.
Tapó su cara con los pétalos morados y suaves del tomillo y con los rayos de sol calentando, tibiamente, su cuerpo verdoso se quedó profundamente dormida. Quedando su cuerpo perfectamente camuflado entre el matorral.
 Mientras tanto las nutrias hacían guardia detrás de unos troncos que flotaban en el río, justo, al lado del extremo de la cola de la sirenita.
Celeste se acercó con cuidado y volvió a acariciar a la niña, besó su frente y abrió su manita verdosa y fría y depositó en ella las lágrimas violetas.
No intentó buscar el antojo en su pierna pues una nutria no la perdía de vista.
Celeste se escondió, y cuando la sirenita despertó miró sus manos y cogió una lagrimita violeta, la miró y la remiró, e instintivamente se la metió en la boca, y chupó con ganas el rico caramelo.
Después, la sirenita, cogió un manojo de tomillo y se lo acercó a su cuello y comenzó a olisquearlo como un animalillo salvaje. Se lo ató al cuello y una bandada de mariposinas blancas se acercaron a su cara y  la "tupieron" a besos.
Se zambulló en el agua y se metió en la cueva después de reír, saltar y brincar con sus amigos los peces, las ranas, las nutrias, las oropéndolas, los abejarucos, los colorines, los pardales y las libélulas.
Celeste se quedó triste cuando desapareció la sirenita, pero enseguida le vino un flash a su mente, al recordar el gesto de la sirenita olisqueando el tomillo,  y recordó..., que la colonia que ella usaba cuando su preciosa niña estaba con ella, era una colonia de esencia de cantueso que compraba en un herbolario.
Pasó allí todo el día pero la sirenita no salió más veces. Decidió, Celeste, marcharse a su casa y buscar la colonia que no había vuelto a ponerse desde que desapareció su hijita.
Buscó la colonia y un pañuelo blanco que a Lluvia le gustaba tener entre las manos mientras dormía. Lo perfumó y lo guardó en su pecho.

Antes de que amaneciera Celeste se marchó con el pañuelo guardado en su pecho y otro puñado de lágrimas violetas, guardadas, en su bolsillo.
Caminaba por la orilla del río, saltando alambradas y abriendo porteras hasta llegar al Charco del Arenal.
 Esa zona del río era totalmente diferente a toda la ribera del río, estaba llena de canchos horadados por el agua, simulando formas y figuras extrañas, oscuras que brillaban con el paso del agua.
Justo en la zona donde se aparecía la sirenita había dos enormes canchos en forma de tronos, eran como dos grandes asientos que el agua había esculpido para ser ocupados por algún personaje importante.
El acceso a esta parte del río era un poco complicado ya que las enormes tamujas con sus pinchos hacían un poco difícil el paso, pero Celeste estaba ya acostumbrada a pasar entre las grandes tamujas pues llevaba mucho tiempo fundiéndose con la naturaleza, intentando encontrar un resquicio que le diera una pista para encontrar a su hija.
Montó su tienda detrás del matorral sin hacer ruido y se escondió con la esperanza de volver a ver aparecer a la sirenita del Ámbroz.
Cuando salieron los primeros rayos de sol, sucedió lo que venía pasando los días anteriores, después de un gran golpe en las aguas, salió la sirenita e hizo el ritual que solía hacer y a continuación se colocó en la orilla del río a dormir calentita con los primeros rayos del sol saliente y, como hacía habitualmente, colocó su cabeza en su almohada de flores moradas del tomillo "florecio".
Celeste esperó a que estuviera profundamente dormida y cuando oyó los ronquidos de la sirenita se acercó a ella e intentó de nuevo buscar el antojo del pececillo rojo en la pierna, pero era imposible, las enredaderas se habían entrecruzado de tal forma que habían tejido una trama tan fuerte que era imposible separar.
Celeste, pensó en cortar la trama con unas tijeras, pero la detuvo el pensamiento de que si al meterse en el agua se le deshacía el entramado la sirenita perdería su cola y pudiera ahogarse en las aguas.
Con mucho cuidado limpió su cara verdosa con una toallita y vio que se parecía mucho a ella cuando era joven.
Puso las lágrimas en su mano y le colocó en el cuello su pañuelo perfumado con la colonia de esencia de cantueso.
Las nutrias que vieron el treje maneje de Celeste, rápidamente tiraron de la cola de  la sirenita y la introdujeron en el agua.
La sirenita se despertó con el chapuzón, abrió el puño y se metió en la boca una lágrima violeta.
Se tocó en el cuello y encontró el pañuelo y se puso a olisquearlo como un animalillo salvaje, y empezó a dar saltos de alegría sin separar el pañuelo de su nariz.
Unos jilgueros emitieron un canto y la sirenita se zambullió en el agua y se metió en la cueva.
Celeste estaba contentísima, ya casi estaba segura de que esa joven era su hija Lluvia, la reacción que había tenido al oler el pañuelo perfumado le daba a entender que había recordado el perfume de su infancia.
Pero todavía no podía hacer nada, ni precipitarse, debía, de alguna manera, ganarse la confianza de la sirenita; no podía sorprenderla; había que estudiar la forma de conseguir que al acercarse a ella, que no huyera.











Lo primero que tenía que hacer..., pensó Celeste, era ganarse la confianza de las nutrias guardianas.
No sabía de qué manera..., ella había leído que las nutrias eran unos animalillos muy gregarios y sociables y era posible que hubiesen adoptado a Lluvia cuando, pequeña e indefensa, se perdió en el río .
Así pues, en lugar de enfrentarse a ellas debería ganárselas y tenía que demostrarles que ella le estaba muy agradecida por haber cuidado de su hijita. Se le ocurrió ayudarlas a recoger troncos y ramas del río para construir las presas.
Así pues..., se metió en el río y, allí, donde las nutrias tenían una represa incipiente empezó a llevar troncos y les hizo una represa en toda regla.
Las nutrias la miraban con cara de sorpresa escondidas entre las hojarascas flanqueando la entrada de la cueva.
Cuando terminó se quedó allí parada mirando la entrada de la cueva y se le ocurrió la idea de ofrecerles comida.
Salió del agua y cogió pescados, moluscos y crustáceos que había traído de casa y se volvió a meter en el río.
E iba poniendo los alimentos en las hojas que iban flotando en el río y con mucha delicadeza, les acercaba a las nutrias las hojas con los manjares.
Ellas, esquivas, asomaban sus hoziquillos y olisqueaban, pero no se atrevían a salir, hasta que una pequeñita se acercó a Celeste y cogió una pieza, se la comió y los demás se fueron acercando poco a poco y se dieron un buen festín.
Finalmente se acercaron a Celeste y olisqueaban y acariciaban su cuerpo con su cola.
 Comenzaron a llegar al río las libélulas y se posaron en sus cabellos dorados, formando una preciosa diadema.
 Y las mariposinas blancas, como hacían todos los días con la sirenita, la "tupieron" a besos.
Celeste estaba feliz con el espectáculo, eso indicaba que los animales de alguna forma, quizás instintivamente, ya la habían relacionado con la sirenita.
Entonces intentó acercarse a la boca de la cueva para ver si podía entrar, pero... la entrada estaba tapada por una enorme verja, que ella antes no había visto.
Se acercó un poco más y dio un salto tremendo hacia atrás, cuando comprobó que los barrotes de la verja no eran tales barrotes sino que eran unas enormes culebras de agua.
Salió corriendo del agua y muy asustada se metió en la tienda y se puso a llorar desconsoladamente y una mariposina blanca enjugaba sus lágrimas con sus sedosas alas.
 Y, como queriéndo decirle algo importante..., la mariposina blanca, entraba y salía por una  rendija de la tienda.
Celeste salió de la tienda y siguió a la mariposina blanca; si ella se paraba la mariposina se detenía; si andaba la mariposina continuaba volando a ras del suelo, o cerca de sus cabellos, siempre a su lado.
Se detuvo cuando llegó a una pradera donde estaban descansando unas enormes y "parramplonas" vacas lecheras.
La mariposina se posaba en las ubres de la vaca y seguidamente revoloteaba cerca de las manos de Celeste y a continuación, volvía a posarse en las ubres de la vaca.
Celeste, de repente, se dio cuenta de que la mariposina, de nuevo, le estaba mandando un mensaje...
 Y recordó que de pequeña su madre le contaba un cuento... que decía que a las culebras les gustaba mucho, mucho... la leche y que eran muy golosas...
Les llevaría leche a las culebras guardianas de la cueva y se haría amiga de ellas y así probablemente la dejarían pasar.
Ordeñó a una vaca y en una cantimplora llevó la leche al río. Se metió en el agua y se acercó a la entrada de la cueva y, allí..., flanqueando la puerta, seguían las estiradas y enormes culebras, como grandes barrotes de hierro, cerrando la entrada y mirándola con cara de malas pulgas.
Cogió, Celeste, un corcho, en forma de cuenco, que flotaba por el río; lo llenó de leche y se lo ofreció a las culebras, y las culebras que son muy golosas se fueron acercando al cuenco y sorbían la leche con gran avidez.
Celeste se quedó tiesa cuando las culebras comenzaron a acercarse a ella y rozaban su frío cuerpo con el suyo.
Pero entendió que era un gesto o una señal de agradecimiento. 
 Ella que le tenía pánico a las culebras, estaba tensa, no se movió, pero las culebras se relajaron y se alejaron de la entrada de la cueva.
Se sumergió en el agua y buceando encontró la oscura entrada, pasó y a pocos metros,  vió una luz, que entraba desde lo alto e iluminaba la cueva.
 Sofocada por la gran tensión que había sufrido hizo unas respiraciones profundas y comenzó a caminar  a gatas por una rampa resbaladiza, como un tobogán natural que había en el interior, con el fin de  llegar hasta donde estuviera la sirenita.
Cuando llevaba caminando unos cincuenta metros se encontró de narices con un lago subterráneo precioso con unas aguas cristalinas y arenas blancas.
Y a la orilla del agua del diminuto lago había un mejillón gigante en cuyas valvas había arena blanquísima y, allí dormida, estaba la sirenita del Ambroz.
Celeste no la despertó, sino que se echó en una de las valvas, al lado de la sirenita, y mirándola con amor y agarrándola de la mano se quedó profundamente dormida.
Cuando se despertó tenía encima de ella a la sirenita, olisqueándola y abrazándola, como un animalillo salvaje.
 Celeste se quedó inmóvil e inmediatamente empezó a corresponder con sus caricias.
Risas y lágrimas corrían por sus caras y besos y abrazos envolvían a madre e hija.
Celeste se puso de pie y la sirenita tocaba sus piernas y señalaba con sus dedos su enorme cola tejida con tallos de enredaderas.
Intentaba hablar pero no le salían las palabras y lo único que hacía, con gesto nervioso, era señalar hacia el techo de la cueva.
Celeste sacó un machete que llevaba a la cintura y comenzó a cortar el entramado, la sirenita miraba con paciencia lo que hacía Celeste.
Era una labor inmensa el cortar todos lo tallos y raíces que llevaban allí en sus piernas ocho años.
Comenzó a cortar el entramado por la pierna derecha y apareció una piel verdosa y ensapada que se fue estirando al contacto con el aire.
Celeste limpió con toallitas la piel  y de repente apareció el pececito rojo. Se lo enseñó a la sirenita y, ella, se bajó su pantalón y le enseñó el mismo pececillo rojo que tenía en su pierna derecha.
 La sirenita del Ambroz le sonrió y estiró sus brazos hacia Celeste y se abrazaron.
Por fin había encontrado a su querida hija Lluvia. Estuvo todo el día quitándole la cola y cuando acabó separó sus piernas con mucho cuidado.
Estaban un poco débiles para caminar pero musculadas por el ejercicio que hacía en el agua cuando nadaba.
Pasaron dos días en la cueva, Celeste agarraba a su hija de los brazos y la ayudaba a caminar y poco a poco Lluvia comenzó a caminar sola.
Cada día, cuando salían los primeros rayos de sol salían las dos de la cueva deslizándose por el tobogán y después jugar con las nutrias, ranas, peces, y galápagos y de desayunar con los alimentos que le traían los abejarucos y las oropéndolas, subían a tierra a tomar el sol.
Celeste hablaba a su hija y Lluvia muy atenta repetía todas las palabras.
Llegó el día en que Lluvia ya caminaba sin dificultad y que debían abandonar la cueva y marcharse al pueblo, y cuando iban a despedirse de todos los animalitos, protectores de Lluvia, que vivían en el río, se oyeron tres golpes secos en el techo del canchal.
La sirenita se puso muy nerviosa y se abrazó a su madre.









 Celeste no comprendía el comportamiento de su hija y por más que le preguntaba, qué era lo que le pasaba, la sirenita, no lograba articular palabra.
De pronto se oyó una voz fuerte y ronca y, con palabras enredadas, dijo:
-No pensará... que se va a llevar de la cueva a mi sirenita.
-¿Quién eres? -dijo Celeste, sobresaltada-

-Soy yoooo...,¡ Míreme bien!

  ¿Es que no me reconoce...?

-Nooo..., no te reconozco..., con toda la cara embarrada..., me has dado un susto de muerte...

-Yo soy el hijo del vaquero, el Loquillo, como me llaman en el pueblo.

-¿Pero qué haces tú aquí?

¿Es que tú sabías que estaba aquí mi niña?

-Señora llevo cuidando de ella durante ocho largos años y no voy a permitir que se lleve a mi sirenita.

-¿Qué hubiera sido de ella, si yo no me hubiera ocupado de atenderla?

- No entiendo nada... ¡Anda hijo!, déjanos salir..., me ha costado tanto sufrimiento encontrarla...

-No puedo dejar que se marche, ellos, los renacuajos gigantes, si se la lleva se enfadaran mucho... Vendrán a por mí y lo pagaran con todo el pueblo si la dejo marchar.

-¿Pero quienes son ellos?

-Ellos, como ya le he dicho son los renacuajos gigantes..., que vienen al río siempre que cambia la luna.
 Le colocan en la cabeza de la sirenita los caracolillos blancos y a través de ellos le sacan toda su energía.
Es como si la exprimieran..., al  colocarle los extraños caracolillos blancos en su frente y en sus cabellos, ella comienza a palidecer hasta perder el conocimiento.
A continuación ellos arrancan los caracolillos y se los ponen en sus cabezotas y comienzan a hincharse y a estirarse.
 Parece ser que de esa forma ellos absorben la energía que los caracolillos blancos le han chupado a la sirenita.
¿Alguna vez ha visto usted por estas tierras esos caracolillos de ese color, blanco titánio...?
-¿ A qué no?
¿Y..., sabe lo que le ocurre después a la sirenita...?
 Pues..., que cuando se marchan la dejan en la cueva, inconsciente y casi sin aliento.
Entonces yo tomo aire y le hago la respiración artificial y poco a poco va recuperando la energía y el oxigeno que le han robado.
Además le traigo alimentos a menudo, pero ella no me reconoce, los hombres renacuajos la dejan sin memoria.
Ya sé que nadie me cree y que no me creyeron cuando de niña desapareció...
También sé que todos dicen que estoy loco, pero no es cierto yo no estoy loco, yo los he visto y puedo saber cuando van venir. 
Ellos salen del fondo de la poza del río y cuando lo hacen huele toda la zona a un fuerte olor a cieno que es insoportable.
Sus grandes cabezas de renacuajos son transparentes y brillan como una enorme luz blanca cuando empiezan a salir del cieno.
Sus cuerpos gigantes y transparentes dejan ver el interior de sus organos.

-Muy bien, hijo, yo quiero creerte, y aunque me parece todo muy raro, yo voy a creerte...
 Pero ¿por qué no nos marchamos todos ahora que no están ellos?, le dice Celeste al loquillo, intentando  no enfadarle.
De repente el loquillo mira las piernas de la Sirenita y grita:
-¿Qué has hecho con su preciosa cola, me ha costado mucho tejerla para que ahora tu te la hayas cargado?
-No te das cuenta..., que si no hubiera sido por la cola no hubiese sobrevivido en el río.
-Pero ya no va a vivir más en el cueva, ni en el río me la llevo a nuestra casa.
-Todavía no te has enterado que ellos cuando vengan y no la vean la buscaran por todas partes...
Ella es su fuente de oxigenación para poder vivir en las profundidades...
Debo de reconocer que eres una mujer fuerte y valiente..., y sobretodo muy inteligente...
He observado como has conseguido ganarte la confianza de los animales guardianes de la sirenita, cosa que yo no he conseguido en todos estos años, pero a mí no me vas a manipular tan fácilmente como a ellos...
-¡Déjanos salir de la cueva por dios! No sabes lo que he deseado que llegara este momento; yo te daré lo que me pidas.
No quiero nada sólo quiero a la sirenita para mi solo, tú..., si quieres puedes marcharte de la cueva a tu casa..., y si quieres que a tu hija no le pase nada procura no decir lo que aquí ocurre.
Celeste, volvió a recurrir a su paciencia y experiencia para no desesperarse. Lo importante era que había encontrado a su hija.
Procuraría no dejarla sola ni un sólo momento. Tenía que encontrar la forma de deshacerse del Loquillo.
Él, y sólo él, la ha tenido secuestrada todos estos años y todo ese invento de los hombres renacuajos es producto de su imaginación y de su locura.
-Puedes venir a vivir a mi casa y seguir siendo amigo de mi hija- le dijo Celeste.
-Señora, sigue sin entender que la existencia de los hombre renacuajos es una realidad y que bajo ningún concepto podemos sacarla de la cueva...
A Celeste no le quedaba más remedio que ganarse la confianza del "loquillo" y luego estudiar un plan para salir de la cueva con su hija.
El loquillo volvió a atar las piernas de Lluvia con lianas y enredaderas, pero su madre cuando él se marchaba a vagar con el caballo por las praderas, le quitaba las cuerdas y caminaban dentro de la cuevas largo rato para fortalecer las piernas.
Celeste como no tenía la forma de engañar al loquillo, pensó en todos los animales que tanto cariño le tenían a Lluvia.
Pensó en meter a todos los animales en la cueva, para ello debería poner grandes montones de comida: pescado, moluscos, crustáceos, frutos secos y baldes de leche por toda la cueva.
Esperó pacientemente, y uno de esos día que el Loquillo salió a recorrer el valle en su caballo, y regresó muy cansado, el joven entró en la cueva deslizándose por el agujero de la encina y se echó a dormir dentro de las valvas gigantes, quedándose profundamente dormido al instante.
 Entonces Celeste fue poniendo montoncitos de moluscos, crustáceos, frutos secos y leche por toda la cueva.
 Donde más concentró la comida fue alrededor de la valva de mejillón donde él dormía.
Cuando se despertó el Loquillo y quiso salir del lecho, no pudo, ya que le rodeaban grandes lagartos, enormes nutrias, topos, ratas de agua y gigantescas serpientes..., y no le dejaban moverse de allí.
 Los animales le veían como un impostor y le plantaban cara pues no reconocían su olor.
Mientras tanto  Celeste y Lluvia ya hacía mucho rato que habían abandonado la cueva.
 Se montaron en el caballo del Loquillo y se dirigieron al pueblo directamente al cuartel de la guardia civil.







El loquillo permanecía allí, asustado e inmóvil, en la cueva rodeado de todos los animales amenazantes.
Celeste y lluvia cuando llegaron al pueblo, era la hora de la siesta y no se veía ni un alma por las calles.
 Hacía un calor sofocante, a Lluvia, que estaba acostumbrada a un ambiente húmedo, le costaba respirar y su piel comenzó a tensarse para luego agrietarse.
Cuando llegaron al cuartel de la guardia civil para denunciar al "Loquillo" y contarle toda la historia al sargento Manuel.
 Lluvia sufrió un mareó y el mismo sargento, impresionado por lo que le había contado Celeste, llamó al médico e inmediatamente se personó allí.
La noticia corrió como la pólvora por el pueblo y la gente escuchaba y callaba, con caras de preocupación y miraban a la sirenita con asombro.
Se hizo tarde y Celeste no pudo acompañar a la guardia civil a la cueva para detener al Loquillo, su hija debía descansar y ella no iba a dejarla sola ni un solo instante. 
Les dió indicaciones de dónde estaba la cueva: en la gran poza del Charco el Arenal, justo donde el agua ha esculpidos dos grandes asientos que parecen dos tronos, les dijo.
Pueden acceder al interior por el hueco del tronco de una enorme encina que está al lado de un canchal.
El sargento dijo que sabía donde estaba esa zona que no se preocupara que lo encontraría y detendría al Loquillo.
Celeste se marchó a su casa, metió a su hija en la bañera y Lluvia empezó a recuperarse poco a poco.
Le preparó una exquisita cena y esa noche antes de irse a la cama cerró todas las contraventanas y portones de gran casa amarilla y se fueron a dormir las dos juntas.
Lluvia no dejaba de besuquear a su madre y de sonreír al ir reconociendo todos los juguetes de su infancia.
A la mañana siguiente había una cola de vecinos curiosos a la puerta de la casa amarilla que querían ver a Lluvia. Celeste salió a la calle con su hija y los vecinos la miraban y cuchicheaban:
Está verdosa como un renacuajoooo...
El alcalde se acercó a Celeste y le dijo: me he acercado al cuartel de la guardia civil y allí no hay nadie, todavía deben de estar rastreando el lugar porque no han venido.
-¡A, ver..., hija! - dijo el alcalde-:

-¿ Cuéntame a mí lo que ha ocurrido allí?

Celeste entró con el anciano alcalde en su casa y comenzó a contarle la historia que el Loquillo le había relatado de los hombres renacuajos.
El alcalde se quedó pensativo y le dijo a Celeste:
No es la primera vez que oigo hablar de  ese tipo de fenómeno, pero hija no te preocupes..., no son más que cuentos chinos.
Por ejemplo..., hay una leyenda, que se conoce en el pueblo de toda la vida, donde cuentan que  una moza del pueblo que se quedó lavando en el río hasta el anochecer, desapareció misteriosamente cuando unos gigantes translúcidos, con cabezas de renacuajos salieron de los lodos del río.
Es posible que el Loquillo haya oído algo de esto y se haya montado su propia película.
Pero son leyendas y no hay que hacer caso de esas bobadas...
Ya sabes que él no anda muy bien de la cabeza y será una alucinación más de las suyas.
Al rato apareció la guardia civil trayendo esposado al loquillo, que rugía y les insultaba como un animal y les amenazaba con quitarse la vida si le encerraban en el calabozo.
Y gritaba: no he sido yooo..., han sido los hombres renacuajos..., yo quiero a mi sirenitaaa..., yo la he cuidado..., por eso ha sobrevivido...
Al Loquillo se lo llevaron del pueblo atado con una camisa de fuerza y lo encerraron en un sanatorio  y en mucho tiempo no volvió al pueblo.
Poco a poco Celeste y Lluvia fueron haciendo vida normal y siempre iban las dos juntas a bañarse al río.
Convinieron los padres, de forma provisional, Celeste y Perico, que Lluvia se fuera a  recibir tratamiento psicológico y a pasar una temporada a la  gran ciudad.
Celeste no le perdonó a su marido que la abandonara cuando más lo necesitaba y aunque nunca quiso que su hija rompiera la relación con su padre, ella no quiso volver con él y se quedó en el pueblo viviendo en la casa amarilla y viviendo de la venta de los cultivos ecológicos que ella misma cultivaba,  elaboraba y conservaba para luego venderlos a tiendas especiales.
El tiempo pasaba lentamente y llegó el verano..., y una noche que Celeste no podía dormir por el calor, salió al porche de la casa y se quedó parada detrás de las cortinas cuando oyó voces, y pudo distinguir que eran el alcalde del pueblo, el sargento Manuel y otros vecinos que ella conocía.
Allí, escondida, pudo ver como los vecinos del pueblo se acercaban al río, e iban camino del Charco del Arenal.
A Celeste le pudo la curiosidad, no se explicaba donde podían ir a esas horas. Decidió seguirles.
La noche era muy clara y luminosa, había luna llena.
Les seguía a distancia. Ella conocía muy bien el terreno por sus numerosas visitas hechas a la zona, cuando buscaba a su hija.
Ellos hablaban acaloradamente y se les oía decir:
Nunca debimos hacer un pacto con ellos, esto hay que cortarlo de raíz, hemos sido unos miserables consintiendo lo que hemos consentido...
 Celeste no entedía lo que decían, no sabía a qué se referían...
Cuando llegaron a la zona de la cueva se detuvieron y de repente salieron de las aguas profundas y oscuras unos enormes hombres renacuajos de cabeza gorda y cuerpos transparentes, como le describió a Celeste el joven vaquero.
Así que tenía razón el pobre Loquillo..., se dijo, Celeste, muy asustada.
Uno de ellos sopló con su nariz y de repente se hizo una enorme pompa luminosa y transparente, que cubrió toda la zona dejando dentro de ella al alcalde, al sargento Manuel, a los demás vecinos y a Celeste que estaba escondida entre unas tamujas. 
Y un enorme y atufante olor a cieno inundó el ambiente.
Dos de los hombres renacuajos, los de más altura se sentaron en los tronos que las aguas habían esculpido en el río en dos enormes canchos.
 Impresionaban, allí, sentados majestuosamente..., con sus cuerpos transparentes, dejando ver todos sus órganos internos.
Celeste se dió cuenta que esos dos seres extraños eran diferentes, uno parecía del sexo masculino y el otro del sexo femenino, él de la derecha tenía, dentro de su extraña forma, un aspecto más delicado.
Los demás, los habitantes del pueblo, callados, permanecían inmóviles en la orilla, hasta que el alcalde habló:
No hemos podido evitar que la sirenita del Ambroz haya dejado de ser vuestra fuente de energía...
La paciencia, constancia y el amor de la madre ha sido superior a nuestro celo por ocultar a la niña.
El loquillo lo estropeó todo, pero a la vez al inculparle a él de la desaparición de la sirenita, hemos evitado a que se investigara vuestra presencia, la cual..., el loquillo gritaba a los cuatro vientos.
 No pudimos hacer nada, si hubiésemos insistido en raptar a la niña de nuevo...,  los medios de comunicación hubieran venido al pueblo junto con algún parapsicólogo o investigador y nos hubieran descubierto.
Celeste estaba tan sorprendida y asustada que no sabía que hacer y tenía que hacer un esfuerzo para que sus dientes no castañearan de miedo.
-Hicimos un pacto, se oyó una voz metálica que salia de la enorme boca del hombre renacuajo:
Nosotros os proporcionábamos nuestros minerales y nuestros crudos del interior de los lodos pantanosos y a cambio vosotros nos proporcionabais el poco oxígeno que necesitamos para vivir en los lodos.
Nosotros no os hemos fallado, por tanto ahora os toca a vosotros cumplir con el compromiso.
Ya podéis ver que cada vez somos menos, aquí estamos todos los que hemos conseguido sobrevivir..., y si no nos proporcionáis el oxigeno..., hoy mismo nos extinguiremos y nuestra especie desaparecerá de la tierra y vosotros os quedaréis sin los minerales y crudos que os proporcionamos.
-Nosotros... , dijo el alcalde, ya no podemos seguir proporcionándoos el oxigeno a través de nuestra gente.
Hemos visto como ha sufrido esa madre durante esos ocho años y no pensamos volver a ser cómplices vuestros.
Fue un error por nuestra parte pagar tan alto precio por conseguir los minerales...
Ya no queremos ni vuestros minerales, ni vuestros crudos. Utilizaremos la energía solar,
que además es menos contaminante...
Tenéis razón..., -continúo el alcalde-, en cuanto al compromiso que adquirimos con vosotros, fruto de nuestra avaricia, de proporcionaros oxigeno durante un periodo de diez años.
 Y por tanto hemos decidido, dijo el alcalde, ofrecernos nosotros voluntarios para que nos saquéis la energía hasta que se agote el plazo del compromiso.
De acuerdo, más vale eso que nada..., dijo el gran hombre renacuajo, con la voz metálica cada vez más débil.
Sus cuerpos erguidos se aflojaron y se iban consumiendo poco a poco...
Se acercaron como pudieron, arrastrándose, los hombres renacuajos y colocaron los caracolillos blancos en el cabello del alcalde, del sargento Manuel y de los hombres que le acompañaban.
Celeste observaba que los hombres renacuajos cada vez estaban más débiles y casi no tenían fuerzas para acercarse a los humanos para coger los caracolillos. Se iban reduciendo de tamaño y cada vez  el ambiente olía peor.
De pronto Celeste  vio acercarse fuera de la burbuja a siete abejarucos con un centenar de luciérnagas.
Se pusieron al lado de Celeste y picotearon la burbuja y la burbuja se desinfló y en esos momentos los hombres renacuajos se fueron encogiendo y poco a poco se fueron convirtiendo en  cadenas de huevecillos; formando figuras geométricas en la poza del río y se acercaron los coloridos abejarucos y se los comieron todos.
Celeste, aunque estaba confusa con todo lo ocurrido, como vio que el alcalde había tenido un gesto de arrepentimiento por todo lo que habían hecho, se acercó a ellos, les quitó los carocolillos, e hizo lo que el Loquillo hacía a su hija, les insufló oxigeno y poco a poco se fueron recuperando.
Cuando recuperaron el conocimiento, se sorprendieron al verla. Le pidieron disculpas por todo lo ocurrido con su hija.
 Y ella les dijo, que había escuchado toda la conversación, que le parecía muy mal lo que habían hecho.
  Ellos le dijeron que se sentían muy mal... ¿Qué podían hacer para compensar el mal que le habían hecho?
Ella les contestó, que viendo su arrepentimiento, sólo les pedía dos cosa y era, que se las ingeniaran para sacar al loquillo del sanatorio, y , por otro lado, que mantuvieran bien limpio el río Ambroz para que el río corriese y no se empantanase y se convirtiese en un lugar hermoso y accesible para que todos los vecinos y sobretodo que los niños pudieran divertirse en el río en verano.
Con el tiempo, Lluvia volvió a vivir en la casa amarilla con su madre y el Loquillo salió del sanatorio.
La Sirenita del Ambroz y el Loquillo se enamoraron, se hicieron novios y siempre se les veía por las fincas cercanas a la casa amarilla, montados a caballos cuidando el ganado vacuno. O cogidos de la mano recorriendo a pie las riberas del río Ambroz y saltando los dos juntos, también cogidos de la mano, desde la barranquilla al agua del río...
Y a todos los pajarillos, libélulas, peces, nutrias jugando a su alrededor y hermosas mariposinas blancas "tupiéndoles" a besos a los dos.
Vivieron juntos toda la vida, fueron felices, comieron perdices y a nosotros nos dieron con los huesos para las narices...



Y colorín colorado el cuento de la Sirenita del Ambroz se ha acabado...






miércoles, 21 de enero de 2015

El Diario de Pura (Completo) 2ª parte









Ha amanecido un día triste y gris en esta mañana de diciembre, la bruma y el vapor empaña los cristales de las ventanas de las casas.
Cayo está sentado junto a la ventana de la sala, y como cuando era niño, con su dedo índice comienza  a dibujar garabatos en los cristales empañados, soles y nubes.
Las lágrimas se deslizan por su rostro, igual que las gotas del vapor concentrado, escurren de los trazos garabateados en el cristal; y por la comisura de sus labios plegados, entran en su boca, y el sabor salado de las lágrimas le transportan a su infancia, a aquellos días, en los  que esperaba a su madre, a Pura, para que le hiciera la merienda y posteriormente marcharse a jugar a la fábrica de harina.
Y, la esperaba, ahí, junto a la ventana, dibujando soles y nubes con su dedo índice.
El vapor se concentraba más en los cristales, cuando alrededor de la mesa camilla, encima del asiento y del respaldo de las sillas, Pura, ponía a secar la ropa, para que se secara con el calor que desprendía el brasero de "cisco".
Cuando llegaba su madre de trabajar le hacía la merienda, una rebanada de pan untada con miel de panal; manjar, que su madre guardaba en un puchero de barro, tapado con un una tapadera de corcho.

Sin prestar atención y distraído, Cayo, con su dedo índice, comenzó a dibujar una abeja en el cristal empañado de la ventana.
Al instante oyó una voz que salía de la abeja que había dibujado en el cristal, que le decía:
 -Cayo, hijo, no pintes en los cristales, que me los sobeteas todos...
Ya veo que no se te ha quitado esa manía tuya..., que tenías de pequeño de escribir en  los cristales de las ventanas.
-Madre, ¿dónde estás?
-Aquí,  hijo, siempre estaré junto a ti.
-Madre ¿por qué te has ido tan pronto?; todavía te necesitamos a nuestro lado.
¿No entiendo que te pudo pasar para caer en las vías del metro?, tú que siempre has sido tan precavida, no lo entiendo...
-Cayo, hijo, ni yo misma sé lo que ocurrió, pero no sufras, yo estoy bien, y por otro lado, mi vida ha sido tan intensa que ya me ha venido bien descansar.
-Eso no lo digas ni en broma, madre, tú no te imaginas el vacío que nos ha dejado tu ausencia.
-Mira, Cayo, tú has sido mi única razón para seguir luchando en esta vida  "nuestra", y tú ya me necesitas poco, tienes una familia adorable, tienes: a tu mujer y a  tus hijas.
Ahora te toca dedicar todas tus energías a cuidar de África y de tus hijas... y procura  divertirte que la vida pasa muy deprisa.
-Madre, no me cambies de tema...
¿Qué ha pasado?
-Te repito que yo no me acuerdo de nada de lo que pasó ese fatídico día, pero que no te preocupes que yo estoy muy bien.
-¿Has visto a padre y a la abuela?
-Cayo, aún no he tenido tiempo para visitas, además esto es muy complicado...
-¿Pero no estáis todos juntos?
-Cayo, que te digo que yo aquí no he visto a nadie..., sólo, os veo a vosotros, y lo que veo no me gusta.
¡Basta ya de tanto llanto, hijo!
 Y arréglate con tu mujer, vive, disfruta y viaja con ella.
- Pero si no le gusta viajar...
Madre no me entiendo con mi mujer, cada día es más  fría, calculadora y rencorosa. No es la África con la que yo crecí en el pueblo, cariñosa y amable.
-Hijo, todos cambiamos con la edad; las relaciones en pareja son muy complicadas.
 Un día lo ves todo muy oscuro y al día siguiente... un abrazo o una sonrisa te devuelve al alba...
¡Habla con ella...!
 Y sé detallista y generoso.

Pero ahora estamos en otra cosa, Cayo, hoy es mi funeral..., ya tendremos tiempo de hablar de todo esto en otro momento.
Cayo, ahora, dentro de un rato vendrán las vecinas a la casa, procura colocar un poco la sala, ya sabes que aquí lo cotorrean todo, pero no le des importancia, si hacen algún comentario inapropiado, lo hacen por aburrimiento.
 Sácale la botella de coñac a los hombres y a las mujeres unos mantecados y la botella de anís. Que debe de hacer mucho frío en esta mañana de diciembre.
-Madre yo no estoy de humor para sacar licores...
-Cayo, Cayo... qué ya has cumplido cincuenta años...
Aunque yo siempre te traté como a mi niño chico, guapo, bueno y generoso, ahora debes actuar como lo que eres, una persona adulta.

-¡Ya tocan hijo!
 ¡Cuánta veces he oído yo doblar las campanas para otros...!
 Pero nunca pensamos que cualquier día nos puede llegar a nosotros la hora.
Me alegro que me hayáis incinerado, pues no me apetece que me vean tan desmejorada. Seguramente mis vecinas se habrán molestado por verme así, perdónalas pero es que ellas no lo entienden, yo las comprendo muy bien.
 Dile que siempre las he llevado y llevaré en mi corazón, sobretodo a María.
¡Anda!, Cayo, date prisa, coloca la sala, que están a punto de venir.
-Madre no te vayas, quiero seguir hablando contigo.
-Ya tendremos tiempo en otro momento, ahora, procura que mi funeral quede bien, hijo.
 Si haces el favor, me pones sólo una azucena en mi tumba, no quiero más flores, que me dan alergia y estornudo.
¡Qué boba soy! Se me olvida que estoy muerta.


Están “doblando” las campanas de la iglesia, tocan a muerto...
Las vecinas del pueblo sale a las puertas, miran para arriba, y miran para abajo y a voces se preguntan:

-¿Por quién doblan las campanas?

- ¿Quién se ha muerto?

-Dicen que han traído a la Pura de Francia, de madrugada, y la entierran hoy.

-¡Ay! Mi Purina.

- ¿Qué le ha pasado, a la pobre?

-Creo que la ha pillado un autobús en París; por lo visto tenía cataratas y no veía muy bien...

-Pero ¿Quién te ha dicho a ti eso?

-Pos.. no sé...

-A mí me han dicho que se la encontraron muerta en un barrio de mala vida...

-Eso si que no me lo creo, la Pura era una señora....

-No sabéis lo que decís, dice Gregoria, yo me he enterao... que al parecer se ha caído a las vías del metro...

-Pobrecilla... pobrecilla...

- Y, que sus últimas voluntades eran, que quería que la quemasen y que sus cenizas se enterraran en el pueblo junto a su madre.

-¡Qué  mala vida ha llevado la pobre!

-Mala... ¿Por qué?

-Pues por todo lo que pasó aquí, en el pueblo, de chica...; la mala vida que le dio Salvador...; los problemas que tuvo cuando el marido no le mandaba dinero para poder vivir dignamente ella y su hijo Cayo.
Y, luego cuando se marchó a París...
 ¡Cuántas calamidades no habrá pasado la pobre allí!

-A todos nos tiene que llegar la hora.

-Sí  pero hay unos que pasan por la vida de mejor manera que otros...

-Y... el pobre Cayo, con lo joven que es,  ya  tiene todo el pelo canoso, parece que la vida tampoco le ha tratado muy bien.

-¡Qué tonterías dices!

 Cayo es un famoso pastelero en París...

-Sí, sí... será famoso, pero en su vida privada no creo que le vaya muy bien, se le ve triste; yo siempre dije que la África, "esa",  no le pegaba mucho.

-Eso mismo digo yo...: 

”Hay ojos que se enamoran de legañas...”

-Mira ha  "venio" él solo...

-Sí, ha venido el solo, quiero decir que no ha venido con la mujer, porque le acompaña un tal.... “  Juan pierre  “que es medio español y medio franchute.

-Y... ¿A qué hora es el entierro?

- A las seis de la tarde.
      
-Pues allí estaremos, si hay alguien que se merece que le demos el último adiós, en este pueblo, esa, es Pura, bueno a  doña Pura, que allí en Francia hizo carrera y todo.

-Bien joven se ha ido para allá con 67 años.
 Y su hijo..., tiene 50 años, casi tienen la misma edad. Lo tuvo la Pura con 17 años.
¡Y qué bien lo crió, ella sola, la “mu jodía”!

-¿Se habrá enterado Salvador?

-¡Se habrá enterado...!, aunque no sé yo..., porque ese hombre se ha enterrao en vida, a temporadas desaparece del pueblo y cuando regresa no sale de casa más que pa las visitas médicas.
Se podría decir que lleva más tiempo muerto que Pura, aún estando vivo.

-Tendremos que ir un rato al velatorio de la Pura.

-¿Digo yo..., qué la tendrán en su casa?

-¡Hala! 

-"Pos vamos pallá".

Se encaminan hacia la casa de Pura, la Gregoria, la Tea y otras dos vecinas más que han salido de un callejón.
-¿Ande vais?
-Ancá la Pura
-Pos vamos toas juntas.

La puerta está abierta; el patio está llenos de hombres que fuman y cuentan chistes como si estuvieran en una feria de "ganao".
 Ajenos al dolor, parece que los hombres sólo se apenan cuando les toca muy de cerca la desgracia.
Al lado de la ventana de cristales empañados está Cayo, va vestido con un pantalón negro y un jersey de cuello alto negro.
 Se ha convertido en un hombre maduro, guapísimo y muy interesante con el pelo ya  canoso.
Está allí, sentado, junto a Jean Pierrer y su tío Pedro, el hermano de su padre, que vive en Madrid.

Entran las vecinas y con la humareda y la oscuridad del patio no ven un pijo.
 Al fondo se ven unas velas encendidas y entran en la sala, y, allí, están todas las mujeres sentadas en sillas de enea que están colocadas junto a la pared decorada con papel plástico con grecas de jarrones ramados, y en el centro de la sala, encima de la mesa camilla, y sobre un tapetito de ganchillo, está la urna con las cenizas de Pura.
La Gregoría, entra y se planta delante de la urna y dice en voz alta llorando:
- ¡Ay Pura pa lo que has quedao! 
Ya te dije yo que no te fueras pa Francia...
La María que está sentada, rezando con un rosario en la mano, al oírla, levanta la cabeza, y la mueve para un lado y para otro.
-¿Y cómo ha sio...?
-Mu mal tie... que habel quedao pa que entre en esa cajina...
-Glegolia, no seas boba, es que ahora los queman y se quean asina...
-Pos a mí que me dejen de bobaaas y de tontaaaas, que si no está aquí de cuerpo presente, ni paece que se ha muerto, ni naaa... de naaa...
Porque, ahora mesmo ¿Quién me puede asegurar a mí que esas son las cenizas de la Pura?
Estas modas de París... a mí... no me van; cuando yo me muera que me hagan un "intierro" como dios manda....
Glegolia, no te callas ni debajo del agua, una vez muerta, que más te dará a tí...
-Pos, mira, si me dá... a mí que no me charrusquen, y donde esté un buen ataúd de madera, que se quite una cajina de esas...
Por cierto ese tapetino de ganchillo que hay debajo, seguro que lo has hecho tú María...
Ando yo detrás de uno..., pero..., no acabo de sacarle el punto...
A vel..., a vel... -tira del tapetito la Glegolia y sale danzanzo la urna y las cenizas de Pura.
Se santiguan todas y se tiran a por la Glegolia como lobas:
¿Pero qué has hecho insensata?- le dicen-
-¿Ahora qué vamos a hacel...? ¡Anda! trae la escoba y el recogedol....
- ¿Qué hacemos con el tapete?
-Pos sacúdelo pol la ventana...
-Pero si se ha quedao la urna medio vacía, entre las cenizas que se han metido entre la "jiendas" de las lanchas de la pizarra y las que has sacudio con el tapete le falta a la cajina media cuarta de cenizas...
-Pues pa que nadie se dé cuenta coge unas poquinas cenizas del brasero y las "rebujas" con las otras y nadie se entera.
-¡Anda! que si nos está viendo la Pura desde algún lugal..., seguro que se está partiendo de risa, dice la Tea...
-Pos seguramente porque la Pura tenía mu buen talante...
-Ya te dije yo... que si hubiera estao la Pura de cuerpo presente no pasa esto...
-Date prisa, que como se entere el hijo te echa de aquí a gorrazos...Vamos a rezar un padre nuestro por el alma de Pura.
-¿María y tú sabes que habrá  hecho Cayo con las ropas de la Pura?
-Ni lo sé, ni me interesa...
-Hija pos que escogía eres, pos a mí... si que venían bien uno de esos abriguinos tan "guenos " que traía la Pura últimamente.
-A ti... esos abrigos no te entran ni en una pata...
-Pos mira que a ti.... no te entran ni en un "deo".
-Por respeto a Pura no te doy aquí mesmo un rodeón de cara.
- Bueno y porque no te puedes levantal del sillón. Qué cuidao que estás golda... María.
-¡Cálla, que viene el cura!

Los hombres, siguen fumando y contando chistes, pero cuando entra el cura, se salen a la calle y, en corros, continúan con la conversación, como si con ellos no fuera la pena, ni el funeral de la pobre Pura.
En cambio las mujeres, están todas con caras compungidas y llorando.
Entra Cayo en la sala, coge la urna y se mancha las manos de cenizas;  mira a María... con extrañeza, y ésta mueve la cabeza .
Y la Glegolia le dice: resignación hijo, resignación...

Se dirigen hacia la iglesia y, allí, el cura hace el funeral, y  cuando todo estaba en silencio chirría la puerta de la iglesia y todos los vecinos vuelven sus rostros y ven entrar a Salvador, que entra con la cabeza bien alta.
Se oye un enorme murmullo del cotilleo de los vecinos y el cura les manda callar.

Al terminar el funeral todo el pueblo vuelve a desfilar delante de Cayo y de las cenizas de Pura y le besan y le abrazan por enésima vez.
Le aprietan la cara, le aprietan el brazo, le dan golpes en la espalda...
Al final del entierro acaba tan machacado como si le hubieran dado una gran paliza.
Acaba el entierro y aún sigue la gente en casa de Pura: Una vecina le lleva a Cayo una cazuela con cocido, otra vecina le lleva unas lechugas, otra le lleva un zorongollo de pimientos, otra le lleva unos huevos, otra le lleva un conejo, otra le lleva un bizcocho.
Todo se lo van poniendo encima de la mesa camilla de la sala.
Jean Pierre no entiende nada de nada, le dice a Cayo:
-¿Esta gente es siempre así de generosa y de pesada?
-Sí, siempre es así, dice Cayo, ¿Qué pasa?.
-Rien, du rien...

Cuando llega la noche, y por fin se ha marchado toda la gente, y Jean Pierre se ha ido a dormir, Cayo coge una maleta de libros y cosas personales de Pura, que le ha embalado África, para dejarla aquí en el pueblo.
 Entra en el dormitorio de Pura y contempla con tristeza la cama donde él tantas y tantas veces dormía abrazado a su madre cuando era pequeño y sentía miedo por las noches.
Las lágrimas encharcaron sus ojos. Se sentó en la cama, abrió la maleta y debajo del libro de los "Miserables", descubrió un precioso cuaderno con las hojas en tonos pasteles y lo abrió y en la primera hoja ponía:

Diario de Pura










Cayo se desploma encima de la cama de su madre, y permanece tirado en la cama abrazado al cuaderno de Pura.
 Al rato se incorpora, abre con nerviosismo y con tensión el diario, como aquel día, que siendo, aún un niño, la siguió por el camino del cementerio y la sorprendió abrazada a un hombre.
Por un momento ha dudado: entre coger el cuaderno y quemarlo..., o echarle un vistazo. 
Por fin  decide leer el diario de Pura García, su madre.

Día 10 de Mayo de 1968

Hoy hemos llegado a París mi hijo Cayo y yo, después de un duro e interminable viaje.
Cayo ha pasado casi todo el viaje dormido, sólo se despertaba cuando yo le zarandeaba y le decía:
¡ Mira , hijo!
 ¡Mira qué paisajes tan bonitos...!
 Pero Cayo iba un poco mohíno, estaba apenado por dejar a sus amigos en España y no mostraba demasiada atención a los paisajes.
 El viaje se me ha hecho eterno, yo no podía imaginar que París estuviera tan lejos.
Durante el trayecto han pasado por nuestro compartimento más de cincuenta personas, subían y bajaban todo tipo de personas, unos amables y otros  menos amables, gente aseada y gente desaliñada.
Lo que peor he llevado han sido los olores a humanidad, cada cual llevaba su olor característico, sin faltar el insoportable olor a sobaquina, que huele como a cebolla cocida... y el olor a quesos "curaos" de los que se lavan poco los pies.
 Por esta razón apenas he podido comer bocado durante todo el trayecto.
Cayo tenía su cabeza apoyada en mi regazo y dormía profundamente, y yo apretaba con mi mano una bolsa de tela, que llevaba colgada del cuello con el dinero, que he ahorrado durante toda mi vida, 7.532 pesetas.
Me advitió Fidel que tuviera cuidado con el dinero, que a veces en el tren te roban si te quedas dormida.
A penas he dormido. Durante el trayecto de la noche he ido todo el tiempo apoyada y recostada en cristal de la ventana, siempre de cara a la entrada del compartimento, y Cayo apoyaba su cabeza en mi pecho.
¡Cuanto quiero a mi hijo!, es lo mejor que me ha pasado en mi vida.
Otra razón por la que no he pegado ojo ha sido porque contínuamente alguna persona  apagaba y encendía la luz  para ver si había algún asiento libre..., o porque entraba el revisor pidiendo los billetes.

Cuando amaneció, mi hijo tenía necesidad de ir al servicio, le dije a una señora que viajaba a nuestro lado que me cuidase las maletas y le acompañé, pues me había dicho Fidel que no le dejara solo, que a veces, misteriosamente, han desaparecido niños en los viajes.
En ese momento  he conocido a un hombre, se llama  Jaime. Le he conocido accidentalmente. Acompañé a Cayo al servicio, y no pudo entrar porque estaba ocupado, esperamos bastante rato, y como, Cayo, no se podía aguantar me pasé a otro vagón.
Pasamos a otro vagón y me quedé sorprendida de lo bonito y diferente  que era y de la gente tan elegante que iba allí. Y sobretodo lo bien que olía. Seguramente todos tienen en sus casas bañeras con agua caliente, sales de baño, perfumes y jabones con fragancias exquisitas, cosas de las que carecen los pasajeros de mi clase, aunque mi madre siempre me decía que el aseo personal no era exclusivo de los pudientes...
Decía: ¡Hay que lavarse aunque sea con agua helada!
 Pude leer en un cartel por encima de la ventanilla:
 "Clase primera". El nuestro era de "clase 3º" o algo así.
Los asientos eran de cuero y almohadillados, no bancos de madera como los nuestros, y los pasajeros hablaban bajito, o leían y  bebían un zumo que una camarera les había servido.
Cuando íbamos por la mitad del vagón me detuvo el revisor.
-¿A dónde va señora?
 Por aquí no puede pasar...
¡Váyase a su compartimento!- me dijo el revisor-
-Mi hijo necesita ir al servicio y está ocupado el de mi vagón.
-Pues que se espere.
-No puede esperar.
-Le repito que abandone este compartimento.
De repente se acercó al revisor, un hombre muy atractivo, y le enseñó una tarjeta y susurrándole al oído, le dijo: ¡Haga el favor de no molestar a la señora!
El revisor se disculpó con nosotros y pasó Cayo al aseo, y cuando salió agarré fuertemente la mano de mi hijo y caminé por el pasillo con la cabeza bien alta, de pronto sentí que todas las miradas estaban clavadas en mí.
De regreso a mi vagón, Jaime se levantó de su asiento y nos abrió la puerta para que pasásemos; los demás pasajeros nos miraron y nos ofrecieron una agradable sonrisa.Yo agradecí a Jaime su ayuda con otra sonrisa.
Al rato, he visto a Jaime mirando en el vagón, y cuando nos ha visto ha entrado en el compartimento y se ha sentado allí con nosotros, ha entablado una conversación con nosotros y se ha interesado  por nuestra procedencia. 
Hemos hablado mucho durante el viaje. Yo le he preguntado por su profesión, he visto que ha dudado un poco y me ha dicho que es músico, que toca en una sala de fiesta; toca la trompeta y la armónica.
De repente ha sacado una preciosa armónica de su bolsillo y se ha puesto a tocar la música de una película:
 " La muerte tenía un precio", le he dicho yo, cuando la he reconocido.
Y así hemos pasado un agradable rato, mi hijo y yo, intentando reconocer los títulos de las canciones que él tocaba.

  Se ha ofrecido a enseñarme París, pero yo he rehusado muy amablemente; le he dicho que mi marido lleva viviendo mucho tiempo en Francia y que está deseando enseñarme París.
Me ha pedido la dirección de dónde voy a vivir en París, me ha dicho que le gustaría quedar un día para pasear juntos con Cayo por la orilla del Sena.
He dudado, un poco, pero al final se la he dado, creo que no debería habérsela dado, hay algo en ese hombre que me inquieta, es muy nervioso, muy guapo, es moreno con unos preciosos ojos azules, muy vivarachos y alegres, y no para de fumar, enciende un cigarrillo con otro.
Hablaba en castellano pero con un seductor acento francés.
 Y no ha parado de mirarme durante todo el trayecto. Y he sentido un placer extraño cuando se cruzaban nuestras miradas.
Un placer, que nunca he sentido con Fidel, sólo lo he sentido con Salvador. Esto me atormenta, ya tuve una mala experiencia con Salvador y me doy miedo a mí misma, no quiero meterme en más líos.
¡Hacía tanto tiempo que no tenía esta sensación!, sensación que me hace sentirme viva, pero por otro lado, peligrosa sensación, que espero se quede ahí, solamente, en una sensación.
No quiero  volver a verle y así no tendré problemas de ningún tipo. Ahora que ya estoy con mi marido, no tiene sentido que me sienta atraída por otro hombre, ¡dios mío! Esto no puede ser normal...
Ha debido notarme algo en  la cara, porque me ha preguntado:
-¿Que le pasa, se encuentras mal?
- ¡No!, le he respondido: estoy un poco cansada.
Entonces se ha marchado a su vagón.
Al llegar a la estación me ha ayudado a bajar  las maletas. Su mano ha rozado la mía y he sentido un escalofrío, que me ha recorrido todo el cuerpo; creo que él lo ha notado y me ha sonreído.
Y, yo nerviosa le he tendido la mano para despedirme de él.
Se quedó un instante con mi mano hasta que se acercó Fidel y yo, dando un tirón, solté su mano y me abalancé sobre Fidel.
 Con  una preciosa sonrisa se alejó. Después le he visto que nos seguía a distancia por la estación.
Al llegar a nuestro domicilio, he mirado para atrás para ver si veía a Jaime, pero no he visto a nadie.
Creo que en el fondo me gustaría volver a verle, me ha parecido una persona muy interesante, muy amable y misterioso. Pero por mi bien debo olvidarle.
Hablando de otro tema, de camino a la portería lo poco que he podido ver de París me ha encantado y me ha impresionado la majestuosidad de los edificios.
Al llegar a la portería nos ha recibido Jean Pierre, el mayordomo de monsieur le president.
Jean Pierre, tiene ademanes amanerados, se lo he comentado a Fidel y me ha dicho que son bobadas mías. Creo que vamos a congeniar muy bien o por lo menos eso espero, es encantador y me ha tratado con mucha cortesía y sensibilidad.
Presiento que vamos a ser buenos amigos, se ha ofrecido a enseñarme todo el edificio y a acompañarme mañana al colegio de Cayo.
En mi primera noche en París, tantas emociones y nerviosismo me han desvelado, después de amarnos Fidel y yo, él se ha quedado dormido. Yo he salido al saloncito a tomarme un café y a fumarme un cigarro. Y de pronto he oído una hermosa melodía que venía de la calle y  me he asomado a la ventana y he visto a Jaíme tocando la armónica al otro lado de la avenida, enfrente del edificio.
Serían las tres de la madrugada, me ha saludado con la mano, yo le he sonreído y he cerrado la ventana.
De pronto se ha levantado Fidel y me ha dicho:
- ¿Qué haces Pura con la ventana abierta?
-Nada, nada... he abierto para que se vaya el humo.
Me he metido en la cama con Fidel y me he abrazado a él con todas mis fuerzas, y he rezado para que no me vuelva a encontrar a Jaime nunca más en mi vida..., y no he dormido en toda la noche.

Cayo, revuelve su cabello canoso e intenta recordar a ese hombre, llamado Jaime, sobre el que escribe su madre y de pronto se oye:
-Cayooo, Cayooo...
¿Has cenado hijo?
-¿Tú otra vez madre...?
-Sí... hijo te vas a ver negro para librarte de mí...
¿A qué no has cenado?
-No, no tengo ganas.
-Si no tienes ganas las "crías".
-Come un poco del queso fresco de cabra que te ha traído la Tea y come unas aceitunas negras con un cacho de pan.
¡Anda que si yo pudiera me comería un puñado de esas aceitunas negras aliñadas!
Aunque no tengo necesidad de comer nada, pero mira, las he visto en la cocina tan redonditas y tan gordas que me daban ganas de coger un "puñao" y comérmelas con sal gorda y con un cacho pan.
Pero luego he pensado, y... ¿ Por dónde me las como? 
Si me he quedado como una suave brisa.
-Madre no bromees con estas cosas, que yo lo estoy pasando muy mal...
-Pues deja de pasarlo mal porque yo estoy muy requete bien...
¿Pero qué escondes, hijo?
-Nada, nada...
-A ver...
¿Qué haces, hijo, leyendo mi diario?
-Madreee..., perdona, es que lo encontré, ahí, entre tus cosas y me pudo la curiosidad...
Por cierto ¿Quién era ese Jaime?
-¿Qué Jaime?
-Sobre el que escribes... el que conociste en el tren...
-¡Ah! y yo qué sé...
-¿Es que no te acuerdas de nada?
-No, no tengo recuerdos, a lo mejor es por el golpe que me di en la cabeza...
-¡Qué bobadas dices madre!
-Y tú preguntas demasiado...
-Porque a ti... ya te da igual, madre...
-Hombre, Cayo, estás hurgando en mi intimidad...
-¿A ver... si me vas a decir tú..., ahora, a mí... que tú... no has hurgando en mi intimidad, y estando yo... vivito y coleando...?
-Si lo hacía era porque quería protegerte, y era la única manera de entrar en esa cabecita modorra y mojigata que cultivaste en tu adolescencia.
-Madre no te pases...
-A ver ... ¿Qué quieres saber?
-¿Quién era ese Jaime?
-Un desgracio... como todos..., y yo... una bobona como pocas...
-¿Cómo, qué como todos...?
-Sí como todos, siempre buscando lo "mismo".
-Pues vaya concepto que te has llevado de los hombres...
-Hijo, he conocido a muchos... y todos al final buscaban lo "mismo".
-No me lo puedo creer con lo lista que tú eres y con la formación que tienes... pienses que todos somos iguales... 
-¡Anda duerme! que mañana te espera un duro día de viaje a París.
-¿Y, tú, madre, te vienes para allá?.
-Pero mira que estás bobo...
¿Cómo quieres que vaya yo para allá...?, yo ya no vuelvo para allá.
 Yo ya me quedo aquí  en el pueblo tranquilamente.
-Yo, madre, creía que tu podías estar ahora en todas partes...
 Perdona que te lo pregunte otra vez:
¿Has visto a padre?
-Noooo, nooo, he visto a tu padre, ya te dije que esto es un poco complicado, yo sólo estoy a dos palmos del suelo y de momento me han dicho que me voy a a pasar ahí un buen tiempo...
Y por el tiempo que hace que murió... padre, yo calculo, que él debe de estar a la altura de la torre de la iglesia.
Además tampoco tengo la necesidad de verle...
-No entiendo nada madre...
¿Quién te ha dicho que no puedes subir más arriba?
-Ni falta que te hace, hijo, ya te lo explicaré mejor cuando lleve más tiempo, yo también estoy un poco confundida....
-Sí..., dime... ¿Quién te lo ha dicho madre?
-No creo que me lo haya dicho nadie, lo que ocurre es que yo he llegado ahí y no tengo necesidad de moverme, además así estoy más cerca de ti..
Yo deduzco que vas subiendo según te vas liberando de las ataduras que tenemos en la tierra.
-¿Pero no dices que te han desaparecido las "necesidades de..."?
- Si me han desaparecido todas las necesidades, pero, Cayo, yo creo que ni la muerte puede separarme de ti.
Pero lo que tengo claro es que yo..., ya me quedo por aquí en el pueblo....
-Pues entonces yo tampoco me voy mañana, madre...
-¿Cómo?
- ¿Cómo que tú no te vas mañana?
-No, no me voy, me quedaré aquí un tiempo...








Jean Pierre se ha levantado temprano y después de preparar el desayuno se dispone a llamar a Cayo.
-Pasa, Jean Pierre, le dice Cayo, tengo que decirte que he decidido que no me voy a marchar a París, quiero quedarme aquí una temporada; tengo que resolver unos asuntos pendientes de hace mucho tiempo...
Y además quiero hacer alguna reforma en la casa.
Ya he hablado con África para que se vengan, ella y mis hijas, a pasar aquí la navidad. Va a ser la primera vez que pasemos estas fiestas sin mi madre y quiero pasarlas aquí con nuestros recuerdos.
Pero, sólo este año, el próximo año no renunciaré a la oferta que me han hecho para asistir en Japón a unas jornadas gastronómicas.
Voy a cambiar mi vida por completo, voy a empezar a vivir y a conocer mundo.
-Eso está muy bien Cayo, pero ahora no te importaría acompañarme..., he pensado que antes de  irme me gustaría dar un paseo por el pueblo y comprar lotería en algún bar.

Cayo y Jean Pierre dieron un paseo por el pueblo y se dirigieron al bar. Cuando entraron todos los hombres que estaban allí echando la partida levantaron sus cabezas.
Se levantaron de sus sillas y le dijeron:
- ¡Coño, Cayo tómate una copa con nosotros...!
-No... gracias, ya tendré tiempo otro día..., voy a quedarme aquí una temporada.
-¿Y la parienta..., cómo es que la dejas sola en Francia...?
- Vendrán, más adelante,  en Navidad.
-¡Ah! hijo, bien, bien..., a las mujeres no hay que dejarlas solas mucho tiempo..., que luego pasa lo que pasa..., hay que atarlas cortas...
-¿Qué pasa ? --dice Jean Pierre, en tono de reproche.
-Siempre se ha dicho el refrán,  que la mujer en casa  y con la pata "quebrá".
-¿En qué siglo viven ustedes? gritó Jean Pierre.

Un chuleta se levantó de la silla y se acercó a Jean Pierre y agarrándole por la solapa le dijo:
Oye tú franchute de merde sin ofender que te doy una hostia y te parto la cara esa de mariquita que tienes...

-¡Suéltalo, desgraciao, le dijo Cayo.
-¿Y tú eres mi primo, Cayo? Vaya...,vaya..., ahora defiendes al mariquita.
-Me produces nauseas, "moqueras" ahora mismo no me explico como pude ser amigo tuyo, siempre has sido un chulo de mierda...
-Claro, claro..., aún estás resentido porque te pisé a la África..., menuda zorra..., si yo hubiera querido... no sería ahora tu mujer.
 Jaaaa...ja, ja... igual que tu madre...

En ese instante Cayo enfurecido cogió una silla y la iba a estampar en la cabeza de su primo, cuando de repente el "moqueras" comenzó a dar vueltas como una peonza y sus ropas iban desprendiéndose de su cuerpo hasta quedarse en bolas.
Ante la mirada atónita de los allí presente, el "moqueras" se mostraba como su madre le trajo al mundo, mostrando su enorme barriga cervecera, sus carnes flácidas, sus pechos caídos llenos de una pelusa blanca y sus piernas flacas que sostenían un barrigón peludo que cubrían sus partes pudendas, que apenas si se apreciaban.
Entre sorpresa y risas se quedaron todos estupefactos, mientras el moqueras trataba de recoger sus ropas y estas volaban por el bar y no se dejaban atrapar.
Arrancó un mantel de una mesa se lo envolvió en el cuerpo y salió corriendo de allí como alma que ve al diablo.
 Y dos galgos, famélicos le seguían, ladrando, por la calle desierta.
Ante tal alboroto, los vecinos abrieron sus puertas y se asomaron a sus ventanas, y no daban crédito a lo que veían sus ojos.

-¡Vaya tela!, y ¿Tú te quieres quedar aquí, en este ambiente pueblerino y cerrado, lleno de envidias y rencores...?
¿Tú has visto lo que yo he visto Cayo?
-Estaba borracho..., no hay que echarle mucha cuenta...
¿Y...qué?, esta gente no puede ser tan descarada y grosera...
-No le he partido la cara porque te vas a quedar aquí y no quiero que tengas problemas por mi culpa, de lo contrario cojo a ese "merde"....
Pero, Cayo, yo..., a lo que me refiero es..., a como ha ido perdiendo sus ropas, nunca había visto nada igual...
-Yo tampoco, contestó Cayo.
- Ya está ahí el taxi, Cayo. ¿Estás seguro que quieres quedarte aquí?.
Sí, Jean Pierre, debo quedarme un tiempo; necesito estar aquí, no te preocupes ya regresaré a París con mi familia.

Jean Pierre se marcha y Cayo le despide con un fuerte abrazo y entra en la casa.
Está muy indignado con el comportamiento de su primo el "moqueras". Cuando se le pase la borrachera hablará con él.
No deja de pensar en el incidente ocurrido en el bar y no le cabe la menor duda que "eso" ha sido cosa de su madre:
-Madre, madre...¿Qué has hecho?, no me gusta nada que sigas metiéndote en mis asuntos, yo sé defenderme solo, soy un adulto, madre.
¿Cuando te enterarás que ya no soy un niño?
-Cayo, hijo, no quería que arruinaras tu vida por un malnacido...(aparece escrito en los cristales empañados)
Vete con Jean Pierre, aún estás a tiempo, aquí no encontrarás más que envidias y miserias.
¿Entonces por qué te quedas tú aquí?
-Cayo, lo mío es diferente, yo ya estoy muerta.
-Pero aquí te han hecho mucho daño..., madre.
La vida, aquí, es así..., amor y envidia; ayuda y zancadillas...; adulaciones y críticas, pero me he dado cuenta que la vida es así en todas partes.
 Sólo debes elegir bien a las personas de las que te rodeas, pero eso es difícil en la vida, no sé por qué razón siempre elegimos lo que menos nos conviene.... 
Ahora tengo que irme, Cayo, no me he despedido de mi buen amigo Jean Pierre, le he visto que se iba muy triste y quiero animarle.
-¡Madre, me vas a volver loco...!

Cayo, resignado a no poder librarse de la presencia de su madre..., se dirige al dormitorio y coge el diario de Pura  y se dispone a continuar con su lectura.

Mayo-1968
Por fin he llegado a casa... deseaba ver a mi hijo más que a nada en el mundo, es la primera vez en mi vida que me he separado de él.
En la cárcel me han tratado bien, he conocido a los manifestantes con los que me han encerrado, he escuchado sus reivindicaciones y enseguida he empatizado con ellos;  al principio me ayudó mucho Natalie, pero a ella la sacaron rápidamente y me quedé un poco sola.
Cuando me llevaron a declarar, pasé por un despacho que estaba la puerta abierta y con gran sorpresa pude ver a Jaime..., interrogando a un chico con el pelo largo. Pasé rápidamente y me tapé la cara, no quería que me viera.
Yo no entendía nada, me dijo que era músico..., ¿Qué hacía allí interrogando a un chico?
Unas horas después le he vuelto a ver, yo estaba sentada en un banco con la cara tapada con un pañuelo y él ha pasado dando empujones a una chica. He podido ver de reojo que me miraba las piernas y automáticamente las he recogido, y cruzándolas las he metido debajo del banco de madera.
Ha perdido para mí todo el atractivo que tenía en el tren. No me equivocaba yo al pensar que ocultaba algo..., resulta que es policía..., el muy mamón.
Yo permanecía sentada, con la cabeza agachada, y de repente he visto unos zapatos delante de mí; he levantado la cabeza y me he encontrado con la cara de Jaime junto a la mía, su boca frente a mi boca, he sentido su aliento y su perfume fresco de recién afeitado y he deseado besarle.
Me ha cogido por el brazo y me ha llevado a su despacho; ha cerrado la puerta y allí sin mediar palabra me ha empujado junto a la pared y entre los armarios, con las puertas abiertas y  llenos de expedientes, me ha besado en la boca, y, yo, no he podido negarme, este beso, estaba escrito. 
Jamás hubiese imaginado que me lo encontraría aquí, por un momento pensé que estaba inmersa en una pesadilla, de esas que me atrapan en la noche.
En cambio, lo que me extraña es que él no se haya sorprendido al verme; ¡qué raro me parece todo esto...!
Me eché a llorar, como una niña, y le dije que por qué me había dicho que era músico... y me contestó que no me había mentido, que era músico los fines de semana y a unas horas determinadas.
Le rogué que me sacara de allí, que me iba volver loca del dolor que me producía el no ver a mi hijo Cayo.
Me dijo que no era fácil pero que lo intentaría, a cambio me pidió que entrara en un servicio, apestoso, que había en el despacho. Le pedí, por favor, que me dejara, y alborotando sus cabellos con sus manos, me soltó, me pidió perdón y me dejó sentada en una silla en el despacho y salió cerrando la puerta.
Al rato vino con un impreso, me dijo que firmara y que me marchara a casa.
Ya nos volveremos a ver, Pura, siento todo lo ocurrido.
-¡Toma! este es mi teléfono llámame si vuelves a tener algún problema.

Yo... ya no sabía por lo que estaba más preocupada, si por todo lo que me había ocurrido, que me detuvieran, y me llevaran a la cárcel en un furgón, o por el inesperado encuentro con Jaime.
Aunque estoy asustada por lo sucedido, debo de reconocer que no me molestó el beso que me dio en la comisaría. Pero tengo miedo..., miedo a algo desconocido e inesperado.
Después del grave accidente con Salvador me prometí no volver a estar con ningún hombre que no fuera Fidel.
 Pero algo extraño me sucede, está visto que me gusta lo oscuro, lo extraño, el misterio y los hombres fogosos y apasionados; todo lo contrario que es Fidel, un hombre honesto, tranquilo, parco en palabras y en arrumacos pero fiel muy fiel.
Yo en cambio soy todo lo contrario, enamoradiza, bueno, enamorada de todo en la vida: del feo, del guapo, del pobre, del rico, del ignorante, del intelectual. Debo de tener una especie de locura, locura que es la que me mantiene viva.
 He nacido para amar, para que me amen y me adoren.
En cierta ocasión cuando era una adolescente , con quince años, oí, como mi abuelo le decía a mi abuela: esta muchacha me preocupa, es inteligente, guapa, buena, generosa pero muy cándida, va a sufrir mucho en esta vida.
Y no se equivocó mi abuelo, tengo que controlar mis emociones y deseos, de lo contrario me veré inmersa en nuevos problemas.
Me ha comentado Jean Pierre que hay un instituto para que puedan realizar estudios las personas adultas, creo que me inscribiré y enfocaré toda mi energía en los estudios, que por otra parte siempre me habría gustado estudiar una carrera.
 Me alejaré de todo aquello que tenga que ver con el "amor". No sé por qué me gusta tanto que me quieran..., es posible que sea porque mis padres, cuando yo era pequeña nunca tuvieron tiempo de darme cariño y esté falta de afectos y de caricias. Esta es mi locura...
Pero esto no puede continuar así..., me prometí una nueva vida, lejos de Salvador y al lado de Fidel.
¡Cuánto he amado a Salvador! y ¡Cuánto amor y placer me dio  él!
 El maldito vino, lo estropeaba todo, le hacía volverse loco de celos. Todo se estropeaba con los maltratos, aunque luego se arrepintiera y me pidiera perdón.
 No estoy tan mal..., no creo estar tan loca como para consentir que me vuelvan a  humillar y me vuelvan a maltratar.
  La verdad es que Jaime no me ha hecho nada que yo en mi interior no deseara hacer, hasta ahora... Me revelo a la monotonía...











Cayo está irritado y confundido leyendo el diario de su madre, está pensando en dejar de leerlo, pues tiene serias dudas si será ético, o, no..., husmear en las cosas íntimas de su madre.
Pero hay algo que le dice que siga leyendo.
Él siempre ha  querido y admirado profundamente a su madre, nunca han interferido en sus vidas las habladurías de la gente del pueblo. Y piensa que si conoce mejor a su madre comprenderá mejor su forma de actuar.
Comprenderá mejor como una chica de familia muy humilde, gracias al esfuerzo de superación, llegó a tener una licenciatura expedida en la universidad de París siendo una pobre emigrante portera de finca.
Entenderá mejor esa insatisfación permanente que Pura tenía en el terreno amoroso con su padre, Fidel, un gran hombre para él.
Insatisfación, que  al parecer, le hacía a Pura buscar en otros hombres las caricias y halagos que él no le facilitaba.
Y es posible, que le dé una pista para él, para su vida, para arreglar sus cosas con África...
Está temiendo que esa insatisfación de su madre sea hereditaria...

Estaba en estos pensamientos cuando llamaron a la puerta de la casa:

-Cayo..., Cayo..., ¡Abre hijo... soy la Tea!
-¡Hola Tea!
 ¿Qué quieres?
-Nada hijo, como me han dicho que te habías quedao aquí... venía a traelte un queso fresco de cabra que hice ayel.
-Gracias, Tea, pasa, pasa; no te quedes en la puerta, que hace mucho frío.
Gracias, hijo, ¿Cómo andas...? ¡Ay qué penita lo de tu madre...!, con lo que yo la quería...
¡Qué buenos momentos hemos pasao juntas remendando ropa en la solana!
Ella siempre llevaba un libro en el cesto de la costura y me decía: Tea si me remiendas los calcetines de Cayo..., yo te leo esta novela.
 Y yo encantada de la vida...
 Nos leía la novela y le ponía tanta pasión al leerla, que la vivía ella y todas las que allí estábamos.
 Ella leía y requeteleía y yo como una bobona le remendaba todos los tomates que te hacías en tus calcetines; pero mira... no me pesa porque pasábamos unos de los mejores momentos del día; lo peor era, que cuando a ella se le plantaba en las narices..., dejaba de leer y nos dejaba con la intriga y la boca abierta.
Ya podíamos rogarle..., que nos decía tajantemente: mañana más.
Y... lo atrevía... que era, un día de esos que estábamos en la solana, cuando era mu... chica, le dijo a la Juana: Pura me podías cortar las puntas del pelo... y tu madre ni corta ni perezosa cogió las tijeras del cesto y empezó a cortar, a cortar ..., cuando igualaba una parte de la melena..., se subía en la otra y asína hasta que llegó a la altura de las orejas, entonces paró y dejó a la Juana como a una escoba recortaaa...
¡Ten cuidao no vayas a dejarme como una mochuela! -le dijo la Juana... 
Cuando se miró la Juana en la tapadera de la lata donde guardaba los hilos... y se vio como la Juana de Arco, trasquilá..., y no como la Juana de Zacarías, salió corriendo detrás de tu madre, y la quería pegar, pero tu madre que tenía unas buenas patas largas corría como una galga pecera mientras la Juana gritaba como una loca:

 ¡Cuando te pesque te vas a enterar!

-Ja,ja,ja,ja,ja,jaaaaa....

-¿Cayo Tú has escuchao... lo que yo....?

-No... yo no he oído nada...  -miente Cayo-

-Pues yo juraría que he oído reírse a tu madre...

-No digas bobadas Tea...
¡Ay! hijo debe de sel que estoy un poco..., tlau...tlau..."tlamutizá" con la muerte de la Pura, o como se diga eso...,cuando algo te "afeta" mucho...
Como te iba diciendo, mos entreteníamos y mos reíamos mucho con ella, pero, hijo, muchas de las cosas que le han pasao han sido por lo fantasiosa que era...

-Tea, no me toques las narices, mi madre era una gran mujer...,trabajó desde que era una niña y su vida no fue nada fácil...

-No me cabe la menor duda, era muy trabajadora, muy guapa, muy buena, pero no me negarás que era muy fantansiosa....

-¿Y... la África, por qué no está aquí contigo?
 Creo que has tenido una trifulca en el "bal" con tu primo el moqueras...
Menudo sinvergüenza, tu primo..., anda todo el día borracho de bal en bal, y no sabe na...más que faltal a la gente.
 Es un faltón y un chulo, la mayoría de los días no va a trabajal, claro... que como la empresa es de su padre... como fuera de otro se iba a la calle en dos días...

-¿Y cómo te las arreglas en la casa Cayo? si quieres yo te "avío" la casa...

-Tea no te preocupes yo me las arreglo perfectamente.

-Ya sé hijo, que tu eres una mina, eres igualito, igualito que tu madre...

-Pero ¿Por qué no te has traído a la África? andan por ahí diciendo habladurías, que "sos" habéis "dejao"

- ¿Eso es verdad, Cayo?.

-No, Tea, no es verdad, África y mis hijas vendrá a Navidad.

-Pos mu... bien hijo, asina... le tapas la bocaza a los cotillas del pueblo...

-Pero... esa muchacha..., si me pelmites que te diga... nunca la vi apropiada para tí.

-Bueno Tea, vamos dejarlo que tengo que arreglar algunos asuntos antes de que cierren el ayuntamiento.

-Bueno... ¿Tienes que il al ayuntamiento? menudo atajo de gandules..., siempre están tomando café, y luego dicen que están mu... ocupaos y no tienen tiempo para na....

-Pues a ver si tengo suerte y los pillo en buen momento.

Cayo estaba deseando que se fuera la Tea para sentarse tranquilo en la mesa camilla, junto a la ventana con los cristales empañados para leer un rato el diario de su madre.
Encendió el brasero eléctrico, se puso un cafetito caliente bien cargado acompañado de un perrunilla que le habían regalado las vecinas, y encendió un cigarrillo y se dispuso a seguir leyendo:

Mayo del 1968

Ya me he olvidado del incidente de la cárcel, de mi absurda detención. No llego a entender como la police  me pudo confundir con una estudiante.
Yo no tenía aspecto de una estudiante, ni mis ropas, ni mi aspecto físico eran en ese momento de una hippy o de una estudiante progre.
Algo hay que no me cuadra..., he llegado a pensar que ha sido toda una estrategia de Jaime, he pensado que me ha seguido estos días, y que ha aprovechado la manifestación para indicar a un police, que me detuviera, y que con la confusión del momento aprovechara este embrollo para acercarse a mí de nuevo.
El caso es que yo no le vi por ningún lado. Jaime preparó, cada vez estoy más convencida, este lío.
Sigo pensando que este encuentro no ha sido fortuito. Todo eso me pasa por sincerarme con un desconocido en el tren. Claro que 24 horas encerrada en un vagón dan mucho de sí...
Y me pareció un tipo tan interesante y tan atractivo... 
Y... yo le debí causar a él muy buena impresión, o de lo contrario como se iba a fijar en una pobre chica de pueblo...
Recuerdo que me dijo que le gustaba hablar conmigo porque mi conversación no era sobre niños y comidas, que le gustaba mi conversación  acerca de los libros que había leído.
Recuerdo que yo iba leyendo el "extranjero" de Camus y me dijo que no era normal ver a una mujer leer este tipo de libros.
Le dije que era un regalo que me hizo el médico del pueblo, cuando fui a despedirme de él y de su familia.
(En realidad no me lo regaló el médico, me lo regaló doña Ramona; al final del libro encontré una sobre pequeñito con una tarjeta y un teléfono, escrita por detrás: Siempre te querré, imploro tu perdón.
Salvador de las Aldobaras Altas.)
Jaime se sorprendió que el libro estuviera escrito en francés y que yo lo entendiera todo.
Además de guapa eres una mujer muy inteligente,- me dijo-
 Este comentario me ruborizó un poco, y nerviosa apreté la mano de Cayo, se despertó y miró con extrañeza a Jaime y dijo: ¿Quién es este señor madre?.
En esos momentos Jaime salió del compartimento a fumar un cigarrillo y Cayo me dijo: madre no deberías hablar tanto con desconocidos.
Tenía razón Cayo, no debería haberle contado mi vida con pelos y señales, pues el sólo me contó que era músico...
De todas formas, qué raro es que un policía sea músico... o que toque la trompeta y la armónica en una sala de fiestas...
A Fidel no le he contado nada de lo sucedido, ni de mis sospechas  acerca de mi detención, es mejor que crea que todo fue un malentendido... y todos tan felices.
Yo procuraré no volverme a tropezar con él y santas pascuas.

Pasando a otro tema, Jean Pierre es un encanto, me ayuda mucho en la portería, a conocer a los propietarios de las viviendas del edificio y a todos las personas que se ocupan del servicio.
Aquí no los llaman criados como en España, les dicen personal del servicio...
Es otra forma más respetuosa de tratar a la gente. La verdad que el personal de servicios deben escogerlo muy bien porque son personas con mucha formación, muy respetuosos, educados y muy cariñosos con los niños.
Me llevo bien con todos, he tenido mucha suerte, en dar con este tipo de personas, no soporto la gente chismosa, retorcida y sobretodo no me gusta la gente con doble cara...

A Fidel, mi marido, le veo poco, sólo nos vemos el rato que vamos al liceo por las noches, pero él está en una clase distinta a la mía.
Ayer cuando salía de clase le vi hablando muy alegremente con una mujer joven, y por un lado me molestó un poco, pero por otro sentí un poco de alivio, pensando... que le viene bien relacionarse con otras mujeres y no ser tan absorbente conmigo.
Estos pensamientos míos deben de ser una forma de acallar mi mala conciencia por mis sentimientos hacia Jaime.
Quiero muchísimo a mi marido y creo que nunca le dejaré por otro hombre.Tampoco le puedo obligar a hacer algo que no le sale...
Conociéndome como me conozco en cuanto le dejara, al minuto estaría echándole de menos. Exteriormente es envidiable la relación que mantenemos, pero hay una gran laguna, ahí, de todos esos años que hemos estado separados...
Promesas y más promesas en las cartas...Y mucho amor el primer día en nuestros reencuentros.
 Pero luego yo veo que él, poco a poco, se aleja y se mete en su mundo y, yo..., me siento solamente como una especie de objeto de sus deseos.
 Él tiene su mundo interior bien atrancado con una enorme losa de granito, al que ni yo, ni nadie puede acceder.
Apenas hablamos..., él lo da todo por resuelto, cree que nuestra relación es perfecta, el piensa que soy como ese motor perfecto que no necesita nada más que engrasar un poco una vez a la semana...
 Fidel es muy inteligente y siempre he pensado que yo soy poco para él, por eso se aleja y se encierra en su mundo y sólo acude a mí por las noches en la cama...
Compartimos pocas aficiones a él le gustan los motores, las carreras de coches, el fútbol y algo la pintura.
Yo... amo la naturaleza, me encanta pasear y leer novelas, cualquier tipo de novela medianamente decente, amo el teatro y el cine.
Si alguna vez me quejo de no hacer casi nada juntos, me responde que no vivo la realidad de la vida, que vivo la vida a través de mis libros...
Esas parejas perfectas, dice que no existen..., yo no quiero una pareja perfecta sólo quiero un poco más de atención.
No sería justo que yo dijera que me da de lado, porque la verdad sea dicha es que tiene muy poco  tiempo libre, el pobre, trabaja muchísimo...
Nunca ha llevado bien este ritmo de trabajo, por eso añora tanto el pueblo. Se pasa la vida despotricando de los franceses y dice que cualquier día lo deja todo y se vuelve al pueblo...

Estaba Cayo acabando este capítulo del diario de Pura, cuando de repente vuelven a aporrear la puerta de la casa:

Cayo...¡Abre, por dios!, soy la Anita...
¡Áyudame hijo! que a mi esposo le ha dao un "patatún"
¡Corre, corre, hijo...!
-Pero Anita...¿Qué pasa?
-El mu... desgraciao que ha bebio más de la cuenta y está tirao en el suelo como muerto, más frío que un escabeche...
¡Julio... "dispielta" desgraciao...!, le decía la Anita mientras le daba unas guantás... a Julio, que si no estaba muerto, lo iba a matar a guantazos...
El otro infeliz, abría un ojo y garabateaba unas palabras sin sentido...
¡Mírale! si nos es capaz ni de hablar..., se le ha quedao la lengua encorchá de lo que se ha tomao...
¿Pero qué... has "bebio"..., so cabrito?.
Anís, esta borrachera se la debe de haber cogio  con anís por eso le ha dao friolera... porque míralo no para de castañear los dientes...
-¡Llévale a la ducha..., Anita!, ¡vamos Julio...!
-¡Mírale! si parece un pelele, que no puede ni andar...
-¡Déjale! ya, coño, Anita... no ves que está fatal... desnúdale y métele en la ducha... con agua bien caliente.
-¡Ay, dios mio! toa la vida asina... esto no es vida, me va matar a disgustos... yo ya no puedo más Cayo.
-Tú... que eres tan listo como se divolcia la gente, que yo me quiero divolcial, aunque sea a la vejez viruela, ya no aguanto más a este borracho.
Voy a il a preparal los papeles..., y él que se vaya a vivil con su hermana la soltera, que yo ya no le aguanto mas...
¡ Esto no es vida...!
Vaya vida la nuestra aquí en el pueblo, que no hay otra diversión más que bebel en los bares, antes pol lo menos había cine, pero mos lo quitaron...
Allí en el cine le tenía yo más controlao...
 Bebía... pero menos; ahora se ha convertido en un calavera...
¿Pero si se ha meao... toíto..., el muy guarro?

-Cayo busca a un médico, Julio se está muriendo y esta bruta no se da cuenta...

-¿Quién ha hablaooo....Cayo...?

-Nadie Anita aquí la única que hablas eres tú...

-Pero si me pareció oír la voz de la Pura, la voz  de tu madre..., ahora la que me voy a meal de miedo soy yo...:
"choc...choc...choc"¡Ay ! hijo me mee... toíta...

-No digas bobadas Anita...

-Qué vergüenza Cayo, aquí los dos meaos...

Oye Anita yo creo que deberías de dejarte de bobadas y deberías  llamar al médico, Juan tiene la boca torcida...

¿Al médico voy a llamal yo...?
 Pa que se rían de mí...

Plaf.. plaf.., Anita le arrea dos buenos tortazos a Julio...

-Pero déjale so bruta no ves que está dando las "boqueaas"...

-¡Ay Cayo! qué la he vuelto a escuchal a la Pura...







-¡Llama al médico de una puñetera vez Anita!
No sé si estará borracho... o no... pero de lo que no me cabe la menor duda es que cada vez le veo en peor estado.
-¡Cayo pol favol, ve tú a llamarle...!
-¿Dónde vive el médico?
-Anca... doña Ramona...
-¿Cómo qué dónde doña Ramona...?
-Sí... Cayo, el tarambana de su hijo al final sacó la carrera... ya se tenía que habel jubilao... pero no quiere "entoavía"...
Dicen las malas lenguas que su madre fue la que sacó la carrera de "midicina" a base de llevarle jamones a los profesores...
-Lo siento Anita a mí no me apetece ir  a esa casa a buscar a nadie...
-¡Ah! será por lo de tu madre...
No te preocupes que ya se ha "regenerao". Es todo un caballero, ya ni bebe, ni... na.. de na...
No como este gandul mío que se pasa el día en la solana con una mano metía en el bolsillo y la otra con el cigarrucho... en la boca.
 Echa tanto humo, al cabo del día...., que yo cuando me viene su imagen a la cabeza, veo su cara como un borrón de humo, y si no está en la solana está en el "bal" a toas horas.
¡Uy,yu..yuy...! qué mala cara tiene...
-Pues llámale por teléfono... Anita.
-¿Está el doctol?, soy la Anita la de Juan el "quitapenas", la hija de la tía María la "matapulgas" y del tío Rafael "queteachilinco"...
 Es que llamo porque el mi hombre está tirao en el suelo... y no sé, si es que le ha dao un "patatún", o es que tiene una melopea de esas de no te menees, o es que se está muriendo..., mire usted D. Salvador...
Pos sí, sí... hace unas muecas mu... raras, la boca la tiene retorcía y le llega, lo que es la "boquera", hasta la oreja derecha.
Como le digo en la boca se le ha quedao "encallaó un cigarro, que como se le vaya pa atrás "mese" va a "ajogar".
 Y... los ojos los tiene como "esturnios" los dos revolcaos "parriba", y "mese" ha meao... toito...
¡Venga!, ¡Venga! Don Salvador...que ya no hace na... de na...
-Hágale la respiración artificial mientras llego yo - se oye al otro lado del teléfono-
-¡Ay! Cayo, hijo dice el doctol que le haga la respiración "altificial"
A vel... como le abro yo la boca, si la tiene toa  retorcía... y con los dientes atrancaos...
¡Acércame! esa cuchara de palo a vel si conseguimos abrirle la boca.
Na..., no... hay manera, la ha trincao...  pero que bien trincaa...

En décimas de segundo Juan abre la boca y mira fijamente a la Anita y le dice :

¡Cabrona!

Ladea la cara y la deja caer al suelo.

-¡Ay! lo que me ha dicho el mu... tunante...

Llaman a la puerta...

-Pase doctol, pase, que yo creo que ya "mese " ha muelto... porque si fuera una buena "pea"respiraría algo...

-Este es Cayo el hijo de la Pura...

-Écheme una mano, por favor, vamos a llevarlo a la cama.

El doctor le ausculta, le abre los ojos, se los mira con la linternina... y dice:

-Anita..., Juan ha pasado a mejor vida...

-Yo lo dudo doctol, ¿A mejol vida...a  mejol vida que la que ha pasao aquí... sin darle un palo al agua y to el día borracho perdio...?
¿Ay! con lo que yo le quería en el "emprencipio"...
Y... ¿Ahora qué?, me deja a mi viuda, ya pa que acabe yo de rematal la faena de esta puta vida..., que he llevao a su lao...
Mira que me lo dijo mi padre:
 Anita..., deja ese novio tuyo, que es un gandul...
¡Ay! qué desgraciaita... soy.

-Anita ,te acompaño en el sentimiento, ahora tengo que marcharme - le dice Cayo-

-¡Ay! Cayo no me dejes sola...

-Pero Anita que no estás sola ya ha llegado toda tu familia...

Cayo sale de la casa de Anita y Salvador va tras él.

-Espere un momento.

Cayo se detiene y le pregunta:

-¿Qué quiere?

-¿Tú eres el hijo de Pura?

-Sí... ¿Algún problema?

-Ninguno, hijo..

-No me llame usted hijo que yo ya tengo un padre aunque esté muerto...

-Disculpa, ¿No me reconoces?

-Sí, ustedes es el hijo de puta que le hizo imposible la vida a mi madre...

-Yo quería mucho a tu madre, tanto, tanto, que los malditos celos me hicieron hacer barbaridades.

-No pretenderá que le perdone, no intente justificar sus maltratos echándole la culpa a los celos.

-¡Cayo escucha! solamente una vez maltraté a tu madre, el día que nos descubriste en la tapia del cementerio. Estaba borracho le di un bofetón y se cayó y se rompió el brazo y yo no sabía que se había roto el brazo, cuando salí de allí pitando, ofendido y borracho...

-Usted es un cobarde cabrón por pegar a una mujer, a una mujer tan buena como mi madre...

-Tu madre me quería tanto como yo a ella, siempre nos quisimos desde niños, si tu padre no se hubiera metido por medio, ahora estaríamos juntos, no hubiera muerto y tú serías mi hijo.
Aún así siempre te he considerado como mi hijo. ¿O no recuerdas los regalos que te hacía yo cuando eras pequeño?

-Ustedes los ricos provincianos se creen que se compra a la gente con regalos, usted me haría regalos, pero nunca le tragué, por favor..., déjeme en paz...

-Tiene que darme una oportunidad para explicarle mi relación con su madre...

-No quiero ser su confesor, si tiene problemas de conciencia, es justo que pague por lo que hizo.

-No tengo problemas de conciencia..., ella me perdonó te lo puedo demostrar...

-¡Déjeme! que yo creo que por hoy ya he tenido bastante con la muerte de Juan.


Cayo deja a D. Salvador con la palabra en la boca y se mete en su casa.
Se está empezando a agobiar en el pueblo, no tiene nada de intimidad. Ni siquiera en su casa, constantemente están llamando los vecinos a su puerta, duda si habrá sido una buena idea quedarse aquí.
Se dispone a dar un paseo por la dehesa, se abriga bien y coge su teléfono móvil para llamar a África, necesita oír su voz y decirle que la echa de menos.
Ha levantado la neblina mañanera y hace un día espléndido, la dehesa está preciosa las praderas verdes debajo de las encinas están con una capita blanca de la helada; y el sol al derretir la escarcha levanta una nebulosa blanca.
Las aguanieves culonas picotean en el suelo; los colorines cantan y los perros del pastor ladran como locos cuando pasa a su lado. Levanta el bastón y los perros callan y miran a  Cayo con caras de malas pulgas.
Cayo continúa andando y los perros se vuelven y continúan mirándole, ahora, con una mirada sumisa y tristona.
Se aleja, respira hondo, enciende un cigarrillo y se dirige a leer un cartel que cuelga de una alambrada, se pone las gafas y lee:
"Se vende finca de secano con encinas y parte  de regadío".
Salta la alambrada y penetra en la finca, es una finca preciosa con muchas encinas y enormes alcorconoques, las praderas están llenas de peos de lobo, y, como cuando era un niño, salta encima de ellos y al explotar sale un polvo sulfuroso de color verde.
Con el ruido, sale una zorra colorincha, con la cabeza "gacha" y "juitiva", corriendo hacia el arroyo, y en dirección contraria, corre de pérfil un conejo, con las orejas tiesas apuntando hacia el cielo y mira a Cayo asustado con sus grandes ojos anaranjados.
Continúa caminando entre las encinas y cuando llega al arroyo se sienta al lado de un alcornoque en una enorme piedra de cuarzo blanco y gris, que brilla, como una piedra preciosa, cuando los rayos de sol inciden en ella.
El ruido "adormidero" de las aguas, al caer por el lecho del arroyo, emboban y adormecen a Cayo; las florecillas blancas silvestres bailan dentro del agua y alegran su espíritu, las ranitas saltarinas, los aclaraaguas, los pececillos de ojos saltones amarillos le recuerdan lo fácil que puede ser la vida, si no nos la complicamos creándonos necesidades que no son necesarias para vivir...
Pero poco le duró la tranquilidad a Cayo. Se sentía tan feliz que quería compartir ese momento mágico con su amada África y cogió el móvil y la  llamó:

-África, ¿Qué tal estás?

-Bien, bien.. 

-¿Y tú...?

-Bien, en estos momentos estoy como en el paraíso, estoy a la orilla de un arroyo y me quedaría aquí todo el día, pero te echo de menos y estoy deseando que vengas para acá...

-Cayo las chicas no quieren ir y yo tengo mucho trabajo en estos días, no creo que pueda ir, será mejor que te vengas tú para acá...

-No puedo África...
Tengo  que resolver unos asuntos que tengo pendientes desde hace muchos años...

-¿Qué asuntos?

-Cosas mías, África...

-¿Cosas tuyas o de tu madre Cayo?

-Si son de mi madre son también cosas mías, África...

-¿Y mías?, ¿Son también cosas mías, Cayo?

-Tú sabrás...

-¿Yo sabré...?

-No me hagas hablar... 

-Te estás volviendo loca o ¿ qué  te pasa?

-No..., loca tu madre, ella si que estaba loca...

-No te consiento que hables así de ella...

Cayo enfadado colgó el teléfono y se quedó mirando un rebaño de ovejas que pacían tranquilamente en la pradera.

Buscó en la mochila y sacó el diario de Pura.

Junio 1968

Esta mañana han llamado a la puerta de la portería cuando he abierto me he encontrado de narices con Jaime:

-¿Estas sola?

-Sí

- ¿Por qué?

Ha pasado a la casa sin yo invitarle y me ha dicho:
Pura te debo una explicación..., me he enamorado locamente de ti, me estoy volviendo loco, no hay un momento del día y de la noche que no piense en ti.

-Jaime:
 ¿Por qué me engañaste?
 ¿Por qué no me dijiste que eras policía?

-¿Y eso qué importa...?
 Te dije que era músico para acercarme a ti, si te hubiera dicho que era policía no hubieras hablado conmigo con tanta libertad y no te hubiera conocido.

-No me gusta que me mientan y lo que ya no entiendo es como pude yo acabar detenida en una comisaría en la que tú trabajas...
He llegado a pensar que tú lo planeaste todo para volver a verme.

-Es cierto, te he estado siguiendo estos días y te pido por favor que me perdones.

-¿Qué te perdone...?
 Tú... no te puedes imaginar como lo he pasado yo encerrada sin poder ver a mi familia, sin poder recoger a mi niño chico del colegio.
Y el sufrimiento de mi marido buscándome por todo París...
Todo porque el señor policía dice que se ha enamorado de mí..., además no me lo creo...

Jaime en esos momentos me rodeó con sus brazos y me besó apasioandamente y yo no pude negarme, le conduje hacia el dormitorio, me desnudó poco a poco... y empezó a acariciar todo mi cuerpo, cerré los ojos, me dejé llevar y me entregué por completo.
Jaime quiere volver a repetir estos encuentros y yo... también.
Me estoy metiendo en la boca del lobo, pero no siento remordimientos de conciencia porque cada vez me doy más cuenta que mi marido sólo se quiere a sí mismo, es un
egocéntrico, primero es él y luego él...
 Si se acerca a mí no es por amor es para aliviarse él.
Es como un trozo de mármol, gris y frío. Me separaré de él, lo que no puedo es seguir engañándole...
Hablaré con él. Si puede ser hablaré con él hoy mismo...
O mejor..., dejaré que pase un tiempo no quiero precipitarme, quiero hacer bien las cosas, le quiero mucho y no quiero hacerle daño.
Tan solo llevo un mes aquí en París...
Tenía tantas ganas de venir a vivir aquí con él... y ahora que por fin lo he conseguido me doy cuenta que no tenemos nada en común.
Si no hubiera surgido Jaime todo sería más fácil, yo no podría compararlos y me habría amoldado a Fidel.

Estaba Cayo leyendo el diario de Pura cuando una mano femenina le golpea dulcemente en la espalda:

-¡Hola Cayo! ¿No me reconoces?

Cayo se quedó mirando a una hermosa mujer que le sonaba su fisonomía pero no sabría decir quien era.

-Ya veo que no me reconoces... soy Irene.

-¡Ah! perdona Irene, no te había reconocido..., hace ya tanto tiempo... por lo menos cuarenta años que no nos vemos.

-¿Qué haces aquí? porque si no recuerdo mal te fuiste a vivir a Madrid...

-Sí me fui a vivir a Madrid, pero me separé de mi marido y me vine a vivir aquí a esta finca que compraron mis padres.

-Pero he visto un cartel que la venden.

-Vendo una parte, en la otra parte tengo una casa rural y además me dedico a la ganadería:
ovejas, cabras, gallinas, pavos.

¿Y tú..creo que te va muy bien? Tengo oído que eres uno de los pasteleros más famosos de París...







Caminaron un rato Irene y Cayo hasta que llegaron al caserón, era un caserón muy grande, encalado de blanco y con un gran porche con un tejadillo de viejas vigas de madera y tejas rojas envejecidas.
¡Pasa Cayo!, abrió Irene el portalón, y entraron en un patio llenos de macetas con geránios, cubiertos con plásticos por encima, que Irene iba quitando a su paso y diciendo: les pongo el plástico para que no se me hielen las flores por la noche...
Al fondo había una puerta robusta, pintada de rojo con cristalitos y un cartelito pintado a mano en el que se leía: cocina.
 Y otra puerta pintada de azul sin cristales con otro cartelito donde se leía: cuartos.

Irene se dirigió hacia la puerta acristalada y entraron en una cocina enorme, totalmente decorada en rústico, con las encimeras, de azulejos antiguos de porcelana despostillada, y los bajos tapados con cortinas de cuadritos rojos y blancos.
En las paredes grandes alhacenas colgadas, decoradas con adornos de papeles recortados haciendo filigranas y encima de los papeles tenía la vajilla: platos de cerámica blanca cruda con dibujos de gallos y gallinas coloreados en rojo, naranja y azul, los cuales había decorado Irene.
 En un rincón de la cocina había un horno antiguo y en el centro una enorme mesa cuadrada con un bonito mantel blanco crudo de hilo, bordado con bonitas cerezas rojas.

Irene puso un viejo puchero al fuego con agua para hacer el café y sacó del frigorífico otro puchero con leche de cabra.
Se acercó al horno y sacó una lata con unos exquisitos bollos recién horneados, reventones y con  una capa de azúcar brillante por encima.
Cayo miraba los cuadros colgados en las paredes de la cocina...

-Son acuarelas las hago yo...

-¿Te gustan?

Sí, sí son muy buenas, no sabía que pintaras tan bien...

-Pero cuando..., cuando...

-Cuando tú y yo salimos, Cayo, yo... ya pintaba pero creo que nunca llegaste a ver nada...

¡Qué tiempos  aquellos !

¿Y África, no ha venido?

-No..., no ha venido..., tiene mucho trabajo.

-¿Te gusta la leche de cabra?

-Creo que sí, era muy fuerte, pero tengo ganas de probarla hace tanto tiempo que no la tomo...

Irene le puso el café con leche de cabra y le cortó un trozo de bollo que ella misma había hecho con harina, con huevos de pava y nata.

-Está exquisito este bollo y el café de puchero  me recuerda a mi infancia...

-¿Por qué crees que estoy yo aquí Cayo?
 Nos marchamos de golpe y porrazo a Madrid, me apartaron  de todos los lugares y cosas de mi infancia..., y yo siempre soñaba con esta casa, con los animales, con la dehesa, con el cuco y las esquilas de las cabras.
 Me licencié en biología y encontré enseguida trabajo en unos laboratorios en Madrid y allí conocí a mi exmarido.
Nos casamos, no pudimos tener hijos y parecía que todo iba bien hasta que un día le pillé.
 Un día, que me dijo que tenía guardia en el laboratorio, le pillé liado con una becaria mejicana veinticinco años más joven que él.
Nunca se me había pasado por la cabeza la idea de separarme de él , estuve veinte años aguantando su apatía e indiferencia hacía a mí y por no romper con la rutina..., porque aquello no funcionaba...; y aunque no fue nada grata la separación, esa becaria fue mi liberación.
Él me imploraba que no le dejara, que  aquello no era lo que parecía... ja,ja,ja, pero yo vi el cielo abierto, esa becaria me salvó del sieso y eterno aburrido de mi marido.
 Claro que aburrido sólo debía  de ser conmigo pues cuando les pillé estaba de lo más gracioso llevaba puesta la bata blanca del laboratorio, sin nada debajo y un sombrero mejicano, de esos baratos que venden en los chinos.
Cuando "torteé" en la puerta, dijo:
-¡Pasa Lupita"!
Pasé y al verme, casi le da un infarto, no sabía donde meterse, se puso todo nervioso y comenzó a ponerse los pantalones y en esos momentos apareció Lupita, una exuberante joven, con una bandeja de merengues en bragas y sujetador.
Me entró la risa y no paré de reírme en una hora, no eché ni una sola lágrima.
Sólo me salió decirle :
¡Vaya númerito Miguel!
 Ya hablaremos... y me marché para casa.
Me separé y no quise llevarme nada de esa casa que me recordara a él, sólo me llevé mis cosas personales y mi ropa.
 Dejé el laboratorio del que él era director y con la indemnización me vine aquí y monté esta casa rural.
-Es preciosa Irene, qué valiente fuiste.
 ¿Y tienes clientela?
-Sí, sí.. pasa por aquí, cerca, la calzada romana, y pasan muchos peregrinos.
Además doy cursos de apicultura pues tengo colmenas; cursos de gastronomía; de cardado, teñido y tejido de la lana de las ovejas; curtido de la piel de las cabras y fabricación de bolsos; además recogemos plantas aromáticas y hago fragancias naturales y jabones.
 También hago encuentros de artistas, de ceramistas, escultores y pintores.
Mira a ver..., si quieres organizamos un curso de pastelería...
La verdad es que no me aburro nada en absoluto, si quieres mañana te enseño el taller...
-Me encantará verlo, me tienes alucinado Irene, me parece muy interesante todo lo que haces.
-Bueno..., Cayo, es interesante, sí, pero viene por aquí cada fantasma...
Abundan estos artistas egocéntricos que se creen únicos en el planeta... pero bueno, la mayoría es gente maja y enrollada.
 Esta época es quizás la más floja, pero es en la que yo más disfruto de la dehesa.
Hace quince días hicimos la matanza. Ahora están pariendo las ovejas, y las cabras ya lo hicieron en octubre.
Aquí no se para nunca, pero yo marco mi ritmo, no es el estrés de Madrid..., al que me hago escapadas para ir a ver alguna obra de teatro, conciertos o exposiciones de pintura.
¡Me encanta Madrid! y lo echo de menos pero reconozco que esto es calidad de vida.
-¿Vives con alguien?
-Sí, aquí al lado viven los pastores, una familia  de peruanos. Ella, Lucrecia, estaba conmigo en Madrid me ayudaba en la casa y cuando le dije que me venía... lloraba como desesperada, porque quería venirse aquí conmigo y no quería quedarse en Madrid trabajando en la casa de mi marido.
Se vino conmigo y la verdad es que fue una gran idea, pues me ayuda muchísimo y cuando el negocio empezó a tirar "palante" se vino su marido de Perú.
Aquí trabajamos todos por igual cada uno tiene asignadas unas tareas.
Lucrecia me ayuda con los animales, la casa y con las comidas. Cuando hay huéspedes, da cursos de bordados de su país y tiene mucho éxito y Melquiades hace las labores más duras del campo y además es ceramistas y haces bonitas piezas.
 Es un hombre pequeñito pero muy fuerte y trabajador.
Y lo mejor de todo es que es una pareja muy bien avenida, todo es paz y armonía entre ellos, se quieren muchísimo..., siempre están de bromas el uno con el otro y haciéndose arrumacos.
Ya tienen cinco hijos, todos en edad  escolar.
No les puedo pagar mucho pero yo a cambio les doy la casa y les dejo tener sus propios animales para que pasten en la dehesa y comercialicen con ellos.
Pero si te refieres a que si tengo pareja..., te diré que no..., he quedado muy escarmentada...

Cayo mira la hora y dice:
-Se me va a hacer tarde tengo que dejarte, no quiero que se me haga de noche en el camino.
-No te preocupes hoy hay luna llena y se ve como si fuera de día...
¿Te acuerdas de pequeños que siempre pisábamos en los charcos?, la luna los hacía blanquear y no nos dábamos cuenta que el espacio blanco iluminado era una trampa con agua...
-Cayo tomó, entre sus manos, la mano de Irene, pequeñita y curtida por el trabajo y el frío, y le dijo:
-Si me acuerdo, lo tengo todo grabado y tampoco me he olvidado de nuestra relación...
Siento haberte hecho daño..., la inconsciencia de la juventud Irene...
Irene sin retirar la mano le dijo:
-Cayo, no te preocupes debe ser mi sino..., que los hombres me dejen por otras.
Yo siempre supe que tú sólo tenías ojos para África pero me engañé a mi misma y por eso no salió bien. No tienes por qué disculparte...
-Las obsesiones no son buenas, te ciegan y no te dejan ver la realidad- dijeron los dos al unísono...
Se rieron y continuaron cogidos de la mano.
-¿Más café Cayo?
-Sí ..., y otro trozo de bollo, hacía mucho tiempo que no comía un bollo tan bueno..., hecho en horno con leña de jara.
-¿Te vas a quedar mucho tiempo en el pueblo?
-No lo sé..., quería quedarme hasta febrero, pero ahora África  y mis hijas no pueden venir y no sé que haré...
La verdad es que aquí estoy muy bien; quitando que las vecinas no me dejan parar...; bueno hoy no sé si te has enterado pero se ha muerto Juan el "quitapenas" y yo he estado ahí en todo el fregao...
Pero, si te digo la verdad, estos instantes son los mejores de toda mi estancia en el pueblo. ¿Sabrás que vine a enterrar a mi madre...?
-Sí, sí.. y tengo que disculparme por no asistir al entierro, pues no me enteré hasta ayer, aquí vives un poco aislada...
 Lo siento mucho, yo adoraba a tu madre, era una mujer que lo tenía todo, belleza, inteligencia y además una buena madre.
-Gracias, Irene.
 ¿Y tus padres... viven?
No, primero, murió mi padre y me costó mucho tiempo superar su muerte y el año pasado murió mi madre, yo pensaba, que iba a superarla de mejor forma que la muerte de mi padre, pero la echo mucho de menos, es que  una madre es una madre..., Cayo.
-Tienes razón, pero aquí vives muy bien, tienes una casa preciosa y el contacto con la naturaleza no tiene precio, no sabes lo que te envidio.
-Anímate y cómprame la mitad de la finca..., te la doy barata...
-Pues..., no te digo ni que sí ni que no...
-¿De verdad Cayo..., estarías interesado?
Es la gran ilusión de mi vida venirme a un sitio como este cuando me jubile...
A ver Irene..., dice Cayo sonriendo: ¿Cuánto pides por la finca?
-Son 4 hectáreas a 5000 euros pues 20000 euros...
-¡Hecho!, cuando quieras firmamos...
-No me lo puedo creer Cayo...
 ¿Y, África estará de acuerdo?
Ella sabe que yo siempre he tenido interés por comprar una finca aquí y no creo que diga nada...
-¡Quédate a cenar !
-No, no... que se me hace tarde, mañana vuelvo por aquí de paseo y hablamos del negocio...
-Como quieras..., pero ya sabes no pises donde veas una mancha blanca brillante que es la luna reflejada en un charco de agua.
¡Qué la luna no te confunda Cayo!.

Se despidieron con un beso en la mejilla y Cayo sintió un fresco aroma a poleo recién cogido del arroyo, que salía del escote de Irene.
No había vuelto a tener esa sensación desde que en su juventud África olía a canela en rama.
Había anochecido y Cayo cogió el camino de regreso al pueblo.
La luna iluminaba todo el bosque de encinas, cuyas sombras aparecían reflejadas en la arena blanca del camino como figuras fantasmagóricas.
La noche silenciosa, sólo, se veía alterada por el grito de alguna urraca, el aullido de algún perro y el ronquido de una mochuela.
Cuando ya estaba llegando al pueblo se dio cuenta que se había dejado la mochila con el diario de Pura en casa de Irene.
Sin pensárselo dos veces dió marcha atrás, aligeró el paso, despertando a su paso a pájaros y perros, que ahora ladraban como desesperados.
Cuando llegó a la casa aún estaba la luz encendida, llamó a la puerta y salió Irene.
-¿Qué ocurre Cayo?
-Que me he dejado mi mochila y tengo ahí un libro que..., que... quiero terminar esta noche...
-Bueno..., Cayo...
 ¿Por un libro has vuelto?
-Sí, no puedo dormir si no leo por lo menos quince minutos en la cama.
-Ahora si que te tienes que quedar a cenar..., y después yo te acerco en el coche, si no quieres quedarte. Tengo  todas las habitaciones libres y no te voy a cobrar nada.
-¿Cómo voy a molestarte si mañana tienes que madrugar mucho?
-Para mí no es ninguna molestia es un placer tenerte aquí.
-Acepto tu invitación me quedaré aquí y por la mañana tempranito me marcho.

Irene preparó unos huevos fritos y unas costillas de cerdo adobadas y Cayo le ayudó a pelar y cortar unas patatas panaderas para freírlas.
Cenaron en la cocina y hablaron muy animadamente de las recetas de pasteles que Cayo hace en París.
Cuando acabaron de cenar pasaron al salón y se sentaron en el sofá, Irene puso música clásica de fondo.
-Qué rara sensación me invade Irene..., parece como si hubiese estado aquí más veces..., debe de ser por lo a gusto que estoy aquí.
-Gracias, Cayo yo también disfruto de tu compañía, pero te voy a indicar cual es tu cuarto porque yo mañana madrugo bastante. Vienen a comprarme los corderinos a las cinco de la madrugada...
Cayo siguió a Irene que abrió una puerta grande de doble hoja y se adentró en un pasillo ancho con varias puertas.
Cada puerta tenía un cartel con el nombre del dormitorio:
El nacimiento de Venus, La  Venus del espejo, El estanque, El jardín de las delicias... etc.

-Elige Cayo hoy están todas vacías.

-¿Cuál me recomiendas?

-Mi preferida es El nacimiento de Venus.

-Pues ahí dormiré.

-Buenas noches.

-Buenas noches Irene y una vez más gracias, por todo.

 Cayo se quedó dormido leyendo pero al poco rato se despertó repentinamente: 

Cayo..., Cayo...despierta...

-Madre...¿Qué haces aquí?

-Te lo pregunto yo a ti:

 ¿Qué haces en casa de Irene?

 Sólo te faltaba "esto" para tener un follón con África...

Mañana mismo a primera hora sabrá todo el pueblo que has dormido en casa de Irene...

-¿Y qué pasa, es una casa rural?

-Ya sabes tú de sobra como es la gente aquí..., y lo que pasa...

-Madre por favor déjame tranquilo...

-Tienes razón hijo... ya eres mayorcito.

-Mañana hablamos madre...

-¿Qué ocurre Cayo?

Entra Irene en el dormitorio con un camisón violeta de atercepiolados encajes dejando ver su moldeado y pequeñito cuerpo.

Cayo se quedó embobado viendo a esa bella mujer de ojos vivarachos y chispeantes, sonrisa amplia y cabello color chocolate, suelto y ondulado, cayendo por sus hombros.

-No ocurre nada Irene a veces hablo en sueños...

Irene se acercó a la cama de Cayo, levantó las sábanas blancas bordadas y ante los ojos atónitos de Cayo se introdujo en la cama.

Se abrazó a Cayo y le dijo: Cayo no quiero hacer nada, sólo quiero dormir abrazada a ti, es algo con lo que llevo soñando años y años...
No quiero sexo, sólo quiero caricias, besos y abrazos...

Cayo embriagado por el olor a poleo y a jaras del monte que desprendía Irene se abrazó a ella, la colmó de besos, caricias y acabaron amándose apasionadamente.






Irene y Cayo, hablaron... y hablaron de sus vidas largo y tendido...
Hablaron del duro destino de los habitantes de los países pobres, que tienen que abandonar sus países para buscar empleo.
 Hablaron de como tuvieron que marcharse sus padres en los años 60, fracturando las familias: unos allá y otros acá.
 Hablaron de cuando ellos tuvieron que abandonar el pueblo en los años 70, y de todo el esfuerzo que les supuso cambiar de costumbres, comidas e idiomas.
 Hablaron de los inmigrantes africanos que se juegan la vida por encontrar un mundo mejor y las calamidades que pasan si llegan..., a los llamados países "ricos".
 Hablaron de los nuevos emigrantes  españoles, en la actualidad, que por la crisis que ellos no han provocado, son ahora ellos los perjudicados y tienen que emigrar a países de centro y norte de Europa.
Y, que ahora, de golpe y porrazo, se ven obligados a abandonar España, desestructurando familias que a penas acababan de formarse, y en muchos casos con niños pequeños.

-Comenta Cayo a Irene- Aún tengo la imagen del día en que mi madre y yo cogimos el tren en la estación más cercana del pueblo, y después de un montón de trasbordo llegamos a París dos días después.
Y, ahora ocurre exactamente lo mismo, ahora con más comodidades, la gente mejor preparada pero al fin y al cabo el trauma de dejar tu país y a tu gente es el mismo...

Sonó el despertador y, cuando quisieron darse cuenta, había amanecido y no habían dormido nada en toda la noche.
Se levantaron los dos, dando un salto de la cama, e hicieron un desayuno copioso, prepararon: el café de puchero, tostaron pan en la lumbre, lo untaron con manteca fresca y le echaron azúcar moreno por encima; frieron, en manteca, huevos y chorizo tierno de la mantaza recién hecha.

Cayo estaba radiante hacía mucho tiempo que no se sentía tan feliz y por primera vez en su vida se olvidó de África.
Había llegado el momento de quitarse el san benito de "pastelero fiel".
Además África no podría reprocharle nada ya que ella le había sido "infiel" en numerosas ocasiones, ella misma se lo había dicho:
Nada de secretos, entre nosotros, somos modernos y no vamos a ser unos mojigatos..., en estos tiempos, le decía África a Cayo.
Pero, para él..., aunque respetaba su forma de actuar, no era tan fácil como para ella mantener un flirteo con alguien por quien no sintiera algo especial.
Y..., en estos momentos, por  Irene..., ella era diferente, sentía algo especial , y hubo un tiempo en que él  la adoraba, no podía decir nada malo de ella.
Ella..., Irene, le quiso mucho, le mimaba y le hacía reír mucho; pero la obsesión por África no le dejo ver la gran mujer que era. 
Irene siempre le amó, era sencilla, dulce, cariñosa, fuerte y decidida.

-¿Qué te pasa Cayo, estas muy pensativo?

-Nada Irene, soy feliz.

 -¿No se nota?

Irene rodeó a Cayo con sus brazos y le ofreció una tostada de pan con manteca y juntos, frente a frente,  mordiendo la tostada crujiente cada uno por un extremo.
 Y..., masticando y riendo..., cada vez sus caras, encendidas por el calor de la lumbre de la chimenea y por la pasión que les invadía, se aproximaban más y más.
Para acabar tumbados encima de la mesa de la cocina, con sus cuerpos desnudos embadurnados en manteca y azúcar moreno.
Llamaron a la puerta e  insistieron pero ellos no oyeron nada.

Cuando se dieron cuenta tenían allí delante de ellos a Daniel, alias el moqueras y primo de Cayo,  que, como  en otras ocasiones, había empujado la puerta y la puerta se abrió.

-¡Hola! Daniel, ¿quieres un café?, le dice Irene sonriendo y subiéndose la cremallera de la sudadera, disculpa nos has pillado en plena faena.

-Lo siento pero no sabía que...

-¿Pero qué hace éste aquí?, dice Daniel, alias el moquera, cuando ve a su primo Cayo.

-Ya ves primo tomando un café.

-¿Aquí... un café..., en mitad de la dehesa, un señorito pastelero..., sin el glamour parisino al que tú estás acostumbrado?.

-Estás equivocado, en esta casa todo es glamour.

 Irene es la más glamurosa...

-¡Vaya!, ¡vaya! debe ser algo genético para que siempre nos fijemos en las mismas mujeres...

-No empieces moqueras.

-¡Ireneeee, vamos a por las borreguinas... que se me hace tarde para llevarlas al mercao! -Grita El moqueras, un tanto cabreado.

-Tranquilo Daniel, te encuentro un poco nervioso, le contesta Irene desde el baño.

-Ve y llama a Melquiades y vais metiendo los corderinos en la camioneta.

-¿Cayo me ayudas?-pregunta El moqueras-

-No se si debo... un señorito pastelero como yo... no está acostumbrado...

-¡Venga tío!, vamos a olvidar las rencillas, por los viejos tiempos.

-Te veo muy moderado primo, lo celebro, pero me tengo que marchar al pueblo.

-Irene me tengo que marchar, ya hablaremos.

-Hasta luego Cayo, le dice Irene sonriendo.


Cayo iba feliz camino a su casa, pensando en la maravillosa noche que había pasado junto a  Irene.
Pensaba, de nuevo, en lo fácil que es ser feliz si te dejas llevar por los sentimientos y saboreas  las cosas sencillas de la vida.
Pero,  sobretodo, lo que más le liberaba era, la ruptura, en el terreno de los sentimientos, de ese vínculo férreo, el cual él se había empeñado en mantener con África durante casi cuarenta años.
Últimamente su relación con África era cada vez más distante, sin embargo él la seguía queriendo muchísimo.
 Fue el amor de su vida, desde que de niños jugaban a ser artistas en la fábrica de harina de la  María.
 Pero se estaba perdiendo ese enamoramiento ciego que sentía por ella.
Enamoramiento, que, antes, no le dejaba ver como era realmente África: cabezota, terca, egoista y manipuladora en muchas ocasiones, típico de hija única.
África, con la edad, había perdido toda su frescura y flexibilidad mental. Constantemente estaba cabreada y taciturna y no le podía llevar la contraria porque se ponía como una energúmena.
Todo era un tira y afloja en sus vidas. Sus enfados duraban semanas y hasta meses, pero él permanecía a su lado porque no concebía su vida sin África.

Recorrió el camino silbando, acompañado por el canto de los colorines del encinar; andaba, corría, trotaba y saltaba de júbilo.
Llegó a pensar que, esos momentos, ahora a sus cincuenta años, junto al día en que África le dijo que volvían a salir y el nacimiento de sus hijas, habían sido los momentos más felices de su vida.
Llegó a casa y después de darse una ducha calentita se sentó en la mesa camilla con un  cafetito, encendió un cigarrillo y sentado junto a la ventana de los cristales empañados sacó el diario de Pura y se puso a leer:

Septiembre 1968

Todos o casi todos los días viene Jaime sobre la una de la tarde; hemos concretado vernos a esa hora en la que yo he acabado todas mis tareas en la portería, es la hora de mi almuerzo y además es la hora en  que Jean Pierre suele acompañar a monsieur le president a un café parisino, mientras... él le espera  realizando compras que le ha encargado madame...
Bueno eso es lo que ella piensa, la "infeliz-estirada" de madame, porque es posible, que en contra de lo que ella piensa, estén los dos juntos en el apartamento...
 Mientras ella piensa que su marido está tomando café con importantes empresarios parisinos, él está en su apartamento secreto..., que tiene puesto a nombre de Jean Pierre, teniendo relaciones amorosas con el mayordomo, al que ella trata con tanta indiferencia, quizá porque intuye algo.
Esas cosas se notan y ella no es tonta, pero puede que se lo haga o que tenga un pacto con su marido para mantener una falsa relación de cara a la alta sociedad burguesa..., con la que se codean debido a su importante puesto en la fábrica de coches..

Me dijo Jean Pierre, que conoció a monsierur le president cuando tenía 17 años. Estaba en un café de camarero que frecuentaba monsieur le president y allí se conocieron, entablaron la relación y más tarde se lo llevó a su casa como mayordomo cuando se casó con madame.
Jean Pierre es bellísimo, su mirada es dulce y penetrante, es delicado y sensible y muy, muy inteligente.
Yo aprovecho las ausencias de Jean Pierre para verme con Jaime, porque Jean Pierre adora a Fidel y como no sé lo que va durar esta relación no quiero involucrarle.
Cada día, Jaime, viene y me cuenta lo mucho que le ha cambiado la vida desde que me conoce. Yo le pregunto que: ¿cómo puede ausentarse tanto de su trabajo?; y me contesta que le tengo absorbido el sexo.
Jaime está casado con una alemana y dice que es fría como un tempano, que está con ella por sus hijos de lo contrario se separaría.

Ayer pasé un mal rato, resulta que Cayo se rompió un brazo jugando a baloncesto y vino a casa antes de lo previsto, llamaron a la puerta y le dije a Jaime que se escondiera debajo de la cama.
Cayo entró en el dormitorio y se sentó encima de mi cama, se quitó las botas de deportes, empujando un pie con el otro y se le escapó una bota con tanta fuerza, que, la bota, le arreó un golpazo en todas las narices de Jaime y tuvo los morros inflamados durante una semana.
Nosotros tuvimos que irnos al hospital y allí se quedó Jaime debajo de la cama sangrando por la nariz.
Cuando me contó lo sucedido, me reí mucho imaginando la situación: un inspector de policía debajo de la cama de su amante y sangrando por la nariz a consecuencia del rebote una bota...

Jaime me dice que está harto de que nos veamos a escondidas en mi casa, quiere que una noche vaya a verle actuar a una sala de fiesta y después pasar la noche en un hotel.
Para mi esto es difícil, lo podría hacer cuando Fidel tenga turno de noche en su trabajo, pero no me gusta dejar solo a Cayo.
Ha insistido tanto que he tenido que mentir a Fidel y a Cayo, y les he dicho que el sábado por la noche me iba a preparar un examen con una amiga, que estaríamos toda la noche estudiando.
Fue una noche perfecta, llegué al café teatro donde me estaba esperando Jaime, me acompañó a una mesa y me dijo que le esperara allí, que se sentaría a mi lado después de la actuación.
Me senté allí, me tomé una copa y encendí un cigarrillo y al momento salió Jaime con el saxo y tocó un blues y me quedé con la boca abierta, si antes sentía admiración por él ahora me tenía hipnotizada.
Cuando acabó se dirigió a mi mesa, se sentó a mi lado, cogió mis manos y me besó en la boca.
Nos fuimos de la sala de fiesta y yo le pregunté, por el camino:
¿Cómo era posible que un policía tocara el saxo en una sala de fiesta?
-Lo hago por hobbi, me contestó, soy un gran amante de blues y del jazz.
Fuimos a la habitación del hotel y pasamos allí la noche. Nos marchamos antes de que dieran las siete de la mañana , que era la hora a la que solía regresar Fidel.
Mentiría, si dijera que no tenía remordimientos por lo que estaba haciendo, pero Jaime me atraía mucho y mi marido cada vez menos.
El domingo era nuestro día libre en la portería así que me metí en la cama y cuando llegó Fidel se metió en la cama y me abracé a él como una lapa.
No puedo dejar a Fidel le quiero demasiado, hablaré con él y se lo contaré todo, él lo entenderá.

-¡Vaya tela! grita Cayo, queriendo que aparezca su madre para echarle un broncazo...

Se escucha un pequeño ruído que viene del sobrao de la casa, Cayo se estremece, recordando los pasos en las escaleras de madera en las noches de su infancia.
Simultáneamente llaman a la puerta y aparece el médico: Salvador.

-¿Qué quiere usted, ahora...?, le dice Cayo.

-Quiero hablar contigo.

-Pase, pero no tengo mucho tiempo.

-Usted dirá...

-Quiero hablar contigo, tu madre me escribió unos días antes de morir...

-¿Qué mi madre le escribió a usted?

-¡Sí me escribió...!, tu madre y yo nos veíamos cada mes en París.

-Usted está loco...

-¡Escucha, joder!

-No..., no, estoy loco, ya me gustaría a mí...

-Tu madre me escribió y en su última carta me decía que tenía mucho miedo, que estaba siendo acosada por un policía con el que había estado liada al principio de llegar a París.

-Usted cómo sabe eso?

-Te lo estoy diciendo... que tu madre y yo nos carteábamos, y yo iba a París una vez al mes y pasábamos juntos una semana.

-¡Váyase, váyase de mi casa¡

Cayo enpujó a D. Salvador de las Aldovaras Altas y lo sacó a la calle, ante el estupor de las vecinas que no entendían el alboroto de Cayo.













Cayo está confuso, las palabras de Salvador no son ninguna tontería, le ha hablado de un policía, y no le cabe la menor duda que se refiere al tal Jaime del que escribe su madre en su diario.
 Le ha echado de casa porque no le tiene ninguna simpatía, por todo, lo que en su día, le hizo a Pura.
Tengo que avanzar en la lectura, piensa Cayo, para intentar averiguar que es lo que ha pasado. Puede que tenga razón este hombre, es muy raro que mi madre se cayera a las vías del metro...
Estaba en esos pensamientos cuando suena su móvil, es África:
-Cayo por fin te pillo, he estado toda la tarde-noche de ayer llamándote y no me cogías el teléfono...
¿Dónde has estado?
-Aquí África... lo que ocurre es que me quedé sin batería y no me dí cuenta...
-Tu primo el moqueras, me ha mandado un "guasaps" y me ha dicho que te ha visto esta mañana muy temprano...
-Yo le he preguntado: ¿Dónde y en qué lugar?
- Y me ha contestado con cierta sorna: que me lo dijeras tú...
-¿Y, es que tú te "guasapeas" con ese tonto, África?
-Sí, con él y con mucha más gente de ahí...
¿Dónde estabas, si es que se puede saber?
- Sí, claro que sí..., se puede saber, he pasado la noche en la casa rural de Irene...
-A qué bien... con Irene...
 ¿Qué es de su vida?
- Bien, está muy bien...
-Te noto raro, Cayo...
 ¿Hay algo más que me quieras contar?
-No nada...
-A mí no me puedes engañar..., algo te pasa.
-¿Y... no será, que estoy preocupado...?
-¿Preocupado..., por qué?
-Por cosas de mi madre, pero, África, que ya me ha quedado claro, que a ti... no te interesan para nada.
-No me interesan porque son bobadas y locuras de tu madre...
Estoy harta de tu madre, ni muerta va a desaparecer de nuestras vidas...
-¿Cómo puedes decir eso de ella..., que siempre se ha preocupado de todos nosotros, ha cuidado de nuestras hijas, nos hacía la comida y se ha desvivido por ti y por mí...?
-Nadie, o por lo menos yo... le pedí que hiciera tales cosas. Lo hacía por que quería, para hacerse la guay del Paraguay.
Yo, ya estaba harta de sus guisos grasientos del pueblo, pero noooo, noooo..., a la gran Pura no se le podía decir nada, siempre tenía respuesta para todo.
Comida sana, decía ella, comida mediterránea...
 Yo prefiero la comida francesa, que es más exquisita y menos pueblerina.
Pero ahí estabas tú..., siempre, el gran admirador de su madre, diciendo a sus invitados: La comida la ha hecho mi madre; hoy nos ha preparado una caldereta de cabrito.
Os chuparéis los dedos...
 Y también estoy  harta de tus odiosos merengues: los "africanitos".
¡Odio el merengue con chocolate...!
Nunca te lo había dicho, pues ¡hala! para que lo sepas:
 ¡Los odio!
Y luego, esa manera de hacerse la buena...:

-Si queréis salir, dejadme a las niñas...

Todo lo hacía para que las niñas la quisieran más a ella que a mí...
Claro... le consentía todo, no me extraña que las niñas no quisieran salir de su casa.
Mira lo que te digo:
No quiero volver a oír el nombre de tu madre más en mi vida.

-Pues mira...África:

Sí...sí..., he dormido con ella...

-¿Qué has dormido con tu madre?

¿Qué me dices Cayo?

-No..., he dormido con Irene...

-¿Qué has dormido con Irene?

-Ya sabía yo... que algo me ocultabas, te conozco demasiado Cayo...
Quedamos en que era mejor para los dos hablar las cosas...
Cayo ya te he dicho, en más de una  ocasión que es mejor que nos lo contemos todo...

-África yo no puedo hablar del tema con tanta frivolidad como lo haces tú...

-Cayo, no pasa nada...

-Sí,  África, si pasa..., pasa, que Irene me gusta, y eso me preocupa, con respecto a nuestra relación.

-Pues, no hay ningún problema por mi parte, quédate ahí un tiempo y te lo piensas.

-No necesito pensar nada, viendo como tú has recibido la noticia, ya veo que te importa un bledo que yo esté con otra mujer que no seas tú, y eso significa que no me quieres nada en absoluto.

-Qué antiguo eres Cayo, ya podías parecerte un poco a tu madre en estas cosas, toda nuestra relación sería más llevadera.

No me toques a mi madre, que no he querido entrar al trapo cuando, como una loca, la has puesto a parir...

-¿Y..tú..., África, ahora que estamos sincerándonos, tienes alguna relación de la que yo deba enterarme?

-Sí...sí... Cayo, mantengo una relación con mi directora...

-¿Con Alice?

-Sí, con Alice...

-¿Desde cuando, África?

-Desde hace quince años...

-¿Y me lo dices ahora...?

-¿Pero estás tonto o qué te pasa?

¿No te habrás creído lo que acabo de decirte?

-No sé África, estoy harto de que juegues con mis sentimientos..., siempre lo haces de una forma que no me gusta nada...

-Vamos a ver Cayo que, ahora mismo eres tú el que me acabas de decir que te has acostado con Irene.

-Bien, África, sé que no es justo, que ahora yo te haga reproches...

- Cayo, creo que ha llegado el momento de poner fin a nuestra relación.
No te sientas culpable, a mí..., como muy bien dices, no me ha importado nada que hayas pasado la noche con Irene y eso significa que todo ha acabado.

-África ha sido una tontería por mi parte, no puedo concebir la vida sin ti, me iré hoy mismo a París.

-.No Cayo, por favor no vengas
 ¡Quédate ahí un tiempo!

De acuerdo, África..., que sepas que yo te sigo queriendo... pero tienes razón, voy a ser claro, a lo mejor no de la misma forma que antes.
Te voy a colgar porque estoy aturdido, espero que esto sea una pesadilla.

Cayo cuelga el teléfono, se sienta al lado de la ventana de los cristales empañados y en esos momentos de confusión las letras comienzan a aparecer :

-¿Hijo estás bien?

-Lo que me faltaba... madreeee...

¿Otra vez tú?

-¿Y..., Ahora dónde estás, sigues estando a un palmo del suelo, o has ascendido un poco?

-No te burles Cayo... Sé perfectamente que reaccionas así... porque algo anda mal en tu vida.
Sí... he ascendido, hoy he ascendido... cuando he visto que eras feliz con Irene...
De repente me he puesto a la altura de la torre de la iglesia... y no te puedes imaginar el campo de visión que tengo desde esta altura.
 Es maravilloso, se ve todo el paisaje del pueblo y de los alrededores, no como antes que iba a la altura de las patas de los perros y los gatos y más de un pís me han echado.

-No tengo ganas de bromear hoy, madre...

-Ya veo que estás un poco modorro...

-Modorro..., si sólo fuera modorro..., estoy cabreado y desesperado.

Pero..., cuenta..., madre..., cuenta...: 

 ¿Qué se ve por ahí arriba, te has encontrado ya con padre?

Esto es de locos..., cualquiera que me vea: comunicándome con mi madre a través de un cristal empañado..., y hace un momento oyendo a mi mujer diciéndome que mantiene una relación con su directora... y que lo nuestro se ha acabado...

-Cayo es la vida misma, así es la vida...

-Pero... te recuerdo que tú... ya estás muerta y muy muerta, madre.

-Bueno... Cayo, muerta, muertaaaa...

-Sí muerta..., y tenías que dejarme en paz..., y tú descansar en paz..., que es lo que toca cuando uno se muere...

-No te conocía ese lado cruel, hijo.

-Madre estoy hasta las narices de mi vida, todo en mi vida lo he montado alrededor de una mujer y ahora la acabo de cagar, y me va dejar para siempre, todo se me desmorona.

Y, no puedo más con tus apariciones.

Ya no puedo más, quiero que me dejes yaaaa... por favor.

Sólo una pregunta:

¿Has visto ya a padre?

-Sí, he visto  a tu padre..., no le reconocía, sonreía tanto que no le reconocía..., conmigo siempre estuvo tan serio... en vida...

-No me extraña madre si le has engañado durante toda tu vida.

-No le he engañado, él lo sabía todo, bocazas, que eres un bocazas...

-Entonces, un santo, debía de ser un santo...

-Ahora, no estás siendo tú, noto la influencia de tu mujer, Cayo...

-Hay otra forma de ver la vida Cayo. Tu padre y yo la vivimos de forma diferente al resto de los mortales.

-No me cuentes milongas, es imposible, que si padre conocía tu trayectoria amorosa, no sufriera.

-¿Quieres que te cuente lo que me ha dicho, o vas a seguir insultándome?

-¡Ah!, sí claro.
  ¿Y...cómo es  que le has visto..., según tú...el debe de estar a mucha más altura que tú...?

-Menos sorna, hijo, él ha bajado a verme, se ha enterado por el marido de la Ani, el quitapenas... que, como nadie le ha echado de menos, ha subido para arriba a una velocidad de vértigo...
Y cuando pasó a mi lado me dijo, el pobre, adiós Pura... y no me dio tiempo a decirle nada.

-¿Y, qué te ha dicho mi padre, te ha dicho algo para mí?

-Sí, me ha dicho lo mismo que tú, que te deje en paz, y que él siempre está a tu lado pero en silencio, no como yo... que no me puedo callar.
 Que es muy feliz y que no cometas el mismo error que él...

-¿Qué error madre?

-El no haber vivido la vida a tope.

-Ya empiezo estar harto de que siempre me estéis dando consejos.
Yo he triunfado solo en mi profesión, sin vuestra ayuda y no creo que debáis preocuparos por mi vida personal.
-
¿Es que no podéis dejarme vivir tranquilo?

-No te pongas borde Cayo, sólo queremos lo mejor para ti.
 Disfruta de los buenos momentos que se te presenten en la vida. Como lo has hecho anoche con Irene, esa buena y hermosa mujer que ha vuelto a aparecer en tu camino...

Y, con respecto a África..., cuando algo se acaba, se acabó y no le des más vueltas...

-Pues eso no funciona contigo, se supone..., bueno estoy seguro... que has muerto, y aquí estás...

-Porque tú me necesitas aún...

-Ya que has visto a padre, dime: ¿Cómo es su aspecto, él..., de joven, él..., de cuando no era tan joven o él, cuando estaba enfermo?

-Radiante, estaba radiante, es una mezcla de todas la edades, pero no te lo puedo describir.
Se le veía feliz, muy feliz.

-Dicho esto, madre, si me quieres... te pido por favor que salgas de mi vida y déjame, a mí, vivirla.
Si me tengo que equivocar pues déjame que me equivoque, no te empeñes en controlarlo todo.
Que yo sepa cuando murió la abuela nunca vino a visitarte después de muerta y tu has tenido una vida propia y has hecho lo que te ha dado la gana en todo momento.

-¿Y tú qué sabes hijo?
 Mi madre nunca me dejó, contínuamente estaba, ahí, dándome consejos.
 Esto, hijo, debe de ser genético, se hereda..., qué te lo digo yo que esto se hereda...
 Y tu padre está tan tranquilo... porque su familia siempre fue muy despegá.
Dice tu padre que él no sufre por nada y que yo debo de estar en estas alturas porque todavía estoy "apegada" a ti.
Pero, prometo dejarte en breve, puedes creerlo Cayo.

Ahora abre la puerta que viene Salvador 

-A ese no le abro la puerta, lo he echado de casa, no quiero volver a verle por aquí.

-¡Ábrele! y te prometo que cuando se solucione esto yo me iré para siempre.

Cayo abre la puerta y aparece Salvador con una carta de Pura en la mano:

¡Toma y lee! -dice D. Salvador, ofreciéndole la carta.

¡Deme la carta y márchese! , por favor -le dice Cayo a Salvador-

-Coge la carta, la mira y la remira y la pone al final del diario. Antes de leer la carta quiere saber lo que su madre ha escrito en el diario.

Julio 1980

Vuelvo a retomar la escritura en mi diario después de tiempo sin escribir nada. He pasado una mala racha y no tenía ganas de nada.
La relación que mantuve con Jaime ya no existe. Cada día me exigía más y más... quería estar conmigo a todas horas, me sentía agobiada y atada de pies y manos.
Todo acabó el día que celebramos su cumpleaños en el hotel. Como en otras ocasiones, en casa, puse la excusa de que tenía que preparar un examen.
Jaime estaba muy nervioso y nada más entrar en la habitación sacó del bolsillo una papelina y la snifó en el cuarto de baño. Él se pensaba que yo no le veía, pero le estaba viendo reflejado en el espejo y me dejó un poco perpleja, yo no sabía que se drogara.
Me entró un nerviosismo y un estado de ansiedad y miedo como nunca lo había experimentado.
Al rato salió del baño eufórico y como me vio callada y preocupada, sacó otra papelina y me dijo:
Prueba esto, que vas a entrar en un mundo maravilloso.
Por supuesto, me negué, y aturdida y medio mareada cogí mis cosas y me fui del hotel.
Él salió tras de mí, gritándome e insultándome, puta,  más que puta, vas a hacer lo que yo te diga.
Yo cada vez corría más, pero se me torció un tobillo y me alcanzó.
 Con la cara descompuesta, me dijo que si me creía que me iba a librar de él, así como así, que lo tenía claro.
Me apretó fuertemente del brazo y me llevó prácticamente a rastra al hotel. Allí me violó como un animal y le odié a muerte.
Ahora puedes irte, seguía gritándome: so puta, y que esto... de escaparte no vuelva a suceder...
Llorando y humillada me marché a casa, sin saber de que forma podría poner a fin a esta relación.
He vuelto a caer en la trampa, yo que creía que había encontrado al hombre perfecto que me daría amor, ternura y además tendría a alguien con quien compartir mis aficiones. 
Pero siempre hay "algo", y esto es gordo, pero que muy gordo, se droga..., y hoy lo ha demostrado, se convierte en un animal sin límites.
Estuve toda la semana mal, y Fidel que me conoce bien, me dijo un día:
Pura: ¿Qué te pasa?, sé que algo pasa... y sé... que algo me quieres contar y no te atreves.

Le conté toda mi aventura con Jaime y para mi sorpresa a él no le sorprendió nada de nada.
Y tuve el valor y la desfachatez de decirle:
¿Parece que te importa un pimiento que te haya engañado Fidel?
Pura, la historia se repite... -me contestó-.
¿También sabes lo de Salvador?
Sí, Pura, me dijo, no necesito que me des ninguna explicación, puedes tener todas las aventuras que te apetezca, lo único que te pido es que permanezcas a mi lado, que no me abandones.
Al oír a mi marido decir esas palabras me derrumbé y me abracé a él, lloré amargamente y me sentí tan protegida que me quedé profundamente dormida.

La tarde del domingo la pasé con Fidel y hablamos largo y tendido del tema de la noche anterior y él quería que denunciásemos a Jaime, pero yo le dije que no nos harían ningún caso porque Jaime era inspector de policía.
Prometí a Fidel no volver a ocultarle nada y él me prometió estar más pendiente de mí.
Llegamos a un acuerdo, cada uno podía tener la relación que le apeteciese, pero siempre nos lo contaríamos todo para que no hubiese sorpresas.
De esta forma Fidel y yo empezamos a estar más unidos que nunca.
Yo le dije que había  encontrado a un hombre en mi vida, del que seguía enamorada, y que era Salvador.
Salvador,- continúe dicéndole- hacía que me sintiera querida e importante.  Pero todo se estropeó por ese maldito día que había bebido y tras una discusión, me dio un tortazo y con tan mala suerte perdí el equilibrio y al caer me rompí  el brazo.
No le comprendí el día que corría, desesperado, detrás de mí para que yo no me viniera a París, y yo subí  por una escalera vieja y podrida, se rompió un paso de palo y caí al suelo y quedé inconsciente.
Le culpé de lo que me pasó... pero ahora sé que él no fue del todo culpable de este accidente.
Sé, por mi amiga Ani, que vive atormentado desde aquel día; que nunca más volvió con su mujer; que se divorció y acabó la carrera de medicina y que se ha convertido en un médico respetable.
Muchas noches sueño con él, que está a mi lado y me despierto viendo su rostro a mi lado, y acaricio sus cabellos rojos.
-¿Y por qué no te quedaste con él , Pura?, me dijo Fidel...
-Te idealicé en la distancia, le dije a Fidel.
 Y no es que seas peor ni mejor..., simplemente eres como eres, eso sí, un poco sieso, le dije riendo, pero un gran hombre.
-Lo siento Pura, me dijo, en cambio yo siempre te he  querido como eres y nunca me he equivocado, te quiero así, con tus virtudes y tus defectos.
En cuanto a mí..., soy así y no sé ser de otra forma.
Ya me gustaría..., por ejemplo, comprarte un ramo de flores... y venir saltando de alegría a casa para regalártelo..., pero me da vergüenza comprar flores, e ir por la calle con un ramo de flores...
No me sale Pura, no me sale ser romántico. Soy un hombre chapado a la antigua...
 Yo comprendo... tus gustos y envidio a esos hombres que pasean por los jardines, agarrados de la mano de sus mujeres... pero yo no puedo, mi timidez extrema me lleva a comportarme de esa forma extraña y retraída.
-Eres tan buen hombre Fidel que tu bondad y comprensión, a veces, me hace tener remordimientos de mi comportamiento- le dije.
 Pero tú has estado demasiado tiempo solo y eso te ha hecho tímido y egocéntrico.Y eso hace que yo busque fuera lo que no encuentro en ti.
-Sí, Pura, te entiendo perfectamente, pero yo no tengo esa necesidad que tú tienes...o mejor dicho esa insatisfacción permanente que tú tienes en tu vida.
 Será porque no me complico la vida como tú, simplemente te amo a mi manera...
Que según tú es insuficiente...
-Fidel, a las mujeres nos gusta que nos mimen y nos adoren...
-Pero, Pura, eso es un comportamiento machista...
-¡Qué tonterías! Eso es buen rollito Fidel. Si tú eres amable y cariñoso conmigo la relación fluye y yo, igualmente, lo sería contigo, pero si sólo eres amable cuando buscas sexo "eso" a mí no me vale.
Ni a mí... ni a la mayoría de las mujeres...
Sé, Fidel, que tú no has estado con ninguna mujer que no sea yo... pero intuyo que no es por falta de ganas...
-Pura...bastante tienes ya con tus líos como ahora intentar buscar cosas raras en mi interior...
Pues sí, Pura, me gustan otras mujeres, pero eso no significa que quiera liarme con ellas...
Y, puesto que estamos sincerándonos, continúo Fidel, tengo que decirte que tengo que darte algo que vengo ocultándote durante mucho tiempo.
Fidel se dirigió al dormitorio y del último estante del armario sacó de una caja escondida un montón de cartas.

-¡Toma!, me dijo: son de Salvador...

Me puse como loca de alegría y pasé casi toda la noche leyendo las cartas de amor de Salvador.
En todas me pedía que sólo necesitaba un "Sí" para que viniera a París a verme.
Y por supuesto en todas las cartas me pedía perdón por aquellos tormentos, por los que en su día, me hizo pasar.
Cuando terminé la última carta,( que tenía en el matasellos la fecha de cuatro días atrás), miré a Fidel, y Fidel, más como un padre que como un esposo, me dijo:

-¡Escríbele!

-Gracias, gracias...

Escribí a Salvador y como no quería que hubiese nada oculto entre nosotros le conté la relación que había mantenido con Jaime, le dije que en realidad a quién yo buscaba en Jaime era a él.
A los cinco días recibí carta de Salvador estaba loco de contento y me dijo que si podía venir a verme.
 Lo consulté con Fidel y me dijo, que él lo que quería era verme feliz..., que yo hiciera lo que creyera conveniente.

Y de esta forma volví a retomar la relación con Salvador en la distancia. El venía a verme una vez al mes y pasábamos unos días juntos.


Noviembre 1999

Fidel ha comenzado a tener fallos en la memoria, me dice Salvador que eso, es muy probable, que sea una demencia senil prematura.
Me enternece y me apena ver así ... a un hombre tan fuerte y tan seguro de sí mismo como siempre ha, sido.
Nuca le dejaré, cuidaré de él toda mi vida como él lo ha hecho de mí, y eso se lo he dejado muy claro a Salvador y lo entiende perfectamente.
Salvador no me agobia, me quiere y respeta mis decisiones.

Noviembre 2011

 Me invade la tristeza, hace  más de un año que mi marido murió y nunca me he sentido tan sola a pesar que mantengo la relación con Salvador, que me ama y le amaré hasta la muerte.
Pero Fidel ha sido para mí un gran apoyo, un hombre bueno y generoso, y lo que es más importante ha sido el padre de mi hijo.
Sólo tenía un fallo, no sabía amar a las mujeres...

En cuanto a Jaime, sigue acosándome cuando encuentra la oportunidad. A veces me me envía un policía a casa para que me acerque a la comisaría, argumentando que mis papeles no están en regla.
Yo le digo a Jean Pierre que me acompañe y aunque él me hace pasar sola a su despacho, como sabe que me están esperando, no suele pasarse demasiado.
Tuve que contarle todo el embrollo a Jean Pierre y el me dijo que lo solucinaría enviándole una nota a la mujer del inspector.
Para poder llevar el plan a cabo, debería quedar un día y a una hora concreta con él en el hotel.
Y ese mismo día citaría allí a la mujer del inspector.
Llegó el día, yo iba muertecita de miedo a la cita y cuando llegué al hotel vi por allí  un gran revuelo y una ambulancia. Alguien gritaba que una alemana había matado a su marido.
Enseguida comprendí lo que había sucedido, me fui del lugar, bajé las escaleras del metro y me topé de narices con Salvador, pues esa semana había venido de España para verme y estar conmigo.
A pesar de que estaba nerviosísima no quise contarle a Salvador nada de la cita  con Jaime, pues no quería que se pusiese celoso.
Me acompañó hasta casa y quedamos en vernos al día siguiente en una estación del metro de París para luego dirigirnos a un publecito de la costa a pasar unos días.
Yo encontré raro a Salvador, me dijo que de dónde venía, de ese barrio tan elegante, en un tono malhumorado, pensé que estaba cansado del viaje y no le dí importancia.
Más tarde me contó él, que me había seguido y estaba indignado porque creía que le le estaba engañando...


Estaba Cayo leyendo el diario de Pura cuando de repente los cristales de la ventana se empañaron de tal forma que no se veía prácticamente nada.

Aparecieron letras escritas a gran velocidad:

Cayo:

- Correeee..., avisa a todos los vecinos; que se suban a las azoteas o a los tejados. Viene a lo lejos, una enorme riada devastadora, arrastrando coches, ganado y hasta a alguna persona.

-¡Qué bobada madre! me van a decir que estoy loco.

-¡Qué importa eso ahora!

- ¡Súbete al sobrao y mira por el ventanuco! No verás todo lo que yo veo pero verás algo raro.
Cayo subió al sobrao y miró por el ventanuco y lo único que vio fue una oscuridad inmensa y que llovía a mares.

Cogió un paraguas, salió a la calle; el agua ya estaba al nivel de las aceras y fue avisando a todos los vecinos.
 La mayoría creía que se había vuelto loco, pero cuando vieron que las aguas iban subiendo, le hicieron caso y se subieron a las azoteas.
Cuando Cayo regresó a su casa en los cristales empañados había una nota:

- Ha reventado la presa del pantano y se ha tragado al pueblo que está al lado.
Las aguas lo inundan todo, hijo, ¡Ten cuidado!

De repente Cayo se acordó de Irene y salió a la calle, e  intentó poner su coche en marcha pero no le arrancaba.
Casualmente pasaba por allí Salvador, le preguntó dónde iba, y le contó todo lo que su madre le había comunicado y que iba a la finca de Irene.
Don Salvador le dijo que si quería que le acercaba en su todoterreno.
Cayo, accedió, se montaron juntos y se dirigieron hasta la finca.
Al llegar allí se encontraron con un espectáculo dantesco. Por el arroyo y por todas la vaguadas iban flotando, vacas, cabras y ovejas ahogadas.
A lo lejos pudo ver a Irene y la familia peruana que estaban subidos en el tejado de la casona.

-Ireneee..., Irene..., gritaba Cayo desesperado, mientras trataba de salir del coche y de ayudar a salir a D. Salvador...
La corriente se llevó a D. Salvador y Cayo nadó para poder rescatarlo pero fue imposible una gran tromba de palos y de basura y animales ahogados le empujó y le arrastró a gran distancia.
Cayo se agarró como pudo a una enorme rama de una encina centenaria y consiguió trepar hasta la rama más alta.
Irene le miraba desesperada, desde lo alto de la casona,miraba, como se zarandeaba con el viento y la lluvia. Temía por su vida y gritaba: Cayoooo te quiero..., por favor resiste....
Irene yo también te quiero y quiero vivir contigo el resto de mis días...

Cayo palpó en su bolsillo y cogió el diario de Pura y lo arrojó a las aguas; de esa forma rompió para siempre con su pasado y siguió gritando:
Ireneeee te quiero...
Pasaron la noche, más larga de sus vidas, unos en el tejado y él en la encina, y cuando amaneció las aguas habían subido aún más, pero el cielo estaba claro y el viento había amainado.
Las aguas seguían arrastrando enseres, animales muertos y una tanda de corchos de alcornoques.
Se agarró a un corcho y se dirigió hacía la casa, se agarró a la verja de la ventana del piso de arriba y pudo trepar hacia el tejado y fue hacía Irene, se abrazaron y besaron, mientras Irene lloraba diciéndole: que había perdido a todos sus animales y que su bonita casona se habría destruido, y Cayo la consoló diciéndole que cuando todo volviera a la normalidad levantarían de nuevo todo..., los dos juntos, si ella quería ser su pareja.
Entre risas y llantos se besaban y los niños peruanos les aplaudían.
Se abrazaron todos para darse calor y en esos momentos Cayo comprendió que de ahora en adelante esa sería su nueva familia.

En el móvil de Cayo había un mensaje de África: ha venido un gendarme a casa y ha dicho que han visto en una grabación de una cámara de vigilancia, que  tu madre no sufrió un accidente, que fue empujada al andén por un hombre de edad avanzada, no se le ve la cara , lo único que se ve es el cabello ondulado y pelirrojo.

-¡Maldito seas Salvador!, gritó Cayo.

Corrió un tupido velo con respecto al diario de su madre y la carta de don Salvador, que nunca llegó a leer porque se fue, con el diario y con D. Salvador, riada abajo.
Por, supuesto, se separó de África pero mantuvieron, él e Irene, una maravillosa relación con ella y sus hijas, y les visitaban en fechas señaladas.
En la casa rural de Irene Cayo montó una escuela especial de alta pastelería donde acudían famosos cocineros y alumnos a realizar cursos.
Viajaban juntos en determinadas épocas, a Japón, China y América y triunfó con su pastel ibérico a la crema glacé de bellotas avellanadas. 

Fueron, Cayo e Irene muy felices el resto de sus días. 

Y su querida madre, Pura, como le prometió, no volvió a escribir en los cristales empañados.

Pura pasó por la vida como una flor de jara, delicada, frágil, confiada  pero con fuertes raíces,  buscando, siempre el amor, en medio de un mundo hostil.

Fin.