sábado, 16 de diciembre de 2017

Los primos (2)




Interesada por descubrir la vida de los primos en Argentina y ante la imposibilidad de encontrar algún familiar que pudiera informarme llamé desesperada a mi sobrina Teresa, y le dije que fuera al piso y recogiera todos las carpetas azules y papelorios que habíamos dejado en la cómoda.
 -Necesito información y es el único lugar donde puedo encontrar algo.
-Tía es imposible mi padre ya le ha entregado la llave a los chinos.
- Da igual, le dije, Teresa, ve, llama, y dile que se nos ha olvidado un documento importante.
- Tía no puedo, me da apuros...
- No digas bobadas, sube y si no te contestan abre el pestillo con una horquilla de moño.
-¿Qué me dices?
-Sí lo que oyes.
- Si me encuentran allí los chinos me convierten en rollito de primavera.-
-Tú llama primero y si no te contestan abre, es un minuto lo que vas a tardar.
-No sé tía...
-Bueno que no se diga...
-Vale tía, pero me puedo meter en un lío...
-Espera ,ve primero al bazar, ese que está al lado, fíjate bien, estoy segura que el chino más alto es el que ha comprado el piso.
- Pero tía  yo creo que eran todos más o menos de la misma estatura...
-No, uno era más alto y tenía los ojos más achinados.
-Pero tía si tienen todos más o menos la misma estatura y los ojos los tienen todos achinados.
- Mira, entra en la tienda y disimula como si fueras a comprar algo...
- Sí, ¡bragas!, compra bragas, que si te ve comprando bragas no se te acerca. Dime cómo es el chino, me lo describes, y yo te diré si es el que ha comprado el piso.
-Tía estoy entrando en la tienda y hay dos chinos y una china.
-Vale, vete hacia la caja de cartón donde tienen las bragas y ponte a rebuscar disimulando.
-Ya estoy, el chino de la derecha, es más o menos de estatura mediana y el otro..., ¡igual, tía!
-Pues eso ayuda poco. ¡ El pelo! tenía el pelo muy tieso y peinado hacia atrás, con entradas.
-Tía tienen los dos el mismo peinado y me están mirando raro.
- Le he sonreído y uno de ellos me ha correspondido y si te sirve de algo tiene un diente de oro.
-Ese, ese es el dueño del piso, el que tiene el diente de oro. Ahora me acuerdo, es el colmillo.
-Pues no sé tía.
-Es ese, puedes subir tranquila y abrir con la horquilla la puerta.
- Y digo yo tía..., que por qué no le digo que si puede subir y darme los papeles?
-¡Ah! pues tienes razón, y si no quiere pues ya vemos lo de la horquilla...

No hubo ningún problema el chino muy amable acompañó a mi sobrina al piso y ella  entre estornudos y lagrimeos por el polvo y los ácaros llenó otro bolsón con todos los papeles que por suerte aún no habían ido a parar al contenedor de la basura.
Si se enterara la prima Inés que su casa la han comprado unos chinos le daba un patatús ella que se había vuelto tan racista  en los últimos años de su vida a finales de los 90, y que ponía a parir a los pobres primeros inmigrantes, negros y asiáticos que por necesidad comenzaban a venir en oleadas a España como en su día lo hizo ella a Argentina.
 Es curioso como la mente borra y aplica sin ser consciente probablemente los mismos, tabúes, conceptos y tratos vejatorios a los que en algún momento ella fue sometida, y no existe la empatía necesaria para entender: coño si yo fui una desgraciada como ellos ahora  lo son aquí en mi país.
Algo ocurre en nuestras cabezas que nos deshumaniza que no llego a comprender.

Rebuscando en la gran bolsa de Mercadona y mirando en sobres y papeles he encontrado cartas con matasellos de 1920  hasta 1954 y una especie de diario de Sixto, un cuaderno amarillento y apergaminado, una foto de Sixto y sus padres y un sobre amarillo que contiene tres pasajes de barco, dos de adultos y uno de un menor.
He pasado varias semanas e incluso meses mirando los papelorios con gran detenimiento y he deducido que el  9 de octubre de 1922, Sixto, con tan sólo 7 años, emprende su aventura a Argentina con sus padres: Juan y Adela.
Después de un largo y tortuoso viaje en un coche destartalado desde un pueblo de Extramadura espera junto a sus padres en el puerto de Vigo para subirse al barco que los llevará a Argentina.
Su padre, Juan, aprieta fuertemente en sus manos los pasajes del barco metidos en un sobre  amarillo pajizo.
Toda la familia les ha ayudado para poder emprender este viaje. Atrás dejan una vida llena de privaciones, pobreza y pocas alegrías.
Hacía tiempo que llegaban al pueblo noticias de aguas allá, que allí en Argentina era posible hacer fortuna fácilmente...
Que el gobierno proporcionaba a los inmigrantes parcelas para el cultivo, y de esa forma asentar allí la población que en aquella época era muy escasa en el país. Al parecer existían  grandes extensiones de terreno listas para ser ocupadas por los colonos y para ser cultivadas con pastos y cereales para alimentar a numerosas reses de ganado vacuno y lanar.


Emprendieron su viaje ligeros de equipaje con: las cuatro reglas algunos hombres, no así las mujeres que eran analfabetas la mayoría.
 Arrugas profundas en rostros aún jóvenes e inocentes, miradas tristes y esperanzadoras, y miedo a lo desconocido.
Ataviado, el padre, con el traje que el tío Pompilio le hizo para la boda y ella con la falda de lana que le tejió la abuela con la vieja rueca.
 Los bolsillos vacíos, sólo un puñado de higos pasos que les regaló su tía Melchora, y , en la faldriquera dos mil reales  que toda la familia había reunido.
 Es todo lo que llevan, más la loca ilusión, en su todavía cabeza joven, de verse cabalgando a caballo por las grandes praderas de la Pampa dirigiendo reses de ganado, y en las tardes del domingo bailar un tango en la cantina.
 En un hatillo lleva la madre la abollada merendera de aluminio con la comida: tajadas de tocino, costillas de cerdo adobadas y chorizos fritos metidos en el interior de una gran hogaza de pan. En una cesta de mimbre lleva quesos de cabras conservados en aceite y pimentón, morcillas, chichas secas, tocino salado y perrunillas.
No saben si van a tener suficiente comida para todo el trayecto, deben controlar muy bien las raciones.
¿Por qué se marchan del pueblo?
¿Quién les asegura que en Argentina les espera una vida mejor? Es la duda constante que todos llevan en mente, pero la ilusión por el cambio y las pocas esperanzas de un resurgimiento económico en España hace que sigan para adelante.
Por hambre se marchan, y por desesperación de oír cada noche como suenan las tripas de Sixto.
Intranquilos y expectantes sueñan día y noche en subir a ese barco que les llevará sabe dios dónde.
Les acompaña otra familia el señor Enrique y la señora Susana y su hija Beatriz.
Igual que ellos han gastado todo su dinero en los pasajes. Se van con mucha pena y amargura pero quieren ver si es cierto que en el nuevo mundo encontrarán trabajo y les sacará de la miseria.
Han visto en un recorte de periódico todo manoseado que recorre el baile de tía Lucera a una familia extremeña posando junto a una casita, se ven los niños bien vestidos y sonriendo y no zarrapastrosos y con cara de hambre como están todos en el pueblo.
El señor Enrique porta un maletín de madera con sus preciadas herramientas de su oficio de albañil: la paleta, la llana, el cincel, el nivel, la cinta métrica y la plomada, una libretita y un lápiz gordo de carpintero de color rojo.
Herramientas que guarda perfectamente limpias y pulidas como si se tratara de un maletín de instrumental médico.
En esa maleta va todo su futuro, sueña con construir bonitas casas con porches y jardineras en esas grandes praderas, ya que en su pueblo debido a la miseria y la pobreza de los habitantes, sólo construye paredes de pizarra y barro que separan fincas y huertos.
Su mujer, Susana, es una hermosa señora de 28 años, alta, rubia y de ojos claros, y de gran presencia. Ella tiene ya familiares allí, que emigraron  varios años antes, el tío Pedro y la tía Mariquita.
 A menudo su hija Beatriz se subía en el campo en la cima de las montañas de palos de tabaco y poniendo sus manos en forma de catalejos, voceaba: desde aquí veo a tío Pedro y a la Mariquita con el niño… Pronto esa imagen ficticia se convertirá en realidad.  
Empieza a llover y el viento sacude con fuerza punzantes gotas de agua contra sus rostros curtidos y envejecidos antes de tiempo. Las pesadas telas de sus ropas se empapan de agua,  pesan y huelen a trapos mojados.
Hacinados en el puerto y envueltos en una neblina que les cala hasta los hueso se dan calor unos a otros. Se envuelven en mantas de pastores, tiritan de frío, castañean los dientes de Sixto y de Beatriz, pero ellos no paran de jugar y de correr entre los bultos del pasaje. Juegan con una pelota de badana y ríen y saltan sin importarles el mal tiempo.
Enrique comienza a toser y su mujer le mira temerosa, le asusta que  pueda coger  una pulmonía y no llegue a su destino. Enciende un cigarrillo y escupe a las oscuras aguas saladas las briznas del tabaco.
No hablan, sólo  se miran y, los adultos, aprovechan para llorar ahora que las lágrimas se mezclan con la lluvia y no les delata la tristeza.
Es muy duro tener que abandonar tu país, tu pueblo, tu familia y más duro aún irte así a la aventura sin saber donde irás a parar.
 Han gastado todos sus ahorros en el pasaje, le quedan pocos reales para establecerse allí con dignidad pero si es cierto lo que dicen de hacer las "Américas" pronto el pasar hambre será sólo un mal sueño es el consuelo que les queda.
Son las ocho de la tarde y el barco no zarpará hasta las cinco de la madrugada. El sol se está poniendo en el horizonte entre nubes negras y rojas.
 Parece que amaina, a ver si hay suerte y deja de llover y les deja echar una cabezada en las improvisadas camas con los bultos del equipaje. 
Se callan los niños, dejan de llorar los bebes engachados en las tetas secas de sus jóvenes madres. El mar golpea sus olas contra los diques de contención de manera pausada y candenciosa y se cierran los ojos enrojecidos para caer en un leve sueño. 
Suena la sirena, y de un salto se ponen todos en pie, recogen sus enseres, grandes cajones de madera, hatillos de ropa y apelotonados como si fueran animales van subiendo al barco.
Sixto y sus padres van a un camarote de segunda clase y Beatriz con los suyos  tiene un pasaje de tercera. 
Una vez dentro deciden que subirán al camarote las dos mujeres y la niña, y los hombres y Sixto se quedaran abajo, en la zona próxima a las bodegas.
Vamos, vamos…, son tratados con brusquedad todos los pobres que tienen un pasaje de tercera clase y dirigidos a una zona del barco donde yacen hacinados, los más privilegiados en catres y los demás en el suelo.
Se van acomodando como pueden en el suelo, y no se separan ni un instante.
La travesía es larga y dura, mareos, vomitonas, toses tísicas y carraspeos retumban en las largas  noches.
Durante el día, se suceden de manera habitual, discusiones, peleas, robos, epidemias y hasta muertes repentinas. Esas bodegas son como ollas a presión donde la dignidad humana deja mucho que desear.
Se las ingenian para entrar todos en el camarote cuando no son vistos para darse ánimos los unos a los otros, sobre todo por las noches.
Pero durante el día tienen que bajar para no ser descubiertos.
Casto y Beatriz se escapan a cubierta sin ser vistos por los gendarmes y respiran el aire puro libre de olores fétidos y agrios de los vómitos.
En estas condiciones infrahumanas, y desnutridos, después de cuarenta días de viaje, atracan en el puerto de Buenos Aires.
Apenas pueden caminar, les cuesta arrastrar sus pesados equipajes, están  muy débiles y desmejorados con sus rostros pálidos parecen almas en pena, pero al fin pisan tierra firme y sonríen.
El puerto es enorme y caminan sin rumbo, hasta que ven a un joven con pantalón y camisa negra que porta un enorme cartel que pone: a la Pampa.
Sixto, le dice el padre: ¿ Es eso lo que pone en nuestro papel, La Pampa?
¡Sí padre!
Se acercan al joven porteño, que les dice que les enseñen sus pasajes, buscan en sus bolsillos, se los entregan.
 Sólo una familia es alojada en el hotel, Sixto y sus padres la otra familia es rechazada por no tener billetes segunda.
No se esperaban este contratiempo habían oído que serían acogidos todos en el Gran Hotel del Inmigrante. Pero antes la masiva afluencia de personas de casi todo el mundo sólo eran instalados por cinco días los de segunda clase.
En esos cinco días las mujeres se ocuparan de los niños y lavar las ropas en los lavaderos y los hombres según sus oficios irán a las largas colas de la oficina de colocación para que les asignen un trabajo.
Las dos familias han convenido que en cuanto les asignen un empleo se pondrán en contacto para reunirse de nuevo.
Enrique, Susana y Beatriz se quedan desconsolados  al quedarse solos, cansados y sin apenas dinero y nada que llevarse a la boca.
De pronto aparece un joven con cara de pillo y les dice ustedes vengan conmigo que yo les indico un lugar para cobijarse, por unos pesos…
Aunque desconfían de él no les queda más remedio que seguirle. En algún sitio tendrán que reposar, ya se está haciendo de noche. 
 Mañana será otro día, y regresaran a las inmediaciones del hotel, se juntaran de nuevo con sus paisanos y juntos irán a esa tierra prometida que les va a traer abundancia y felicidad a todos.
 En su pueblo estaban muy mal, una gran crisis económica asolaba Europa después de la primera Guerra Mundial y como consecuencia a España, apenas había trabajo y pan que comer, por tanto por muy mal que les vaya no creen que la cosa pueda ser peor, están muy acostumbrados a las privaciones.
El joven bonaerense les lleva a una pensión de mala muerte, en un barrio marginal por donde deambulan inmigrantes de todas partes del mundo, mal vestidos y con caras de hambre.
 Como dijo el pequeño Sixto cuando atracaron: padre esto parece Babel.
Así parecía, Babel,  hablaban italiano,  francés, inglés, alemán, y hasta chino y eso que habían oído que las autoridades argentinas preferían que los inmigrantes fueran europeos, y preferentemente alemanes, había gente de todas las partes del mundo.
No les convenció la pensión, por el aspecto era posible que se llenaran de piojos y de chinches si se quedaban allí, y además les cobraban caro.
Comenzaron a deambular y cuando cerraron una tienda se acurrucaron en el portal, se taparon con una manta y el señor Enrique descansó su cabeza  encima de la maleta de herramientas, temiendo que se la robaran.
Mañana será otro día, no valen llantos, ni lágrimas…, hay que seguir para adelante como sea… dice Susana.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Los primos

Brígida Seguín

Los Primos


Para los que me dicen:
Últimamente tienes abandonado el bloger, No dejes nunca de escribir.
Por esta razón voy a ir publicando por capítulos esta novela que llevo tiempo escribiendo.
Y lo voy a hacer así por dos razones: la primera porque así me obligo a escribir y la segunda porque de pequeña y de joven era una fan empedernida de las fotonovelas que en un descuido de mis hermanas mayores me apropiaba de ellas y leía a escondidas.
Espero que os guste hay mucho de realidad pero más de ficción.

I





Cuando murió la prima Inés a los 99 años de edad, casi cincuenta años más tarde que su marido, el primo Sixto, le dejó toda la herencia a un sobrino soltero que vivía con ella.
 Hace pocos meses que el sobrino falleció de un infarto y el piso pasó a manos de los familiares más cercanos.
 Yo no había vuelto a entrar en esa casa desde que fui con mis padres a Madrid, siendo niña, a la edad de siete años, para asistir a la celebración de la misa anual del fallecimiento del primo Sixto.
 Mis padres organizaron un viaje a Madrid para San José, el día 19 de marzo, era el día del padre y festivo en toda España. Mis hermanas mayores se quedarían en el pueblo cuidando del negocio de mi padre y de los hermanos pequeños.
 Mi madre estaba muy delgada pero tenía una barriga prominente, porque esperaba un hijo.
 Los médicos primero le dijeron que era un bulto de grasa, que al parecer le salió después de hacerle un raspado, nunca entendí que podía ser un raspado, raspar algo a una persona…, cómo no fuera la caspa de la cabeza con un peine fino, que era lo que nos pedía mi padre antes de dormir la siesta… No se me ocurría otra cosa en mi corta e inocente edad.
 Se lo oí decir a mi padre en una madrugada: que cuando más tarde le hicieron una radiografía vieron que la bolita de grasa se había convertido en un niño, es decir  que estaba preñada.
Yo estaba impaciente por ver a nuestra vecina cigüeña volando por nuestro pequeño  y luminoso cielo entorno a la ermita del Cristo, portando al hermanito.
 Hasta ahora sólo las había visto llevando en  su largo pico, culebras, sapos y palos, a pesar de la gran cantidad de niños que nacían en el pueblo.
Imaginaba a la cigüeña que dulce y suavemente metía su pico en el ombligo de mi madre y que,  de manera sigilosa y silenciosa extraía al nuevo hermano sin ser vista por nadie. Se lo llevaba a París, no sé a qué si luego tenía que volverlo a traer..., y encaramada en una nube, lo lavaba con el agua limpia y clara procedente de gotas suaves y tibias de lluvia primaveral, y que deshilachaba una nube de algodón y le tricotaba con su largo y ágil pico una toquilla para arrullar al nuevo bebé.
 Y así limpio y calentito, cualquier día de estos, en una madrugada, nos dejaría al bebé en la cuna en la que aún dormíamos mi hermano y yo.
Mi prima me dijo un día, que lo de la cigüeña era un cuento chino, que ella a escondidas vio parir a mi tía de la misma forma que lo hacen las cabras: por la vagina.
 Pero yo ni la dejaba de creer, ni la quería creer… porque entre otras cosas lo más seguro es que fuera pecado andar en esos pensamientos…, ya que casi todo o todo en aquéllos tiempos era pecado…
Sobre todo  tratándose de esas partes bajas del cuerpo, y yo que tenía próxima mi primera comunión no podía permitirme esos devaneos anti cigüeñiles, aunque le viera cierta lógica al atrevimiento de mi prima, de negar que los niños vinieran de París.
¡Vaya galimatías!
 Difícil de entender a esa edad: por un lado el niño, según mi prima, estaba en la tripa y creciendo a marchas forzadas… por el tamaño que iba tomando la bola..., y por otro lado la gran contradicción con la cigüeña que traía a todos los niños nada menos que de París. 
¿Cómo se podía entender eso? ¿Cómo podía estar en París y a la vez en la tripa de mi madre en el pueblo?
Tantas incógnitas sólo podían tener una explicación religiosa: Sería Dogma de Fe como casi todo en los años 60.
 Harto complicado el tema. Por todo este lío de la cigüeña, pensaba yo, no sabían si sería conveniente que mi madre, en su estado, fuera a Madrid.
Llegué a pensar, siempre ha sido un defecto mío pensar demasiado, que seguramente este viaje ocasionaría un grave problema a las cigüeñas de la Ermita del Cristo, pues aquí no tendrían ningún inconveniente ya que conocían muy bien a mi madre, la veían todas las tardes cuando se sentaba con las vecinas a coser calcetines con tomates en la solana. Y nuestra casa estaba muy cerca, no tenía pérdida…, tan sólo tenía que cruzar el regato volando y posarse en la  chimenea que estaba casi paralela a su nido.
Pero a pesar de su cercano parto, entre comillas, y mi enigma con las cigüeñas, ella ha decidido que irá con mi padre a Madrid y también quieren llevarme a mí con ellos como regalo de mi primera comunión que será en Mayo.
El principal motivo de este viaje, como ya he dicho, es asistir a la misa que se va a celebrar por el primer aniversario de la muerte del primo Sixto y para acompañar a la viuda, la prima Inés.
Cuando llegamos a Madrid después de un largo viaje, nos encaminamos al barrio de Carabanchel Alto, allí vivía la prima, la viuda, en un quinto piso sin ascensor.
 Nos recibió la viuda, enlutada y con un largo velo tapando su pelo negro  peinado hacía atrás, recogido en un moño bajo y con un mechón blanco a la altura de la frente, llorando y haciendo espavientos:
 ¡Ay, primos!
¡Ya ha pasado un año…!
¡Cuánto le echo de menos!
 ¡Gracias por venir…!
 La prima Inés había engordado y su hermosa cara resplandecía tersa y lozana. Algunas venas rojas irrigaban su nariz. 
  Le oí decir a mi tío Tente, que le daba mucho al morapio, y que desde que murió el primo a veces bebía más de la cuenta…, por eso a menudo llora a voces y critica al sobrino Manolín que se quedó a vivir con ella.
Pero cuando está sobria es amable, alegre y educada y huele muy bien a un perfume suave de rosas y a polvos de talco.
Entre llantos y suspiros nos fue enseñando todas las estancias del piso, todo ordenado y limpio, y el suelo de damero pulcramente encerado.
En el baño colgaban bonitas toallas con puntillas de ganchillo que ella había tejido y en la repisa por encima del lavabo había varias barras de carmín de diferentes tonos y un perfumador con una pera de goma y largos flecos de seda dorados, un peine de carey y un cepillo de pelo de jabalí.
 Se empeñó en que mis padres durmieran en el dormitorio del matrimonio; ellos no querían…
 Pero ella a voces, porque tenía una voz potente mezcla asturiana y argentina, gritaba:
- No hay más que hablar…, vos dormís aquí…, que a mí ya me sobra media cama…
Lloraba alborozada, y lagrimones redondos y limpios rodaban por el rostro enrojecido, terso y sin muecas.
 A mí me abrieron una cama turca que estaba al lado del balcón. Apenas dormí en toda la noche, no estaba acostumbrada al ruido y a los fogonazos de los coches que transitaban por la calle.
Me llamó la atención la decoración de la casa: los espejos, los cuadros y las fotografías enmarcadas. La cristalería y los objetos de decoración, de los que nosotros carecíamos en nuestra casa del pueblo. En mi casa nunca vi un adorno, todos eran objetos útiles.
 Los muebles sobrios del salón, cuadros pequeñitos colgados de la pared, ceniceros de cristal tallado y un gran sombrero mejicano bordado con hilo de plata.

Han pasado ya 56 años, y acompaño a mi sobrina a recoger algunos enseres de la herencia. Subo las escaleras de paredes desconchadas y suelos sucios. Huele a desahucio, a basura y a abandono… sólo un fuerte olor a especias hace pensar que la vida sigue en este edificio de apariencia abandonado.
 Nada que ver con esa primera vez, que olía a limpio, cera virgen, amoniaco y resplandecían los suelos y los llamadores dorados de las puertas.
Según vamos subiendo, del segundo sale un esbelto y guapo chico negro saltando las escaleras de dos en dos; del tercero, unas jóvenes  chicas chinas nos saludan y sonríen tímidamente.
Todos los pisos los han ido  alquilando o comprando inmigrantes porque los españoles no quieren subir escaleras, comenta mi sobrina.
De hecho los herederos han vendido el piso del primo Sixto y la prima Inés  a unos chinos, y les han dado una semana para que recojan los enseres.
La entrada al piso fue desoladora, lo invadía un cierto olor a rancio, a caspa amarillenta, a ropa sucia y a humedad.
¡Aquella casa que olía siempre a colonia fresca, a lilas y a pétalos de rosas!
El baño desprendía un fuerte olor a cloaca. Toallas sucias con las puntillas desgarradas colgaban de los toalleros
 Los papeles pintados que tan pulcramente había colocado el tío Tente como si fuera un palacete, ahora estaban despegados y caían hasta media pared. Los espejos estaban totalmente opacos por la capa de grasa y suciedad que los cubría, lo mismo les sucedía a cuadros y fotografías; la plata ennegrecida. 
Los tapetitos de ganchillo, a los cuales era muy aficionada , parecían bayetas grises  y el sombrero mejicano bordado con hilos de plata estaba envuelto en una maraña de polución, polvo y telarañas.
 Los suelos de baldosines hidráulicos que en su día brillaban por la cera que les aplicaba con trapos de lana virgen, ahora la capa de cera se había convertido en una pasta pegajosa llena de huellas del pasado y de pisadas recientes. Apenas se distinguía en el damero el blanco del negro.
Entré en el dormitorio, en el que dormí siendo niña…, y los muebles eran los mismos, la cama de matrimonio estaba hecha, pero la bonita colcha blanca de ganchillo se había tornado en gris oscura por la suciedad de la contaminación y los desconchones de yeso que le habían  caído del techo.
Mi sobrina empezó a toser por un ataque de alergia…
 ¡Ay tía! me ahogo aquí…
- Vamos a abrir las ventanas…
- Y coge lo que quieras tía, va a ir todo a la basura…
 - Tan sólo me interesan los cuadros y las fotografías, le dije, tú coge ese aparador, que restaurado te quedará precioso.
Salí de allí cabizbaja y apenada, recordando la primera vez que fui allí…
Recordando a los primos, a mis padres, a Manolín, a tío Tente y a la cigüeña…, todos desaparecidos actualmente. Menos las cigüeñas que ahora están menos atareadas y picotean plácidamente en las praderas de mi pueblo porque ya los niños en mi pueblo no vienen de París.
Tan sólo quedaban las viejas cucarachas que corrían despavoridas por todas las estancias de la casa.
Y, al bajar las escaleras, enseguida pensé lo que sucedería en mi casa cuando yo como la prima Inés me vaya.
Pensé en mis cuadros, en mis carpetas de dibujos, mis escritos y mis fotografías repartidos por toda la casa en un desorden existencial.
Acabaran de la misma forma, hacinados en bolsas del Mercadona, llenos de polvo, y probablemente abandonados al lado de un contenedor.
Sinceramente no me preocupa demasiado, siempre habrá alguien que les guste, da igual que sirvan para decorar  una bonita y acogedora casa o una chabola.
En esta extraña relación que tengo con el arte solo me interesa el momento, en la consecución de mi objetivo, en sacar el alma a un retrato, a un objeto o a un paisaje.
Sólo me preocupa que la persona que desaloje mi casa no sienta lo mismo que estoy yo ahora sintiendo por mi cruel actuación:
 El desahucio  al que ahora mismo estoy sometiendo a esas imágenes del primo Sixto y la prima Inés, desmontando los marcos y sacando las preciosas fotografías de los momentos más importantes de sus vidas.
Me avergüenzo de confesar que dibujos míos están ocupando los marcos dorados de casi 80 o más años albergando sus fotos.
Me siento como una ocupa, lo único bueno de todo esto es que la proximidad de las imágenes fotográficas, el poderlas tocar, ya fuera del marco y del cristal, me hace penetrar más en sus almas para poder entender sus vidas


Tanta decadencia y siniestrabilidad me superaba. Salí con dos bolsas enormes de cuadros con fotografías llenas de vidas huecas y borrosas en el tiempo.
Cuando llegué a mi casa fui limpiando uno a uno los cuadros carcomidos y polvorientos. Quitándole los cartones medio podridos y las puntas oxidadas para sacar las fotografías, que afortunadamente estaban perfectas.
 Me llamó la atención que en la parte trasera de las fotografías tamaño postal ponía en todas una dirección de Buenos Aires.
Fotografías de la boda del primo Sixto y la prima Inés, de la comunión de Inés, de un café con personajes bien vestidos, de un grupo de amigos o familiares con los primos, del primo Sixto vestido de gaucho, con ropas de fiesta subido a un caballo e Inés agarrando las bridas. Todas con el sello de una tienda de fotografías de Buenos Aires.
El primo muy guapo y sonriente he de reconocer que se parecía bastante a mi padre. La prima bellísima, las proporciones en su cara eran perfectas con unos enormes ojos oscuros y almendrados  envueltos en un halo de tristeza y melancolía.
Aquellas fotografías, bellas fotografías en blanco y negro, ya sacadas de la bolsa del mercadona, y en mis manos, iban dando forma y rellenando las vidas que un principio parecían vanas.
Todo esto hizo preguntarme lo poco que sabemos de las personas que pasan por nuestras vidas y me maldije por no haber tenido una conversación con la prima Inés en aquéllas ocasiones cuando subía a verla con mi hermana. Íbamos de tarde en tarde, y siempre se quejaba de que estaba muy sola…
Alargábamos la distancia de las visitas porque la mayoría de las veces estaba ebria y criticaba sin parar al sobrino, a Manolín, que era una muy buena persona. Y ya sabíamos lo que nos iba a decir, siempre repetía lo mismo. Con lo interesante que hubiera sido que nos hubiera contado algo de sus vidas en Argentina.
Y de esta forma comencé a interesarme por la vida de los primos en Argentina.


martes, 5 de septiembre de 2017

ENCINaRTE





El Arte con mayúsculas ha explosionado en el Encinar, gracias a la iniciativa de un vecino, Manuel Pérez, escultor y amante del arte, que ha reunido con gran acierto y éxito a pintores y escultores de la zona.
Coincidiendo con la festividad de la virgen de la Encina, se ha celebrado con gran expectación y acogida una exposición masiva y multidisciplinar en la urbanización del Encinar y los Cisnes.
Y sorprende ver la cantidad de personas que dedica su tiempo libre al Arte que de no ser por estos actos no conoceríamos sus obras.
 Y emociona ver las pinturas de niños y de personas que por algún problema de salud, de alguna manera tiene que esforzarse más que los demás para pintar.
Y también es muy satisfactorio ver las caras de mis queridas compañeras de la asociación: Arte y Literatura del taller  de pintura, al ver sus cuadros colgados ante la mirada del publico y ver las buenas pinturas que a base de un gran esfuerzo han conseguido realizar.
Mi gallina ha venido volando de la sala de exposiciones de Zarza de Granadilla, junto con el mastín de los Arenales, al que yo he puesto de nombre Coronel en memoria de un perro muy querido en mi infancia. 
Además hemos gozado de la puesta en escena de las poesías de Gabriel y Galán  bajo el título: Entre dos tierras de la mano de dos reconocidos y premiados actores de teatro: 
Jesús Galán y Pablo Málaga.
Esperamos que el próximo año continúe.
Gracias a: Agustín, Jose, Miguel, Alberto y Etelvino que han sido de una gran ayuda para el montaje de la exposición y por supuesto al Ayuntamiento de Terradillos.