jueves, 12 de marzo de 2015

San Miguel (completo)

San Miguel



 




La dehesa de San Miguel siempre estará presente en mis recuerdos. Allí, en una casa solariega vivían mis abuelos y allí nacieron todos sus hijos que fueron diez.
Aquella casa estaba llena de vida, había un ir y devenir de jornaleros fijos y estacionales.
Allí, estábamos rodeados  de animales: caballos, burros, cabras, ovejas, pavos, gallos, gallinas y grandes mastines.
Y, escondidos..., los lobos y, el más escondido, el "lobo cano", del que nos prevenía mi abuelo. Siempre nos decía, que tuviésemos cuidado...
 Que en el punto donde se bifurcaba el camino, prestásemos atención y no cogiéramos el camino equivocado: el de la izquierda, que por allí vivía un lobo “cano” que se comía a los niños.
Los jueves por la tarde no había clases en las escuelas del pueblo. Por ese motivo, mis hermanos pequeños, mis primos y yo…, con una edad entre 4 o 5 años nos íbamos a pasar la tarde a San Miguel.
Cuando llegábamos al punto de la bifurcación del camino, siempre..., dudábamos, pero siempre cogíamos el correcto.
Era un camino muy blanco, de arenas blancas, sólo oscurecido por la sombra de las encinas.
Era muy entretenido e interesante el paseo, encontrábamos a nuestro paso: Lagartos tumbados al sol en la panza de las encinas, tórtolinas con sus perdigones, el cuco que siempre estaba cantando cucú..., cigüeñas negras y blancas, grullas, garzas, colorines, aguanieves culonas, cotolovías garbanceras e insectos de toda clase, alacranes y alacranes cebolleros, escarabajos peloteros, rodando su pelota,  procesiones de orugas fluorescentes, preciosas mariposinas de todos los colores y el insecto que más temíamos, el "fraile motilón", que era un gusarapo negro con rayas rojas, que siempre iba en procesión.
Había un refrán que decía: si te pica un fraile motilón mañana te dan la extremaunción.
También nos encontrábamos con algún animal muerto, con las vísceras y tripas al aire, que estaban siendo devorados por buitres carroñeros.

 A la mitad del camino, a la  derecha, estaban las ovejas metidas en las angarillas y el chozo del pastor.
En esta etapa, del largo camino, siempre había un momento de tensión y de miedo…, era cuando nos olían los perros mastines, y ladrando desesperadamente venían corriendo hacia nosotros.
La más temerosa era “la navarra”. Una perra gris y blanca de muy malas pulgas.
Por suerte detrás de ella siempre venía el “Coronel”, un mastín enorme…, de pelo blanco dorado.
El coronel salía corriendo, adelantaba a la “navarra”, se ponía a nuestro lado y nosotros nos abalanzábamos sobre él, le acariciábamos y besuqueábamos muy agradecidos.
Continuábamos nuestro camino de arenas blancas y doradas…
Subíamos el alto, dónde el camino se ensanchaba, y a la bajada ya se divisaban los secaderos de pimientos y la casa.
Antes de llegar a la casa, a la derecha había un peral con el tronco inclinado en forma de rampa, por el que siempre subíamos para coger las peras, que casi siempre estaban verdes, pero aunque estuvieran verdes, nos las comíamos.
Un poco más a la derecha, detrás de los secaderos estaba el corralillo donde mi abuelo iba a hacer sus necesidades (Sólo él).

A la izquierda del camino estaba la leñera y el tarmero, grandes montañas de troncos de encinas y de tarmas para ser consumidos en la lumbre, cada día.
Y, en un pequeño regatillo que había allí, estaban los restos del carburo de encender el candil, porque en San Miguel no había luz eléctrica. Aún recuerdo ese olor ácido y seco del carburo…
Al lado...,  había grandes encinas y alcornoques donde teníamos unos columpios permanentes; hechos con una cuerda gruesa y un leño atado a los extremos.
Los columpios siempre fueron motivos de discusiones y peleas.
Siempre ganaba mi primo Perico que en su niñez fue el más terrible del pueblo (Como sería que su maestro sufrió una locura transitoria).
Mi prima, hermana del terrible Perico, de la que yo era inseparable, siempre se aprovechaba del poder de su hermano para quedarse en el columpio todo el tiempo que ella quisiera...
Yo le tenía  bastante pánico a Perico,  porque él sin mediar palabra, se me  acercaba y mirándome atravesado me decía:
¡Fuera...! y yo... salía volando.
Llevo por lo menos 18 años sin ver a mi prima, parece mentira como nos alejamos unos de otros, después de tantos y tantos días compartidos…
Se me hace un nudo en la garganta, creo que me gustaría verla.
Ella era 9 meses mayor que yo, y era hija única..., con las  ventajas que eso tenía en los años 50.
A cualquiera que le diga que siempre he sentido una envidia sana de ella, no se lo puede creer.
Para empezar, ella..., siempre llevaba largas trenzas y a mí me cortaban el pelo a lo garçon.
Los domingos llevaba zapatos negros de charol y yo zapatos marrones, tipo,  “gorila”.
Ella tenía un comercio, ella decía… de ultramarinos, donde además de pan, comestibles, caramelos y chicles bazoca, tenía el mayor tesoro para mí en aquéllos momentos:
Tebeos de todo tipo, mariquitas recortables y novelas de Corín Tellado y del Oeste.
En cambio, nosotros teníamos un almacén donde vendíamos sacos de cemento, de yeso y cal, es decir materiales de construcción. Unos productos poco atractivos para los niños.
Yo, sólo tenía una muñeca, que me trajo mi hermana de Barcelona, con la que no podía jugar porque se estropeaba y siempre estaba de adorno encima de mi cama.
Además, yo no sé cómo lo hacía..., pero ella, mi prima, siempre conseguía completar el álbum de cromos, que salían en las tabletas de chocolate.
Si lo completabas te regalaban una muñeca preciosa.
Yo nunca conseguí completar el álbum siempre me faltaba un cromo..., que nunca salía.
Ella tenía las paredes del  comedor llenas de muñecas colgadas.
Yo, ya..., de más mayor, llegué a pensar que ella hacía trampa y que era muy posible que  el “viajante” del chocolate le regalara el cromo que nunca salía.
¿Se entiende mi envidia, sana, o, no sana?
Al salir de la escuela  a mí me obligaban a ir a clases particulares y a ella no.
Le importaba un comino cuando la castigaba la maestra porque no sabía resolver los “quebrados”.
Yo pasaba vergüenza ajena cuando la reñían por no saber resolver los quebrados. Probablemente, si  hubiera tenido algún interés en aprender los quebrados..., los hubiera aprendido, porque no tenía un pelo de tonta, sólo era un poco tímida.
Además..., los quebrados servían para repartir algo proporcionalmente y ella cuando quería repartir, llamaba  a su hermano y vaya si repartía... Perico...
A los 14 años dejó la escuela con el certificado de escolaridad,  mientras que yo tenía que seguir hincando el codo.
En su juventud se fue a trabajar a Suiza y a mí me dio envidia de esto, yo no había ido más lejos de Madrid.
Cuando venía de vacaciones venía hablando italiano...
¡Con lo que a mí me gustaba el italiano!
Recuerdo que una vez me dijo:
¡Te he traído un regalo! y me  llevó a su habitación, abrió una enorme caja de cartón y sacó un estropajo sintético verde de “Scott Britte”.
No sé cómo pudo venir cargada desde Suiza con esa enorme caja. Todavía debe tener estropajos.
Mira, me dijo: estos fregones son buenísimos. Los fabricamos en la fábrica donde yo trabajo.
Yo me quedé de piedra..., la verdad es que esperaba ver otra cosa, un sombrero con plumas, un bonito vestido…, pero para ella, que era muy práctica..., esos estropajos verdes sintéticos... eran todo un invento, ya que en el pueblo sólo se conocía el fregón de cuerda de pita y el asperón.
También se trajo de Suiza un televisor en color, cuando todos teníamos el blanco y negro.
Se casó y tuvo tres hijas, muy guapas y se fue a trabajar a una finca de guardesa…
Yo descubrí que mis abuelos eran los “guardeses” de San Miguel, porque ella un día me dijo: abuelo no es el “amo”, los abuelos, son los guardeses...
Hasta entonces yo creía que mi abuelo era el dueño, ya que siempre le veía dar órdenes a los jornaleros…, y él tuteaba al “amo” y el “amo” le hablaba a él de usted con mucho cariño y respeto.
Encontraron trabajo, mi prima y su marido, en una finca en la sierra, allí cuidaban cabras y ovejas; y me contaba lo bien que estaba allí:
Hacía un queso de cabra buenísimo, como el que hacía mi abuela. 
Decía que tenía las manos frías, que, era cosa indispensable para hacer buen queso
También me dijo que ella cada vez se parecía más a la abuela.
Pues mira esto también me dio envidia, porque yo adoraba a mi abuela, y si ella se parecía a la abuela, yo, lógicamente, no me parecía... porque yo no tenía las manos frías, si fueran los pies…, pues sí…, pero las manos no…
Decía que la finca  le recordaba a San Miguel y yo me moría de envidia. Ya que por esa época yo vivía en Madrid y trabajaba de maestra en un colegio  dando clases a 45 niños por aula.
Mi prima actualmente está separada y creo que lleva un bar de jubilados a los que les cocina  buenos pinchos y churros caseros.
Era muy buena cocinera, recuerdo, que un día fui a su casa y me dijo que había cocinado patas de cerdo con tomate, me estuvo explicando cómo las deshuesaba.También hacía muy bien ganchillo. Me regaló una colcha para el cochecito de mi hija; que yo nunca puse, ahora me arrepiento, yo entonces me creía muy moderna y me parecía un poco hortera (tonterías de la edad). Pero no me he deshecho de ella, la guardo con mucho cariño.
Es imprescindible hablar de  mi prima en este relato porque en aquéllos años éramos uña y carne aunque discutiéramos a cada instante.

Continúo por el camino de San Miguel:





El camino acababa en la casa. Antes de entrar en la casa nos encontramos con un enrollado de cantos de cuarzo rosa y color miel.
La puerta es de madera de dos hojas y tiene cortinas de palo. Alrededor de ella, un rosal con flores de pitiminí de color rosa pálido, casi blancas, con hojitas verdes minúsculas y un montón de espinas.
La fachada principal está "enjalbegá", encalada de blanco y el dosel de la puerta pintado de añil.
Tiene la fachada frontal, dos ventanas de madera y verjas de hierro.
La ventana de la derecha, es la ventana de la "sala" donde está el dormitorio de la abuela y el abuelo.
El suelo está enlosado de grandes baldosas de barro color rojo con chinitas de cuarzo, brillantes, de tanto fregarlas con el cepillo de raíces.
La sala tiene una cama grande de madera con una colcha de seda color granate. A cada lado una mesilla de noche con dos palmatorias.
Encima del cabecero, en la pared, cuelga un cuadro con una estampa de la virgen.
En el suelo hay dos alfombras de piel de cabra blanca y negra, muy suave.
Debajo de la cama, un orinal de cerámica blanco, un poco despostillado.
En la pared de la derecha, debajo de otro ventanal, un poco más pequeño, hay una mesa tocinera con un tapete bordado y encima  varios folletos del "promotor, algún figurín de moda, un frasco de colonia de Heno de Pravia de la abuela y unas lentes.
Al lado, un armario de madera con un espejo en la puerta.
Al fondo, a la izquierda, está el "filtro" del agua de cerámica decorada en tonos azules y amarillos. Tiene un grifo para sacar el agua. Pero está totalmente prohibido enredar con el filtro. (Debe de ser lo más valioso de la casa)
Un poco más al fondo, a la izquierda, está la cama "turca". Una cama pequeñita, donde todos queríamos dormir.
Y al fondo de la pared..., dos alcobas sin ventanas y sin puertas, tapadas con cortinones de tela gruesa.
Cada una con dos camas de matrimonio.
Esta estancia,  la  "sala", suele estar en semi penumbra. Aquí sólo se entra para dormir. Hay una gran quietud y misterio. Tenues rayitos de luz entran por las ventanas semi cerradas.


El patio, también está enlosado con  baldosas de barro cocido color rojo.
A su la izquierda, hay otra estancia grande; al lado de la ventana  está el palanganero con la palangana y  un recipiente con agua.
Esta sala era la más visitada.
La repisa de la ventana sirve de armarito: está el jabón con un estropajo, también, la brocha, la navaja y la barra de jabón de afeitar del abuelo, un peine de carey y la peineta negra de la abuela.
También hay un frasco de alcohol, otro de agua oxigenada, algodón, polvos de talco y un bote de polvos de sulfatiazol.
En la pared, colgados, un  espejo, un peinador bordado, y un cepillo para cepillar la ropa.
Al fondo hay otra ventana, debajo está la máquina de coser; el costurero de bordar con carretes de hilos de colores y madejas de hilo de seda.
El cesto de la costura, con huevos de yeso para remendar calcetines, bobinas, botones de todos los colores y madejas de hilo de zurcir...
Al lado, está, la "banasta" donde se recoge la ropa limpia, y espera para ser  remendada, en  la costura.
Desde esta ventana, se ve la parte del corral más solitaria, el suelo está enrollado con  grandes cantos rodados de color rosado.
Desde aquí se ven unas grandes puertas de hierro con pinchos en la parte superior, son las puertas de acceso de la calle al corral.
Al fondo se ven las caballerizas, donde se guardan las mulas. Aquí, tampoco deberíamos entrar. Dicen que las mulas son muy falsas y nos pueden dar coces.
Desde esta estancia del  aseo y la costura, se accede a otra sala grande, que está llena de sacos que contienen la lana de las ovejas.
Están almacenados para después llevarlos al mercado. Huele a zotal…
Y, en una botella de cristal transparente hay una tintura azul, que el abuelo utiliza para curar las pezuñas de las caballerías y de las ovejas.
A veces entramos y saltamos encima de los sacos, aunque esté prohibido. Es un buen lugar para escondernos cuando jugamos al escondite.
También hay grandes sacos llenos de "millos", comida para las gallinas y los pavos. Algún saco con pimientos secos y los chicharrones para la comida de los mastines.

Salimos otra vez al patio, ahora subimos un escalón y a la izquierda hay un banco de madera, dónde nos sentamos a comer la “merendilla”.
A continuación está el cuarto de mi tía. No tiene puerta, tiene una cortina de tela suave. Tampoco tiene ventana…
Aquí hay una cama de forja de matrimonio, una mesilla de noche con su palmatoria, estampas de películas de cine, alguna revista y recordatorios.
Aquí también está prohibido entrar... Pero mi prima y yo, cuando mi tía se va a lavar al arroyo, entramos y rebuscamos en los cajones de la mesilla y nos ponemos un collar de perlas de mi tía, nos ponemos un bonito velo de encaje y nos pintamos los labios con una barra de carmín rojo.

En frente del cuarto, en el patio, hay una mesa camilla grande de madera con un cajón repleto de patrones de vestidos, camisas y pantalones.
Alrededor de la mesa hay sillas de palo de madera clarita y asientos de enea y tajos de corcho.

A continuación de la mesa, está la puerta de la escalera que sube al "sobrao".
En el sobrao, están las trojes  donde se almacena: bellotas, cebada, millos y patatas.
También hay un puchero de barro donde mi abuela guarda los almendrucos, que utiliza para hacer los dulces.

Debajo de la escalera está la cantarera con la tinaja del agua con un plato en la boca y un puchero para beber el agua.
Los cántaros tienen tapas de corcho para que no entren las moscas.

Al lado de la cantarera está la puerta de la bodega, con llave, es la única estancia que tiene llave, pero siempre está abierta.
La bodega es grande y oscura, tiene un ventanuco, con una tela metálica, que siempre está semi abierto.
En la bodega hay grandes perolas llenas de leche de cabra, cántaras de aceite de oliva, la perola de la manteca, cestas llenas de huevos, cestas de mimbre colgadas de la pared, con dulces.
Ollas con alubias,  garbanzos y carillas.
Perolas con lomos, chorizos y salchichones  en aceite.
Del techo cuelgan unas tablas, donde chorrean  los quesos de cabra, puestos sobre trapos blancos de algodón.
También del el techo, penden, otras tandas de  chorizos, morcillas y jamones colgados.
Encima de una madera están los tocinos salados, con mucha sal gorda encima.

En frente de la bodega está la cocina:
Al fondo hay una gran chimenea con la lumbre en el suelo. Siempre hay  un pote de agua hirviendo y encima de las trébedes, un puchero humeante.
Grandes cucharones de madera, colgados de la pared, una espumadera muy grande, un cucharón de hierro y grades sartenes de hierro.
A la derecha está el escaño de madera y a continuación debajo de la ventana que da al corral  hay un fregadero con grandes barreños de zinc.
Encima hay un platero, con platos de porcelana y de loza, tazones de loza y muchas tapaderas.
En frente está la mesa grande de madera, donde siempre comemos.

Para salir al corral hay unas puertas de madera, pintadas de marrón rojizo.




(Esto es lo que queda de la casa actualmente)







(En esta foto yo no había nacido, pero están mis  abuelos, la tía Martina, mis hermanas mayores y ese niño rubito, monísimo es mi hermano mayor, Maxi)



Después de 50 años...: he reanudado el camino a san Miguel y no he visto ni lagartos..., ni frailes motilones..., ni a la navarra, ni a coronel, ni el chozo del pastor y menos, aún, al lobo cano.
Tampoco veo al peral que estaba detrás de la casa. 
Ni los pavos, ni los columpios… 
Ni los restos del carburo al lado del pequeño regato.
Ni la leñera, ni el tarmero…
Y..., de la casa, sólo quedan cuatro paredes:
En la fachada principal, por suerte, todavía quedan restos de la pintura blanca y añil, con la que la abuela, la "enjalbegaba" todos los años.
Miro la puerta con nostalgia, acaricio la pintura desconchada y veo a la abuela con la cara salpicada de pintura, riendo, y a la vez, veo sus ojos claros llorosos.
Ella, preparaba la pintura en una lata grande de escabeche y con una escobeta de cecillo enjalbegaba la fachada, dando enormes escobetazos a la pared.

Se ha roto aquella puerta de madera robusta y de grandes cerrojos.
Cuando se ponía el sol, el abuelo, con el candil de carburo encendido, se dirigía a  cerrar las puertas y echaba el cerrojo de arriba, el cerrojo de abajo, y,  por último echaba la tranca.
Nosotros, muertos de miedo, le mirábamos desde la puerta de la cocina, como caminaba entre sombras en la oscuridad.
La luz del candil distorsionaba las imágenes y veíamos figuras fantasmagóricas por todas partes.

En la fachada permanecen, en los huecos de las ventanas, las rejas de hierro forjado.
Me agarro a las rejas y miro el interior de la casa:
Ya no hay salas, ni patio, ni cocina, ni alcobas, ni bodega...
Sólo están las cuatro paredes: con la ventana de la sala grande, la ventana de la sala de aseo y costura, la ventana de la bodega, la ventana de la cocina y la puerta de madera que da al corral.
Tampoco hay tejado, ni techo, ni sobrao…
Siempre, nos decían en la escuela que una casa nunca se empieza a construir por el tejado.
Pero, mi padre decía, que se empezaba a derruír por el tejado.
Sin tejado, no hay casa.
Las baldosas de barro cocido, del enlosado del suelo, están cubiertas de hierbas.
Ya no se distingue el escalón que había en mitad del patio. Ese escalón era un obstáculo importante de salvar, cuando desde la puerta trasera, que daba al corral, nos echábamos a rodar encima de los tajos de corcho patio abajo hasta llegar a estamparnos contra la puerta principal.

La puerta de madera pintada de marrón rojizo está cerrada, y quiero imaginar... que detrás de ella sigue estando el corral donde estaban las pesebreras donde, en alguna de ellas, le echaban de comer la paja a los burros.
Entre la paja había un gran pedrusco blanco brillante, que a mí me impresionaba como lo lamían los animales. Era una piedra de sal.
En otras pesebreras estaban los  útiles y aperos de labranzas, las cabezadas de los burros, las albardas y las aguaderas

Al fondo del corral, en la esquina de la derecha, estaba el horno de leña. En el que la abuela hacía el pan cada semana y deliciosos dulces, como magdalenas,  bolluelas, perrunillas y mantecados.
Detrás del horno, en el rincón de la derecha, tenía un "nial" una gallina petirroja, que siempre ponía allí los huevos.
Hacíamos carreras para ver quién conseguía coger el mayor número de huevos.
Aquí, en el corral, al lado de la pared de la bodega, siempre estaba encendida una lumbre con una caldera enorme llena de agua hirviendo.
El  agua se utilizaba para fregar los cacharros de la cocina. Ayudábamos a fregar a mi tía después de comer.

A la izquierda del corral,  se salía a un patio grande, donde solían estar los pavinos y las pavinas más pequeños.
Recuerdo a la abuela dándoles de comer garbanzos machacados con ortigas cocidas, como remedio contra los piojos.

A la derecha, un portalón grande, donde estaba la henera, estaba totalmente llena de heno.
Este cobertizo, enorme, tenía una ventanita que daba al patio, por donde iban sacando el heno para dar de comer a las bestias.
Este era nuestro lugar preferido de juegos en invierno, aunque estaba prohibido.
Hacíamos túneles entre el heno. Entrabamos por la ventanita y nos recorríamos toda la henera por su interior e íbamos cogiendo huevos, que las gallinas ponían en los lugares más insospechados.

En el fondo del patio estaban las cuadras donde había grandes pesebreras, pues aquí comían las mulas y los caballos. Este era el lugar preferido de las pavas para poner sus huevos.
Y, aunque estaba prohibido, también entrábamos a recoger los huevos de pava, que eran enormes y de color marrón y verdosos.

Casi todo, o todo, ha desaparecido, pero yo sigo oyendo al cuco, los esquilones de las ovejas y de las cabras, el ladrido de los mastines y a los pavos de mi abuela, que cuidaba con tanto esmero.









Una vez que he descrito la casa de San Miguel, voy a hacer un breve resumen de mis queridos abuelos y de los diez hijos que tuvieron.
En esta preciosa foto aparece mi abuela, era una mujer increíble para aquellos tiempos, tenía una fuerte personalidad y además era buena, cariñosa y protectora.
Aquí mi abuela aparece dándole el pecho a mi tío Pichi.
Mi tío Pichi ya he hablado en otro relato, a mi tío Pichi siempre le hemos tenido muy cerca pues trabajó desde muy joven con mi padre de albañil y se convirtió en uno de los mejores albañiles del pueblo.
Alto y muy delgado, muy trabajador y siempre muy alegre y dispuesto a echar una mano a cualquiera que se lo pida.
Se casó con tía Vale, una guapa y fina chica del pueblo que era modista. 
Recuerdo con cariño cuando en Navidad después de la cena nos acercábamos a su casa y allí cantábamos con el padre de mi tía:tío Román una canción que decía así: La punta y el tacón se baila con un pie y mi me lo enseñó mi tío Rafael...
Tuvieron cinco hijos: Miguel Ángel,  Elena, Tere, Toyi y Adela.

La muchacha que está al lado de la abuela es, mi guapísima madre.
 Los señores que están a su izquierda no los conocemos. Si alguien sabe quiénes son, que me lo comunique.
Los dos niños pastorcitos, tampoco sé quiénes son.
La muchacha de blanco, con melenita era mi tía Tere, murió muy joven, tendría unos veinte años.
Fue un drama familiar. El dolor debió de ser tan inmenso, que no se quería, ni se podía mencionar esta muerte.
Un día cuando yo era muy pequeña, mi prima, me dijo: vamos al cementerio, que te voy a enseñar una cosa.
Al llegar allí, me enseñó la tumba de mi tía Tere y otra que estaba al lado.
Dos tumbas en el suelo, con una fotografía de ella y la otra, con una foto de un chico joven.
Me dijo, mi prima, que al morir ella, el novio se quitó la vida y dejó una carta donde decía que los enterraran juntos.
Dentro de tanto drama hay una bonita historia de amor.
Por respeto a mis abuelos y a todos sus hermanos, no voy a ahondar más en el tema. Y aunque quisiera no podría hacerlo, me imagino lo que pasó, pero siempre hemos mantenido este silencio al respecto porque el dolor de aquélla muerte debió de ser inmenso.
Murió joven y bella la tía Tere, de la que tres sobrinas heredaron su nombre.


La morenaza del vestido a cuadros es mi tía María.
A mi tía María, le gustaba más vivir en el pueblo que en San Miguel.
Le gustaba estar en casa de la tía Sara, una enorme mujer, muy morena de pelo rizado. Hermana de mi abuelo.
Siempre comentan, que  tía María, lloraba la noche de bodas de tía Sara, porque quería dormir con ella.
Se casó con tío Lucas un hombre admirable, que hablaba pausadamente, como cuando cantaba un tango argentino.
Tío Lucas vivió en Buenos Aires y tenía aires porteños. Era el único tío que se preocupaba por los niños.
En las matanzas, era el que se encargaba de despiezar el cerdo y cuando acababa toda la faena, cogía la carrillera del cerdo, nos la asaba en la lumbre y tranquilamente nos ponía a todos en fila y nos iba dando raspaduras de carne muy sabrosa que salía de la carrillera del cerdo.
No me puedo imaginar cómo daba para tanto una carrillera de cerdo...
Tía María tuvo cinco hijos: Joaquín, (desgraciadamente nos dejó pronto. Sólo he visto a mi padre, tres veces en vida derrumbarse y una de ellas fue, cuando se fue Joaquín, de forma tan inesperada), Maxi,  Pablo, Ángel (mi primo preferido, cuando era pequeña) y mi prima Tere.


Delante de tía Tere está, mi tío Amadeo. Mi tío Amadeo, era el que más se parecía, en el carácter a mi abuelo, era un hombre serio, callado pero a la vez muy tierno y sonriente.
Él trabajaba duramente en el campo, en el cultivo de  pimientos y tabaco.
Aún le recuerdo cuando venía de arar el campo con las mulas, con barba a medio afeitar y la cara sudorosa, las manos, fuertes y callosas, tirando del  cabestro, metiendo las mulas en las caballerizas.
También tengo un hermoso recuerdo de cuando le acompañábamos a recoger los peces del arroyo, de las peceras que él había hecho: los" encañaos".
Se casó con mi tía Martina, mujer, guapa y dicharachera, tuvo dos hijos Pedro y Mariví, mi prima.
A finales de los años sesenta, mi tío, dejó el campo y se marchó a Suiza a trabajar, y dejó a la familia en el pueblo.
Mi tía Martina tenía un comercio. Comercio donde leíamos tebeos en la trastienda.
Este lugar, la trastienda, era un sitio muy divertido, donde podías comerte un caramelo, abrir una tableta de chocolate y leer tebeos; parecía que en la trastienda estaba todo permitido.
Cuando volvió mi tío de Suiza montó un bar.
 A principio de los años 80 murió en un accidente de moto.


Delante de tío Amadeo está, tía Margarita.
Tía Margarita, otra guapa moza de talle largo, (era la más alta de todas), que se casó con un galleguiño, tío Benito que vino a trabajar en la construcción del pantano de Gabriel y Galán.
Cuando se terminaron las obras se marcharon a otro pantano.
Era la época en que Franco construía pantanos...
Y, siempre, esperábamos como agua de mayo, que vinieran en vacaciones, ellos y mis primos:
Loli, Damián (nos dejó en un fatal accidente), Ana y Marga.
Mi abuela, que no tenía pereza para nada, fue a verla cuando tuvo a su segundo hijo.
A mi abuela le encantaba viajar. En aquellos tiempos que nadie viajaba, ella se iba desde Extremadura a visitar a su hija, a la provincia de Valencia.
A Madrid, a visitar a otra hija, tía Tofi. 
A Ciudad Rodrigo, iba a visitar a un curandero. Mi abuela tenía "reuma, e iba al  curandero, el cual, le ponía unas gasas... curativas, y, ella, que se lo creía todo, decía que notaba mejoría.
También, venía a Alba de Tormes a visitar a otro curandero.
Y todos los veranos iban a tomar los vahos y baños al balneario de Baños de Montemayor.
Uno de esos veranos nos compró una cestita hecha con tiras de  madera de castaño.

 El siguiente niño, tan guapo, es mi tío Maxi.
También trabajaba duramente en el campo y a principio de los años sesenta se marchó a Alemania, dejando en el pueblo a su mujer, tía Ángeles y dos hijos, Marite y Roberto, a los que tía Ángeles, siempre  llevaba impecables.
 Tía Ángeles tenía una pescadería. Curiosamente, recuerdo que mi abuela, sólo podía comer pescado blanco, merluza y pescadilla, porque decían que el pescado azul era malísimo para el corazón y subía la tensión.
La pobre, como padecía del corazón, cenaba siempre merluza hervida...
Si supiera, que ahora los médicos te recomiendan todo lo contrario;  ahora, al parecer, el pescado azul, es buenísimo, tiene "omegas tres" y es súper cardiosaludable.
Si supiera, que ahora el sable es más caro que la pescadilla..., no se lo creería.
El sable era el pescado, más barato, que compraban  los menos pudientes, igual que las sardinas…
En navidades cuando venía mi tío, creo que una vez al año, de vacaciones; también le esperábamos como agua de mayo, e íbamos toda la familia a recibirle.
La primera vez que yo vi, un anorak, fue, el que él les trajo a mis primos, recuerdo que era rojo y a mí me pareció precioso. Nosotros sólo conocíamos los abrigos de paño.

El siguiente niño es mi tío Paco.
Mi tío Paco, yo siempre he creído, que era el preferido de mi abuela. Yo veía una relación especial entre los dos.
Mi tío se fue a  Plasencia a trabajar a una sastrería. Más tarde llegó a ser jefe de taller de una de las sastrerías más importantes de Plasencia.
El venía muchas veces, a San Miguel, los domingos y en vacaciones de verano.
Le recuerdo muy bien, siempre impecablemente vestido, en el patio de la casa, le recuerdo a él junto a mi abuela, él tan delgadito, siempre sonriente y tan cariñoso, cortando patrones de vestidos, camisas y pantalones para toda la familia.
Se casó con mi tía Mari, una guapa y simpática placentina y tuvo dos hijos: Julián y Marisa. (Tengo que llamar a mi tío Paco, mi tía siempre, le llama francisco)






Introduzco esta hermosa foto, para hablar de las dos hijas de mis abuelos  que me faltaban en la foto anterior.
La señora que tiene un niño cogido es mi tía Tofi, que como ya dije se casó con mi tío Flores y vivía en Madrid.
Mi tía Tofi, era y es muy guapa, muy buena y cariñosa. No se parece demasiado a las demás hermanas, que no se me enfaden las demás, pero tía Tofi es como más refinada y delicada.
Tuvo tres hijos: Paquito (que desgraciadamente murió muy joven), Florín, que parecía alemán, alto y muy rubio y mi primo Toñín, un chico encantador.
Cuando íbamos a Madrid, siempre nos quedábamos en su casa y ella nos hacía una comida muy rica.
Tenían un taller donde hacían lámparas de rafia de colorines.


La morenita que está al lado, es mi tía Vale, la hija más pequeña de mis abuelos.
Con, esta tía, es con la que más contacto hemos tenido, pues vivió casi hasta el final en San Miguel con mis abuelos.
Sólo, es tres años mayor que mi hermana Chelo y cuando nació mi hermana, decía, que le había quitado los mimos.
Es a la que más lata le hemos dado, sobre todo, cuando nos presentábamos en  San Miguel sin avisar.
Se casó con un guapo muchacho llamado Filín, que parecía un actor italiano, sacado de una de las películas italianas de Fellini.
Películas que él mismo pasaba en el cine de sus padres, el cine viejo (Español).
Tuvieron cinco hijos: Lin, Sete, Javi, Belen y Maxi.

No puedo desperdiciar esta hermosa foto, y debo decir, que la señora que está a la izquierda de mi abuela es la hermana de mi padre, tía Beatriz que vivía en Barcelona.
La niña, que está junto al perro, es mi hermana Chelo, Pastelera, la llamaba mi abuelo.
La niña que está delante de mi abuela, es mi hermana Tere, cuchaneta, la llamaba mi abuelo.
Mi abuelo nos ponía motes a todos los nietos, no voy a decir a quién corresponden, pero de los que me acuerdo, son estos:
Cano, canino,  carina de centimino, parrusa, pericola, calamuerzo, ronquillo, panchurruqui, chispoletina, pastelera, cuchaneta, cachirulo, sete..., etc.
Y a un cabrero, que era muy pequeñito, lo llamaba tío Cantarín, no porque cantara el señor, sino, porque decía que era tan pequeño como un cantarín, cántaro pequeño.
El niño que está detrás de mi abuela es mi tío Pichi.
La señora de atrás es mi tía Consuelo, otra hermana de mi padre (También vivía en Barcelona).
El niño que tiene cogido tía Tofi es su hijo Paquito.
La niña que está en primer plano de vestido blanco es Montse, la hija de mi tía Beatriz  y también hija de mi tío Pablo, magnífico fotógrafo, gracias, a él disponemos de tan hermosas fotografías.
Esta fotografía debió  realizarla al lado del arroyo, porque hay detrás una junquera.








Os pongo otra preciosa y entrañable foto realizada en San Miguel. Debía ser por el año 1943.

Comenzando por atrás vemos, a mi abuela Victoria, vestida de negro, como siempre, pues antes se ponían de luto cuando se les moría un familiar y ya iban enlazando uno con otro. Se pasaban la vida vestidas de negro, de negro riguroso.
Hoy día, las personas mayores no entienden como, sin ton ni son, nos ponemos un vestido negro…
Siguen relacionando el negro con el luto y el luto con la muerte.
Además según la relación de parentesco que se tuviera con la persona fallecida se tenía el luto más o menos tiempo.
Por un padre o madre, cuatro años, por un hermano tres años, por un cuñado un año, etc....

A mi abuela el negro le sentaba bien, le hacía resaltar su piel blanca y sus hermosos ojos azules.
Aunque ella hubiera preferido no llevarlo.
Yo no la conocí vestida de color; quizá con un delantal de topitos blancos y negros. Eso, era lo máximo permitido en aquellos tiempos de Maricastaño, como ella decía.

A continuación, de pie, está mi tía Tere, que faltaría poco, para que la desgracia vistiera a toda la familia de luto.
Al lado Tofi, con carita de no haber roto nunca un
Plato.
Seguimos de izquierda a derecha y vemos a Margarita, (que es idéntica a su hija Marga), a Vale (debía de estar melluca),Domingo, un mozo alto y guapetón, que era  hijo de la hermana de mi abuela, tía Eugenia.
Seguidamente mi madre, muy guapa con su primera hija, Chelo.
Al lado está mi padre, Eufemio, también guapísimo, con su perro.
A continuación está María, muy guapa, con Paco.
Y por último está Beatriz, (la hermana de mi padre) y Pablo, su novio, debía de ser, porque no está en la foto su hija Montse. Es una pena que la familia no siguiera haciéndose fotos en San Miguel.
También es verdad que hubiese sido un poco difícil meter en la foto: Al abuelo y a la abuela con, 9 hijos y 9 yernos y nueras y a 34 nietos.






(Carlitos, Quique, Brigi, Perico, Marivi, Angelito y Marite.
Grupo de primos con los que iba a San Miguel)



Primavera


Los nietos más pequeños no salimos en las fotos, pero hemos disfrutado de lo lindo en San Miguel.
En esta época, en primavera, con el buen tiempo y las tardes más largas; los jueves, por la tarde, que no había clase. Como ya he dicho anteriormente, después de comer cogíamos el caminito y nos presentábamos en San Miguel, como unos penitentes como decía la abuela.

Lo primero que hacíamos al llegar, como ya dije, era alborotar a los pavos y ante tal escándalo y algarabía salía la abuela  a ver que pasaba.
Sonriendo y caminando con una incipiente cojera, debido al "reuma", nos salía al encuentro.
Le dábamos un beso y ella seguía sonriendo con los ojos llorosos, reía y lloraba. Debía molestarle el sol, tenía los ojos muy claros y antes no había gafas de sol, o por lo menos los pobres no llevaban gafas de sol.
El más atrevido, que solía ser Perico, le decía:
- !La meriendilla¡
- Abuela, danos la meriendilla.
-Entrad en casa, estoy haciendo queso de cabra.

Entrábamos y nos daba un vaso de suero, o calostros de la leche, con azúcar y un trozo de pan con queso fresco de cabra.
Sin darle las gracias, salíamos pitando a la calle y la dejábamos allí en la cocina con las cinchas atando los quesos y colocándolos en unas tablas con unos trapos blancos para que escurrieran.

Decía mi abuela, que  Abril era el mejor mes para hacer el queso; porque con el comienzo de la primavera, brotaban todas las florecillas, los arbustos retoñaban y los  árboles empezaban a echar sus ramas tiernas,  las  cuales, las cabritillas comían y aromatizaban la leche y salía un queso exquisito.

"El queso de Abril "pa"mí y el del verano "pa" el Amo"
Bonito y sabio refrán, que decía mi abuela.

Salíamos a la calle  y como atolondrados, siempre pensando en hacer algo prohibido, nos dirigíamos al pozo, que estaba delante de la casa y con un cubo de cinz con una enorme soga sacábamos agua , hasta que se nos caía el cubo  al pozo y la segunda diversión era sacar el cubo con las escarpias.
Era como un ancla con varios ganchos, la escarpia estaba atada a otra soga muy larga.
Al final acababan el cubo y la escarpia en el pozo.




Cuando llegaba el abuelo Maxi, nos echaba una buena reprimenda, pero yo le veía que por lo bajini, se reía y se vengaba de nosotros diciéndonos:
- Venid, mirad, que dientes más blancos tengo, traed un "deino".

-A ver..., ¿Quién se atreve a ponerlo en mis dientes de cebolla?

- No muerden, pues como son de cebolla, son blanditos.

Todos, picamos alguna vez y él nos daba un auténtico mordisco y salíamos  corriendo y diciendo: !ay¡, !ay¡.

Y él se reía y lloraba a la vez.

A continuación nos llevaba a ver las "chivinas" y "chivinos"que habían nacido y estaban encerradas en el caorral.
Eran preciosas, blanquitas, negritas, y blanquitas y negritas.
Después nos llevaba a ver los "borreguinos", blanquitos y negritos, y negritos parduzcos, unos mamaban y otros corrían detrás de las borregas.
Las borregas comían hierbas frescas y frondosas margaritas, amarillas y blancas, blancas y moraditas, debajo de las encinas.

Mi abuelo era un hombre recto y serio con el trabajo, le gustaban las cosas bien hechas.
Y guardaba su ternura, su risa y su llanto para su familia. 






                               Mis abuelos, en la puerta de la casa de San Miguel.



Seguimos en primavera en San Miguel. Ahora las encinas se visten de gala, con su manto dorado, color, que le da la “candelita” flor de la encina, diminutos racimos de granilla dorada, que más tarde se tornarán de color pardo y a continuación saldrán las apreciadas bellotas.
Es su momento más llamativo, pasan de  la sobriedad y austeridad que les da el frío invierno a la calidez y ternura que la candelita, junto a las diminutas hojitas  de color verde lechechoso, le proporcionan  al  encinar.




 Atrayendo a insectos de toda clase, a los cuales los lagartos que han salido se su hibernación atrapan con su lengua, y a todo tipo de pájarillos, cuyo zumbido y canto te invitan a echarte una siestecita en las verdes praderas que se forma bajo sus ramas.

Una de los lugares más atractivos en San Miguel es el arroyo, bueno era, porque con la canalización se lo cargaron. Al ahondarlo se cargaron los barrancos y las orillas de graba y arena que te daba cercanía y proximidad al arroyo.



(Montse, Tere, los abuelos, Maxi, Chelo, tía Martina y tía Beatriz)



Justo delante de la casa, pasado el pozo estaba la zona más ancha del arroyo y más somera, se podía pasar a la otra orilla pisando en  unas piedras que mi abuelo  había puesto allí.
En la orilla había encinas, grandes tamujas donde mi tía tendía la ropa a solear. En aquellos tiempos se ponía la ropa blanca a solear, el radiante sol blanqueaba la ropa que, anteriormente se había enjabonado con el jabón casero  y restregado en el lavadero.
Había que tener cuidado con la candelita, ya parduzca, que no le cayera encima, pues desteñía la ropa de color marrón.
Una vez ya soleada la ropa se recogía y se le daba otro jabón y después se aclaraba y se volvía a tender en la tamujas para que se secase.
Eso..., si que era blancura..,. y no como sale la ropa blanca de lavadora, que parece que está percudía...

A la orilla y en medio del arroyo había muchas junqueras, unos juncos eran  de tallo redondeados y finos, y otros eran más largos, gruesos y con aristas.
Con los juncos hacíamos largas  trenzas y nos las colocábamos en la cabeza junto a una pluma de pavo y simulábamos ser  la guapa mujer india de las películas del oeste.
También intenté muchas veces hacer una cestita con los juncos, pero tengo que confesar que nunca lo conseguí, y mira que lo intenté, pero no pasé del fondo.

Aquí, en este paraje tan bucólico, mientras mi tía Vale estaba en el lavadero, deslomada, restriega que restriega la ropa, nosotros, enredábamos, tirando piedrecitas en el agua a los aclaraguas: murgaños de largas patas que corrían por la superficie del agua a gran velocidad.
O, intentando coger las ranas que difícilmente se dejaban atrapar.
Y, por otro lado, temerosos de las sanguijuelas, que se te pegaban a los pies o a las piernas y no había manera de despegarlas. Cosa que a mí me ponía histérica.
Otra cosa que me ponía histérica era cuando mi primo Florín o Perico cogían una culebra de agua y haciéndose los graciosos no las tiraban a las piernas.
En ese instante corría descalza por el arroyo y como las piedras estaban llenas de pechín  y de aovas verdes, me daba un buen resbalón y acababa de bruces en el arroyo, toda mojada con sanguijuelas chupándote la sangre y la culebra encima de tu cabeza.
Aún así, nos lo pasábamos muy bien, sobre todo..., cuando estos dos elementos no intervenían.
Tengo que decir que mi primo Perico es ahora un respetable y responsable padre de familia y muy  cariñoso; siempre que me ve... para el coche, (siempre va en coche, yo no le veo nunca andando por el pueblo...) y me dice, sonriendo: ¿Qué tal prima?.
Y, yo veo ahora unos grandes ojos verdes amielados llenos de dulzura y me pregunto:
¿Dónde estará aquella mirada... que te atravesaba antes de darte una buena guantaaaa?.
De Florín nunca más se supo desde que se murió mi abuela no le hemos vuelto a ver el pelo.


                                       

 En este estado está actualmente el arroyo, nada que ver con nuestro querido arroyo.
Ahora, en primavera, empezábamos quitándonos las sandalias y metiendo los pies en el agua, arregazándonos el vestido hasta la cintura y acabábamos mojados hasta la cabeza.
Antes de irnos  para casa poníamos la ropa a secar en las junqueras y jugábamos en el arroyo en bragas y camiseta.
Ya un poco más adelante, nos quitábamos toda la ropa y nos bañábamos en los charcos más profundos. Nunca solos,  siempre acompañados de las sanguijuelas, libélulas y caballitos del diablo de bonitos colores irisados, culebras,  galápagos, ranas, renacuajos y pececillos que si te quedabas quieta en el agua te mordisqueabas los dedos de los pies.
Yo aprendí a nadar aquí, tirándome desde un barranquillo de la otra orilla. Ayudada
de un corcho grande y que además  nos servía de barca.
 El corcho, era de alcornoque, nos lo dio mi abuelo, y hacía las veces de flotador, que antes no había.

Otra diversión en el arroyo era intentar atrapar a un abejaruco, el abejaruco es un bonito pájaro de colores que hace su nido en los barrancos del arroyo, haciendo un agujero profundo en el barro arcilloso.
Con una cerilla prendíamos fuego a un manojo de hierbas secas y como los niños de mi época eramos un poco crueles y salvajes acercábamos la paja echando humo al nido del abejaruco, para que el pobre pájaro al perder el oxigeno, saliera volando y en ese instante nosotros, con las manitas puestas en el agujero, lo atrapábamos.
No os preocupéis que nunca, por lo menos yo cogí un abejaruco y mira que me quedé con las ganas, pues eran preciosos.




     (Foto cedida por Juan Carlos Cambero)


También, nos podíamos pasar una tarde  entera saltando de una orilla a la otra y más de una vez caíamos al agua en el intento.
Él que se lleva la palma de oro en caídas al arroyo es mi primo Miguel Angel.
La más sonada fue cunado se cayó en pleno invierno, estábamos todos cruzando por encima del grueso carámbano, cuando llegó él y se puso a cruzar, en esos momentos se partió el carámbano y se cayó al agua y lo sacamos por los pelos. Es posible, que además  del susto de la caída, recibiera una buena azotaina.
En primavera, le decían Lin, Carlos, Tere y Roberto :
-Miguel Angel, cruza, cruza, por ahí..., pisa encima de esas hierbas verdes con flores y él que no se percataba que las hierbas verdes que le indicaban eran aovas verdes, que no están en superficie, sino que están flotando en el agua, pisaba y se hundía...
Y entonces llegaba el momento de la  exacerbada crueldad infantil:
Miguel Angel se ha caído otra vez en el arroyo..., Miguel Angel se ha caído otra vez en el arroyo...
Pero él, que ante todo, siempre ha tenido y tiene un gran sentido del humor, nunca se enfadaba.
Es más, se reía de la jugada maestra de los otros elementos. 






Verano






El verano en San Miguel era tórrido y sesteante. Como ya no había clases nos íbamos desde por la mañana.
Cogíamos el camino polvoriento a la izquierda de carretera y muy contentos emprendíamos la marcha.
Como digo, el camino antes de llegar a las encinas era un camino polvoriento, como de barro molido por el pisoteo de los animales, burros, caballos, mulos y ovejas.
Nos gustaba arrastrar los pies y levantar una buena  "polvarera" de tal manera que cuando salíamos del camino polvoriento parecíamos croquetas rebozadas.
Esto añadido a la sofoquina que llevábamos de la gran calorina que hacía, y como consecuencia: los sudores, que mezclados con el polvo teníamos un aspecto penoso, con la cara llena de "berretes", los pliegues del cuello negros de barro, y sobre todo los pies, si nos quitábamos las zapatillas para sacudir las chinas, aparecían los pies gordezuelos bien repasaditos con una línea negra bordeando cada dedito y bordeando también la forma de la trabilla de la zapatilla.
Parece ser que entonces no le teníamos ninguno alergia al polvo...
Este camino polvoriento se acababa al llegar a las encinas y aparecía un camino más ancho de arenas blancas y doradas.
Al llegar a este punto mi hermano mayor, Maxi, se adentraba en el encinar y con una garroncha y su perra llamada "sultana", que siempre iban juntos, eran inseparables, se disponía a cazar lagartos, o a coger nidos de tórtolas con sus perdigones.
A los más pequeños, no nos dejaba ir con él porque le espantábamos a todo bicho viviente.
Él era muy diestro en manejar la "garroncha"(espero no herir la sensibilidad de nadie, antes nosotros veíamos esto de lo más natural, además los lagartos se comían asados con pimentón, eran de una carne blanca muy exquisita, parecida a la de las ranas).
El lagarto solía estar en la panza de una encina o en un agujero y él muy sigilosamente se acercaba y le clavaba la garroncha.
 Cuando salía del encinar salía con siete u ocho lagartos enganchados por los diente a un aro que él llevaba colgado de una trabilla del pantalón corto.
Los lagartos de un tamaño considerable bailaban golpeando sus piernecillas.
Eran preciosos, su piel  escamosa de color amarilla- verdosa y su panza totalmente blanca y suave.
Cuando le veíamos salir, salíamos corriendo a su encuentro, nos acercábamos a él y acariciábamos los lagartos, que aún seguían moviendo la cola.
Y, seguíamos nuestro camino hablando y gritando como si fuéramos los únicos seres  vivientes en aquel secarral, lleno de pastos dorados, espinos, cardos borriqueros y abreojos, a estos últimos yo no sé quién les puso el nombre, pero se lo puso bien puesto, porque los endemoniados abreojos se te clavaban hasta con las zapatillas puestas y vaya... si abrías los ojos, hasta atrás del dolor...
También nos ponían en alerta  los perros de los pastores, casi siempre perros cascarrabias y chilivitos que nos ladraban sin parar y nosotros no nos movíamos hasta que llegaba el "coronel", que nos olía desde lejos y venía a nuestro encuentro, les daba un ladrido fuerte y salían corriendo los perros chilivitos hacia el chozo del pastor.
También llevábamos como compañeros, a la orilla del camino arenoso, una procesión de frailes motilones, a los que yo les tenía pánico y a los sacrificados escarabajos peloteros arrastrando su pelota por el camino cuesta arriba, a los cuales, después de tanto trabajo, les hacíamos la putada de quitarle la pelota, y el pobre escarabajo se desorientaba buscándola.
Hormigas grandes, negra y rojas, gusarapinos y matajudíos, enormes langostos, grandes mariposas de colores ocres y amarillas, moteadas con puntos negros,"arraclanes" cebolleros, chicharras cantando sin parar,  grillos saltarines y cantarines, escarabajos negros con trompa de rinoceronte diminuto, abejas zumbando alrededor de las colmenas de corcho y alguna maldita avispa que siempre nos picaba... y para remediar el dolor del picotazo, como nosotros éramos muy finos..., meábamos en el camino y hacíamos un poco de barro, nos lo poníamos donde nos había dado el picotazo la puñetera avispa y así mitigábamos el dolor.
Moscas pesadas y moscas puñeteras que nos daban unos buenos picotazos.
" Tabarros"  burreros que si te picaban veías las estrellas y encima éramos tan ignorantes que nos decían que si le pinchabamos una paja en el culo a un tabarro  regresaba con un ramo de cerezas...
 Y, allí, nos veías..., esperando ver aparecer en aquel secarral... al insecto con unos pendientes de cerezas.
Esperábamos  ansiosos...,  preciosas cerezas rojas, que en aquel secarral, sería como un espejismo.









Era  muy posible que en verano nuestros padres nos dejaran quedarnos a dormir alguna noche en San Miguel.
Dormir todos los primos juntos, en la misma habitación era completar el día...
Nos aproximábamos a la casa esa tarde calurosa de verano y lo primero que hacíamos era subir por el tronco del peral a coger las peras, el pobre tronco estaba ya doblado, pero todos los años nos proporcionaba hermosas peras, que yo recuerde nunca llegué a probar una madura, ya que, casi siempre las arrancábamos verdes, y mi abuelo se enfurecía con razón con nosotros.

Habíamos salido del pueblo sobre las cuatro y media de la tarde, después de la siesta, pero con toda la calorina, menos mal que el camino tenía las sombras de las encinas, de lo contrario hubiera sido peor todavía. Entre unas cosas y otras no llegábamos a la casa hasta las cinco y media, más o menos.
Cogíamos las peras verdes y preparábamos el estropicio, seguidamente alborotábamos a todos los pavos que estaban sesteando a la sombra de las encinas.
Salía la abuela a ver que pasaba y nos recibía sonriente, con un hilo en la boca para enhebrar una aguja. A primera hora de la tarde se ponían a coser en el patio de la casa, allí se estaba muy fresquito.
Nos daba la merienda casi siempre pan con queso, ahora queso, que ella había curado en aceite, otras veces nos daba pan con salchichón que ella hacía en la matanza y le quedaba un salchichón buenísimo.
Nos sentábamos a merendar en el suelo del patio, que estaba enlosado de baldosas de barro y estaban fresquitas.
Seguidamente hacíamos el recorrido de los nidales para recoger los huevos por todo el corral y se los llevábamos todos a la abuela excepto los que rompíamos jugando a "gallego". 

Dí:

-Gallegooooooooooo.

-Te estripo un huevo.

Y....  mi primo Florín y Perico  los colocaban a lo largo de la pared  del corral y se los iban cargandos disparando con la escopeta balinera.

!Unos santos, éramos¡

Después como si no hubiésemos roto un plato nos íbamos a bañar al arroyo.
Chapoteábamos en un charco grande, que quedaba a estas alturas del verano, lleno de ranas, sanguijuelas, culebrillas y galápagos.
Allí nos refrescábamos con el agua cana y verdosa, hasta que nos llamaban porque empezaba a oscurecer.
Mis abuelos y mis tíos sentados a la puerta de la casa en las sillas de enea, tomaban el fresco y nos llamaban a voces para que subiéramos a la casa.
Subíamos y jugábamos allí un rato con los tajos de corcho, que los echábamos a rodar y llegábamos rodando hasta el pozo grande.
Ya se empezaba a oír al cuco cantar, a las lechuzas y mochuelos resoplar, eso indicaba que se aproximaba la noche.
Como dije anteriormente y si nuestros padres nos dejaban quedarnos a dormir, sería redondear el día.
En cuanto oscurecía nos metíamos en casa, mi abuelo echaba las trancas de las puertas y mi tía encendía el candil del carburo.
Cenábamos en el patio, ahora en verano, cerca de la cantarera del agua. Cuando acabábamos estábamos deseando ir a dormir porque la juerga estaba asegurada.
Dormíamos todos en una cama, unas veces seis y otras veces más, las chicas en la cabecera de la cama y los chicos en la zona de los pies.

Cosquillas, risas, pellizcos y tirones de sábanas, para arriba y para abajo.

Esa..., era la juerga morena que montábamos hasta que llegaba el abuelo y ponía orden.






Después de una movida noche de tirones de sábanas, risas y "cosquilillas", nos despertábamos temprano, cuando oíamos correr las trancas de las puertas, rebuznar a los burros y a los muloscantar a los gallos, cacarear a las gallinas, ladrar a los perros y dar voces a los segadores, pastores y labriegos.
Salíamos de la sala y como "penitentes" nos presentábamos en la cocina descalzos y allí estaban mi abuela y mi tía Vale preparando  el café y cociendo la leche para el desayuno.
Nos ponían el desayuno, un tazón de café con leche de cabra con pan "migao" y una cucharada de nata por encima con un poco de azúcar.

Seguidamente pasábamos por la sala del aseo donde estaba el palanganero y nos hacíamos la "lavaura del gato" y salíamos corriendo al corral, cogíamos la burra, le poníamos las aguaderas de esparto, subíamos las cántaras de lata, nos montábamos a turnos en la burra e íbamos a buscar el agua para beber al pozo de agua "cana".
El pozo se encontraba siguiendo un caminito estrecho, que salía a la izquierda de la casa. Iba paralelo al arroyo. En este camino también había un trozo que era muy polvoriento, como de barro triturado, como harina gris.
Camino al pozo llevábamos un gran jolgorio, saltando, subiendo y bajando de la burra.
Cuando llegábamos al pozo bajábamos todos los cántaros y los llenábamos de agua con una calderilla  de cinz,  que estaba colgada de una higuera que había al lado del pozo.
Llenábamos los cántaros de lata y los colocábamos en las aguaderas y emprendíamos camino para la casa.
Le pinchábamos con un palo en el culo a la burra para que corriera, y la burra corría como loca y el agua iba saltando de los cántarillos de tal manera que cuando llegábamos a vaciarlos a la tinaja y a  los cántaros de barro, que estaban en la cantarera, los cántarillos de lata estaban medio vacíos.
 Volvíamos otra vez por el caminito, ahora salpicado por el reguero de agua que habíamos tirado, llegábamos al pozo, y..., ya con un poco más de calor nos tirábamos calderillazos de agua, unos a otros hasta que la calderilla se caía al pozo y teníamos que sacarla con las escarpias.
 Allí pasábamos un buen rato agradable jugando con el agua,y el gran calor que hacía aumentaba el agradable olor que desprendía la "presta de burra" que nacía alrededor del pozo y los poleos que crecían en la orilla del arroyo.
 Así pasábamos media mañana, yendo y viniendo al pozo hasta que le llenábamos la tinaja y los cántaros de barro a la abuela de agua potable.

A esas horas, sobre las 11 de la mañana ya habían venido de la huerta del molino alguno de mis tíos o tías y habían traído fruta fresca, ciruelas rojas, claudias, alcahuetas, fresquillas, melocotones, sandías y melones.
Tengo entendido que la huerta del molino se la vendió el amo a mi abuelo. Esta venta fue un trueque, mi abuelo le daba al "amo" hermosos pavos  por navidad, que mi abuela había criado hábilmente y con mucho sacrificio, digo con mucho sacrificio y paciencia pues dice mi madre que los "pavinos", como su nombre indica eran un poco pavos y así como los pollitos nada más nacer comían solos, a  los "pavinos" había que darles de comer con la mano, abriéndoles el pico, una papilla que ella preparaba con ortigas, pan y leche, a veces tenían que ir hasta el pueblo a recoger  las ortigas que crecían alrededor de las paredes de piedras.
Cuando crecían un poco, tenían que llevarlos a comer los restos de cereales que habían quedado de la siega  a los campos de barbecho.
 Pues como digo el trueque, consistía en que cada año mi abuela le daba al amo  unos cuantos hermosos pavos gordos y bien criados, que el amo regalaba a sus familiares y amigos.
En aquellos años cenar pavo en Navidad era todo un lujo.
A cambio el amo le dio el cacho tierra de la huerta del molino.
Al parecer hicieron un "papel" escrito donde se reflejaba el trueque, pero cuando los amos partieron las fincas le mandaron llevar el famoso papel escrito a mi abuelo y nunca más se supo de aquel papel.
Ni el amo le devolvió el papel, ni mi abuelo se acordó de pedirlo y cuando lo hizo ya era demasiado tarde.
Pero era requetesabido  por todos los vecinos de los huertos colindantes que esa huerta pertenecía a mi abuelo. Además el  pozo del que se nutría la huerta lo había  hecho el abuelo.
Uno de los vecinos de huerta, era un señor muy mayor con el pelo completamente blanco que en el pueblo lo llamaban tío "Pijama". 
En el pueblo, no se libra nadie del mote y a este pobre hombre le pusieron tío "pijama", porque vino de Buenos Aires con un  traje a rayas..., y siempre iba a la huerta con ese traje montado en la burra. 
A nosotros nos daba un poco de miedo porque tenía mal carácter. La verdad es que era un poco esperpéntico  y subrrealista ver en pleno secarral a un hortelano vestido con un traje de rayas blancas y negras montado en una burra.

Esa bonita y prospera huerta, donde sembraban todas las hortalizas y árboles frutales cuando mi abuelo repartió la herencia le tocó a su hija pequeña.
Por aquella época, cambió de dueño San Miguel,  pero no el San Miguel donde los abuelos eran los guardeses, si no el San Miguel que estaba pasado el arroyo (propiedad de mi suegro).Y hubo un gran lío con el nuevo dueño.
Resumiendo: mi tía se quedó sin la huerta...
No había papeles dónde poder demostrar que la huerta era un trueque del amo a mi abuelo.
Pero existe una cosa que se llama ética y moralidad y la firme creencia de todos, que ese cacho tierra pertenecía a mi abuelo y después a mi tía.
Moralmente, sabiendo que podía ser un error, y era un error, hubiera cedido el cacho huerta sin más.

Olvidando este incidente de la huerta del molino y volviendo a la época en que pertenecía a mi abuelo, tengo que decir que de esa huerta se  traían las aguaderas de esparto llenas de fruta fresca y la depositaban en las pesebreras limpias del corral y allí cogíamos las sandías, los melones y los llevábamos a la cocina de postre después de la comida, que como ya he dicho en otras ocasiones, solía ser cocido, un cocido de garbanzos y verdura buenísimo hecho con gallina, carne de chivo, tocino salado y relleno de tortilla.
Después de comer nos obligaban a echarnos la siesta en la sala del aseo y la costura.
 Nos la echábamos en una manta de tiras en el suelo, era difícil mantener el silencio que requerían para descansar un rato, mis abuelos y tíos en esos veranos tórridos y sesteantes de San Miguel.
Tirados en el suelo, con las contraventanas cerradas, fijaba la vista en un haz de luz que se filtraba por una rendija de la ventana y me entretenía viendo  caer las motitas de polvo, que circulaban por el haz de luz.
De nuevo el ruido de las trancas anunciaban que se había pasado la hora de la siesta.
Mi abuela se pondría a coser en el patio y nosotros, si todavía quedaba agua en el arroyo,  iríamos a bañarnos.
Si no quedaba nada de agua, iríamos a los retamales a bañarnos, allí no estábamos solos, estaba llenos de jornaleros y jornaleras cavando y regando los pimientos, que más tarde sería nuestro rico pimiento" molío".
 Al río Ambroz, tardábamos un poco más que al arroyo, pero allí el agua estaba más limpia y más fresquita y nos pasábamos la tarde metidos en el agua disfrutando como peces en el agua.



                                      ( Pozo de agua cana)
                                          Falta la higuera dónde pendía la calderilla.


                                                               El Otoño



El verano estaba dando sus coletazos y comenzaba el curso escolar: a escuela que manda agüela con pan y ciruelas...
Babis nuevos o viejos, estirados, bajándoles la bastilla...
 Y metidos en un plumier de madera, los pizarrines nuevos: los duros y los de manteca, lápiz nuevo y pinturas de "pino"y un "aguzalápiz" nuevo que me trajo mi hermana de Madrid. Tenía forma de arco y en la mitad tenía una cuchilla.
Trapo nuevo para limpiar la pizarra, y a veces, también, pizarra nueva. Un cuaderno y la enciclopedia correspondiente a ese año.

No recuerdo nunca haber empezado un curso con alegría... Lo que si recuerdo con mucha alegría era el encuentro con las compañeras en el recreo y retomar los juegos que tocaban en esa época.
Teníamos clase por la mañana y por la tarde, a partir de ahora, a San Miguel,  ya sólo podíamos ir el jueves por la tarde y el domingo.
Como siempre cogíamos el camino polvoriento camino a San Miguel e íbamos todo el camino espantando a las pesadas moscas de septiembre.
Las encinas ya estaban cargadas de bellotas verdes.
 No podíamos resistir a la tentación de coger las bellotas, al verlas tan tiernecitas y jugosas, con ese color verde lechoso, y darle un mordisco para inmediatamente, escupirlas, pues amargaban como la hiel.





       (  Excursión de escolares a San Miguel)         




En septiembre en San Miguel era época de mucho ajetreo y trabajo. Eran fechas de recolección de pimientos, probablemente era el lugar donde más pimientos se cosechaban del valle del Ambroz.
Llegaban los carros llenos de sacos de pimientos, los metían en el "sequero" por un ventanuco y los  iban extendiendo en el entramado de tablas del piso de arriba.
Los secaderos se llenaban de jornaleras que habían subido al piso de arriba por una escalera de madera, entrando por el ventanuco, se sentaban en el entramado de madera con una cesta de mimbre al lado y se dedicaban toda la jornada a "espezonar"pimientos.
Las mujeres preparaban una gran algarabía, hablaban a grito pelao, se reían a grandes carcajadas y a veces discutían y se peleaban entre ellas.
Nosotros como "parisesmos"nos quedábamos con la boca abierta oyendo las conversaciones de las jornaleras, sus chistes verdes, que, por supuesto, yo no entendía y mi prima sí.
 Cotilleos de vecinas y de parejas de novios.

A mi abuelo más de una vez, yo le oí decir:

-¡Callaos cotorras!

Se callaban de momento pero al rato volvían con más entusiasmo al cotorreo. Era su forma de hacer más llevaderas las horas que se pasaban allí sentadas inmóviles.
Se pasaban todo el día allí encaramadas y sólo se levantaban para ir a vaciar la cesta de los pezones.
A medida que los pimientos se iban espezonando se iban extendiendo bien extendidos en el entramado de madera y abajo en el suelo de tierra, un jornalero hacía una buena lumbre de leña de encina para que los pimientos se fueran ahumando y secando.
A nosotros no nos dejaban entrar en el "sequero", permanecía todo cerrado y en penumbra y sólo entraba mi abuelo o algún jornalero para atizar la lumbre o abrir el ventanuco.
Más adelante, ya adentrado el otoño, los pimientos ya secos eran machacados por los jornaleros con unas mazas enormes y así machacados los metían en sacos y los llevarían al molino para convertirlo en pimiento molío.





El invierno





En diciembre, en estas fechas que el frío hace estragos, comienza el tiempo de matanzas.
Cuando éramos pequeños la matanza era una auténtica fiesta y sobre todo si la matanza era en San Miguel.
Comenzaban los preparativos de la matanza con la tediosa labor de pelar y picar la calabaza.
Se pelaban las calabazas, grandes calabazonas que estaban duras como piedras, se picaban y se cocían.
Toda esta labor se hacía en el patio enrollado de la parte trasera de la casa. Se llenaba el suelo de tiras de piel de calabaza y al terminar se le echaba a los mulos para que se las comiesen.
La tarea de pelar la calabaza y picar  era bastante dura, porque como ya he dicho las calabazas estaban duras como piedras y siempre había alguien que se cortaba con la navaja haciendo estos menesteres, y al final de la tarea había por lo menos tres o cuatro muchachos pelando calabazas con un dedo a la birulé envuelto con un rehatillo blanco de tela de algodón de sábana vieja.
Una vez cocidas, se iban echando con un puchero grande de porcelana roja a una banasta de castaño para que se escurriera el agua, seguidamente se metía la calabaza cocida en  unos sacos de arpillera. Los ataban con una cuerda y le ponían un palo, que girándolo iba haciendo de prensa para que se escurriera el agua, y comenzaban los sacos en las frías mañanas de invierno, con una buena "pelua" que había caído  en la noche, digo que los sacos de mondongo de calabaza... comenzaban a echar vapor, a humear y hacía que la mañana pareciera aún más fría.

Cuando llegábamos a San Miguel por estas fechas nos encontrábamos con mi abuela delante de la puerta principal de la casa dándole vueltas al palo del saco, que había sacado del interior de la casa para que no se helara durante la noche y por los orificios de la arpillera salía el agua, el vapor y el humo.

La víspera de la matanza nos íbamos a dormir a San Miguel. En aquellos tiempos, cuando teníamos matanza, no íbamos a la escuela, solía coincidir con las vacaciones, pero si aún no teníamos vacaciones, si podíamos nos escaqueábamos de ir a clase.

Llegábamos a San Miguel por la mañana cuando comienza a despertar la helada con los primeros rayos de sol y el encinar se esconde entre la neblina que levanta la escarcha y el resplandor del sol.
Pasábamos el día, montados en los columpios que hacíamos en las encinas, cogiendo bellotas, persiguiendo a los pavos, recogiendo los huevos y rompiendo el carámbano del arroyo.
Cuando las heladas eran muy numerosas se formaba una capa gruesa de hielo en el arroyo y pasábamos de un lado a otro a gran velocidad hasta que en algún momento hacia crak..., y como ya comenté en alguna ocasión caíamos al agua helada y para que no se enteraran nuestros padres permanecíamos escondidos entre las tamujas medio desnudos hasta que se secaba la ropa. La mayoría de las veces se enteraban y te propinaban una buena zotaina.
Por la tarde, al oscurecer, nos metíamos en casa y nos concentrábamos todos en la cocina alrededor de la chimenea junto al fuego.
En víspera de matanzas teníamos tarea, nos mandaban pelar los ajos. Se debían de pelar por lo menos un centenar de ajos.
A ninguno nos gustaba esta labor porque olía mal y al final nos picaban y escocían los dedos, pero lo hacíamos para ayudar a mi tía.
Mientras pelábamos los ajos contábamos cuentos, siempre cuentos de miedo, que después a la hora de irnos a dormir siempre veíamos sombras fantasmagóricas por todas partes.
Otra tarea era picar las migas para el almuerzo de la matanza, se picaban los panes asentados y se llenaban por lo menos dos barreños.
Las migas las hacía buenísima mi tía Martina que era la cocinera.
También  en vísperas se metían las tripas, compradas, en barreños con agua, se repasaban, se cortaban y se le ataba una cuerda en un extremo de la tripa.
Mi abuela repasaba todas las especias que tenía por si hacía falta comprar alguna:
Pimiento molio, Pimienta, clavo, nuez moscada, orégano, laurel, etc...
También compraban grandes sacos de sal para salar los jamones.
El día antes de la matanza se lavaban bien todos los utensilios que se iban a utilizar:
Tenía mi abuela una cesta hecha con tiras de castaño y allí guardaba una gran colección de cuchillos matanceros de todos los tamaños. Los lavaban y los afilaban para que estuvieran listos para el día siguiente.
En un barreño de porcelana blanca se colocaban los cuchillos de los cuales uno de ellos iba a ser utilizado para matar al guarrapo y otros para despiezarlo.
En otra cesta guardaba todas las cuchillas, moldes y embudos de la máquina de picar la carne para hacer los chorizos y las morcillas, todos eran debidamente lavados y secados y dispuestos encima de la mesa donde se acoplaba la maquina de picar.

Las artesas de corcho estaban ya preparadas con el mondongo de calabaza humeante, esperando a que le incorporasen los adobos y las grasas procedentes del cerdo.
Grandes artesas de madera de castaño, ya relucientes, limpias y secas para echar en ellas la carne magra y gorduras picadas para hacer los chorizos.
Chorizos, de los que ya no quedan, jugositos y sabrositos, los primeros chorizos, antes de que se secaran,  nos los  hacían fritos con huevos y patatas fritas, era un manjar.
Otra artesa de madera, más pequeña, esperaba para ser ocupada por la carne para hacer  los salchichones, que mi abuela adobaba de manera especial y le quedaban los salchichones más jugosos y ricos que jamás hemos vuelto a comer.
Otra artesa de corcho pequeña para poner la carne fileteada, finamente, de los lomos y solomillos para hacer lo que nosotros llamamos el chorizo de lomo, que no tiene nada que ver con el seco lomo embuchado.
 El chorizo de lomo, jugosito y una vez curado metido en aceite oliva, para mí es cien veces mejor que el jamón.

La caldera grande de hierro, llena de agua, encima de la lumbre para cocer las patatas y hacer las morcillas patateras.
 Se pelaban las patatas una vez cocidas y calientes. Y, como las calabaceras..., esperaban a tener la grasa del cerdo para mezclarla con las especias y hacer las morcillas patateras.

Un barreño grande de barro vidriado lleno de cebollas picadas y escaldadas esperando para hacer la morcilla turra, una vez estuviera disponible la sangre y el sebo del cerdo.

Cucharones grandes de madera, espumaderas  y cazos de hierro, trapos de algodón hechos con sábanas viejas.

En los respaldos de las sillas colgaban las tripas ya humedecidas y secas, y con la cuerda atada, dispuestas para ser utilizadas por las mujeres para hacer las morcillas.

Se colocaba la máquina de picar y embuchar en el centro del patio; a continuación de la máquina..., haciendo un pasillo, en paralelo, se colocan todas las sillas de enea con la tripas de vaca en los respaldos, y encima de cada silla una fuente o plato de porcelana con una pica de pita, alfileres de cabeza negra, cuerdas en ovillo o cortadas y un cuchillo pequeño y unas tijeras. Y, en el centro, en medio de las sillas, una tabla con un brasero de lumbre para que no pasaran frío las mujeres.
En un rincón grandes varas y cañas que se irán llenando de morcillas o chorizos según los van embuchando, y a continuación los colgaran en la bodega.

Todo está dispuesto en el patio de la casa para la matanza, mi abuela lo revisa todo por la noche con un candil en la mano.

Antes de irse a dormir mi abuela dejaba enterrados en los rescoldos de la ceniza de la lumbre las cabezas de ajos que a la mañana siguiente los tomarían los hombres con una copa de aguardiente.

 Dormíamos todos los primos juntos, unos para los  pies y otros para la cabecera, todos juntos como cochinillos, arrimados unos a otros para no pasar frío, pues aunque teníamos buenas mantas de lana, unos tiraban para arriba y otros para abajo y estábamos más tiempo desarropados que arropados.

Antes del amanecer venían del pueblo todos los tíos, tías y primos mayores, entraban en la cocina y se tomaban los ajos asados con el aguardiente.
A continuación se acercaban a las cochineras e iban sacando a los cerdos de uno en uno, corriendo tras ellos hasta que lo cogían entre varios hombres y subiéndolo a la mesa matancera le ataban las patas traseras, abriéndoles las patas delanteras y sujetándolas fuertemente, y  atándole la boca con una cuerda, el matarife, que solía ser mi tío, abalanzándose encima del cerdo le clavaba el cuchillo por debajo del cuello y empezaba a salir la sangre a borbotones, e iba cayendo a un caldero y una de mis tías con una paleta removía sin parar para que la sangre no se cuajara.
Esta parte era la más desagradable, nosotros, escondidos detrás de las cortinas de palos, muertos de miedo por los chillidos de los guarrapos nos tapábamos la cara con las manitas y mirando a través de  los dedos, veíamos como el cerdo agonizaba..., estirando la pata y dejaba de chillar. Mientras una mano salpicada de sangre removía la sangre con una paleta de hierro. 

Seguidamente los hombres prendían los escobones en la lumbre y se los pasaban al guarrapo por el cuerpo y comenzaba a oler a chamusquina, cosa mala..., y acto seguido con una tabla rasuraban la piel para que se cayera toda la pelambrera chamuscada.

Les quitaban las pezuñas quemadas y nos las daban a nosotros y las poníamos a cocer en un bote de hojalata junto a hierbajos, no sé con qué fin hacíamos esto, aquí en San Miguel, pues en el pueblo se hacía este brebaje y por la noche se tiraba en los patios de las casas. Fijaos que divertimentos más salvajes teníamos en los años  maricastaños.

Nosotros nos acercábamos a la lumbre, una gran fogata hecha de tarmas y leña de encina, y cogíamos cada uno un palo encendido... y escribíamos en el aire palabras de fuego en la pizarra de la noche oscura.

Una vez que el cerdo estaba bien rasuradito, lo metían dentro del patio de la casa y empezaba el rito del despiece, cada parte del cerdo iba a un recipiente diferente.

Primero le abrían la tripa y sacaban las vísceras, el corazón, hígado, asaduras, y con mucho cuidado sacaban la hiel.
Cortaban un trozo de hígado, lo envolvían en un trapo blanco y lo llevaban al pueblo para que lo analizara el veterinario para ver si tenía " La Trichina"(Triquina,Triquinosis).
Como confiaban de que todo estuviera bien, seguidamente, quitaban las telas de la  manteca que rodeaban todo el vientre y las colgaban de una vara limpia, sacaban el vientre, las tripas humeantes, y con trapos de sábanas viejas y limpias recogían la sangre del interior del cerdo.
Seguían despiezando: las paletillas, las costillas, los jamones, las manitas, los tocinos, los lomos, los solomillos, los morros, las orejas, la lengua, los coratos, etc...

Cuando acababan con el despiece de la cabeza del cerdo, mi tío Lucas cogía la "carrillá", que era la mandíbula del cerdo con unas lascas de carne pegadas al hueso, y la acercaba a la lumbre y nos asaba la "carrillá", una vez asada iba, delicadamente, cortando con una navajita lasquitas finas de carne y las iba depositando en un plato de porcelana, nos colocaba en fila y nos daba un trozo a cada uno.
 Como siempre mi primo Perico hacía trampas y se colaba varias veces pero mi tío, riéndose se lo saltaba.

Mientras tantos las mujeres no paraban de acá para allá ordenando todo lo que los hombres iban sacando del guarrapo en diferentes cacharros.

Se hacían un parón a las diez de la mañana y se comían las migas. Se servían en grandes fuentes y todos comíamos las migas con gran algarabía.
Las mujeres alegres hablaban de empezar lo antes posible con el embutido, y los hombres hablaban de las arrobas que había pesado el guarrapo, y..., de si tenía mucha grasa o poca...

Al terminar de comer las migas, las mujeres cogían los vientres de los guarrapos, los metían en grandes barreños de porcelana blanca y subiéndoselos a la cabeza, encima de una rodilla, se iban a lavar las tripas al arroyo, nosotros, los muchachos y muchachinas íbamos detrás de ellas; nosotros llevábamos el jabón, los estropajos de cuerda y una botella de vinagre.

Esta parte de lavar las tripas..., sólo lo hacían las sufridas mujeres, porque era una "Guarrerida", las tripas olían que espantaban..., de ellas sacaban los excrementos y también salían grandes lombrices blancas que daban un repelús impresionante.
Las lavaban bien y les daban la vuelta con mucha soltura y manejo, y una vez bien limpios los intestinos gruesos y delgados, los metían en agua limpia con vinagre. También tenía un olor característico que tiraba para atrás.
Ellas, las mujeres, hacían la labor como si nada, hablando y gesticulando a la vez y nosotros con caras de ascos y espavientos no le quitábamos ojo al lavado de tripas.

Mi abuela en la casa  amasaba las carnes picadas junto con las grasas e iba haciendo los adobos en las artesas de madera, y en las cunas de corcho.
Al terminar hacía una gran cruz encima con el dedo.
Y, los tapaba con sábanas blancas, hasta la tarde noche o al día siguiente que se comenzarían a hacer los chorizos y las morcillas.

Mientras tanto mi tía Martina se encargaba de hacer la comida, que consistía en arroz amarillo con pollos de corral, huevos duros y pimientos morrones.
Nunca he vuelto a probar un arroz tan rico y jugoso como aquel que hacía mi tía Martina.
Se acompañaba de ensaladas de lechuga y aceitunas negras que mi abuela había aliñado con ajo, orégano, tomillo "sansero", pimiento molío, cebolla, un chorrito de vinagre y aceite de oliva.
Y de postre: natillas caseras con galletas con copetes de merengue.

Por la tarde se hacía el ponche y se le ofrecía a las mujeres junto a un trozo de pan con el pruebe del chorizo o con un cacho de magro asado, junto a una salsa hecha con un adobo de ajo machacado, perejil, aceite, un chorrín de vinagre y guindilla picante seca.
Al final de la tarde los colores de las mujeres iban subiendo con el calor del brasero, los chistes picantes, las risas y el ponche hecho con vino tinto, zumo de naranja, azúcar y trozos de naranja y de limón.
Al llegar la noche los hombres ya estaban un poco"alpistados"y cantaban y bailaban flamenco y las mujeres reían y tocaban palmas.  
Terminando  con este villancico.

La cena consistía en carne guisada con patatas fritas. Después de cenar se marchaban al pueblo y nosotros los pequeños llorábamos..., para que nos dejaran quedarnos a dormir en san Miguel.
¿Era pues..., o no era una fiesta para los niños...? Pues sí, era una gran fiesta para todos para niños y mayores, y aunque se les veía disfrutar y trabajar con ganas a los mayores, hay que reconocer que la matanza era una paliza impresionante para ellos.
La matanza en San Miguel duraba dos o tres días y nunca se borraran de mis recuerdos aquellos días tan felices que me tocó vivir en mi niñez.

Esta publicación se la dedico a toda mi familia en especial a mis abuelos y primos.































































Y con los últimos nietos llegó el color