martes, 29 de mayo de 2012

Relatos de verano: La Doble.




 Tina era del interior y de pueblo, y todos los años imploraba y rogaba, a su marido, Sebastián, para que fuesen una semanita a la playa.

Al lado del camping había una extensa playa de arena pero Tina prefería meterse por unos andurriales y camino de cabras hasta llegar a la calita del césped.
Estaban, solos, ella y su marido, y  a unos 200 metros  de allí reposaban, anclados, barcos de recreo, yates.

Mientras Tina se lo pasaba bomba buceando y mezclandose con los pececillos en las aguas calmadas y cristalinas, su marido se entretenía con unos prismáticos, como un boyeur , mirando a los ocupantes de los barcos.
Estaba tan absorto mirando y viendo como la gente rica tomaban sus copas echados en tumbonas, semidesnudos, o desnudos que no se percató que hacía ya un buen rato que Tina no salía del agua.

De pronto se quedó atónito, se quito los prismáticos, se frotó los ojos, limpió bien las lentes, amplió el campo de mira y volvió a enfocar a una mujer que con gran desparpajo reía y hablaba con un hombre en la popa del barco.

-¿Pero que hace ahí Tina?
 Se dijo Sebastián.

-Ésta loca se ha ido hasta allí nadando y la muy cotorra está  dándole palique a un desconocido.

Lleno de rabia y de indignación comenzó a gritar, a llamarla y como no obtenía respuesta se lanzó al agua en dirección del yate.
Sebastián nadaba regular, cambiaba de estilo cuando se cansaba, y el barco cada vez lo veía más alejado.

Después de mucha fatiga llegó al yate y casi sin poder hablar comenzó a emitir sonidos y ruidos inteligibles.
Los dos pasajeros del yate se asomaron  y asustados rescataron a Sebastián con un flotador.
Cuando Sebastián recuperó el aliento y medio mareado por el esfuerzo miró a la mujer y le dijo:
-¡Tina no tienes vergüenza!
¿Qúe haces ahí?

La mujer le miró y le dijo: Ne comprend pas monsieur...
De pronto Sebastián, la miró de arriba a bajo  y cual no sería su sorpresa al ver, que a la mujer que tenía el rostro idéntico al de Tina, le faltaba una pierna.
Inmediatamente cogió los prismáticos y dirigió la mirada hacia la cala del césped y descubrió a Tina que estaba en la calita, sentada en una roca,  comiéndose un erizo de mar.