domingo, 30 de marzo de 2014

"La persiana bajada"





Querida madre: ¿Qué tal está usted?
 A mí me va muy bien por los madriles...
 Ya sé que está usted muy sola desde que murió padre..., y, yo me vine a Madrid, cuando me casé con Alfonso, pero no se preocupe usted que en cuanto yo encuentre un trabajo me la traigo para acá...
No sé que más decirte..., ni que me escribas, Rosa. Me entra tanta pena cuando pienso en mí madre..., allí, sola en el pueblo, que se me amontonan las palabras en la garganta, se me tapona la nariz y se me forma una rebugina...en el estómago que sólo me dan ganas de llorar...
¡Anda, Rosa! Pon lo que a ti te parezca bien, dile que estoy muy bien y que soy muy feliz con el desgracio de Alfonso.
Bueno..., no le pongas lo de "desgraciao", ja, ja, ja...

Esther y Rosa son dos vecinas de un bloque de pisos del barrio de Carabanchel. Viven allí desde 1968.
Las dos proceden de sitios diferentes, Rosa de Extremadura y Esther de la Mancha.
Rosa se casó con un conductor de autocares, y tiene la suerte de que la quiere y que la trata bien.
 Ella trabajaba de oficinista en la empresa de su padre en el pueblo, pero aquí en Madrid no trabaja, aunque se sentía muy sola al principio, ahora, está feliz porque tiene tres hijas y se dedica en cuerpo y alma al cuidado de ellas.
Pero Esther ha tenido peor suerte, se casó con el hombre más feo y bruto del pueblo, por esa manía de las mujeres de los pueblos..., de no querer quedarse solteras para vestir santos...
 Que mucho mejor le hubiera ido vistiendo santos, o demonios, o lo que fuera..., que casándose con el energúmeno de Alfonso.

Alfonso trabajaba en Madrid de peón en la construcción y en unas vacaciones que regresó al pueblo, balbuceando, porque ese hombre no sabía articular palabra, le dijo a Esther que si quería entablar relaciones con él.
Esther no quería, pero su madre le dijo: hija, ¡cásate con él! que así estarás más "recogía" cuando me muera yo...
Madre..., si casi no sabe hablar..., y parece un poco retrasado...
Retrasado, retrasado..., pues mira con el retrasado..., que creo que se ha comprado ya un piso en Madrid...
Total que sin pensárselo dos veces, Esther,  se casó con Alfonso.
Se casó de negro pues estaba de luto por la muerte de su padre y además ya era un poco madurita..., tenía unos 37 años o así, recuerda, Rosa, que le dijo un día.
En la foto de la boda se la ve a ella, con una medio sonrisa, traje de sastre, casquete negro y un ramo de flores blancas de tela.
Y, Alfonso con un traje gris y su cara de bruto un poco nublada por el humo de un gran puro.
Su viaje novios fue en Carabanchel...
 Esther hizo su maleta con su ajuar y sus ropas y se marchó del pueblo con lágrimas en los ojos.
 Y el primer día que llegó a Madrid y entró en el piso se le cayó el mundo encima, al verse allí, a solas, con ese hombre que no la quería más que para satisfacer su hombría y que no hablaba absolutamente de nada.
Una mañana tendiendo la ropa en las cuerdas del patio interior conoció a Rosa.
-¡Hola! soy la nueva vecina, me llamo Esther
-¡Hola! soy Rosa, ¿Qué tal, estás..., tienes hijos...?
-No..., no tengo hijos, aunque ya soy un poco mayor..., acabo de casarme...´
-¡Qué escurrida tiendes la ropa...!
-Es que la lavadora me la saca así...
 ¿Tú no tienes lavadora...?
-No, hija, yo no tengo lavadora, yo lavo a mano...

Y, así poco a poco las dos vecinas se fueron haciendo buenas amigas.
-Tienes la cara tiznada, ¡límpiate, Esther!
-Es que he estado atizando la cocina... No sé cuando Alfonso me va a comprar la cocina de butano..., es tan tacaño el jodío...
-Ven un rato a mi casa hoy después de comer y vemos la telenovela en la televisón...
- De acuerdo porque ya casi no tengo pilas en la radio, y si la enchufo a la corriente Alfonso me dice que gasto mucha luz...
-¡Qué raro es tu marido, hija!
- Ya lo creo, yo..., quién me mandaría a mi casarme, bueno sí..., me mando mi madre...
-Rosa, todo, todo..., lo controla él:
Él compra el pan para la semana, la carne, el pescado...
Yo no dispongo de dinero, sólo tengo algo escondido del dinero que me dio mi madre..., por si le compro algún detalle a mi sobrina la del pueblo.
-Bueno te espero para ver la telenovela...
-Antes tengo que dejar la comida y la cena preparada para Alfonso, ya sabes que se lleva todos los días la comida en la merendera al trabajo. Tengo que dejarle las mejores tajadas del pollo para él...
-Madre mía... Esther más que un hombre parece un animal...
-Feo, feo... sí que es, así que algo de animal si que tiene..., ja,  ja...

Esther llamó a la puerta de Rosa y cuando entró, ésta, chupó la punta del delantal para quitarle a Esther un tiznao de la cara, y por más que le restregaba el tiznao no desaparecía...
-¡Ay! - gritó Esther.
-¿Qué te pasa...?
-Nada, no me pasa nada...
¿Cómo qué no te pasa nada..., si tienes aquí un moratón?
- Es que me he dado con el quicio de la puerta...
- Hija, pues ten más cuidado que pareces un cristo...

Merendaron juntas, vieron la telenovela y fueron juntas a buscar al colegio a las niñas de Rosa.
Al día siguiente, la persiana de Esther estaba bajada hasta abajo y por más que la llamaba Rosa, Esther no respondía.
Se acercó a su casa llamó al timbre y tampoco abría..., Rosa la sentía detrás de la mirilla...
-Esther, ¡Abre, que soy yo...!
Y..., Esther no abrió...
Pasaban los días y la persiana seguía bajada, y al quinto día Esther subió la persiana y se puso a tender su ropa, y como goteaba en el patio, Rosa, que lo oyó se asomó inmediatamente a la ventana y vio a Esther, cabizbaja, tendiendo los  enormes calzoncillos de Alfonso.

-Esther: ¿Dónde has estado estos días, que no te he visto?
- En el pueblo, me fui al pueblo porque mi madre estaba mala... - le dice Esther sin levantar la cabeza-
-Ven a ver la novela después conmigo...
-Hoy no puedo tengo que lavar mucha ropa.
-¡Tráela, aquí! que yo te la lavo en la lavadora...
-No, no..., no te preocupes, que a mi me gusta lavarla a mano...
-¡Qué bobadas dices! Si con la lavadora queda más limpia y mientras ella lava nosotras merendamos, vemos la novela y recosemos la ropa...
-No seas pesada Rosa, que no...voy...
-Esther..., no sé por qué razón no me miras a la cara... ¿Es que yo te he hecho algo...?

Esther cierra la ventana sin levantar la cabeza y Rosa se queda pensando en si le habrá dicho algo que la haya molestado.
Tocan al timbre de Rosa, abre la puerta, y entra Esther con la cabeza gacha, cuando llega al comedor mira a Rosa, y..., ésta, da un grito de estupor:
-¿Qué te ha pasado... en la cara?
-Es el desgraciao... de Alfonso que me ha calentao...
-¿Cómo qué te ha calentao?
-Sí me pega cuando le viene en gana..., el otro día se me olvidó comprarle el vino en la bodega...  Y..., cuando vino a cenar, y me pidió el vino y como no lo había comprado, me dio una tunda como puedes ver...,
-¿Y cómo no me lo has dicho antes?
-Porque me ha dicho que si digo algo me mata.
-Cuando veas las persianas bajadas es que me va pegar, o ya me ha pegado...
-La próxima vez que vea la persiana bajada, voy para allá y toco el timbre hasta que lo queme...
 -Es una buena idea Rosa porque cuando le digo que os voy a contar a ti y a tu marido que me pega, el muy cobarde, aunque me amenaza, deja de pegarme, el muy cabrón.

Rosa estaba todo el día pendiente de las persianas de su vecina y en cuanto sentía que había llegado Alfonso y veía que bajaban las persianas, con cualquier escusa se acercaba a llamar al piso de Esther.
Así, poco a poco, Esther empezó a envalentonarse y a plantarle cara al marido animal y lo amenazaba diciéndole que gritaría si le ponía la mano encima.
Cuando Rosa se lo encontraba en la escalera, se plantaba delante de él y le decía:
¿Está... bien Esther...?
Y, él, con la cabeza agachada decía: Sí..., un sí miedoso y temeroso...

Pasó el tiempo y Esther se puso a trabajar sirviendo en una casa, y con el dinero que ganaba se compró una lavadora, una cocina de gas y una estufa eléctrica.
Se trajo a su madre del pueblo, pero murió al poco tiempo.
La persiana de la cocina permanecía subida día y noche, eso era señal que Alfonso le había cogido miedo a las amenazas de Esther, y ya no le pegaba.

Esther fue envejeciendo al lado de su marido, e incluso se la veía sonriendo cuando paseaban por General Ricardos, mirando en los escaparates, cosas, que nunca, ellos, comprarían. 
Hace cinco años que Esther murió, a los 75 años, víctima de un cáncer y cuando estaba ya muy enferma le dijo a su amiga Rosa:
-Rosa me voy de este mundo sin haber disfrutado nada de la vida, ahí se quedan los ahorros de toda una vida, si yo supiera que se los quedaba mi sobrina me iría tranquila, a ella le vendrían muy bien, ya que su marido está en el paro.
Os doy las gracias a ti y a tus preciosas hijas porque me habéis ayudado mucho y me habéis hecho reír... no sé qué hubiera sido de mí si no os hubiera conocido...

Esther se murió y al tercer día de su entierro, a Rosa le comentó una vecina que Alfonso andaba por los bares del barrio, fumando puros, comiendo, bebiendo y enseñándole a todo el mundo un fajo de billetes y una novia que se había echado..., cincuenta años más joven que él.

Cuando Rosa se encontró con Alfonso en las escaleras le dijo:
Eres un sinvergüenza, no hace ni tres días que ha muerto tu mujer y andas por ahí con una chica joven...
Alfonso agachó la cabeza, abrió la puerta y se oyó decir:
¿Ya estás aquí... mi amor...?

A los pocos días las persianas estaban bajadas y Rosa comenzó a estremecerse...
Rosa le preguntó a una vecina si los había visto y le dijo, que sí..., que estaban en casa y que le había dicho la nueva compañera de Alfonso que se habían casado y que se iban a pasar el viaje de novios a su país, a Brasil.

Al poco tiempo, menos de un mes, volvió Alfonso de Brasil, pero volvió en una caja de madera directamente al cementerio.
Según su nueva mujer, al llegar a su país, enfermó y al poco tiempo murió.
Ella se ha quedado con los ahorros de Esther, ha vendido el piso y se ha marchado a su país.

Y, Rosa, que dice ella, que no le desea mal a nadie, comenta:

Se le ha estado pero que muy bien..., por sinvergüenza, que era un sinvergüenza...



(Basado en un hecho real)






2 comentarios:

Nines dijo...

Esther una gran mujer, que trató de maravilla a las hijas de su vecina, cuantas horas hemos pasado en su casa jugando con ella... Todavía tengo en mis cajones la piezas de ganchillo que hacía para meter una pastilla de jabón oloroso y que oliese bien la ropa.
Nunca me gustó su marido, pero hasta que no fui mayor no me enteré de la vida que había tenido mi cariñosa vecina.
Pero por una vez creo que ha habido justicia.

Anónimo dijo...

Hola
Corroboro lo q ha dicho mi hermana.
Mujer buena y con chispa porque a pesar de su sufrimiento cuando venía a casa nos hacía reir.
Gracias tia una vez más por emocionarnos y dedicarla este espacio.
Besos.
Mariche