viernes, 13 de diciembre de 2013

La Bolsa de plástico verde (1)







¡Hola, amigos!: soy Lupe y quiero contaros que me he venido a vivir a las afueras de la ciudad, porque aquí las viviendas son más baratas y por poco dinero me he alquilado un buen piso en una urbanización que está en medio de la nada. Y, en este año que llevo viviendo, aquí, sola, porque soy viuda y no tengo hijos, casi no he conocido a nadie.
Todas las viviendas de mi bloque (en medio de la nada) están vacías, creo que vive un señor en el último piso, sólo le veo alguna mañana cuando salgo a trabajar, suele bajar con una maletina, en una mano y una carterina en la otra; supongo que debe de ser comercial de una empresa porque se pasa la semana viajando. Es joven pero parece viejo, tiene poco pelo, excesivamente delgado, con cara triste; siempre va trajeado y parece que goza de poca salud el pobre. 

Aquí, en mi urbanización, si me falta azúcar... pues me aguanto y me tomo el café amargo...
 Cuando yo era pequeña raro era el día que no venía alguna vecina a pedirle algo a mi madre, que si un poco de sal, algo de leche, azúcar, pimentón, etc...
  ¡Ay! Rosario que "mese" ha terminao el jabón, mira a vel si me puedes dar un cacho, mujel...
Y, mi madre se lo daba de la forma más natural del mundo, no un cacho de jabón sino tres o cuatro trozos y además le daba una morcilla para que se comieran "lasonce" (almuerzo).

Volviendo a mi solitaria morada, tengo que deciros que a la primera persona que vi fue a una anciana dando vueltas y más vueltas, solitaria y cabizbaja, con una bolsa de plástico verde en la mano.
Insisto,vivo en una ciudad dormitorio donde cada cual va a lo suyo y nadie o casi nadie sabe o quiere saber nada de nadie.
No hay nada más desolador  y antinatural que ver cuatro bloques de pisos en medio del campo. ¿A quién se le ocurriría esa idea?
Porque, un pueblo en medio del campo es otra cosa, con sus casitas, con su plaza, con su iglesia y con toda la gente conociéndose, queriéndose y odiándose desde que nacieron; con sus alegrías, con sus penas, con sus miedos, con sus envidias y con sus rencores; cada cual sabe de qué pie cojea cada cual.
Se suele decir: ¡Ah, mira, ese es de mi pueblo!  Y se dice con agrado o con reparo, depende... ¡Mira ese es el nieto de la tía María, el de la...!
Pero..., cuando dices: ¡Ah, mira,  ese me suena de la urbanización! Y, ya no hay más comentarios, ni datos, simplemente te suena su careto.
Lo único bueno que tiene vivir aquí es que en cuanto sales a la calle, a pocos metros del asfalto, estás en plena naturaleza, rodea la urbanización la dehesa de encinas y viejos y descuidados pinares.
Cuando tengo tiempo me gusta pasear por caminos, largos y estrechos, de tierra arcillosa entre encinas, campos de trigo y cebada, salpicados con bellas amapolas y clavelitos chinos azules en primavera.
Pero el invierno es duro aquí, en la meseta castellana, la vegetación está quemada por las grandes heladas y las encinas que nos rodean no verdean, más bien son grises oscuras, apenas hay insectos y por supuesto los pájaros han emigrado a tierras más cálidas.
Cuando empieza el frío, mi cuerpo empieza a congelarse, primero por los pies, continua por las manos, sigue por la nariz y se me llegan a helar hasta las neuronas.
Me duele este maldito frío, mi cuerpo empieza perder peso y a encogerse y me deja paralizada en el sofá del salón de mi casa, metida debajo de las faldillas de una enorme mesa camilla, de esas de las de antes, con brasero eléctrico y todo además de la calefacción.
 Allí, permanezco, sentada, viendo programas inútiles y barulleros que ponen en la tele, y cuando ya no puedo más con los montajes televisivos cojo el mando y apago la tele y desde mi ventana miro con desolación la calle vacía.

Ahora, en invierno, suelo ver a algún perro que callejea triste y solitario, generalmente, suele ser un galgo, que cazadores insensibles han abandonado cuando ha finalizado la temporada de caza.
 El perro busca alimentos cerca en los contenedores de basura, me da pena y me gustaría quedármelo pero no soy demasiado partidaria de tener perros en un piso. En cierto modo admiro a la gente que tienen perros en sus casas, eso quiere decir que no son escrupulosos, yo no puedo con el olor a perro..., soy una maniática de los olores, me gustaría achucharlos igual que se achucha a un niño, porque te miran con una carina y unos ojinos..., pero enseguida se me viene la imagen del perro cuando sale de paseo, que siempre va oliendo excrementos, meadas y culos de otros perros con su hocico y me tira para atrás.
 Entonces suelo llamar a los municipales para que se encarguen ellos del pobre galgo, y procuro pensar que acabará bien. 
Nadie más pasa por esta calle solitaria, algún caminante que con este frío atroz pasa enfundado en ropa de abrigo como una estrella fugaz en un cielo gélido y gris.
 Más que una tierra habitable, esto más bien parece un paisaje lunar..., con los árboles vestidos de escarcha blanca, igual que los tejados, de cuyos canalones escurren chupiteles de hielo, como lanzas amenazantes, y el frío suelo, con el negro asfalto helado en las zonas de umbría.
¡Mira por ahí va un anorax negro caminando! Y se ha cruzado con un anorax marrón y no se han saludado...
También veo los coches estacionados, dormidos, helados y cubiertos de escarcha y pegados al asfalto, esperan, ahí, aparcados a que sus dueños los pongan en marcha y cuando así lo hacen comienzan a echar humo como un toro que bufa en plena corrida.
 Les cuesta arrancar, qué digo que les cuestas arrancar..., hay mañanas que hasta es imposible entrar en el coche porque la cerradura se ha helado, y a mí... no se me ocurre mejor cosa que echarle agua, que se vuelve a helar al instante. Todo eso con los minutos contados para ir a trabajar, y cuando ya he  conseguido entrar en el coche resulta que no veo nada porque el parabrisas está opaco, tiene una buena capa de hielo; salgo de nuevo tiritando de frío, le echo limpiacristales y le doy al limpia parabrisas y como, este, está pegado al cristal por el hielo me lo cargo.
 Un auténtico desastre, en pocos minutos mi vida se convierte en un infierno, no calentito como decían antes, para mi el infierno es esto, el frío.
Mis manos se ponen gordas y rojas de raspar el hielo con una tarjeta y están torpes, y no consigo hacer nada con ellas.
Cuando por fin entro en el coche y me acomodo, pongo la radio, mi radio, mi compañera de viaje, mi compañera de los madrugones, mi amiga inseparable yo no sé que haría sin ella, sin su compañía, sin sus noticias, sin sus tertulias, y sobre todo sin su música.
Crecí con la radio y moriré con la radio a cuesta, ella me baja y ella me levanta... el ánimo cada día.
¿Puede una simple ciudadana, de nombre Lupe y residente en una urbanización perdida en medio de la nada pedir sus últimas voluntades?
Pues, si puedo, pediré que mis últimas voluntades sean: que me entierren con una radio, con música clásica, o copla, o flamenco, yazz, o blues, me da igual toda la música me gusta, si puede ser que me sintonicen con Radio 3, o con el programa de música de canal Extremadura Radio).
Pero, por favor, la única música que pido que no me pongan es esa música electrónica que ponen en  las tiendas de jóvenes, es que no puedo con ella...
Y que me entierren con la música bajita hasta que se le acaben las pilas y así moriremos las dos juntas mi radio y yo..., y, así no me sentiré tan sola cuando me vaya...
 Será mejor que a mi cadáver le pongan los auriculares y el sonido bajito..., para que no haya malentendidos..., no vaya a ser que las pobres mujeres que estén limpiando  las sepulturas oigan voces y música y crean que son los espíritus del más allá... 
¡Qué tonterías digo! lo más seguro es que dentro del ataúd y en la tumba no se coja ninguna emisora...
 Bueno me da igual..., ¡Qué me pongan los auriculares!
¿Y qué dirán las personas que vayan a dar el pésame a mis familiares...; se sorprenderán al verme con los auriculares?
¡Qué guapa mira está como dormida!
 ¡Anda y esto es nuevo: escuchando la radio!
Han sido sus últimas voluntades...
 ¡Ah! un poco rarilla si que era..., será boba se creería ella que iba a escuchar algo después de muerta...
 Hombre pues quién sabe..., porque yo me siento casi muerta cuando me levanto a esas horas intempestivas de la mañana  y cojo el coche y, milagrosamente, la radio me hace olvidar los 7º bajo cero que tengo en el coche hasta que la calefacción comienza a calentar y que suele hacerlo cuando faltan cinco minutos para llegar al trabajo.

 En este ambiente hostil en plena meseta castellana, tanto en una fría mañana, o fría tarde y noche de invierno, en la solitaria urbanización, la única que sigue ahí en la calle y dando paseos interminables es la anciana: la de bolsa verde. Tengo que deciros que ella procede de la parte izquierda de la urbanización, que está dividida por una carretera comarcal, su urbanización es más humana, se parece más a un pueblo. Aun así poca gente la conoce.

Y, hoy he vuelto a verla, he vuelto a ver a esa mujer con cara de buena persona, limpia y aseada dando vueltas por la calle; comiendo pipas; encorvada y con la cabeza agachada, siempre mirando al suelo con su cabeza ladeada, andando deprisa y con su bolsa de plástico verde..., que lleva colgando, y fuertemente asida, de su mano huesuda y artrítica.
¿Qué llevará en su bolsa de plástico verde? Me pregunto yo..., detrás de los cristales de mi salón, llenos de vaho, en los que no me resisto a pintar un sol como cuando era niña, me sale solo pintar un sol con ojos y con boca triste, es ese sol que lleva días sin aparecer porque la niebla no le deja brillar.

Pero a pesar del mal tiempo y del insoportable frío helador, ella, la mujer de la bolsa verde sigue dando vueltas a la urbanización...
La bolsa, que lleva, es pequeña, está fuertemente anudada, y portando en ella sabe dios qué... Por el tamaño y forma del contenido, creo, que bien podrían ser cajas de medicamentos.
De lo que no me cabe la menor duda es que para ella, por la forma que tiene de agarrarla, esta bolsa, es muy importante.
Haga frío o calor, ella, esta mujer mayor, cuya edad debe rondar los setenta y muchos años, desde primera hora de la mañana hasta que se pone el sol se la ve caminando, y haciendo su viaje de esta guisa: con su cabeza ladeada, casi paralela al suelo, comiendo pipas y escupiendo las cascaras por su boca fruncida y arrugada y, siempre, cargada con su bolsa verde, que misteriosamente nadie sabe lo que lleva dentro.
Nadie, de las personas que yo conozco, sabe quién es esta mujer, ni dónde vive, ni de dónde procede y por supuesto, menos aun, lo que lleva en esa bolsa "verde-mercadillo".
Aquí..., en la urbanización, cada cual es de un sitio, cuyo origen es diferente: los españoles que aquí vivimos, cada uno hemos venido de diferentes partes del país, siesos y desconfiados unos de otros, al principio...; los senegaleses son inconfundibles, son altos y guapos, ellos y ellas, a más no poder; los sudamamericanos son alegres, afables y educados y los de procedencia árabe son bellos y misteriosos...
¿Pero esta mujer..., tan sola siempre, con esa mirada perdida, de dónde procederá? 
Yo me atrevería a  decir que es española, pero, probablemente, una española inmigrante que ha vuelto a su país y que todavía no se ha ubicado en nuestra fría urbanización.
Y, que cada día, sale a la calle, vagando como un perrillo callejero, como ese galgo
abandonado, mirando al suelo y tratando de encontrar a su amo, y dando vueltas y más vueltas sin encontrar la salida.
Alguna vez la he saludado cuando me la he topado de frente y me ha mirado, con sus ojos pequeños y claros, pero he percibido, en su mirada distante y gélida, en esos ojos transpararentes y acuosos, que no le interesa saludar a nadie. Y, por supuesto, no me corresponde, pienso que hubiese tenido la misma reacción que si se hubiese topado con el galgo callejero.

Esa mujer que bien podría ser la madre de cualquiera de nosotros, y que vaga sola, comiendo pipas, cargada siempre con su bolsa de plástico verde..., y que no es una indigente, porque va limpia y aseada, me conmueve y me angustia la soledad que refleja su cara. Me gustaría acercarme a ella y hablar un ratito con ella, pero no me atrevo a meterme en su mundo, y detener su caminata en su viaje a ninguna parte, donde ella parece estar muy a gusto, comiendo pipas sin parar.

Continuará...