viernes, 22 de julio de 2011

SAN MIGUEL (8)








Era  muy posible que en verano nuestros padres nos dejaran quedarnos a dormir alguna noche en San Miguel.
Dormir todos los primos juntos, en la misma habitación era completar el día...
Nos aproximábamos a la casa esa tarde calurosa de verano y lo primero que hacíamos era subir por el tronco del peral a coger las peras, el pobre tronco estaba ya doblado, pero todos los años nos proporcionaba hermosas peras, que yo recuerde nunca llegué a probar una madura, ya que, casi siempre las arrancábamos verdes, y mi abuelo se enfurecía con razón con nosotros.

Habíamos salido del pueblo sobre las 4 y 30 de la tarde, después de la siesta, pero con toda la calorina, menos mal que el camino tenía las sombras de las encinas, de lo contrario hubiera sido peor todavía. Entre unas cosas y otras no llegábamos a la casa hasta las cinco y media, más o menos.
Cogíamos las peras verdes y preparábamos el estropicio, seguidamente alborotábamos a todos los pavos que estaban sesteando a la sombra de las encinas.
Salía la abuela a ver que pasaba y nos recibía sonriente, con un hilo en la boca para enhebrar una aguja. A primera hora de la tarde se ponían a coser en el patio de la casa, allí se estaba muy fresquito.
Nos daba la merienda casi siempre pan con queso, ahora queso, que ella había curado en aceite, otras veces nos daba pan con salchichón que ella hacía en la matanza y le quedaba un salchichón buenísimo.
Nos sentábamos a merendar en el suelo del patio, que estaba enlosado de baldosas de barro y estaban fresquitas.
Seguidamente hacíamos el recorrido de los nidales para recoger los huevos por todo el corral y se los llevábamos todos a la abuela excepto los que rompíamos jugando a "gallego". 

Dí:

-Gallegooooooooooo.

-Te estripo un huevo.

Y....  mi primo Florín y Perico  los colocaban a lo largo de la pared  del corral y se los iban cargandos disparando con la escopeta balinera.

!Unos santos, éramos¡

Después como si no hubiésemos roto un plato nos íbamos a bañar al arroyo.
Chapoteábamos en un charco grande, que quedaba a estas alturas del verano, lleno de ranas, sanguijuelas, culebrillas y galápagos.
Allí nos refrescábamos con el agua cana y verdosa, hasta que nos llamaban porque empezaba a oscurecer.
Mis abuelos y mis tíos sentados a la puerta de la casa en las sillas de enea, tomaban el fresco y nos llamaban a voces para que subiéramos a la casa.
Subíamos y jugábamos allí un rato con los tajos de corcho, que los echábamos a rodar y llegábamos rodando hasta el pozo grande.
Ya se empezaba a oír al cuco cantar, a las lechuzas y mochuelos resoplar, eso indicaba que se aproximaba la noche.
Como dije anteriormente y si nuestros padres nos dejaban quedarnos a dormir, sería redondear el día.
En cuanto oscurecía nos metíamos en casa, mi abuelo echaba las trancas de las puertas y mi tía encendía el candil del carburo.
Cenábamos en el patio, ahora en verano, cerca de la cantarera del agua. Cuando acabábamos estábamos deseando ir a dormir porque la juerga estaba asegurada.
Dormíamos todos en una cama, unas veces seis y otras veces más, las chicas en la cabecera de la cama y los chicos en la zona de los pies.

Cosquillas, risas, pellizcos y tirones de sábanas, para arriba y para abajo.

Esa..., era la juerga morena que montábamos hasta que llegaba el abuelo y ponía orden.



Continuará...