miércoles, 21 de septiembre de 2011

LA CHARITU (1)






Este relato de la Charitu tiene más de ficticio que real y más de real que de ficticio...

La Charitu, una muchacha nacida en el seno de una familia humilde pero honrada...
Hija de madre extremeña y padre palentino .
 Ya destacaba de niña por su blanca palidez y cabellos dorados, ojos azules  un poco abesugados.
Destacaba entre nosotros que eramos morenos de piel, de pelo negro zaino y de cutis percudío por el sol y de modales rudos y asilvestrados.

La Charitu era, en la pandilla veraniega y pueblerina, como la nata en un pastel de chocolate...
También destacaba en el habla, pronunciaba las "sssss" finales de las palabras como nadie... lo hacía en el pueblo, eso debía de ser herencia de su padre de procedencia castellana. 
En los juegos siempre se quedaba atrás observando, callada, no chillaba, ni gritaba como los demás energúmenos que éramos los demás niños. Esto le daba un aire de misticismo y de timidez, en el que ella se refugiaba.
 Mientras los demás chillaban alocadamente, ella estaba estratégicamente colocada viendo de que forma podía ganar la jugada del momento.

La Charitu creció y se fue a la ciudad a estudiar a un colegio de monjas gracias a una beca que le concedieron porque su padre era emigrante en Alemania. Pero la Cahritu no acabó el bachiller ni carrera alguna.
Paseando los domingos por el parque de los robles conoció a un chico, un chico grandote y fuerte, de pelo negro y rizado, un poco rudo y parco en palabras.
Fue su primer novio y la Charitu se enamoró de él enloquecidamente, y a los 19 años se casó y
parecía feliz con su marido "monstrencote", él, y  con él tuvo dos hijos varones.
Montaron un bar en el centro de la ciudad y tuvieron mucho éxito los pinchos que daban a la hora de los vinos; al mediodía el bar se ponía a rebosar...

La imagen del  "monstrencote" era pétrea, siempre estaba detrás de la barra, o bien:
 sirviendo chatos con bastante habilidad y con la cabeza gacha, o, en los momentos de menos gentío, reposando en una cámara frigrorífica, con la cabeza un poco ladeada  con un palillo en la boca y con una mano rascándose los cataplines y con  el mando de la tele en la otra mano...

Charitu, casi siempre, estaba dentro de la cocina haciendo pinchos y más pinchos.
Su cabello rubio dorado de la niñez se había oscurecido y su piel estaba cada vez más blanca, donde destacaban sus enormes ojeras: "verde vejiga".
El sudor le caía por la frente y sonreía con una mueca a medio dibujar, cuando nos veía entrar en el bar. Y, allí, como cuando era niña ella permanecía detrás de nosotros mirándonos y como ida, pensando en sabe dios qué...
A menudo, la gente que iba al bar, la felicitaba por lo bien que preparaba las orejas a la plancha.

Cerraban tarde el bar y cuando llegaba a casa, mientras el marido y los dos hijos estaban tirados en el sofá, "ella", limpiaba, fregaba, ponía lavadoras, tendía y planchaba.
Ella los observaba ( como de niña lo hacía en los juegos infantiles), en la lejanía del pasillo, detrás del sofá, y veía, la jugada, la gran jugada, donde "ella" era la perdedora y ellos los ganadores:
Ellos sentados viendo el fútbol y "ella" de acá para allá sin parar ni un momento.
Se quedaba inmóvil, con una mano apoyada en sus riñoneras y con la otra acariciando sus cervicales, viendo la gran jugada de su vida:
A su marido, el "monstrencote", como siempre, tumbado en el sofá y con una mano por dentro del pantalón del chandal tocándose los cataplines y en la otra mano el mando a distancia de la tele.
Él era muy aficionado a esta postura, de estar tocándose los cataplines, cosa que ella odiaba ya que de niña le habían repetido muchas veces :
¡Cuidado con las manos que luego van al pan!

Y en el suelo, encima de la alfombra, estaban  los hijos jugando con la Play... Ella, a sus hijos, los miraba con ternura y seguía trajinando de acá para allá.
Y al llegar la noche, sin los arrumacos del tosco marido, acabarían haciendo el amor y quedándose dormida al instante, hasta las cinco de la mañana que sonaría el odiado despertador.


Continuará...