miércoles, 29 de junio de 2011

SAN MIGUEL (7)






El verano en San Miguel era tórrido y sesteante. Como ya no había clases nos íbamos desde por la mañana.
Cogíamos el camino polvoriento a la izquierda de carretera y muy contentos emprendíamos la marcha.
Como digo, el camino antes de llegar a las encinas era un camino polvoriento, como de barro molido por el pisoteo de los animales, burros, caballos, mulos y ovejas.
Nos gustaba arrastrar los pies y levantar una buena  "polvarera" de tal manera que cuando salíamos del camino polvoriento parecíamos croquetas rebozadas.
Esto añadido a la sofoquina que llevábamos de la gran calorina que hacía, y como consecuencia, los sudores, que mezclados con el polvo teníamos un aspecto penoso, con la cara llena de "berretes", los pliegues del cuello negros de barro, y sobre todo los pies, si nos quitábamos las zapatillas para sacudir las chinas, aparecían los pies gordezuelos bien repasaditos con una línea negra bordeando cada dedito y bordeando también la forma de la trabilla de la zapatilla.

Parece ser que entonces no le teníamos ninguno alergia al polvo...

Este camino polvoriento se acababa al llegar a las encinas y aparecía un camino más ancho de arenas blancas y doradas.
Al llegar a este punto mi hermano mayor, Maxi, se adentraba en el encinar y con una garroncha y su perra llamada "sultana", que siempre iban juntos, eran inseparables, se disponía a cazar lagartos, o a coger nidos de tórtolas con sus perdigones.
A los más pequeños, no nos dejaba ir con él porque le espantábamos a todo bicho viviente.
Él era muy diestro en manejar la "garroncha"(espero no herir la sensibilidad de nadie, antes nosotros veíamos esto de lo más natural, además los lagartos se comían asados con pimentón, eran de una carne blanca muy exquisita, parecida a la de las ranas).
El lagarto solía estar en la panza de una encina o en un agujero y él muy sigilosamente se acercaba y le clavaba la garroncha.
 Cuando salía del encinar salía con siete u ocho lagartos enganchados por los diente a un aro que él llevaba colgado de una trabilla del pantalón corto.
Los lagartos de un tamaño considerable bailaban golpeando sus piernecillas.
Eran preciosos, su piel  escamosa de color amarilla- verdosa y su panza totalmente blanca y suave.
Cuando le veíamos salir, salíamos corriendo a su encuentro, nos acercábamos a él y acariciábamos los lagartos, que aún seguían moviendo la cola.
Y, seguíamos nuestro camino hablando y gritando como si fuéramos los únicos seres  vivientes en aquel secarral, lleno de pastos dorados, espinos, cardos borriqueros y abreojos, a estos últimos yo no se quién les puso el nombre, pero se lo puso bien puesto, porque los endemoniados abreojos se te clavaban hasta con las zapatillas puestas y vaya... si abrías los ojos, hasta atrás del dolor...
También nos ponían en alerta  los perros de los pastores, casi siempre perros cascarrabias y chilivitos que nos ladraban sin parar y nosotros no nos movíamos hasta que llegaba el "coronel", que nos olía desde lejos y venía a nuestro encuentro, les daba un ladrido fuerte y salían corriendo los perros chilivitos hacia el chozo del pastor.
También llevábamos como compañeros, a la orilla del camino arenoso, una procesión de frailes motilones, a los que yo les tenía pánico y a los sacrificados escarabajos peloteros arrastrando su pelota por el camino cuesta arriba, a los cuales, después de tanto trabajo, les hacíamos la putada de quitarle la pelota, y el pobre escarabajo se desorientaba buscándola.
Hormigas grandes, negra y rojas, gusarapinos y matajudíos, enormes langostos, grandes mariposas de colores ocres y amarillas, moteadas con puntos negros,"arraclanes" cebolleros, chicharras cantando sin parar,  grillos saltarines y cantarines, escarabajos negros con trompa de rinoceronte diminuto, abejas zumbando alrededor de las colmenas de corcho y alguna maldita avispa que siempre nos picaba... y para remediar el dolor del picotazo, como nosotros éramos muy finos..., meábamos en el camino y hacíamos un poco de barro, nos lo poníamos donde nos había dado el picotazo la puñetera avispa y así mitigábamos el dolor.
Moscas pesadas y moscas puñeteras que nos daban unos buenos picotazos.
" Tabarros"  burreros que si te picaban veías las estrellas y encima éramos tan ignorantes que nos decían que si le pinchabas una paja en el culo a un tabarro  regresaba con un ramo de cerezas...
 Y, allí, nos veías..., esperando ver aparecer en aquel secarral... al insecto con unos pendientes de cerezas.
Esperábamos  ansiosos...,  preciosas cerezas rojas, que en aquel secarral, sería como un espejismo...

Continuará